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Infokrisis.- Disciplina, magnanimidad y deber, son los tres valores militares a los que pasamos revista en esta penúltima entrega de la serie. El estudio somero de estos valores nos servirá como excusa para proseguir nuestras reflexiones sobre los rasgos generales del estilo militar. Hoy comprobaremos que todos los valores estudiados anteriores, se encuentran ligados a estos e intuiremos que el "estilo de la milicia" no es más que este conjunto de valores encarnados en el figura del guerrero.


7. Disciplina

La disciplina está presente en todas las castas de la sociedad tradicional. El aprendiz recién ingresado en un gremio debe obediencia al maestro del taller, acata sus órdenes por disciplina, aun cuando muchas de ellas le sean incomprensibles. Así mismo, el monje ha hecho voto de obediencia a la orden, a Dios y a su superior en el convento. La obediencia y el principio que la inspira, la disciplina, está íntimamente relacionada con la jerarquía. Los escalones inferiores deben disciplina a los superiores y éstos están obligados, también por disciplina, con el mando supremo. La disciplina es aquel principio que supone el cimiento de una sociedad jerarquizada en la que exista una mínima división de funciones.

La diferencia entre la disciplina civil y la militar estriba en que mientras aquella se precisa solamente para regular la buena marcha de las tareas encomendadas, en la milicia puede llegar hasta el sacrificio supremo de la vida. Si existen distintos grados de disciplina, el que registra la vida militar es, sin duda, su máxima expresión. Y no es raro que así sea; en el fondo, la disciplina en la función productiva y en la casta sacerdotal tiene que ver con el individuo y con su misión, mientras que en la milicia la disciplina es un canto coral. La instrucción, por ejemplo, es necesaria realizarla con disciplina, como un solo hombre, para borrar los rastros de individualidad y hacer aparecer ese espíritu de cuerpo que se expresa en la homogeneidad de una formación en marcha.

La disciplina militar no se dirige al ego del individuo. El ego siempre encuentra excusas para inhibirse de la disciplina: ¿por qué acudir a las sesiones de instrucciones, si ya sé marcar bien el paso? ¿Para qué un ejercicio de tiro? ¿Acaso no tiro bien? ¿Morir por la Patria? “hoy no hace un buen día para morir, quizás mañana”. En el fondo, el ego siempre encuentra excusas, pero en la milicia no son precisamente justificaciones lo que se requiere. La orden es clara o no lo es. Y si lo es, se cumple. Sin discusión, sin dilación, sin valoración… por disciplina. La milicia no es un conjunto de individualidades individualistas individualizadas, sino una Unidad, un organismo vivo formado para ser eficaz en las misiones asignadas. Todo aquello que resta eficacia a la milicia, es superfluo: los gustos personales, las inclinaciones del carácter, las filias y las fobias; y, si es superfluo, debe desaparecer. La instrucción minimiza sus efectos.

La disciplina no es la primera y gran virtud militar, sino una consecuencia de las anteriores. Frecuentemente se ha recordado que el honor es anterior a la disciplina. ¿Podría haberse dudado? La horda es también eficaz en algún tipo de combate. Los piratas solían abordar naves e izar su pabellón negro sobre ellas. Cuando el capitán pirata ordenaba: “al abordaje”, todos cumplían la orden. Pero aquí no podemos hablar de disciplina, sino de miedo a las consecuencias que una insubordinación podría acarrear. Por otra parte, no todas las actividades son igualmente honorables. Lo que separa a la milicia de la piratería es, precisamente, que donde en la primera dice “honor” en la segunda se lee “botín”. Para que la disciplina pueda ser considerada como tal y no una forma de coacción, deben existir valores anteriores y superiores: las órdenes se siguen mientras son honorables y están dictadas por hombres honorables. Un bandido, un jefe incapaz, un cobarde o un renegado, no están en condiciones de pedir disciplina a quienes dependen de él.

Frecuentemente el alto sentido de la disciplina inculcado en las Academias Militares es el clavo al que se agarran los incapaces para que la milicia acepte el más negro de los destinos o vuelva la vista a la desintegración de la comunidad a la que ha jurado defender. Mal asunto entonces, especialmente para el honor. En 1918 Alemania pedía la paz. Llegado un punto en que la prosecución de la guerra era inviable y la victoria se había convertido en inalcanzable, no quedaba más remedio que la paz honrosa. Sin embargo, la clase política no estuvo a la altura (ni la alemana, ni mucho menos la francesa, especialmente). Las condiciones draconianas impuestas por unos fueron aceptadas por otros. Entre otras, la de desmadejar el ejército. Así se hizo. A partir de ese momento, las comunidades alemanas en el Báltico, en Alta Silesia, incluso en el interior de Alemania, fueron abandonadas a su suerte ante los bolcheviques, ante el Ejército Soviético o ante los terroristas polacos. Y fue entonces cuando se produjo espontáneamente una de las gestas más memorables del siglo XX. Oficiales e incluso suboficiales reunieron en torno suyo, en cada cuartel, a hombres fieles, dispuestos a llegar allí donde la clase política y el Estado Mayor no estaban dispuestos a llegar, organizándose en “Cuerpos Francos” y acudiendo allí donde era menester defender la bandera a la que habían jurado lealtad. Fueron los “Freikorps” los que vencieron a la revolución comunista en Baviera, quienes lucharon hasta el final, traicionados y vendidos en el Báltico, victoriosos en Alta Silesia y Berlín, colocándose al margen de la ley y degradados por la clase política. Hay que añadir que la inmensa mayoría de los “Freikorps” habían surgido de las “tropas de asalto”, la élite del ejército alemán de la época. Si el movimiento se demuestra andando, la élite de un ejército se afirma como tal en el combate. La experiencia de los “Freikorps” evidencia que las jerarquías pueden reconstruirse en cuanto, en algún lugar de la cadena de mando, falla el honor y la disciplina. Inevitablemente, siempre está presente allí donde hay mandos honorables.

8. Magnanimidad

Cuando la victoria sonríe o, incluso en plena derrota, dar más allá de lo que se considera normal, supone ser magnánimo. En la milicia nunca se ha sido partidario de recordar las palabras evangélicas que prescriben dar “bien por mal” y “perdonar al enemigo”, por no hablar de la norma de “no matarás”. Entre ser un psicópata asesino y matar en defensa de lo que se ha jurado, hay una distancia que sitúa a ambos puntos en las antípodas sin posibilidades de encuentro. El hombre de la milicia aborrece matar, pero aborrece aún más el deshonor que implica eludir el choque con el adversario. El psicópata experimenta una satisfacción en el crimen tan intensa como su falta de principios. Si un ministro de Defensa ha podido decir que prefería “morir a que le maten”, en el mejor de los casos es un demagogo, en el peor, un tipo metido en “camisa de once varas”. Porque Pepe Bono tenía fuste para cualquier cosa: trepa populista, aspirante frustrado a la secretaría general de su partido, candidato en barbecho a la espera de su hora, o simplemente cateto a babor, pero le faltaba la más mínima cualificación para entender lo que era la milicia y las necesidades de defensa de un país. Éstas requieren, con mucha más frecuencia de la que creía el ex ministro, que dé y se reciba la muerte. Los 17 muchachos que envió a la absurda guerra de Afganistán y que se estrellaron con su helicóptero se lo recordarán eternamente.

En el espíritu de la milicia, el adversario vencido con honor merece un tratamiento magnánimo… después de haberlo vencido. Sólo entonces y nada más que entonces, es lícito y admisible devolver “bien por mal”, “presentar la otra mejilla” y mostrar una generosidad y un espíritu de reconciliación que aureolan a quien legítimamente puede ser considerado como “magnánimo”. Antes hemos hablado del final de la Primera Guerra Mundial; la falta de magnanimidad de los aliados fue el germen de reivindicaciones futuras que concluyeron con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La falta de magnanimidad de los israelitas en cada una de las guerras que han mantenido contra sus vecinos árabes ha sido, cada una más que la anterior, el germen de la situación eternamente explosiva que vive la Palestina ocupada.

Los grandes vencedores siempre han ejercido la magnanimidad. Cuando el Emperador Claudio vence a los britanos, trae a su rey a Roma. Caractaco pasa de ser esclavo a amigo y consejero del César. Había luchado con honor, no merecía otra cosa. Alejandro Magno incorporó guerreros de algunos de los pueblos vencidos al ejército que le llevó hasta las puertas de la India, y otro tanto hicieron los romanos y los cartagineses con tribus íberas y celtíberas. Godofredo de Bouillón no establece condiciones draconianas y humillantes para los musulmanes capturados en el sitio de Jerusalén. De hecho, el axioma militar de todos los tiempos todavía sigue manteniendo su valor: “a enemigo que huye, puente de plata”. La frase, no es más que un canto a la magnanimidad.

Las descripciones históricas sobre la caballería errante medieval son significativas. La magnanimidad es una de las grandes cualidades de los caballeros, como si su altura interior se proyectase sobre los vencidos mucho más que la amenaza de su espada. Y, frecuentemente, esa magnanimidad va acompañada de otra virtud inseparable: la generosidad. Si la antigua máxima castellana decía “dar es servicio, recibir es servidumbre”, en la práctica esto cristaliza en un comportamiento volcado hacia los demás. La máxima generosidad consiste en entregar la vida en defensa de otros, pero la generosidad cotidiana se plasma en la movilización de una unidad militar, con baja paga y mucha disciplina, para acudir a limpiar las costas gallegas de chapapote o para apagar un incendio forestal que ha desbordado a la defensa civil. Y también, claro está, en dejar atrás a los padres, a la novia o a la esposa, a los lugares conocidos, para ir a los lugares más absurdos del planeta a esas llamadas “misiones humanitarias”. En nuestro sistema de enseñanzas militares, la magnanimidad y la generosidad ocupan todavía un lugar importante en los valores que se pretende inculcar al hombre de la milicia. No en vano nuestros muchachos, allí donde han ido, han sintonizado con la población local. El bocadillo del desayuno se ha entregado a los niños hambrientos de la zona, se han evitado los saqueos y las represalias, tanto como se ha compartido lo esencial con quienes lo necesitaban. No somos nosotros, precisamente, los más partidarios de convertir a las FF.AA. en esos “soldados sin fronteras” de los que hablaba el inefable Pepe Bono, pero sí debemos reconocer que allí donde nuestros soldados han ido, podemos sentirnos orgullosos de su generosidad a toda prueba.

Y lo más meritorio es que la generosidad en los lugares de tensión no se realiza de cara a una cámara de televisión o para “currarse la página humanitaria”, sino porque sale de lo más noble que puede haber en el ser humano. Quien ejerce la generosidad y la magnanimidad, sea consciente de ello o no, se está perfeccionando como ser humano. En estos tiempos en los que una generación se ha educado en los valores “finalistas” de humanidad, paz, progreso, tolerancia y demás; pero es incapaz de hacer la cama, limpiar los platos o colaborar en el orden del hogar familiar, la milicia enseña que quien está dispuesto a dar la vida por su comunidad también lo está a ejercer esa generosidad en los pequeños gestos de cada día. No importa que no haya nadie para ver un gesto generoso. Quizás ese gesto no servirá para crear “buena imagen” a quien lo ejerce (el progre incorregible siempre querrá ver en el militar al “sargento Arencibia”), pero tampoco el más bello paisaje de la naturaleza pide de nosotros la admiración. Y ahí está.

De la magnanimidad y la generosidad se desprenden normas de comportamiento cotidiano que han estado presentes en todos los momentos estelares de la milicia. La propia cortesía es una de esas muestras que, en sí mismas, se ejercen sin reportar un interés utilitario. O la caballerosidad –la virtud del caballero- denostada hoy como muestra del más insoportable machismo y olvidada como valor “utilitarita”. O la simple educación, que hoy ha sido desechada de los programas de enseñanza, no sea que los chavales vayan a aprender que es mejor ir aseados que desaliñados y eso influya en su “libertad”, o que la “urbanidad” corra el riesgo de hacer de ellos “retoños fascistas”, o que los chicos tengan “estilo” que para un psiquiatra freudiano será la mejor forma de “castrarlos”… y así sucesivamente. A fin de cuentas la magnanimidad y el resto de virtudes militares, conforman un Estilo que se tiene o no se tiene. Y si no se tiene es imposible reconocerlo como válido, de la misma forma que el mosquito de la laguna jamás podrá reconocer la grandiosidad del universo. A fin de cuentas, el estilo es la vida.

9. Deber

El deber es la ley de la casta, su misión, aquello para lo que ha sido creada. En oriente al deber se le llama el “dharma”. El dharma del guerrero es la defensa de su comunidad, como el dharma de la casta sacerdotal es la contemplación y la identificación con lo absoluto, y el dharma de la función productiva consiste en crear mediante el trabajo. Cumplir con el propio deber es la ley natural de la milicia. Solo compete a ella y sólo a ella se le puede exigir.

Esto nos sitúa ante el problema del servicio militar obligatorio o voluntario. Hasta la revolución francesa, cuando el uso de las armas en defensa de la patria pasó de ser un derecho a convertirse en un deber, bruscamente gentes que no experimentaban en su interior el fuego y la naturaleza del guerrero, con origen y mentalidad más acorde con otras castas, se vieron uniformados y encuadrados en unidades militares. No es extraño que, apenas 150 años después, esta concepción entrara en crisis y ni siquiera cumpliera los dos siglos de permanencia. Pero no todo era malo en el servicio militar obligatorio. En principio, el recluta tenía la posibilidad de conocer a otros jóvenes como él fuera de su localidad y de su círculo de amistades; aprendía lo que era la camaradería. También aprendía lo que era el servicio no retribuido. Hemos dicho “el servicio”: hacer algo porque es tu obligación, sin ninguna prestación a cambio. Simplemente porque lo tienes que hacer. Participar en la defensa de tu comunidad nacional, de los que son como tú, de tu familia, de tus amigos, de tu ciudad, del Estado del que formas parte. Porque, si ese Estado existe hoy, es porque otros muchos antes que tú han estado dispuestos a servir a la comunidad, a sacrificarse por ella; les debes algo ¿verdad? Seguir su ejemplo es suficiente. Así pues, ¿qué suponían 18 meses en la vida de un joven? En realidad, más que un sacrificio se trataba de una oportunidad. El hecho de que muchos hombres maduros sigan recordando la mili como aquella ocasión en la que hicieron algo “diferente” y hablen constantemente de ella, es muestra de que, para muchos, aquellos años del servicio militar constituyeron un episodio único en sus vidas. Para otros, con la mili empezaba la vida de “hombres”: lo que habían vivido hasta entonces era sólo la infancia o una adolescencia más próxima a la pubertad que a la madurez. La jura de bandera se convertía así en un rito de tránsito.

Hoy, resulta ocioso debatir en torno al servicio militar. La transformación del ejército de leva en ejército profesional se realizó demasiado apresuradamente en España y, sobre todo, cuando el servicio militar ya estaba excesivamente tocado. Era significativo que muchos objetores que se negaban a empuñar las armas, se negaran así mismo a realizar la “prestación social sustitutoria”, evidenciando que el problema no era llevar o no uniforme, aprender o no a matar, sino simplemente realizar cualquier tipo de servicio a la comunidad. La larga agonía de 10 años del servicio militar fue rematada por una transformación poco meditada que ocasionó una nueva crisis en nuestra defensa.

Y ya que estamos en esto, se echan en falta en la nueva ley que regula el ejército voluntario algunas ventajas para los que han servido durante años a la defensa nacional. Parecería lógico que para el ejercicio de algunas profesiones (desde la de guardia jurado al acceso a determinados cuerpos de funcionarios –policía nacional, policías locales- del Estado, servicios de extinción de incendios, servicios de rescate, etc.) se exigiera el haber sido voluntario en las fuerzas armadas. Esto no solamente decidiría a más jóvenes a probar la vía de las armas, sino que además redundaría en el carácter de servicio de todas esas actividades. En lugar de esos incentivos laborales, se prefiere abrir las puertas de la nacionalización de extranjeros a todos aquellos que hayan pasado un período en las FFAA.

Hemos hablado del deber como ley de oro de la casta. Queda ahora hablar del deber individual, del cumplimiento de aquellas obligaciones para las que uno ha sido entrenado y que se le han encomendado. Se trata de otro valor, íntimamente ligado al honor. Cumplir con el deber, ya sea por iniciativa propia o siguiendo las órdenes del superior jerárquico, supone un acto de disciplina. Se cumple una orden por fidelidad al código del honor, por fidelidad al mando, o a ambos. El hombre de la milicia debe saber hacerlo todo contando con nada; incluso aislado de su mando natural, perdido el contacto con el mando, eso no le exime del cumplimiento de su deber. Si ha dejado de existir un mando capaz de dar órdenes, ahí tiene su código del honor para saber en todo momento cuál es el camino justo que debe seguir. También puede ser que el mando haya traicionado, desertado o huido. En 1808, el rey Carlos IV había pactado literalmente la incorporación de España a la corona imperial napoleónica. Así pues, técnicamente, la obligación de todos los militares consistía en ponerse al mando de las tropas francesas. Menos mal que hubo un Daoíz y un Velarde. Menos mal que, en todas las capitanías, existían oficiales que no admitieron la traición. El deber estaba por encima de la disciplina, porque la medida del cumplimiento del deber en cada guerrero da la medida del honor personal.

El deber es una pesada carga. Habitualmente no es fácil cumplir con el deber. Para hacerlo, se precisa de un alto grado de sentido de la disciplina y, si se está aislado, una completa identificación con el “código”. Hasta principios de los años 80, en las selvas filipinas y en algunas islas del Pacífico, era frecuente saber de la existencia de soldados japoneses que seguían combatiendo casi cuarenta años después de que concluyera la guerra, simplemente porque habían quedado aislados de su unidad sin recibir antes la orden de rendirse. En otras ocasiones se ha producido un fenómeno de naturaleza polémica. El ejército iraquí se rinde ante los bombardeos norteamericanos en la ofensiva de 2004, pero al cabo de unos días de reorganización, tras haber escondido arsenales de municiones y seleccionado a los mejores hombres, algunas unidades se reincorporan al combate iniciando una guerra de guerrillas que todavía dura. Estos entendieron que su deber era defender a su patria del invasor, aun cuando se hubiera perdido el mando, roto la cadena de transmisión de órdenes o, simplemente, convertido en imposible seguir esperando que un mando lejano estableciera un nuevo plan de trabajo. La Historia nos muestra miles de casos como éste donde un ejército en derrota se niega a admitir que todo haya terminado y decide proseguir el combate. Todos los movimientos de “resistencia” se han formado de esta manera, aunque algunos hayan caído en formas detestables de terrorismo que no tienen nada que ver con la verdadera milicia. De los seis mariscales del aire ingleses, solamente “Carnicero Harris” no fue distinguido con la Cruz Victoria. En efecto, él era el organizador de los bombardeos de terror sobre Alemania. La destrucción de Dresde, los bombardeos sobre Hamburgo y Berlín, fueron su contribución a la guerra, sin que le importasen ni las propias bajas, consideradas insoportables, ni mucho menos la destrucción de ciudades indefensas. En plena locura bélica, “Carnicero Harris” cumplió órdenes… pero no por ello fue recompensado, al igual que la figura del verdugo era considerada como necesaria y, al mismo tiempo, odiada por la Humanidad medieval. Harris, como los verdugos medievales, se convirtió en un “intocable” y murió como tal. Nadie tiene el derecho de ordenar a un militar que se comporte como un criminal. Ni ningún militar puede aceptar una orden que le obligue a serlo. De lo contrario ¿qué quedaría del honor?

 

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 19.06.06

 

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