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Infokrisis.- A pesar de la lejanía, la comunidad ecuatoriana en España ha pasado a ser numéricamente, la segunda en importancia detrás de la marroquí. Muy pocos ecuatorianos tienen la intención de volver a su país y todos ellos quieren traer aquí a sus familiares y amigos. Hoy, Ecuador precisa de las remesas enviadas por los emigrantes para mantener a flote el aparato del Estado. No es raro que la clase política estimule la inmigración masiva hacia España.  

 

Desde 1997, Ecuador ha generado cuatro millones de inmigrantes con destino a EEUU, Italia y, especialmente, España. Si el Estado ecuatoriano no se ha declarado en quiebra se debe a las remesas enviadas por los ecuatorianos en el extranjero a sus familias. No se trata de grandes cantidades tomadas de una en una –apenas entre 200 y 400 euros por mes, en torno al 33% de sus salarios- pero, sumadas, están próximas a los 2.000 millones de dólares. Estas cifras suponen, en volumen, la segunda fuente de ingreso de divisas. La primera es el petróleo. Una vez más, no se entiende por qué un país con reservas naturales, en lugar de generar riqueza, emite pobreza en forma de emigración.

Ecuador se habituó a vivir de las remesas enviadas por la emigración en el año 2000, cuando la emigración empezó a ser masiva. De todas formas de 1998 la inmigración ecuatoriana ya era habitual en España. En esa época los conocí y advertí cual era el problema de los ecuatorianos en España: carecían completamente de formación profesional… Tuve contratar a un grupo de albañiles y me entrevisté con doce ecuatorianos que me presentó el sacerdote de una ONG barcelonesa. Todos ellos, absolutamente todos, me mintieron respecto a sus capacidades profesionales. Todos se me presentaron como “oficiales”, cuando su preparación era la de peones; luego supe que algunos de ellos jamás habían trabajado en la construcción. Los contraté como aprendices y tardaron tiempo en estar en condiciones de realizar algo más que cargar y evacuar escombros. No era exactamente lo que buscaba, pero algo era algo. Eran, por lo general, voluntariosos y esforzados, pero su falta de preparación los inhabilitaba para trabajar en una obra. Alguno, incluso, sufría depresiones cíclicas, no se había adaptado a la inmigración y tenía el cerebro junto a su familia en su Quito natal. Otros tenían un problema en su vida personal: bebían demasiado a partir del viernes al medio día y volvían el lunes por la mañana, literalmente, hechos polvo. Me contaron muchas cosas sobre ellos, sobre su país y sobre sus familias. Desde entonces tengo claro que la emigración, sea en las condiciones que sea, es una tragedia, y nadie debería ser privado del derecho de vivir y trabajar en la tierra que les vio nacer.

Hay ecuatorianos, prácticamente, en toda España, si bien tienen tendencia a concentrarse en Madrid y en algunas provincias del Sur con puestos de trabajo en el sector agrícola. Todos con los que pude intercambiar puntos de vista abominaban de su clase política a la que responsabilizaban de la miseria del país. Me decían que su país era rico pero ellos eran pobres y no lo entendían, acaso, porque no había nada que entender, solamente constatar el fracaso de un país con casi doscientos años de independencia. Ecuador exporta petróleo, bananas, pesca y cacao… pero donde es realmente competitivo es en exportación de mano de obra barata.

A pesar de lo que se tiene tendencia a repetir, no estoy convencido de que la presencia masiva de ecuatorianos en España sea buena para nosotros. España se ha convertido en un centro de formación profesional de países como Ecuador que exportan un tipo de emigración que carece completamente de preparación laboral. Trabajos que hasta hace poco podían realizar nuestros jóvenes en período vacacional (la mayor parte de campañas de recogida agrícola o trabajos de reponedores en grandes superficies) ahora los hacen, entre otros, ecuatorianos. Son trabajos que impiden disponer de medios económicos suficientes como para poder vivir de forma independiente, así pues, solamente pueden ser desarrollados por jóvenes que vivan por sus padres, o por emigrantes que hayan decidido vivir con lo mínimo.

El problema es que, concluidas las campañas agrícolas, nuestros jóvenes volvían a la escuela o a la universidad, en cambio la inmigración ecuatoriana reingresa en las listas del paro. España no es un país rico y resultará muy difícil que, en los próximos años, nuestra hacienda pueda soportar el pago de subsidios de paro y los elevados costos sanitarios de aquellos que, inicialmente, nos contaron que habían llegado para “pagar las pensiones de nuestros abuelos”, ¡ja!

La inmigración ecuatoriana es quizás una de las más dramáticas demuestra el cinismo de un sistema económico levantado sobre la explotación y el desarraigo de los débiles que muta las condiciones de vida, tanto en el país que pierde a sus ciudadanos como en el que los acoge. Los “gurús” vendedores de multiculturalidad insisten en que se trata de un fenómeno “saludable y creativo”, pero yo he visto a ecuatorianos llorando en el tajo cuando recordaban a sus familias, los he visto con la mirada perdida en unos y el mal beber en otros, los fines de semana alcohólicos. He visto también como nuestros jóvenes han terminado por preferir ser mantenidos por sus padres, a espabilar y trabajar en los meses de verano. Nuestros chicos se “ablandan” porque no se les pide esfuerzos, ni siquiera se les da la posibilidad de que se esfuercen… porque para hacer los trabajos duros, no están nuestros jóvenes, sino los inmigrantes… Hubo un tiempo en el que la vendimia agrupaba en el sur de Francia a estudiantes de toda la Península Ibérica. Y los francos que ganábamos en tres semanas o un mes, nos servían para comprar el “vespino”, llegar hasta fin de año con seguridad de poder comprar regalos de navidad a nuestra familia o a la novia o, simplemente, evitar ordeñar a los padres. Todo eso queda lejos, a pesar de que tenía indudables valores “educativos”. Hoy rigen otros “modelos”: nuestros hijos permanecen ante el ordenador todo el verano, chateando interminablemente y ni les interesa trabajar, ni nadie se lo exige, a sabiendas de que papá y mamá financiarán sus caprichos, aunque solo sea para mantenerlos calados.

El fracaso político de una nación

¿Qué ha ocurrido en Ecuador para que un$a parte sustancial del país lo abandones? Mucho, desde luego, desde que en el 1533, los hombres de Pizarro incorporaron el país a la Corona de España. La nueva extensión fue incorporada al virreinato del Perú y, más adelante, al de Nueva Granada, junto con las actuales Colombia y Venezuela. Esto explica por qué Ecuador estuvo inicialmente incorporado a Colombia al recibir la independencia en 1809 y que incluía también a Panamá y Venezuela. Fue en 1830 cuando Ecuador se independizó. En el siglo XIX, toda la América Hispana tuvo una irreprimible tendencia a fraccionarse hasta configurar el mosaico actual de países, frecuentemente rivales.

Con la independencia empezaron los problemas. A lo largo del XIX el asesinato flageló a la clase política. Dos presidentes fueron asesinados, aunque eso sí, uno conservador y el otro liberal. El siglo XX tampoco sentó bien a Ecuador. Las depresiones económicas terminaron convirtiéndose en el pan de cada día y los conflictos sociales alternaron con los conflictos fronterizos. En 1941 estalló la guerra con Perú que volvió a reavivarse en 1979

En 1984, Febres-Cordero, presidente conservador aplicó una política represiva sobre los movimientos sociales sobre los que su sucesor, Rodrigo Borja se apoyaría para llegar a la presidencia liderando a la izquierda. Borja aplicó una mini reforma agraria, más demagógica que otra cosa, distribuyendo tierras entre los indígenas, pero aquello no terminó con el descontento social, así que en las elecciones de 1992, Sixto Durán, ensayó una nueva fórmula: había llegado el neoliberalismo a Ecuador. Privatizó todo lo privatizable y. siguiendo consignas de la industria petrolera norteamericana, abandonó la OPEP, procediendo a un aumento de la producción de hidrocarburos. En 1995 se produjo el enésimo conflicto con Perú que concluyó con el ventajoso tratado de Brasilia. Lo peor estaba por llegar.

Socialmente, se estaban produciendo dos fenómenos notables. De un lado, las migraciones interiores y de otro el estancamiento de las coberturas sociales. Desde finales de los años 70, las migraciones interiores iban despoblando progresivamente el campo ecuatoriano y orientando los flujos de población hacia las empresas agrícolas de la Costa; pocos iban al extranjero. En cuanto a las coberturas sociales estaban reducidas a la mínima expresión, lo que daba lugar al atraso del país en política social. La red de asistencia pública era muy limitada, el 30% de la población estaba absolutamente sin ninguna cobertura. Pues bien, treinta años después, la situación no ha mejorado. Los porcentajes siguen siendo los mismos y la red médica sigue cobrando unos sueldos cicateros y es especialmente débil en zonas rurales.

En agosto de 1996, a la vista de los fracasos alternados conservadores y liberales, ganó las elecciones un demagogo populista. La historia de las democracias iberoamericanas es siempre el mismo: primero fracasan las fórmulas tradicionales y cuando el electorado ya está sumido en una absoluta desorientación, siempre aparece un demagogo que levanta falsas esperanzas y sitúa a un paso del precipicio, o bien anima a lanzarse. Este proceso se dio también el Ecuador, cuando el exótico Abdalá Bucaram, fue elegido presidente en 1996 que un año después lograba ser desposeído de su cargo por evidente “incapacidad mental” apreciada por el parlamento. Lo que ocurre a partir de ese momento es la crónica de un túnel cuya salida no termina de verse.

Hagamos un alto en el camino. ¿Se dan cuenta de que ninguno de los nombres de los presidentes ecuatorianos les suenan lo más mínimo? Muy pocos entre los especialistas en política iberoamericana saben algo de Ecuador. Políticamente, el país parece no haber existido ni siquiera para la antigua metrópoli colonial. Y es raro porque, al menos nos suenan los nombres de los presidentes de Colombia, Venezuela, por no decir de Argentina o Chile, e incluso de Panamá o Bolivia. Pero se diría que Ecuador era un país cuya actualidad política nos estaba vedada. Conozco casi toda Iberoamérica, pero, por algún motivo, nunca he encontrado la excusa para viajar a Ecuador.

Sigamos con las desgracias ecuatorianas. Cuando Bucaram fue destituido, le sucedió el presidente del Congreso Nacional, Fabián Alarcón y unas nuevas elecciones dieron el poder a Jamil Mahuad que ostentaría sus funciones hasta el año 2000. Pero, en ese momento, la crisis económica ya se había generalizado y nadie parecía tener la fórmula para revitalizar a la moribunda economía local. El país se había convertido en una fábrica de parados y la crisis político-social dejaba presagiar los más negros horizontes.

Desde los tiempos de Bucaram una parte de la población mestiza e indígena empezaba a tener claro que dentro del país no existía futuro para ellos. Se veían en un agujero tan profundo que habían perdido toda esperanza. Fue entonces cuando empezaron a emigrar. Pero en el año 2000 todavía no eran suficientes como para compensar la baja del precio del petróleo. Ese año, la economía ecuatoriana vivió su peor momento. La huelga general y las constantes manifestaciones de los menesterosos, condujeron a nuevos momentos de inestabilidad y golpismo. La economía fue dolarizada y los esfuerzos del nuevo gobierno se basaron solamente en dos posibilidades de recuperación: el petróleo y la emigración. Para estimular lo primero se construyó el oleoducto Amazonía-Pacífico, imprescindible para duplicar la producción de crudo. Pero, como esto no bastaba, se adoptaron medidas de austeridad económica. Estás suscitaron la oposición de los activistas indígenas cuando casi tres millones de ecuatorianos habían optado por el exilio económico.

La izquierda volvió al poder en el 2002 (frente formado por la izquierda tradicional, las organizaciones indigenistas y los militares populistas), pero su presidente, Lucio Gutiérrez fue depuesto por el congreso en abril del 2005, en medio de convulsiones político-sociales sin precedentes. En el momento de escribir estas líneas, el presidente es Alfredo Palacio, sin que podamos asegurarle que cuando lean estas líneas la situación haya dado un nuevo vuelco que remita al punto de partida.

El resumen de toda esta historia puede sintetizarse así: Ecuador es un país frustrado. No ha logrado una estabilidad política, se ha dotado de una clase dirigente extremadamente incapaz de planificar el bienestar de la mayor parte de la población.

Los desposeídos de Ecuador son, mayoritariamente, mestizos y, sobre todo indígenas. No es raro, por ejemplo, que la principal asociación de emigrados ecuatorianos en España lleve el nombre del caudillo Rumiñahui, derrotado por Bartolomé Ruiz el 21 de septiembre de 1526. Da la sensación de que, como ocurre con otras inmigraciones andinas, los inmigrantes ecuatorianos en España tengan tendencia a pensar que “su fracaso” se debe a “nuestra colonización”. Y no es así. Eso le sirve a Evo Morales y a todos los que son como él, para justificar unas cuantas frases demagógicas, pero la historia no admite que un país que ha sido independiente 200 años y colonizado solamente durante 300, haya fracasado en su intento de configurarse como un Estado moderno. El fracaso del Estado ecuatoriano es patrimonio de los ecuatorianos, de la misma forma que la tragedia africana tiene como responsables a los propios africanos. Es duro, pero es así. Por el mismo precio, nosotros españoles, podríamos atribuir a la invasión cartaginesa el haber llegado unas décadas tarde a la modernidad. Las “excusas históricas” convencen a los convencidos, pero no por ellos son reales.

La mayoría de los países en crisis tienen un culpable principal para sus crisis (su propia clase política dirigente) y un culpable secundario (el grueso de la población que por omisión o de conformidad, los encumbró en el poder). La España frustrada del siglo XIX encaja perfectamente en este esquema: la gigantesca pirámide de fracasos que fue el siglo más desgraciado de nuestra historia no puede ser atribuido a poderes exteriores, sino a nuestra propia capacidad para entender la modernidad. Con los países andinos pasa otro tanto: mientras no cesen de culpabilizar a terceros en lugar de asumir sus propias culpas, jamás lograrán entrar en la modernidad. Modernidad implica realismo y objetividad; la creación de falsas coartas en lo más retrógrado que pueda imaginarse.

Cuando se habla con los emigrantes ecuatorianos más cultos, se percibe pronto ese poso de resentimiento secular del indígena hacia la antigua potencia colonizadora. “Si Pizarro no hubiera enviado a sus hombres, hoy seríamos un imperio poderoso”. Claro, y si mi mamá tuviera cuernos, cuatro patas y el mismo número de pezones, no sería mi madre, sino que sería una vaca. Y todo así.

El fracaso económico de una nación

Ecuador tiene casi trece millones de habitantes y el aumento más brutal de la pobreza que ninguna otra nación del planeta. Ciertamente, Sierra Leona o Liberia son países más pobres y violentos, pero, puede decirse que, dramáticamente, no son excepciones en el África Subsahariana. Ecuador tampoco es una excepción en Iberoamérica, pero no existe otro país que haya pasado en apenas una década de tener un 12% de pobres a un 71% o, en términos absolutos, de tres a nueve millones de personas. El 31% de la población ecuatoriana vive en la pobreza más extrema. Y no hay perspectivas de que la cosa vaya a cambiar. El salario mínimo está establecido en 140 dólares, pero el coste de la vida se sitúa en torno a los 350. Y, además, el paro es el gran azote del país.

Desde principios de 2006 y en el momento de escribir estas líneas, Ecuador negocia un Tratado de Libro Comercio con EEUU y ha firmado distintos tratados con otros países y organizaciones internacionales de crédito, pero nada de todo esto hizo que disminuyera la pobreza de manera sensible. Un acuerdo de este tipo parece imprescindible para revitalizar la maltrecha economía local, pero no estamos seguros de si logrará superar el gran problema que padece el país: las desigualdades abismales de renta.  En 1998, el 10 % de la población ecuatoriana de rentas más altas detentaba el 42,5 % de la riqueza, mientras que el 90% restante se distribuía el resto. Ese año se congelaron las cuentas y parte de la población, bruscamente, se sumió en la pobreza; la deuda externa había hipotecado al Estado. La población respondió con el éxodo.

Ese mismo año, el 7,6 % del gasto sanitario fue a parar al 20 % de la población pobre, mientras que el 20 % de la población rica recibió el 38,1 % de este mismo gasto. El 40% de la población es rural y el 60% de los campesinos es pobre.

Para entender un poco mejor el fenómeno de la emigración en Ecuador, vale la pena saber que el país está estratificado étnicamente. El 65% de la población es mestiza, el 25% amerindios, el 7% criollos (descendientes de colonos españoles) y el 3% restante se reparte entre distintos grupos étnicos, el más importante de los cuales está compuesto por mulatos afro-ecuatorianos (especialmente en Guayaquil). También existe otra minoría procedente de Oriente Medio, compuesta en su mayoría por libaneses. Esta estratificación étnica es, al mismo tiempo, económica. Solamente los criollos gozan de una situación económica aceptable y, por tanto, están fuera de los circuitos de la inmigración; en cuanto a los amerindios son, en su mayor parte, campesinos pobres y, por tanto, tampoco aportan una fuerza apreciable entre los inmigrantes. Así pues, en su mayor parte, son los mestizos los que han emprendido el camino de la emigración.

Al igual que otros países de Iberoamérica, Ecuador ha sufrido un proceso de despoblamiento del campo y trasvase de población a las ciudades. Hoy, la población rural supone un 45% y la urbana un 55%. Es a este sector de la población al que pertenecen la mayor parte de los inmigrantes. Es un país joven cuya edad media apenas supera los 22’5 años, mientras que la tasa de fertilidad es alta en relación a la media europea, 3 hijos por pareja.

No es raro que cuatro millones de ecuatorianos hayan decidido dejar atrás sus historias de miseria y plantearse una nueva vida en EEUU y España. Jóvenes de los Andres y de Huaquillas, Sullana, Talara y Tumbes, Paján, Quito, Cuenca, Machala, Guayaquil, Loja, etc., emprenden el camino del exilio económico. Todos ellos tienen una idea en la mente: “por mal que me vayan las cosas, nunca me irán tan mal como en mi propio país”. Las autoridades del país –y es bueno recordarlo por la parte que nos toca- no tienen la más mínima intención de recortar el flujo migratorio, sino todo lo contrario. Ya hemos dicho que gracias a esos contingentes la economía del país no se ha declarado en quiebra. Las autoridades ecuatorianas son las primeras interesadas en que esos flujos prosigan, a pesar de que supone restar al país sus brazos más jóvenes y decididos. Lo único que han hecho en los últimos cuatro años las autoridades locales ha sido “reorientar” el flujo. Si hasta 2001, EEUU era el destino más interesante para los ecuatorianos, a partir de ese momento, empezó a promoverse la imagen de España como destino idílico. Dos años después, en 2003, Ecuador ingresaba 1600 millones de dólares en remesas del exterior, pero el 58% procedía de residentes en la UE y solo el 38% de radicados en EEUU, a pesar de que en ese momento, la inmigración en éste país suponía algo más dos terceras partes de la totalidad del exilio económico ecuatoriano. En Europa se vive a un ritmo menos frenético, los servicios de inmigración están más relajados, los salarios son más altos y, finalmente, está ZP y su talante. Como era de prever, cuando a partir del 11-S de 2001 se endurecieron las condiciones de entrada en EEUU, la riada se canalizó hacia España.

Hasta ese momento, al menos en cifras globales, la economía ecuatoriana daba la sensación de que no iba mal del todo. Entre 1989 y 1999 había experimentado un crecimiento medio del 2’8%. Pero ese año se produjo la catástrofe: descendió a -7% y, a partir de entonces, toda la economía empezó a sustentarse solo en la exportación de petróleo y luego en las remesas de la inmigración. La producción ecuatoriana de petróleo, actualmente está en torno a los 22 millones de toneladas año, o casi 100 millones de barriles anuales, pero las reservas son limitadas y lo más probable es que no alcancen más allá del 2010-2012. A partir de ese momento, lo que ahora es un túnel oscuro se convertirá en más largo y más oscuro todavía. En ese momento, Ecuador dependerá aun más del petróleo. En menos de una década, el país se arriesga a ver como sus ventas se reducen a cero –el drama del petróleo es que “hay” o “no hay” y cuando se agota, se agota- en lo que se hoy supone un 40% del total de exportaciones. Lo dramático va a ser que, en ese momento, la clase política ecuatoriana seguirá estimulando la salida de sus ciudadanos al extranjero con tal de seguir percibiendo sus sueldos y “mordidas”.

Mientras se avanza inexorablemente hacia esa dramática perspectiva, el gobierno ecuatoriano sigue enmascarando la realidad. En 2001 llegó incluso a afirmar que el paro ¡había descendido en el país!, ¡claro que había descendido! La marcha de tres millones de ciudadanos al extranjero y la desestimación demográfica del país había hecho descender la tasa del paro del 14 al 9%... todo un éxito de gestión.  En realidad, cifras mucho más creíbles indican que entre desempleados y subempleados están en torno a las tres cuartas partes del mercado laboral. Y si alguien tiene alguna duda que pase frente al Ministerio de Relaciones Exteriores de Quito y sabrá lo que son colas para solicitar pasaporte. O, incluso, al aeropuerto de la capital en donde cada día miles de personas acuden a despedir con lágrimas en los ojos a los cientos de familiares y amigos que se van. Así que 9% de paro…

Al igual que en otros países andinos, la inmigración ecuatoriana es mayoritariamente femenina. El 67% de la inmigración ecuatoriana está formada por el contingente femenino. Ya hemos dicho que la mujer andina demuestra mucho más empuje que el hombre andino y su presencia en la inmigración es buena muestra de ello. Esta tendencia se explica también por el desempleo y el empleo precario que afecta a las mujeres ecuatorianas. En España, el grueso de las mujeres ecuatorianas trabajan en el servicio doméstico, en compañía de ancianos, en hostelería o en limpieza. No es que sean grandes trabajos, pero el clima es incomparablemente más agradable, el trato más gentil y las condiciones ambientales mucho más favorables. Sin olvidar la asistencia sanitaria y el propio salario y una legislación proteccionista en relación a la mujer que castiga duramente los malos tratos. A partir de estos datos, lo raro es que todavía permanezcan mujeres en Ecuador.

En el 2002, la prensa ecuatoriana está repleta de notas que indicaban a la emigración como la segunda fuente de ingresos del país y el verdadero puntal de la economía. Algunos medios no podían evitar cierta amargura y recordaban que la emigración era “carne de cañón” laboral. La web en castellano de la BBC dio la posibilidad a los ecuatorianos de la inmigración para que expresaran como se veían. Las respuestas tenían un trasfondo trágico, demoledor. La clase política era estigmatizada y considerada culpable. Un ecuatoriano residente en Tel-Aviv dejó este post: “El Ecuador esta así por la maldad de los hombres.¿Qué esperan "los padres de la patria del Ecuador? ¿Una guerra civil? Si mi país se hubiera formado bajo un marco de honestidad, patriotismo, unidad, organización, honradez, yo no estuviera aquí trabajando como un "doméstico", sino que estaría en mi país, desarrollando mi profesión que obtuve durante 18 años de estudio. Todo esto es el producto del fraude de los malos gobiernos”, y otro, desde EEUU insistía: “Muchos ecuatorianos nos hemos visto forzados a salir para buscar mejores oportunidades en otros países, ya que en el nuestro no podemos vivir. Nuestros gobiernos no paran la corrupción a todo nivel. ¿Qué más nos queda sino irnos? Si nos quedamos, nos morimos de hambre. Los que estamos fuera somos gente de valor, que estamos luchando duro”. Otro, residente también en EEUU iba por la misma senda: “En un país tan rico -pues somos mendigos sentados en sacos de oro - si sigue la corrupción, ni la ayuda nuestra va a servir. Hace 15 días pensé en volver a mi país, pero mi hermana regresó de vacaciones al Ecuador, muy triste por la extrema pobreza en que encontró a nuestra familia. Y eso que son profesionales, con estudios universitarios”. Los emigrantes en Europa no veían las cosas de manera diferente. Uno escribía desde Alemania: “Mis experiencias y las de mis compatriotas aquí son muy duras. Ojalá que nuestros malditos ladrones políticos tuvieran que venir a experimentar todo lo que pasamos aquí, para ver si les quedan ganas de seguir perjudicando a nuestro pobre país”, y otro desde España confirmaba el diagnóstico: “La emigración de Ecuador se debe a la galopante corrupción existente, ya que los políticos arrasan con todo. Son como un vendaval. Lo quieren todo para ellos, sin importarles el pueblo que los eligió”. Finalmente, pudimos leer dos tipos de mensajes que iban más allá del diagnóstico de la crisis de un país. Uno de ellos estaba escrito desde la tristeza, el otro desde el odio. Vean el primero: “Soy un ecuatoriano más de los que a diario luchan por salir adelante con la ilusión de regresar algún día a nuestro país. Nos sentimos solos y desamparados. Ojalá que las cosas cambien pronto en Ecuador”. En cuanto al segundo, indica un estado de frustración que se sublima en odios poco meditados pero muy arraigados: “Desde hace 20 años se conoce la decadencia de los europeos. La nueva sangre que están recibiendo es la devolución india a los conquistadores, con la diferencia de que los indios están llevando un nuevo renacer, con su mano de obra barata, el conocimiento y manejo de los cultivos, el aporte de muchos profesionales y, más que nada, el intercambio indio/europeo, dando hijos para que los parques una vez más sean centros de diversión no sólo de ancianos, sino que compartan el esparcimiento con estos nuevos retoños: la nueva generación de europeos mestizos”…

Este último post es particularmente interesante. Es evidente que la ofuscación no ha comprender a su autor la verdadera naturaleza del problema: no solo fracasan los gobiernos, sino también los pueblos que han exigido la independencia pero no han sabido dotarse de instituciones más sólidas, como cañas al viento, pueblos como el ecuatoriano han bailado al son de los demagogos de turno, que los han seducido prometiéndoles las mieles del consumo. Y esta situación se ha repetido una y otra vez, eternamente en la historia de Iberoamérica. No es sólo el fracaso de una clase político, sino de naciones y de sus encarnaciones jurídicas (los Estados) y de sus soportes humanos (sus pueblos).

Ahora bien, el dinero de los inmigrantes no va al Estado, sino a particulares, ¿cómo es que realmente se beneficia el Estado? Es fácil entenderlo. De un lado, disminuyen las presiones sociales inmediatamente; los que reciben el dinero de sus familiares emigrados, lamentan su ausencia, pero, al menos tienen algo que llevarse a la boca. Habitualmente, estos familiares están en paro y esas ayudas les mantienen la esperanza en que “hay una salida”. De no existir, esos mismos ciudadanos multiplicarían sus protestas, huelgas y motines. Al menos, esas remesas contienen su ira y engañan su realidad. Además, el Estado reduce sus ayudas sociales en la medida en que tres millones de emigrados suponen en torno a millón y medio de ayudas menos; eso supone un gran ahorro en gasto público. El dinero que debía destinarse a la partida social, habitualmente se encarrila hacia el pago a los acreedores. Así pues, la deuda exterior tiende a disminuir. Esa inyección produce un aumento de la demanda en tanto que mejora capacidad de consumo de los receptores. El consumo mejora, así mismo, las recaudaciones tributarias (IVA) y generan mayor actividad en el sistema financiero (los bancos que reciben los depósitos cobran una tasa). La mayor parte de las remesas se utiliza en solventar gastos básicos, como alimentos, ropa, medicinas y educación. También se suelen utilizar en la construcción de vivienda propia.

Según los últimos datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 2004, Ecuador recibió 1.740 millones de dólares (o 1.432 millones de euros), un 5% más en comparación con 2003, en concepto de remesas de la inmigración.

Pero las remesas pueden tener una consecuencia perversa sobre la economía ecuatoriana. Quienes las reciben aumentan su poder adquisitivo y se implican en una dinámica consumista. Pero esto no hace que aumente la inversión productiva dentro del país, sino que se consumen exportaciones, lo que implica desequilibrar la balanza comercial. Esto puede provocar un encarecimiento de los artículos y productos y el consiguiente inicio del proceso inflacionista. La única forma de evitarlo es destinar las remesas a la inversión productiva… pero eso es difícil: se trata de cantidades pequeñas que no permiten la constitución de nuevas empresas y, por lo demás, Ecuador no tiene tradición cooperativista, lo único que podría paliar este problema. Es casi inevitable que esas remesas se desvíen hacia el consumo familiar y el bienestar a corto plazo.

El dinero que llega es mayor que la suma anual de toda la asistencia económica extranjera, incluidos los créditos del Fondo Monetario Internacional (FMI). En los últimos 20 años se estima que las remesas enviadas por los emigrantes está en torno a los 25.000 millones de dólares, ¡tres veces el presupuesto del Estado! A pesar de que existen más emigrantes ecuatorianos en EEUU que en Europa, las remesas enviadas desde Europa son mayores (58% frente al 42% en 2002). Y la inmigración radicada en España es la que aporta más con 385 millones de dólares en 2002 y en la actualidad con algo más de 500.

Además en el caso de Ecuador se da otro fenómeno. La economía está dolarizada. La moneda local, el sucre, se abandonó hace cinco años ante su inestabilidad. En estos años, el euro ha tendido a revalorizarse ante el dólar con lo cual los dólares se han pagado más bajos y esto ha contribuido a que se produjera un beneficio añadido y hacer viable la dolarización de la economía amparado en los cambios de moneda y en el aumento de la producción petrolera. Es un plan de estabilización económico poco ambicioso y que lucha contra el tiempo: el petróleo terminará agotándose y la inmigración no podrá ir mucho más lejos de donde ha llegado hasta ahora. Además, las instituciones bancarias no se han recuperado completamente de la crisis y, como en otros países tercermundistas, los contratos firmados con las petroleras no dejan excesivos beneficios en el interior del país.

En esas circunstancias tampoco parece que vaya a aumentar espectacularmente la inversión exterior ni la entrada de capitales. La dolarización de la economía, por lo demás, implica que Ecuador estará a merced de las fluctuaciones económicas internacionales y, en estos momentos, la subida de las tasas de interés hará que, inevitablemente, disminuya la actividad económica y las exportaciones pierdan competitividad. Para los economistas ecuatorianos resulta altamente angustioso consultar los informes de competitividad que en 2002 situaban a Ecuador en el puesto 68 sobre 75. Ecuador exporta poco y lo poco que exporta no lo hace un precio que “excite” una mayor demanda. Mientras que, en situaciones similares, Colombia o Argentina tendían a devaluar la moneda, la dolarización ecuatoriana impide utilizar esta estrategia. Y esto lleva a la única forma de defender lo poco que queda de la competitividad ecuatoriana: reducir salarios, reducir plantillas, facilitar despidos, es decir, golpear en el “eslabón más débil”. Y esto tiene como única consecuencia un mayor paro y, consiguientemente, más emigración… La emigración es, hoy más que nunca, una válvula de escape social para una economía enferma. En el momento actual, si la situación es algo menos dramática que hace cuatro años, se debe a la subida de los precios del petróleo, pero el planteamiento de fondo no ha variado en absoluto: la falta de competitividad impide aumentar las exportaciones, así pues resulta muy difícil generar crecimiento económico. Los ingresos del Estado se enfocan hacia el pago de la deuda, pensando que las remesas de la inmigración tranquilizarán a la población y le darán un bienestar mínimo. Todo esto es pan para hoy y hambre para mañana.

En la actualidad, el esquema es el siguiente: la deuda es una de las causas de la crisis; la deuda genera paro; el paro, inmigración; la inmigración remite remesas; esas remesas no generan actividad económica pero alivian el consumo interior; la pacificación social permite destinar parte de los ingresos del Estado al pago de la deuda exterior; pero la competitividad sigue sin estimularse, no se crean nuevos puestos de trabajo y la inmigración subsiguiente sigue restando demografía al país...

Este último punto es importante. Una encuesta realizada en Génova demostró que sólo un 2,8% de los inmigrantes ecuatorianos carecían de estudios, pero el 57,7% de los encuestados tenía estudios secundarios y un 13% estudios superiores. De todo ellos, el 77%... tenía trabajo en Ecuador y solamente un 2’4% estaba desocupado cuando decidieron emigrar. Para colmo, el 43,1% procede del comercio, el turismo y la restauración, un 28,2% trabajaba en  servicios públicos y el 9,4% de la industria. Esto es lo sorprendente: no emigran los parados ecuatorianos ¡sino los que disponen de puestos de trabajo! No emigran los que carecen de instrucción, sino los que la tienen (cuando al principio dijimos que no habíamos encontrado trabajadores ecuatorianos que conocieran los oficios de la construcción, no quiere decir que no fueran trabajadores brillantes en otros sectores laborales que no tienen demanda en España; había entre ellos enfermeros, contables, estudiantes de medicina y un abogado…). El resultado es una selección al revés: se quedan los menos competitivos (los demasiado mayores o los demasiado jóvenes), salen los que más lo son. A nadie se le escapa el resultado demoledor que puede tener en los próximos años esta situación para un país con demografía empobrecida y con parte de sus élites en el exilio económico.

España, el destino predilecto

No llegan en pateras ni en cayukos, sino en jets de última generación. No pertenecen –por lo general- a los estratos más pobres del país, sino a los que tienen algunos estudios y les quedan algunos recursos económicos, o como mínimo, alguna pequeña propiedad que poder ofrecer como aval para el crédito. Lo que pierde Ecuador con esta emigración es a sectores empobrecidos de la clase media (especialmente en Guayaquil), algo que se hará sentir dramáticamente en las próximas décadas.

Además, la ruta hacia EEUU no era segura. Se atravesaban países demasiado salvajes e inhóspitos para los pobres. En la segunda mitad de 2000, murieron en América Central 450 ecuatorianos. Y, al llegar a EEUU, casi 3000 fueron capturados y repatriados. Además, para ingresar en España solamente hace falta endeudarse con alguna entidad de crédito o con algún “chulquero” o prestamista (dado que el ahorro a la vista de lo exiguo de los salarios locales es imposible), pero, en cambio, para ingresar al Norte del Río Grande, es preciso contar con la intervención de los “coyotes”, los mafiosos mejicanos o norteamericanos que trafican con seres humanos y cobran cantidades espectaculares por conducirlos en la última etapa de su viaje. En efecto, según “el mercado”, estos coyotes pueden llegar a cobrar hasta 10.000 dólares por persona… y no se garantiza el éxito de la empresa. Solamente en los tres primeros meses de 2001 fueron repatriados de México casi 2000 personas. En EEUU la puerta de la inmigración no está ni completamente abierta, ni completamente cerrada, simplemente está entreabierta; allí solamente acceden los más decididos, los más fuertes, aquellos a los que les sonría la “providencia”, el resto fracasa y es repatriado. Por extraño que parezca la mentalidad norteamericana exalta todos estos valores, pero es extremadamente duro con los débiles o los que son descubiertos y fracasan en su empresa: la providencia no les ha ayudado. Dios bendiga a América.

Entrar en Europa, en cambio, es mucho más sencillo. Además no hay racismo. Pero tambien muchos mueren en su aventura europea. En 2001 un grupo de 12 inmigrantes ecuatorianos, todos ellos ilegales, fueron arrollados en un paso a nivel dentro de la furgoneta en la que trabajaban y fallecieron. No es que en ese momento no se supiera que la inmigración ecuatoriana estaba entrando en España a chorros, es que, a partir de accidente de Lorca, su presencia –hasta ese momento silenciosa- saltó a los medios de comunicación. Acto seguido, el “empleador” fue castigado y cundió la alarma en el sector agrícola de la zona (en donde trabajaban la mayor parte de ecuatorianos residentes en Murcia), así que, durante una temporada dejaron de contratarlos y miles de ecuatorianos se mudaron a Madrid a probar suerte en la construcción y en hostelería, o bien se dispersaron por Andalucia sustituyendo a los marroquíes que hasta ese momento realizaban los trabajos agrícolas. Poco después, fue detenido otro propietario agrícola de Huelva en cuya finca trabajaban un centenar de “sin papeles” en condiciones lamentables.

A raíz de estos dos incidentes, el Ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja firmó con Ecuador un convenio para regular la permanencia de ecuatorianos en España. Se establecía que España legalizaría la situación de unos 40.000 ecuatorianos en 2001 y otros 200.000 en los próximos cinco años… pero la realidad desbordó cualquier previsión. El “efecto llamada” había transformado el goteo que se dio entre 1997 y 2001 en un flujo continuo e incontenible. Fue en aquel período en donde el Ministerio de Trabajo dirigido por Pimentel, propuso la “genialidad” de que los ecuatorianos ilegales en España, solicitaran su “retorno voluntario” para, una vez llegados a su país, tramitar inmediatamente el regreso a España. Todo, por supuesto, a cargo del gobierno español. Las ONGs y las asociaciones de inmigrantes protestaron por la medida por entender que no quedaba garantizado el regreso a España de todos los inmigrantes que se acogiesen a este “retorno voluntario”. Se hicieron algunos vuelos, pero al cabo de una semana el programa ya había demostrado su absurdo. Ciertamente, la Ley de Extranjería preveía que los permisos de trabajo y residencia se tramitasen en el consulado español más próximo al lugar de residencia, en lugar de la política de hechos consumados de “aquí he llegado y aquí me quedo”. Lo que el gobierno español de la época pretendía era, simplemente, que se cumpliera la ley… pero, claro, pagarles el viaje de reformo, para realizar la gestión y luego el de regreso a España con la gestión hecha, era, como mínimo surrealista. Entonces (2001) se calculaba que existían entre 150.000 y 200.000 ecuatorianos en España. En los cinco años siguientes, estas cifras se multiplicarían por tres. De ellos, se inscribieron en el programa de “retorno voluntario”, 24.544, de los que 2175 regresaron a Ecuador. El gobierno –alarmado porque la inmigración empezaba, en esas fechas, a ser percibida como problema- dio como fecha tope el 14 de mayo de 2001 para aceptar los retornos… pero el 85% carecían de oferta de empleo con visos de verosimilitud. Así que solamente pudieron regularizar su estancia en España (y retornar), 648 ecuatorianos. Se corrió un tupido velo y se vio que los hechos iban muy por delante de las soluciones provisionales, halladas sobre la marcha. La “solución Pimentel” era solo un poco menos mala que la “regularización masiva” de ZP. Poco después, Pimentel dimitía y salía del PP, fundando una especie de red humanista-bienintencionada antes de desaparecer políticamente.

 

Ecuatorianos en España: dónde, cómo, cuántos

La inmigración ecuatoriana en España empieza a estar presente en el quinquenio 1985 y 1990, coincidiendo con un período en el cual aumenta también la presencia de otras comunidades inmigrantes. Los 700 ecuatorianos que residían en 1985, la mayoría estudiantes y profesionales, pasaron a ser 1.000 en 1990; luego se produce un estancamiento que se prolongará hasta 1993. No es que la inmigración ecuatoriana haya cesado, es que está empezando a orientarse masivamente hacia los EEUU. En 1996, de todas formas, arranca la fase que culminará en la entrada masiva de ecuatorianos a través de Barajas en los 10 años siguientes. A partir de ese momento ya no es posible contabilizar solamente la inmigración legal, en realidad, la ilegal empieza a ser mayoritaria. Esta inmigración ya no es pausada y reposada como la que se había iniciado en 1985: empieza a ser masiva y descontrolada, cuyo trasfondo es la desesperación. Así pues, no hay que prestar la atención a las cifras “oficiales”, aunque estas sean, de por sí, suficientemente elocuentes: entre 1996 y 1997 se produce un aumento del 40%, al año siguiente del 70%, al siguiente, 1999, al 84% y el 2000, el 123%.

Los 1.100 residentes de 1992 pasan a ser 30.878 en el 2000… al menos los “oficiales”, por que es posible que ya en ese año, estuviéramos en torno a los 75.000-100.000 ecuatorianos en España, algo más de la mitad, ilegales. En realidad, ese año, se produjo la primera “regularización masiva” que pasó bastante inadvertida para la opinión pública. El PSOE y el resto de partidos parlamentarios habían impulsado en 1999 una reforma de la Ley de Extranjería, con la oposición del PP que entonces aún no tenía mayoría absoluta. Entre los 30.878 que estaban regularizados y los 22.954 que se regularizaron ese año amparándose en esa reforma se alcanzó los 53.832. Pero no todos pudieron acogerse a esa regularización y, por lo demás, como ocurre en estos casos, una regularización tiene como efecto inmediato un efecto llamada. Así pues, la cifra de 75-100.000 ecuatorianos parece creíble y en absoluto exagerada.

Según la policía, los ecuatorianos en la provincia de Barcelona el 31 de diciembre del año 2000 eran 4.898, pero el 1 enero de 2001 solamente el Ayuntamiento de Barcelona tenía empadronados 8.200 ecuatorianos. Y ¡treinta días después! Ya eran 1.100 más. Y eso que Barcelona no era, en esa época, una ciudad de destino de los ecuatorianos –denostados por la Generalitat a causa de su dominio de la lengua española y su falta de interés en aprender catalán-; por que era en Madrid en donde estaba el gran bolsón de ecuatorianos. El 31 de diciembre de 2000 ya eran 58.000 y un año después 72.000, bastante más de lo que las cifras oficiales daban para todo el país.

Cuando Aznar se entrevistó con el presidente ecuatoriano, los funcionarios públicos llevaban varios meses sin cobrar y la deuda exterior se llevaba el 42% de los ingresos. Aznar se tomó mucho interés en la situación de Ecuador e incluso llamó desde Quito al presidente del Fondo Monetario Internacional en Washington para pedir comprensión y respaldo financiero para el Ejecutivo que preside Jamil Mahuad. Horas antes, el Congreso ecuatoriano había rechazado una ley de privatizaciones, primer paso de la reforma fiscal. Pero el país estaba en su peor momento. En 1999 España solamente concedía un cuyo anual de 30.000 permisos de trabajo al año… para todo el mundo. En 1988 se habían concedido 2.000 permisos a ecuatorianos… el resto ya habían tomado la costumbre de entrar en España como turistas “accidentales”. Y allí, en Quito, durante su visita oficial, Aznar tuvo palabras de comprensión, elogio y cariño hacia la emigración ecuatoriana.

A partir de ese momento, la marejada ya sería absolutamente incontrolable. El efecto llamada aumentaba de día en día. Cada ciudadano ecuatoriano que lograba entrar en España se convertía en un poderoso atractivo para otros muchos como él que aun no se habían atrevido a dar el paso. En la actualidad, las cifras siguen siendo poco convincentes y el flujo, lejos de haber cesado, tiene la misma intensidad que en sus mejores momentos. En realidad, todo induce a pensar que, lejos de disminuir el flujo, sigue aumentando. Las cifras oficiales hablan de 400.000 ecuatorianos en España… regularizados. Si tenemos en cuenta que la regularización masiva del 2005 no supuso una salida a la superficie de todos los ecuatorianos que se encontraban en ese momento sobre nuestro suelo y que, el efecto llamada generado desde entonces ha sido el más poderoso desde que se inició la epidemia migratoria hacia nuestro país, lo cierto es que podemos estar en torno a los 700-800.000 ecuatorianos en España. Ni siquiera la petición de visado obligatorio a partir de 2003 para ingresar en la Unión Europa –España retrasó su aplicación seis meses- ralentizó esta tendencia. Hoy, nadie duda, que la inmigración ecuatoriana es la segunda en volumen tras la marroquí… mucho para un país que está a 15.000 kilómetros de la terminal internacional de Barajas.

Ecuatorianos en España: de las adhesiones inquebrantables al rechazo

Los ecuatorianos viven indudablemente mejor entre nosotros que en su país natal. Si no fuera así, no estarían en España. Sin embargo, esta convivencia no está exenta de problemas en ambas direcciones. Algunos ecuatorianos se han adaptado a la vida en nuestro país y a nuestro particular sistema legal. Es una minoría, desde luego, pero muy activista. El odio se transmite siempre más rápidamente que cualquier otra pulsión humana. Vean, sin ir más lejos.

Una radio ecuatoriana que emite desde  España solicita a los inmigrantes de su país que llamen y expongan sus quejas. Frecuentemente, esta emisora –y no es la única- se convierte en el vehículo a través del cual los ecuatorianos exteriorizan su psicología profunda. Vienen de un país en el que apenas tenían derechos y libertades a lo que unían una situación de miseria y falta de perspectiva. Así que, en principio, deberían de estar agradecidos por vivir entre nosotros. Pero han entrado con mal pie, esto es, han entrado como ilegales; han incumplido la ley de extranjería; nadie se lo ha recordado, sino que, además, la regularización masiva de 2005 y las repescas anteriores, les han inducido a pensar que, en el fondo, incumplir una ley en España tampoco es tan grave. Así que, puestos a incumplir, cualquier legislación puede ser vulnerada. Aquí no vale aquello de que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. El inmigrante, además, tiene tendencia a creer que el nivel de coberturas sociales de nuestro país, es total. Dado que, incluso en situación de ilegalidad, le han dado tarjeta médica y el sistema sanitario español, incluso, los ha mimado, es difícil explicarle que debe, necesariamente, cotizar a la seguridad social para seguir percibiendo prestaciones. Si está contratado por un tercero, parece no enterarse de alguien paga una cuota, no precisamente pequeña, por él… pero si es autónomo le cuesta extraordinariamente pagar la cotización (ya de por sí elevada). Pero es la ley… A ver como lo entienden, cuando, como decíamos, han empezado con mal pie.

En una de las emisoras ecuatorianas a las que aludíamos se produjo el siguiente diálogo entre una oyente y la locutora. La primera se quejaba de las “molestias” que le había causado la policía. Maravíllense:

JACQUELINE [una oyente que llama a la emisora]: Yo estaba el domingo en el parque de El Retiro, aquí en Madrid, y vino un policía. El policía me dijo que no es permitido vender comida. Pero yo le dije que si. El policía me cogió por detrás y me empujó. Yo le dije que “no sea estúpido”. Agarró las botellas de Coca Cola y me las tiró en los pies, luego las pisoteó y explotaron. Me pidió los documentos pero yo le dije que no los cargaba pero que tenía la residencia en España. Me llevó más allá e insistió en pedirme los documentos pero yo no tenía, así, contra un árbol. Lo hizo por cuatro ocasiones y tengo todas las marcas. Mi padre quiso defenderme y el policía le quiso dar con la porra en la cara. Mi padre no puede tener iras, él tuvo un accidente de tránsito, por lo que yo le dije que no le tope a mi padre. El policía me dijo “que te calles” y me volvió a repetir lo mismo por varias ocasiones. Las personas agrupadas decían que era un abuso, que cómo trataban así a una mujer y el policía empujó a un señor y a mi hermana le dio un puñetazo. Después me llevaron detenida, esposada en el coche patrulla y estuve casi un día en la comisaría. No puede ser que recibamos ese trato. Si a nosotros nos pasó les puede pasar a otros en El Retiro. Yo llevo 6 años aquí y desde el primer día que llegué empecé a vender en el parque refrescos y comida de mi país. En seis años nunca me había pasado nada pero hace dos o tres meses le pasó algo parecido a mis primas. Así que esto no puede quedar así. Fui detenida por desobediencia y resistencia a la autoridad. Pero iniciamos un juicio contra el policía (…) El día martes estuvimos en juicio pero se suspendió porque no tengo abogado. El lunes tengo que ir con abogado a la Plaza Castilla a las 12h45. Tengo todas las pruebas, por suerte tengo fotos de lo que hizo el policía que un señor sacó”…

Es evidente que esta historia no es una excepción. En sí misma, esta historia es un despropósito absoluto: la legislación española impide la venta ambulante sin licencia… el problema es que desde hace seis años los ecuatorianos que convierten todos los domingos el Parque del Retiro en una sucursal de Quito o Guayaquil, han podido vender sin que nadie les obstaculizara, refrescos y bocadillos… ahora, vete tú a explicarles que hay una ley que regula esta actividad. Además, explícales que deben llevar encima los documentos, y no solo ellos, sino todos los ciudadanos españoles… y, explícale, finalmente que la mejor forma de evitar una detención no es llamar “estúpido” al policía que te pide los documentos y el cese de la actividad ilícita que realizas… Es curioso, pero todos los inmigrantes regularizados tienen tendencia a pensar que pueden hacer cualquier cosa en nuestro país, dado que éste es un “paraíso de libertades”. Una amiga de la asistencia social de Barcelona me comentaba que cuando ingresaban en el Hospital Clínico a una marroquí agredida y magullada por su marido, éste al aparecer y responder a la policía, no ocultaba la agresión: “Claro que le he pegado, es que es MIA”… ¿Cómo explicarle que las cosas no funcionan así a este lado de la galaxia, aunque probablemente en el agujero negro del que ha salido, ninguna autoridad preste atención a un caso de violencia doméstica? Volvamos al caso que nos ocupa: ¿cómo explicarle a la protagonista lo que supone el delito de “resistencia a la autoridad”? Incidentes de este tipo o similares son habituales y explican a las claras el cansancio de los distintos estamentos policiales y su sensación de verse desbordados y, frecuentemente, no apoyados por la legislación. Todo esto, incluso, podría entenderse haciendo un “esfuerzo de integración y pedagogía”, pero hay algo que ya resulta mucho menos admisible… la respuesta de la locutora; ni ponemos ni quitamos una cola:

Es importante que este tipo de casos se denuncien para que estemos más alertas de estas violaciones de derechos humanos. Apoyamos y alentamos a Jacqueline para que defienda sus derechos y dignidad como persona. Pero además queremos dar los números telefónicos para recibir su apoyo y solidaridad con Jacqueline. Además, les alentamos a que todos y todas quienes quieren apoyar con su presencia en el juicio, acudan a la Plaza Castilla a las 12h45”... ¿”violación de derechos humanos”? ¿”defensa de derechos y dignidad de la persona”? ¿”movilización popular” en solidaridad con Jacqueline? ¿qué diablos es todo esto? Entrar en España al margen de cualquier legislación, imponiendo una situación de facto, no implica que cualquier actividad se realice al margen de la ley? ¿No existe una responsabilidad profesional por parte de la “locutora” si lo que está haciendo es sostener que en nuestro país no se respetan los derechos humanos y la dignidad de las personas?

Lo decimos y lo repetimos: individuos de determinadas comunidades inmigrantes están sembrando el odio contra el país que les acoge y sus autoridades. Y, por supuesto, aquí no pasa nada. De hecho, no pasa nada. En Francia, cuando hace 25 años los delincuentes magrebíes acusaban a los franceses de racistas y xenófobos, por que los detenían y encarcelaban cuando traficaban con drogas, los progresistas locales daban por sentado que la policía cometía excesos… en noviembre de 2005 se les cortó la respiración cuando el odio y el resentimiento acumulado durante 20 años, estalló en una revuelta sin precedentes en la posguerra europea. Los aguijonazos que destilan odio e incomprensión, como el caso de Jacqueline, son acumulativos; alcanzado cierta masa crítica, estalla. En España este potencial se va acumulando. No les quepa la menor duda que estallará.

El lema nacional de Ecuador es “Dios, Patria y Libertad”. Todo el problema consiste en saber qué valor se atribuye al tercer término de la terna, y, al parecer el sentido que le dan los inmigrantes ecuatorianos no es el mismo que le damos aquí.

De todas formas, hay nombres emblemáticos de la inmigración ecuatoriana en España: Totana y Lorca. Ambas son poblaciones levantinas que salieron a la superficie a principios de los 2000 relacionados con la emigración ecuatoriana. Vale la pena recordar lo que ocurrió. Lo de Totana fue, literalmente, impresionante, como si se tratara de un viaje de ida y vuelta. Lo de Lorca fue un lamentable accidente que costó la vida a una docena de ilegales ecuatorianos. Habitualmente, se tiene tendencia a recordar el accidente de Lorca y a olvidar los sucesos de Totana, pero ambos son las tres caras de un mismo problema. ¿Tres? ¿acaso Lorca y Totana no son dos localidades levantinas? Si, pero, como hemos dicho, lo de Totana fue un viaje de ida y vuelta.

El alcalde este pueblo ordenó la expulsión de 17 ecuatorianos que carecían de permisos de trabajo. Aquello fue el acabose. ONGs, fuerzas vivas locales, partidos de izquierdas, sindicatos, boy-scouts, se manifestaron para impedir que la pedida pudiera aplicarse. Totana fue presentada por la prensa progresista como un ejemplo de “tolerancia y humanidad”. En esa época, los ecuatorianos habían sustituido a los magrebíes que llegaron a principios de los 80 para trabajar en el campo. Eran apreciados porque hablaban la misma lengua y se les veía en las Semanas Santas en las procesiones.

La manifestación de apoyo a los inmigrantes ecuatorianos de Totana tuvo eco en el mundo entero. En el tercer tercio de los 90, cuando tuvo lugar la manifestación, el grueso de la inmigración ecuatoriana se orientaba todavía hacia EEUU. Los “gringos” no tenían buena fama: pagaban poco y exigían mucho, además su sistema jurídico se basaba en penas de prisión por cualquier desliz, y la amenaza de expulsión siempre pesaba sobre las espaldas de los ecuatorianos. Toda la prensa ecuatoriana habló de Totana y contribuyó a crear la imagen de España como destino “amable” de la emigración. España era más “humana” que EEUU y, además, la población los apreciaba. Fue el pistoletazo de salida del “Todos hacia España”. Lo sorprendente es lo que ocurrió dos años después.

En 1999 ya se había producido el primer desembarco masivo de ecuatorianos en España. Muchos habían acudido a Totana, la tierra que les acogía tan bien. Pero entonces algunas voces locales empezaron a alertar sobre el “problema”: la prensa local hacía referencia cada vez más a “los problemas de las diferencias culturales”. En la revista “Línea Local” se destacaban noticias como ésta: "Detienen a un joven ecuatoriano de 17 años como presunto autor de un delito de agresión sexual", o esta otra: "Detenido un ecuatoriano acusado de violar dos veces a una compatriota", "¿Y usted qué opina? El otro medio local, La Gaceta, no iba a la zaga:: "Detenido un ecuatoriano por presunta agresión sexual", "Se cerrarán 4 locutorios para ecuatorianos”. A finales de 1999 el rechazo de una parte de la sociedad local a los inmigrantes ecuatorianos ya no podía ocultarse. Las relaciones quedan definitivamente envenenadas cuando en mayo de 2000 un joven, al parecer, ecuatoriano ataca a una joven comerciante. Así que la población vuelve a movilizarse, pero ya no es por el mismo motivo que unos años antes. Ahora el lema de la marcha ante el ayuntamiento es “seguridad ciudadana” y "Totana, te queremos como eras". La revista local La Gaceta titulaba la noticia: "La Manifestación terminó en una batalla campal. Algunos manifestantes apedrearon el Ayuntamiento". Este es el drama: no vienen solo los inmigrantes que la sociedad local necesita para cubrir los puestos de trabajo vacantes, sino muchísimos más en número muy superior al que puede absorber la sociedad local. Así aparece el paro; bruscamente, los parados son más “visibles” que los inmigrantes que están contratados en los puestos de trabajo. Además, algunos parados no se conforman con los subsidios, el trabajo negro o la precariedad: también ellos quieren tener acceso a los escaparates del consumo. Como sea. La delincuencia, el tráfico ilícito, es una tentación demasiado fuerte para algunos. Y, por qué negarlo, cuando hay inmigración masiva, la falta de selección hace que entre los recién llegados se haya filtrado la escoria más acrisolada de su país. La masificación, inevitablemente, genera delincuencia. Y, a partir de ese momento, se produce el rechazo de la población que tiende a confundir justos por pecadores… 

El 4 de enero de 2001 se produjo el accidente de Lorca. Los titulares de la prensa eran suficientemente dramáticos como para que valga la pena añadir nada más: "Mueren 12 sin papeles", "El tren arrolla a doce jornaleros de Ecuador en el campo de Lorca: los inmigrantes sin papeles iban hacinados en una furgoneta", "Doce ecuatorianos mueren al ser arrollados por un tren en Murcia". Totana y Lorca, junto con los incidentes de El Ejido contribuyeron a que la población española entendiera que estaban ante un problema nuevo. Los ecuatorianos suelen decir que con el incidente de Lorca salieron de la “invisibilidad”, pero, en realidad, son tímidos. El impacto, de Lorca, multiplicado por los incidentes de El Ejido, hizo que el tema de la inmigración apareciera por primera vez en la primera página de los diarios, y no solo de la inmigración ecuatoriana, sino de la inmigración en general.

En agosto de 1998 las autoridades detectaron e iniciaron el proceso de expulsión de un grupo de ciudadanos y ciudadanas de Ecuador que trabajaban sin permiso de residencia en España y que vivían en el pequeño pueblo Totana (Murcia).

Era el “efecto Totana", en pocos meses la presencia ecuatoriana había crecido extraordinariamente en el Valle del Guadalentín (especialmente en Lorca y Totana, de la Comunidad Murciana), dedicados, inicialmente, a la agricultura intensiva. Posteriormente, en esas zonas, pero también en Madrid especialmente, y en menor medida en Catalunya y Valencia, los ecuatorianos fueron irrumpiendo en casi todos los sectores que requieren trabajadores con poca cualificación. En zonas urbanas, su actividad preferencial es el “servicio doméstico”, mientras que en zonas rurales viven de las labores del campo habiendo desplazado progresivamente a los marroquíes, para luego, ser desplazados en algunas zonas por polacos y demás nacionalidades del Este. Si decíamos que los ecuatorianos se han beneficiado del idioma y de la religión (sobre los marroquíes con escaso dominio de la lengua y otra religión que constituye una barrera antropológica y cultural), a su vez los ecuatorianos, en las zonas rurales, han sufrido la competencia, especialmente de los polacos, que, además de la religión unen otro modelo “racial”, considerado como más próximo a los estándares españoles. Es significativo, por ejemplo, que las mujeres solteras polacas hayan causado literalmente estragos entre los varones de las poblaciones autóctonas, mientras que las mujeres ecuatorianas casi al 100% se emparejan con varones de su propio grupo étnico.

Como podemos apreciar, la inmigración es un fenómeno dinámico. No existen ni sectores, ni actividades que sean, verdaderamente, patrimonio de ningún grupo étnico o nacional de inmigrantes. Todo es fluido, dependiendo del precio de la venta de la fuerza de trabajo (muy similar en todos los grupos), y las afinidades, lingüísticas, étnicas, religiosas y culturales. Y, por supuesto, derivado de todo esto, a las “pequeñas molestias” que percibe la población autóctona y a la mayor o menor conflictividad.

Los ecuatorianos presentan algunas desventajas respecto a otros grupos nacionales de inmigrantes. En poco tiempo se han ganado fama de alcohólicos. Se dice de ellos que son “malos bebedores”, que conducen de manera suicida, frecuentemente sin permiso o con el permiso retirado, y, en cualquier caso, respetando pocas normas; se dice, así mismo, que han tomado como costumbre, nada más desembarcan en Barajas, empadronarse, sacar la tarjeta sanitaria y “hacerse un chequeito”… He oído conversaciones de este tipo en toda España, realizados por gentes que, indudablemente no se conocen unas a otras: si han sido capaces de formar un “arquetipo” tan similar, en Levante y en Catalunya, en Madrid y en Almería, de los inmigrantes ecuatorianos es porque “cuando el río suena, agua lleva”. Pero seríamos injustos si no reconociésemos en este arquetipo algo excesivo. Es rigurosamente cierto –yo mismo lo he comprobado con una muestra de doce ecuatorianos con los que trabajé y conviví en 1997- que una de las peculiaridades locales de los andinos es su tendencia a la bebida y, por si fuera poco, a encajarla mal. He visto en Madrid ecuatorianos borrachos caerse en el portal de su casa antes de que su compañera tuviera tiempo de abrirles. He hablado con taxistas de Madrid que me han comentado que los viernes y los sábados por la noche se niegan a prestar servicio a ecuatorianos a la vista de su estado y ya quemados por que en muchas ocasiones anteriores, el pasajero, absolutamente borracho, se ha negado a pagarles el viaje o, simplemente, no tenía dinero para hacerlo. Además, por si esto fuera poco, he bebido con ellos. Pero este “problema” afecta preferentemente a los varones ecuatorianos. Sus mujeres son mucho más comedidas (aunque también he visto algunos que ingerían más alcohol que el que podían soportar en discotecas de salsa y merengue y luego estallaban en crisis de celos y ataques de nervios, poniendo a sus maridos en el disparadero). No se puede negar (y en el tema del alcohol es lo menos recomendable) que el mal beber de los andinos y de los ecuatorianos en particular, no ha favorecido su imagen ante sus anfitriones. En 2002, cuatro andinos residentes en Hospitalet fallecieron al ingerir anticongelante de automóvil que confundieron con vino dulce, a pesar de su color azulado. También se dice –y no lo he podido comprobar, pero doy constancia por lo que de reiterativa tiene la acusación- que les gusta el juego y que son capaces de perder la soldada en una mano de poker nada más la tienen entre las manos.

La práctica totalidad de la inmigración ecuatoriana reside en la Comunidad de Madrid, Barcelona, Málaga y región de Murcia. Los ecuatorianos van allí a donde tienen familiares o amigos. El 70% están aquí por que alguno de ellos les ha invitado a venir. No es, propiamente “reagrupación familiar”, de hecho no siempre se trata de hermanos, padres o madres, sino de amigos, cuñados, primos, vecinos, amigos de un amigo, etc. Hoy, el 90% de los ecuatorianos tienen familiares directos que han emigrado. Pues bien, estos emigrados constituyen los “agentes” más activos de la emigración. Una vez en España, estas redes de apoyo mutuo no se disuelven, sino que se refuerzan y se convierten en cada vez más tupidas. Pero, aún así, en España no viven con sus familias más allá del 20%. Los procesos de “reagrupación familiar” actualmente en curso están haciendo que este porcentaje esté creciendo aceleradamente desde la regularización masiva del 2005. Los primeros en llegar son los hermanos y hermanas, antes que los cónyuges y los hijos. Es muy frecuente el caso de ecuatorianas que traen a sus amigas, cuñadas y hermanas, antes que a sus maridos e hijos. Todas ellas ya saben en qué van a trabajar en nuestro país: la inmensa mayoría en el servicio doméstico que es considerado como una forma superior de trabajo en relación a los trabajos rurales. La proporción de las que trabajan en el sector limpieza es mucho menor. En el año 2000, el 3% del servicio doméstico en España estaba compuesto por ecuatorianas y en los cinco años posteriores se ha elevado hasta el 15%.

Un 35% de los ecuatorianos no viven ni solos ni con sus familiares, sino en los llamados “pisos patera” para atenuar los costes de la vivienda, al igual que buena parte del resto de grupos nacionales de inmigrantes. Otro tercio, dado que trabajan en el servicio doméstico, viven en la misma casa que su empleador. Solamente un 1% vive solo.

En el 2003, una encuesta evidenció que dos terceras partes de los ecuatorianos residentes en España trabajaban una media de 50 horas por semana, parte de su salario venia en forma de “horas extra”, pero, sin embargo, solamente el 40% de ellos estaban dados de alta en la Seguridad Social. Esto hacía que los ecuatorianos percibieran salarios mayores que los españoles que trabajaban en esos mismos sectores… pero que, en términos reales, cobraran la mitad por hora.

El 85% de los trabajadores no esta contento con el trabajo que desarrolla en España y afirma que desea trabajar en otra sector. Un 64% desarrolla sus actividades se desarrolla en la industria y los servicios, el 20% en régimen especial de empleados y empleadas de hogar, el 15% en el régimen agrario.

¿Hay un futuro para Ecuador?

Según el censo de 2005, Ecuador cuenta con 13.363.593 habitantes, pero solamente diez millones viven en el interior del país. Una cuarta parte de ecuatorianos ha renunciado a vivir en su propia patria. Algo más de tres millones, en efecto, han emprendido el camino del exilio económico. En el momento de escribir estas líneas no hay motivo para pensar que esa sangría se ha detenido o va camino de aminorar.

En octubre de 2006, los emigrantes ecuatorianos votarán por primera vez en las elecciones presidenciales de su país. Por primera vez, tres millones de ciudadanos residentes en el exterior ejercerán su derecho a voto. Hasta ahora, este derecho había sido negado por las autoridades de su país, argumentando lo costoso que supone permitir el voto emigrante. En realidad, lo que ocurría era algo diferente: los distintos gobiernos ecuatorianos eran perfectamente conscientes de que los emigrantes no son la clase social más predispuesta a apoyarlos. De hecho, han tenido que abandonar el país por la mala gestión de los distintos gobiernos de la República. Así que el partido en el poder no puede esperar muchos votos de los primeros damnificados por su gestión, los inmigrantes.

Así que, se trataba de minimizar al máximo este potencial de votos. Por de pronto, Ecuador no cuenta con muchos consulados en el mundo, apenas 64, así pues, en España solamente podrán empadronarse para ejercer su derecho al voto en Madrid, Valencia, Murcia y Barcelona. ¿Y los de Canarias? ¿y los de Málaga? Además, son oficinas pequeñas que no pueden dar servicio a una comunidad de inmigrantes que es, en número, la segunda de España, después de la marroquí. Entre los que no están dispuestos a desplazarse 200 ó 300 kilómetros para empadronarse y luego volver otra vez para depositar el voto, los menores edad de otro lado y, finalmente, los analfabetos –que alguno hay- se calcula que en las elecciones de octubre solamente un 10% de los tres millones y medio de inmigrantes en el mundo, ejercerán su derecho al voto.

A nadie se le escapa que estas elecciones no cambiarán absolutamente nada. Como máximo, la sustitución de una clase dirigente por otra; pero el mal de Ecuador no es “coyuntural”, sino “estructural”. Y, ya sabemos que ningún gobierno ecuatoriano desde los años 70 ha durado más de cuatro años, tiempo excesivamente breve como para poder acometer reformas estratégicas. La dolarización de la economía ha sido la única medida, adoptada in extremis, con algún efecto saludable sobre la economía. Cuando el presidente Jamil Mahuad remplazó la moneda nacional ecuatoriana, el sucre, por el dólar estadounidense, en el año 2000, originó elevados flujos de emigración a España y a EEUU. Antes de ser aprobada la medida, la inflación se situaba en torno al 43,4%. No era raro que se llegara a esa situación. Entre 1996 y 2000 se habían sucedido siete presidentes mas un triunvirato indígena-militar, aumentando cada uno el divorcio entre la clase política y la población y ahuyentando el dinero inversor siempre en busca de áreas tranquilas. Ecuador, ni lo era ni lo sigue siendo.

Como la esperanza es lo último que se pierde, hará falta esperar a las elecciones de octubre para saber si el nuevo gobierno está en condiciones de mejorar algo la situación. No lo creemos, francamente. Y no importa si vence el candidato oficialista, el opositor o los émulos de Chávez y Morales, en cualquier caso, la clase política ecuatoriana lleva demasiados años acostumbrada a utilizar la emigración como válvula de escape social y factor de pago de la deuda exterior. Desde luego, es la solución más fácil, aunque, sin duda la más dolorosa para su población.

Ecuador es el ejemplo de muchas cosas. Demuestra el interés que tienen los países emisores de inmigrantes en que se vayan cuantos más, mejor. Evidencia, en segundo lugar, el alejamiento entre la población y la clase política. Nos muestra que la inmigración termina orientándose en función de la relación “trabajo aportado – beneficio recibido”; y esta es mejor en España que en EEUU. Finalmente, evidencia que a partir de determinado porcentaje, la presencia global de inmigrantes en el país anfitrión, deja de ser percibida como algo positivo, para pasar a ser considerada una “maldición” casi Bíblica. Pero, además de todo eso, el fondo de la cuestión es todavía más significativo.

Los ecuatorianos no entran ni en cayuko, ni en patera, ni escondidos en los ejes de los camiones, ni siquiera a salto de mata por las fronteras terrestres… los ecuatorianos vienen en aviones de línea, se sabe por donde entran y que la inmensa mayoría de los que entran como turistas con visado, no tienen intención de volver a su país. Han engañado a las autoridades consulares y aduaneras españolas. Han entrado de espaldas a la legislación aprobada por el parlamento… Es un tipo de emigración que se podría atajar con una facilidad pasmosa. Si hubiera “voluntad política”, claro está. No la hay. O lo que es peor: no hay política de inmigración.

Dado que en el momento de escribir estas, la llegada de cayukos desvía la atención hacia Malí, Mauritania, Gambia y Senegal, nadie se preocupa de este goteo continuo del que es testigo el aeropuerto internacional de Barajas. Antes fue la crisis de las vallas de Ceuta y Melilla, antes las noticias sobre las llegadas masivas de autobuses rumanos desde el Pirineo y así sucesivamente. Siempre hay un motivo que utiliza el gobierno ZP para mirar a cualquier otro lugar antes que al mostrador de extracomunitarios de Barajas.

Y así están las cosas. Hay más posibilidades de que dentro de 15 años existan más ecuatorianos en el exilio económico que en su propio país. En Ecuador seguirán habiendo elecciones que no resolverán nada. Se sucederán presidentes que llegaron con los bolsillos medio vacíos y saldrán con sus cuentas a rebosar. Pero, para esas fechas, el petróleo ecuatoriano ya se habrá terminado. El país seguirá sufriendo desertización industrial y no habrá podido soportar la competencia del agro asiático. En el nivel de explotación que están sufriendo actualmente, los camarones –otra riqueza ecuatoriana- se extinguirán pronto. Lo único que podrá exportar serán… emigrantes. España tiene todos los números de recibir hasta el último ecuatoriano, el encargado de apagar las luces del país en el momento de su partida.

Decididamente, en estos temas de inmigración, uno nunca está seguro de cuál es la parte a la que le espera un futuro más negro: si el anfitrión que admite mucha más inmigración de la que puede absorber gracias a la ceguera de ZP y de todos los que como ZP son incapaces de ver más allá de las intenciones de voto, o bien el país emisor de emigración, que por eso mismo evidencia muy a las claras que es un “Estado frustrado” del que no sólo huyen ciudadanos, sino también capitales.

No, Ecuador jamás podrá levantar cabeza. Y está por ver si con las cargas que suponen los inmigrantes, nosotros seguiremos mucho tiempo en pie.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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