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Infokrisis.- Iniciamos la publicación de una serie de artículos sobre el terrorismo y la lucha armada que forman parte de un texto más amplio en fase de elaboración sobre el terrorismo del siglo XX. En la tercera parte abordamos los rasgos y las enseñanzas del terrorismo iberoamericano. Iniciamos este capítulo describiendo nuestros contactos a principios de los años 80 con los medios peronistas y militares de la República Argentina. Testimonio personal que sirve como introducción al tema.

 

 

Tercera Parte

Los inicios de la lucha armada y el terrorismo
en Iberoamérica

 

0. Introducción

 

0.1. En París…

0.2. …con los dirigentes peronistas

 

1. El caso argentino y sus enseñanzas

 

1.1. La experiencia de los uturuncos y la izquierda peronista

1.2. Las experiencias de extrema-derecha

1.3. La Tacuara rota: hacia los Montoneros y hacia los Tupamaros

1.4. La guerrilla peronista

 

2. La experiencia del Ché Guevara

 

2.1. Una sed enfermiza de aventuras

2.2. Los “escritos militares” del Ché

2.3. La gira internacional del Ché

2.4. El Ché engañado o la experiencia boliviana

2.5. El Ché más útil muerto que vivo

2.6. El cantor del Ché: Regis Debray y la “Crítica de las Armas”

 

3. La guerrilla urbana y la guerrilla rural

 

3.1. Las experiencias colombianas de los 50

3.2. Abraham Guillén

3.3. Los Tupamaros

3.4. El dogmatismo de los modelos clásicos

3.5. La guerrilla urbana y rural en Argentina

 

4. El techo de las iniciativas

 

4.1. La derrota sistemática de las experiencias armadas

4.2. La narcoguerrilla en Perú y Colombia

4.3. Sandinismo y antisandinismo

4.4. La Tablada y el canto del cisne del guerrillerismo latino

4.5. La irrupción de la neodelincuencia

 

 

0. Introducción

0.1. En París…

En junio de 1980 me encontraba en París exiliado. Militaba en un grupo de extrema-derecha, el Frente de la Juventud y el 12 de ese mes, Fuerza Nueva había organizado una manifestación “anti-separatista” en Barcelona. El gobierno civil la prohibió alegando que “podían producirse disturbios”. Fuerza Nueva aceptó la prohibición; nosotros no. Así que convocamos una manifestación ilegal ante la sede de UCD en la Diagonal de Barcelona. Se produjeron algunos incidentes, resultaron detenidos algunos de nuestros militantes y yo fui considerado como organizador de la manifestación. Para colmo, la delación de un abogado barcelonés que se movía por estos ambientes –un tal Ramón Graells- hizo que fueran detenidos dos personas más de Madrid y Valencia y la policía pudiera intervenir dos ametralladoras Ingram M-10 “Mariettas” que, al parecer, habían sido uilizadas en atentados anti-ETA en Francia. Por algún motivo, la policía sostenía que yo era el depositario de la tercera “Marietta”. Como, por lo demás, en aquella época, yo amaba la aventura y las emociones fuertes sobre cualquier otra cosa, opté por no dejarme detener e incorporarme a lo que entonces los medios de prensa conocían como “internacional negra”. Tras un largo período que me llevó a Iberoamérica, recalé en París.

En aquel momento Tomás de Anchorena era el embajador argentino en la capital francesa y el capitán Alfredo Astiz era uno de los responsables de la inteligencia militar. Me tocaba ir con cierta frecuencia a la embajada argentina a través de la cual enviaba documentación y material político a los camaradas exiliados en Argentina. Probablemente los entonces conocidos como miembros de la “internacional negra”, éramos los únicos que manteníamos a la vez contacto con el personal diplomático argentino y chileno en París. Aquella ciudad se había convertido a principios de los años 80 en un hervidero de servicios de inteligencia, terroristas de ultraizquierda, y gentes, como nosotros, sospechosos de cualquier cosa y, por tanto, gentes a vigilar. Corrían informaciones interesantes a las que uno podía tener acceso, a condición de permanecer atento. Una funcionaria chilena en la UNESCO, por ejemplo, facilitaba generosamente informaciones a la CIA sobre las actividades comunistas en esa organización internacional. Me habló sobre Illich Ramírez (a) “Carlos”, del que le constaba que, tras cometer sus brutales atentados en París –sin duda el más cruel, gratuito y sanguinario fue lanzar una granada de mano por la escalera del drugstare de Saint-Germain-, corría a refugiarse junto al delegado de Cuba en la UNESCO. El bullicio y la tranquilidad parisinas no eran más que un espejismo. “Bajo los adoquines, la playa” decían en mayo del 68. En realidad, 10 años después, cabía decir mejor “Bajo la normalidad, el submundo del terror”.

En octubre de 1980 estaba tomando unas cervezas en Saint-Michel con Yves Bataille, un antiguo camarada, por entonces estimulador de los movimientos francófonos en Canadá y posteriormente infatigable puntal del lobby proyugoslavo en Francia. Bataille vivió in situ los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia. El misil que fue a estrellarse contra el Ministerio del Interior serbio pasó por delante de sus narices. En la actualidad forma parte del “movimiento euro-asiático”. Pues bien, aquella tarde de octubre de 1980, tomábamos una cerveza “Gueuze” en Saint-Michel departiendo con el delegado parisino del entonces naciente sindicato polaco “Solidarnosc”. Justo antes de encontrarme con ellos, había acudido a la Embajada Argentina de la rue Cimarossa para entregar un material que me interesaba que llegara pronto a los camaradas exiliados en Buenos Aires. Luego cogi el metro y me dirigí a la cita de Saint-Michel. Mientras tomábamos las cervezas, observamos como, al otro lado del Sena, en la Prefectura de Policía se producía un movimiento inusual. Decenas de sirenas aullando, coches de la policía saliendo en todas direcciones, y una sensación extrema de confusión. Ignorábamos qué estaba ocurriendo.

Cuando llegué al apartamento del boulevard Versailles esquina con rue Exalmans puse la televisión mientras me hacía la cena. Entonces entendí lo que ocurría: había explotado una carga explosiva en la rue Copernic, frente a una de las sinagogas de París, matando a cuatro personas. El problema era que, la rue Cimarossa, donde se encontraba la embajada argentina y la rue Copernic donde había tenido lugar el atentado eran concluyentes. Me encontraba exiliado en París desde julio de 1980, pero en la capital francesa me movía con discreción, utilizando mi propia documentación y sin que existieran en aquel momento cargos contra mí. Poco antes, una revista italiana se había hecho eco de la presencia de Della Chiaie y de la mía en París, y había lanzado la enormidad de que desde allí habíamos planificado el atentado contra la Estación de Bolonia. Naturalmente, se trataba de una mera especulación periodística e incluso de algo mucho más rastrero: una operación de intoxicación que contribuía a reforzar las sospechas de que la extrema-derecha había sido la autora de la masacre de Bolonia.

Por algún motivo, cuando oí la noticia del atentado de la rue Copernic, supe que terminaría por afectarme. Así fue en efecto. Pero esta es otra historia.

0.2. En París con dirigentes peronistas

El mismo día en que llegué a París, nuestro amigo Sixto Enrique de Borbón Parma había sido objeto de un tentado a la puerta de su residencia en el Boulevard des Invalides. Estuvo a punto de perecer a causa de un tajo en la garganta. Nunca pudo esclarecerse la procedencia de los ejecutores. Diez días después llegaban a París dos dirigentes del movimiento peronista argentino, un diputado justicialista por Buenos Aires y al entonces presidente de las juventudes peronistas. Habían llegado a la capital francesa con la intención de seguir a Roma y entrevistarse con el Papa Juan Pablo II para qué éste intercediera por la líder justicialista María Estela Martínez de Perón, detenida por el gobierno militar. Stefano delle Chiaie, fundador de Avanguardia Nazionale, también exiliado en París en ese momento, debía ser el intermediario a través de Monseñor Pintonello, un conocido cardenal italiano vinculado a los ambientes de la extrema-derecha (pocos años después se le vinculó al fracasado “Golpe Borghese” e incluso su figura apareció fugazmente en la película “Vogliamo i Coronelli”).

El encuentro con estos dos peronistas aclaró algunas de mis dudas sobre la realidad de este movimiento. Hasta entonces solamente había tenido contacto con ellos a través de un francés nacionalizado argentino, el profesor Jaime María de Mahieu (Jacques de Mahieu), que entre otros cargos era el presidente de la Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Justicialista, una especie de escuela de cuadros de éste partido. Pero Mahieu era, en realidad, más representativo de la derecha radical e intelectual europea que del movimiento para el que formaba cuadros. El diputado y el jefe de la Juventud Peronista eran, en este sentido mucho más “auténticos”. Les entrevisté para “Hebdo-synthese”, un boletín que entonces publicábamos en el marco del Institut de Recherches Politiques et Sociales, presidido por SAR Sixto Enrique de Borbón Parma.

Quedé literalmente impresionado por las narraciones de los peronistas: hablaban de la muerte sin el menor rasgo de dramatismo, de sus amigos asesinados y de los que ellos mismos habían matado. Aprovecharon el periplo parisino para ver al “loco Garimba”, Rodolfo Galimberti, uno de los fundadores del movimiento Montonero y entonces miembro de su cúpula en el exilio. Recordaban sin una pizca de amargura ni dramatismo la llegada de Perón a Ezeiza; allí, los montoneros avanzaron precedidos por un autobús que habían blindado, detrás iban varias filas de sus militantes armados; enfrente estaban los “oficialistas” que dispararon primero: “Cayó derrumbada toda la primer fila montonera”… luego fueron los propios oficialistas quienes recibieron su ración de plomo. ¿Muertos? Incontables por ambas partes.

Pero no todos los argentinos que conocíamos en París eran peronistas. El agredado militar de la Embajada gaucha se explayó en distintas ocasiones vertiendo abundantes datos sobre la naturaleza del movimiento montonero y, por extensión del peronismo. A pesar de ser militar como ellos, Perón no era muy apreciado en ese momento en las filas castrenses. Cuando a sus alegatos antiperonistas respondimos que “en el fondo Perón había condenado a los montoneros”, se rio y corrió a ponernos un casette de uno de los mítines multitudinarios en la Plaza de Mayo. Se podía oir como un rumor creciente interrumpía el discurso que Perón dirigía a las masas. Prestando atención se podía oír como un grupo manifestaba su oposición a Perón gritando: “Hemos luchado duro por una puta y un cornudo”… Eran los montoneros. Fue entonces cuando Perón les expulsó del “movimiento peronista”, no antes. Habían ofendido su dignidad de macho. Y en cuanto a Evita, el mismo militar nos explicó que la reina de los descamisados abría sus armarios cuando las manifestaciones de adhesión pasaban bajo su ventana y les arrojaba, enardecida, sus fondos de armario. “Eso es caridad, no justicia social”, nos dijo el oficial. En cuanto a Perón, cuando abandonó España no estaba en condiciones de dirigir el movimiento justicialista y mucho menos su país. Apenas tenía unas horas de lucidez al día.

La inteligencia argentina en París me pasó un grueso volumen de declaraciones de un dirigente montonero detenido a su regreso a Argentina. Habíamos alquilado una pequeña oficina en la rue Reichelieu, cerca de la Bolsa y de la Biblioteca Nacional a donde me retirada para leer todos estos dossiers. Aquel era particularmente interesante por que aludía a España. Contaba, por ejemplo, que a nuestro país llegó un grupo de exiliados montoneros que decidieron abrir una “Casa del Pueblo Argentino” cerca de Puerta de Hierro y para ello se entrevistaron con el entonces ministro del interior Rodolfo Martín Villa el cual dio su nihil obstat. Sin embargo, lo sorprendente era que esos mismos montoneros se entrevistaron también con miembros de ETA(p-m) los cuales les presentaron a los traficantes de armas belgas que habitualmente los aprovisionaban de armas. En las declaraciones del montonero se daban todo tipo de detalles sobre las fecha de estos contactos y sobre su contenido. Extraje los elementos esenciales y se los envié a Blas Piñar, entonces diputado en el Parlamento y a Antonio Izquierdo, por entonces director de El Alcázar. A ambos les añadí el nombre del contacto en la Embajada Argentina en Madrid en donde podrían confirmar estas informaciones. Le sugerí a Piñar que utilizara ese material para realizar una interpelación al Ministro del Interior para que explicara como se podía a la vez entrevistar a los montoneros y luego estos encontrarse con quienes asesinaban a los funcionarios de Interior… Pero la interpelación jamás se llevó a cabo. En cuanto a Izquierdo, yo ignoraba en ese momento que era amigo de Martín Villa con quien había compartido el curso de formación de mandos del Frente de Juventudes. Así que tampoco publicó nada. Volvamos a los argentinos.

En realidad, el “patriotismo” argentino estaba escindido entre el “sector nacionalista” y el “sector peronista”. Al primero pertenecieron los grupos anticomunistas de los años 60, especialmente la Guardia Restauradora Nacionalista y el Movimiento Nacionalista Tacuara (sólo en parte peronista sui generis), la Alianza Libertadora Nacionalista y un amplio sector militar. El peronismo no era menos heteróclito, formado por el Partido Justicialista –estrutura organizada del movimiento peronista- incluía a grupos tan diferentes como las “62 organizaciones”, esto es, su corriente sindical, o los grupos armados de izquierda, especialmente los Montoneros, pero también de extrema-derecha. Ambas ramas eran, aparentemente, irreconciliables y cada una esgrimía un capitulo interminable de agravios ante la otra.

En aquel momento, nosotros –me refiero a los que integrábamos lo que se conoció mediáticamente como “internacional negra”- nos habíamos propuesto atenuar esas fricciones. De hecho, había que aprovechar aquella situación extraña en la que nos encontrábamos, gracias a la cual nuestro anticomunismo militante e indudable nos granjeaba la amistad de los medios nacionalistas y de los sectores militares de la Junta Argentina, pero nuestro énfasis en las cuestiones de justicia social y el hecho de que algunos de nosotros fueran recibidos por el propio Perón o por los líderes del sindicalismo justicialista, hacían que el grueso del movimiento justicialista nos tomara como “aliados europeos represaliados”. Della Chiaie y el Comandante y Príncipe Junio Valerio Borghese, en efecto, habían conocido a Perón durante su estancia en Madrid en Puerta de Hierro y el general se comprometió, cuando volviera a presidir su país, a albergar discretamente a los refugiados que pudieran llegar de Europa. Allí fueron el teniente de paracaidistas y diputado italiano Sando Sacucci o Augusto Cauchi (y, allí fueron detenidos años después). Della Chiaie también pudo entrevistarse con Rucci, el líder sindical de las “62 organizaciones”, posteriormente asesinado por los montoneros en las habituales guerras tribales entre grupos peronistas, y con la propia María Estela Martínez de Perón.

Cuando hablábamos con militares argentinos o con peronistas, nuestro discurso iba en dirección a convencerles de que el país precisaba una alianza entre el “nacionalismo” y el “peronismo” y que solamente esa alianza daría estabilidad a Argentina. Pero el enconamiento entre las partes era tal que salvo avances muy parciales, este planteamiento debía caer sobre terreno insuficientemente abonado.

Los militares eran, sobre todo, anticomunistas y, por extensión, antiizquierdistas. Tenían una buena formación política inspirada en el pensador católico francés Jean Ousset y su organización “La Ciudad Católica”. Ousset había escrito algunos libros de carácter anticomunista que gozaron de gran éxito en los medios militares argentinos. Los peronistas, en cambio, podían ser cualquier cosa y su contraria; los había de derechas, de extrema-derecha, de izquierda moderada y de izquiera radical. Partidarios de la lucha política pero que veían con conescendencia el terrorismo mientras fuera peronista, y partidarios del terrorismo que soñaban con su acta de diputado, bien remunerada por otra parte. Era difícil entenderse con los peronistas. Solían discutir entre ellos –incluso los de una misma corriente- y defender matices con ardor y beligerancia ante las opiniones contrarias de sus propios camaradas. Una olla de grillos, en definitiva. El propio Jacques de Mahieu, el hombre que debía formar cuadros peronistas, era, a finales de los 70, uno de los más hostiles adversarios del peronismo y había terminado utilizando todo su bagaje científico para buscar restos europeos en el amazonas pre-colombino y llegó a escribir libros de éxito sobre la presunta presencia de vikingos en Tiwanaco o de templarios en el Amazonas, libros que han sido traducidos al castellano y publicados por editoriales de éxito.

Los dos dirigentes peronistas me pusieron en la pista de diversas siglas, nombres y opciones sobre los que hasta entonces tenía una vaga idea. Desarrollando aquellos datos he llegado a las conclusiones que siguen.

 

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 

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