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Infokrisis.- La proverbial "baraka" de ZP -un tipo como ZP no puede estar bendecido por la diosa Fortuna, la "baraka" mora es lo que mejor le cuadra- parece faltarle en la última semana. El referendum catalán ha resultado un fiasco y, para colmo, la selección española suscita entusiasmo general. En este contexto, la centrifugación nacional parece haber quedado en segundo plano. Esta cuestión tiene sorprendentes y esperanzadores desarrollos.

 

E

El Estatuto de Catalunya no ha suscitado el más mínimo interés entre el pueblo catalán. Como máximo un 49% de electores se tomó la molestia de acudir a votar por pura inercia. El resultado solamente lo celebraron los cuadros del PSC y de CiU que, a fin de cuentas, van a ser los únicos beneficiarios del sainete estatutario. No digamos lo que el Estatuto andaluz o el gallego van a suponer si se someten a referendo. ¿Votará un 25% del electorado? ¿Tantos? El Estado de las Autonomías finalmente ha terminado siendo el Estado de las Miserias.

El ridículo realizado por ese beodo arteriosclerótico de President es todavía mucho más evidente al haber situado la consulta electoral entre el partido España-Ucrania y el partido España-Túnez. Si el fervor no estuvo presente en la malhadada cuestión del Estatuto, las masas irrumpieron para apoyar a la selección española de fútbol.

Antes de seguir deberemos advertir que, salvo en nuestro período de estudiantes en el que formamos parte de la selección de nuestro centro como extremo-izquierdo (mira por dónde), el fútbol jamás nos ha interesado como espectáculo, ni como fenómeno de masas. Ni seguimos la liga, ni siquiera tenemos particular preferencia por equipo alguno –como no sea el RCD Español, por el nombre y por ser el club de la ciudad que nos vio nacer-. Es más: consideramos el fútbol como el “opio del pueblo”. Con estos precedentes podrá juzgarse con más exactitud lo que sigue.

El nacionalismo es una forma de irracionalismo. Julius Evola decía que cada cual es dueño de elegir sus tradiciones. Se puede ser “nacionalista catalán”, “nacionalista español” o “nacionalista europeo” o “nacionalista inter”, esto es, internacionalista. Es, siempre, inevitablemente, una cuestión irracional. Afecta a las vísceras, no al cerebro. Es evidente que las personas más cultivadas o más exigentes culturalmente, apoyarán su opción nacionalista en argumentos. Hay posiciones más difíciles de mantener y otras más sólidas. Esto importa poco. Hace falta, por ejemplo, ser un “hombre de fe” para pensar que Catalunya en algún momento fue una “nación independiente”. Y para avalar esa tesis, más que argumentos, lo único que hay son recursos al irracionalismo. El fútbol tiene algo de esto.

Se es del Barça o del Español, del Athletic o del Real, del Betis o del Sevilla, por azar, por puro irracionalismo. No hay otra explicación. Pero con la selección nacional es otra cosa. Estamos predeterminados, por nuestro DNI, a apoyar e identificarnos con nuestra selección, incluso cuando, como en nuestro caso, el fútbol nos importe un higo. Cada uno tiene derecho a elegir sus tradiciones y sus equipos de fútbol, pero el apoyo a una selección nacional no es opinable. De ahí que cuando Carod-Rovira explica que su selección nacional es… Polonia, por aquello de que hace décadas se decía que el hablar catalán suena a “polaco”, lo que está haciendo es evidenciar que ha perdido los papeles. La gente “normal”, en tanto que española, apoya a la selección nacional, no a otra.

En estos tiempos en los que el patriotismo (identificación con la tierra de los padres, con la tierra de los antepasados) se identifica erróneamente con el nacionalismo (sentimiento de individualidad y superioridad de la propia nación en relación a las otras) y éste se divide en tantas cuantas “naciones autonómicas” puedan existir sobre el territorio del “Estado-Nación”; resulta difícil valorar lo que está ocurriendo con el apoyo a la selección nacional de fútbol. O al piloto de fórmula 1 Alonso, o al tenista Nadal, o a otros deportistas que no parecen tener “autonomías”, sino representar al denostado Estado-Nación llamado España.

No estoy muy seguro de que los hinchas de la selección española tengan muy clara la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. Lo que sí tengo claro es que esos mismos hinchan no votan ni a CiU, ni a ERC, ni al PNV, ni al BNG, ni demás. Y tengo para mí como mucho más claro que allí donde se ondea una bandera de España, con toro, con corona real o con las franjas rojas y amarilla, no hay precisamente discusiones sobre el nuevo Estatuto o sobre el “proceso de paz”. Ya es algo.

Es significativo que esta nueva oleada de sentimiento “españolista” cabalgue sobre la actividad deportiva de jóvenes nacidos en la década de los ochenta. No han conocido al franquismo: son hijos del “Estado de las Autonomías”. Han visto lo que es y han preferido asumir los colores nacionales. Fernando Alonso, Rafa Nadal, la selección, es gente joven que ha conocido el “gran mundo”. Allí saben que España está presente como unidad y como todo. Han hecho su opción, acorde por lo demás con los tiempos que corren. Banderas asturianas siguen a Fernando Alonso allí donde va. ¿Podría ser de otra manera? ¿Acaso no es asturiano? La normalidad es precisamente que quien ondee una bandera asturiana no tenga el más mínimo inconveniente en que a su lado haya otra bandera española e incluso que un poco más allá, la bandera de Unión esté también presente. Porque éste es el signo del tiempo nuevo: que “somos” de la tierra sobre la que nacimos, “somos” ciudadanos de un Estado-Nación y, finalmente, nos hemos integrado en una federación supranacional, la Unión Europea. Tales son nuestros tres círculos de identidad. El primero es una identidad de “proximidad”, el segundo tiene mucho que ver con la historia, el tercero es de carácter cultural. Hoy, en el siglo XXI, no puede existir uno separado de los otros dos.

Lamentablemente, la izquierda cerril, el zapaterismo, y el micronacionalismo, no pueden aceptar lo que los jóvenes sin prejuicios, campeones por más señas, tienen como normal.

Estamos persuadidos de que los deportes con seguimiento de masas –fútbol, fórmula 1, tenis- pueden tener un gran papel en la formación de una conciencia nacional en los próximos años. No es algo que sea del agrado de esa izquierda trasnochada y peripatética con la mirada puesta eternamente en la guerra civil, o esos esperpentos surgidos en el tardo-franquismo cuando a Carrillo se le llenaba la boca hablando de las “fuerzas del trabajo y de la cultura”, dando por supuesto que Víctor Manuel y Ana Belén pudieran considerarse una “fuerza de la cultura” o que Serrat fuera un “resistente antifranquista”. Por no hablar de un Ramoncín o de una Alaska cuyo reloj se paró en el “punk” de la transición o en la “movida” de los 80.

Ahora toca apoyar a la selección española -¿hay otra actitud para españoles razonables?- y regocijarnos con los triunfos de los Nadal o los Alonso. Las nuevas generaciones educadas al calor del himno de España, de ver la bandera española en el podio de los triunfadores, van a ser los artífices de la formación de una NUEVA identidad nacional, abierta “por arriba” a la Unión Europea y abierta “hacia abajo” a la tierra natal. Y lo pueden ser a condición de que vayan madurando ese impulso juvenil y transformándolo en conciencia identitaria.

¿Es posible un tránsito de este tipo en una sociedad de masas? No parece descartable. En el fondo, la masa sigue a los vencedores, a la fuerza y a la victoria. No se le puede reprochar a nadie. Cuantas más victorias españolas se produzcan en los deportes de masas, más se reforzará cierto “irracionalismo español” y, consiguientemente, más se contendrá el “irracionalismo micronacionalista”. No es una mala perspectiva. Y sería mucho mejor si un sistema educativo reconstruido y una cultura revitalizada, contribuyeran a transformar ese impulso irracional en CONCIENCIA POLÍTICA.

El día en que los hinchas puedan cantar un himno nacional con letra, en lugar de tararearlo con fuerza, ese día será significativo de que algo ha cambiado.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 20.06.06.

 

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