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Infokrisis.- En esta entrega pasamos revista a tres nuevos valores: el Honor, la Lealtad y la Austeridad, tres manifestaciones de la ética guerrera que contribuyen a redondear la fisonomía de la milicia, por encima de la geografía y del tiempo. Allí en donde la milicia ha estado presente, allí estos valores se han manifestado. Hoy, más que nunca, solamente estos valores pueden contribuir a reconstruir nuestras sociedades.

 

4. Honor

El Código del Honor japonés, el Bushido, enseña que “cada samurái debe siempre, ante todo, tener presente el hecho de que un día ha de morir”. Es algo más que un principio ligado a la casta guerrera, es una filosofía de la vida que enseña lo impermanente de ésta. Como la flor del cerezo que apenas dura unas horas, como la vida de la rosa de la que al poco de surgir solamente queda su nombre, la presencia del guerrero en la vida es breve. Cada noche, antes de morir, el samurái visualiza la escena de su muerte. El ejercicio termina cuando ha exhalado su último suspiro. Repetido a lo largo de los años, este ejercicio proporciona una certidumbre sobre el final de lo humano. Y esto ayuda a percibir de otra manera la grandeza de la vida. El existencialismo alemán redescubrió esta doctrina cuando Heidegger definió al ser humano como “hecho para la muerte”. La vida no era, pues, sino una preparación para morir. El budismo palí ya había establecido que, desde el momento en que nacemos, empezamos a morir. Estar preparado para la muerte sirve para amaestrar y dominar el miedo. Ahora bien, si hay que morir, es mejor que la muerte sea el resultado de un acto valeroso que aporte a las generaciones futuras y al clan, un ejemplo de comportamiento y permita reiterar su prestigio.

La muerte no es eterna (apenas una crisis puntual), el deshonor sí.

En la ley de la casta guerrera el honor ocupa un papel central. ¿Qué es el honor? Actuar conforme a la propia ley. Nada más. Sólo eso. Cumplir el “código” de la casta es actuar con honor; relajarse en sus funciones, eludirlas, olvidarlas o incumplirlas, supone romper el propio honor y el del linaje, esto es, caer en la peor de las infamias. En Occidente, un caballero deshonrado dejaba de ser considerado como tal por sus iguales y, en cuanto al pueblo llano, le podía temer pero en absoluto respetar. En la vieja Esparta, aquel que había manchado levemente su honor era ignorado por el resto de los ciudadanos libres. Estaba condenado, en la práctica, a una muerte en vida. En el Japón de los samurais, una leve falta al honor podía inducir al guerrero que la hubiera cometido a suicidarse ritualmente. Quien “tenía honor”, tenía “fama”, esto es, su buen nombre resplandecía. Quien había perdido su honor adquiría una situación similar a la muerte jurídica. Incumplir la ley de la casta suponía, en la ética guerrera, situarse fuera de la misma: adquirir la condición de paria, de miserable.

La ley de la casta prescribía que el guerrero debe combatir. Pero, en el fondo, esa ley no es la que le obliga a combatir. Combate por su honor. También puede ocurrir que no desee combatir. Un antiguo dicho romano de ascendencia estoica decía: “si pugnare non vultis, licet fugere”, “si no quiere combatir, es lícito huir”… y se añadía “en efecto, nadie te impide morir”. Es Séneca quien pone estas palabras en boca de la divinidad en su obra “De providentia”, VI, 7-9). Siglos después, un hombre que bromeaba poco, Schopenhauer, había escrito: “El honor es como las cerillas: sólo sirve una vez”.

Cada acto por el que optamos tiene repercusiones en nuestra vida. En el mundo de la tradición guerrera cada acto tiene, necesariamente, una consecuencia. Uno puede evitar el combate y retirarse “honorablemente”, pero si luego no desea ser considerado como un cobarde, es decir, registrar un insoportable desdoro de su honor, debe morir. El suicidio ritual es la única vía que, en la Roma de los Césares y en el Japón de los Samuráis, se ofrecía al guerrero. Uno de los rituales de selección para ingresar en las SS hitlerianas consistía en que el aspirante se colocaba en el interior de un bunker a pie firme, con un casco de acero sobre la cabeza y una bomba de mano sobre él. Cuando activaba la granada y seguía firmes, podían ocurrir tres cosas: o bien explotaba sobre su casco y perdía la conciencia durante unos segundos, pero no resultaba herido; o bien la granada caía al suelo y resultaba herido en las piernas, o bien la granada caía al suelo y huía, salvando su integridad física. En el primer caso, el aspirante era admitido en la élite de las SS, en el segundo recibía una mención al honor y una pensión para el resto de su vida; en el tercero era expulsado de las SS: en efecto, había perdido su honor. Otro ejemplo de la misma época: un militar que había demostrado honor y lealtad durante toda su carrera, pero que en un momento dado era sorprendido en una falta, se le ofrecían dos opciones: suicidarse con honor o ser juzgado públicamente. El general Rommel, el genial conductor del “Africa Korps”, terminó suicidándose tras haber mantenido contactos con la resistencia antihitleriana. Un último ejemplo en la misma época: Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, solía decir que en el “círculo inferior” de su orden se le podía exigir a un SS que dejara de fumar. Podía cumplir o no la promesa. Si la incumplía, añadía Himmler, solo le quedaba “la pistola”, es decir, el suicidio. El honor siempre ha ido ligado a la vida del guerrero. Una vida sin honor, no es una vida. La muerte restablece el honor.

Es evidente que el honor no es un distintivo solamente de la casta guerrera. Cada casta tenía un concepto particular del honor. Para la casta sacerdotal, incumplir los votos realizados era incumplir la ley de la casta. La pobreza, castidad y obediencia en el monacato cristiano eran los distintivos de casi todas las órdenes religiosas. Romperlas suponía ser colocado extramuros del convento, perder la condición de “hombre consagrado a Dios”. Llama la atención en la actualidad que sean precisamente algunos sacerdotes quienes, en nuestros días, se declaren homosexuales y apoyen cualquier reivindicación gay; como si ésta fuera una de las leyes de su casta. Una muestra del caos actual radica precisamente en el olvido de los votos realizados en el momento de la consagración sacerdotal, como si un ferroviario, en el ejercicio de su profesión, se negara a seguir la catenaria y reivindicara una conducción “imaginativa”. Poco importa si el sacerdote reivindica la homosexualidad, la heterosexualidad, o hacérselo con un besugo o una lubina; la cuestión de fondo es que, verdaderamente, rompe su voto e infringe la ley de su casta. Y, si se nos apura, hace el payaso.

Asimismo, la ley interior de la casta burguesa prescribe trabajo y austeridad. No se exige ni pobreza, ni castidad y, en lo relativo a la obediencia debida a los maestros de cada gremio, no era ni una disciplina militar ni conventual, sino una obediencia a cambio de la enseñanza precisa para el ejercicio de la profesión. Precisamente, uno de los elementos indicativos de la pérdida del sentido del honor es que, a partir del siglo XVII, se percibe que adquiere un nuevo matiz de carácter sexual. El honor ya deja de ser –especialmente para la casta burguesa- el estricto cumplimiento de la ley de su casta para pasar a ser un asunto de cama. Incluso en el teatro español del Siglo de Oro se percibe ya esta tendencia a unir honor con sexo. El marido engañado por su mujer, o la esposa a la que el marido ha sido infiel, siente mancillado su honor y de alguna manera decide vengarlo. Pero el honor es mucho más que un polvo echado donde no corresponde… No es precisamente la huida de Ginebra con Lancelot lo que ocasiona la decadencia del Reino de Camelot, ni es ese amor furtivo el que impide al “caballero del cisne” alcanzar el Grial, sino el haber olvidado el objetivo principal (la conquista del Grial), eje y centro de la vida caballeresca en el ciclo artúrico. Esa curiosa reducción del honor a la cama es típica de la concepción de la familia burguesa, pero tiene muy poco que ver con la tradición guerrera.

5. Lealtad

La antigua saga nórdica prescribía: “La fidelidad es más fuerte que el fuego”. La lealtad es el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Quien transgrede el valor de la lealtad se convierte, simplemente, en un traidor. La lealtad integra al guerrero en su comunidad combatiente y entre su pueblo. La traición lo aísla de unos y de otros. En este sentido, la lealtad tiene varias direcciones: para con uno mismo siendo fiel a la propia vía elegida. Para la ley de la casta a la que se pertenece. Para con los “iguales”, es decir los miembros de la casta y del mismo rango cuyos valores y responsabilidades se comparte. Para con la jerarquía de la casta, en función del lugar que se ocupa; y, finalmente, para con la comunidad de la que la casta guerrera es escudo y espada. Y, por lo mismo, se puede ser traidor a uno mismo incumpliendo los valores y responsabilidades que se han aceptado. Se puede ser traidor a los iguales rompiendo la solidaridad vincular que une a los propios camaradas. Se puede traicionar a la jerarquía, incumpliendo sus órdenes. Se puede, finalmente, traicionar a la comunidad dejándola indefensa. Y, decididamente, resulta difícil denunciar cuál de todas estas traiciones es más despreciable.

En las sociedades modernas, la lealtad es un valor difícil de encontrar. En cualquier actividad de la vida moderna es mucho más fácil encontrar gentes que traicionan a su empresa, ofreciendo el listado de clientes a quien ofrece unos cuantos euros más de remuneración, que encontrar leales colaboradores. Esta traición, frecuentemente, es bidireccional: no en vano, lo habitual es encontrar empresas que contraten trabajadores ligados por “contratos basura”, o que resuelven la mínima reducción de beneficios aumentando los despidos. El caos del mundo moderno es, en el fondo, una pérdida del sentido de la lealtad. Desde el amigo que traiciona la amistad sableando un dinero que jamás tiene intención de devolver, hasta el delincuente traicionando a su banda si ello le permite mejorar su posición ante un tribunal; el caos contemporáneo muestra sus consecuencias más extremas en la pérdida del sentido de la lealtad. Se suele decir que aquél que sabe mejor lo que es la lealtad es quien en algún momento de su vida ha sufrido una traición.

Es más, los medios de comunicación exaltan y provocan las deslealtades más despreciables: estamos hartos de ver en los llamados “programas del corazón” cómo amigos ponen en evidencia a amigos, ex-esposas a sus ex-esposos y viceversa, y cómo periodistas del “colorín”, a los que se les ha realizado alguna confidencia, lo airean a los cuatro vientos proclamando bien alto hasta qué punto desconocen lo que es la lealtad. Existe todo un periodismo –incluso “serio”- basado en la traición al secreto confiado. Probablemente, de todos los profesionales, los periodistas son aquellos sobre cuya conciencia pesa más esa falta de lealtad. El secreto confiado (el off-the-record) y luego traicionado es una constante en cierta prensa.

Si piensas en un valor, ya lo has traicionado. Los valores no se razonan, se viven. Es lícito plantearse discernir sobre qué actitud es la correcta para cumplir con un determinado valor. Lo que no es lícito es plantearse la validez de un valor concreto, o simplemente ignorar que existe un valor.

La lealtad entre los iguales se llama “fraternidad” o “compañerismo”. Etimológicamente, se es “compañero” de alguien cuando se ha comido pan con él, es decir, cuando uno y otro se han sentido en la misma mesa. Desde Esparta hasta nuestros cuarteles, el rancho se ha comido en comunidad; hacer “rancho aparte” es una frase despectiva dedicada a quien deja de ser considerado “compañero” y ha optado por otra vía, por individualismo, afán de lucro o promoción personal. Hacer “rancho aparte” es colocarse fuera de la fraternidad de los iguales. En la “fraternidad” forman todos aquellos leales que viven el mismo ideal. Esa actitud implica, necesariamente, vivir los siete principios que recomendaba el Buda, que además de ser fundador de un sistema metafísico, era también un exponente de la casta guerrera: una resolución pura, nobles medios de vida, nobles intenciones, nobles acciones, nobles pensamientos, nobles ideales, noble meditación. Quienes viven con la misma intensidad estos principios son miembros de la “fraternidad”. Si estos principios desaparecen, la “fraternidad” y la lealtad que en ella se vive, se convierte en “complicidad”. Los cómplices no son iguales en la nobleza, sino en la deshonestidad y el deshonor. Mentir, por ejemplo, para defender a un “compañero” no es admisible en la ética guerrera: ya en el ciclo del Grial se escribió que no existe otro valor más alto que la Verdad. Nadie puede situarse al margen de la verdad y, como todo valor verdadero, su referencia es metafísica. Los principios de la casta son las verdades de la casta; por eso, la verdad es una y el error múltiple.

El valor de la lealtad es, sin duda, uno de los más afectados por el caos en que ha caído el mundo moderno. Antes, en las sociedades tradicionales, los samuráis y los caballeros medievales, que luchaban por su honor y por los derechos del príncipe, no dudaban que debían lealtad a sus gobernantes legítimos, a los daimyos,  condes, duques y marqueses y, especialmente, al Emperador. Ahora bien, se consideraba que solamente había una lealtad superior a la del samurai: la que el daimyo debía a sus súbditos. En el juego de deberes y derechos presente en el entramado de las sociedades feudales, cuanto más alto se estaba en la escala jerárquica, mayores eran los deberes y compromisos. Nadie aludía a sus derechos si no estaba dispuesto a asumir los compromisos inherentes al rango. El Emperador y los distintos niveles de la nobleza disponían de derechos inconcebibles hoy, pero la segunda parte es que estaban obligados a compromisos que un político moderno jamás podría aceptar ni mucho menos asumir.

Y aquí radica el drama de los tiempos modernos: cuando se envía a nuestros soldados a Afganistán, ¿con qué derecho se hace? ¿Con el que da realizar un pago de haberes? ¿Con el que proporciona haber sido elegido por los pelos en una votación cada cuatro años y con un programa que no tiene nada que ver con la gestión realizada luego? ¿Pagar impuestos? ¿Puede considerar el ciudadano que el deber de lealtad hacia sus gobernantes, o hacia la comunidad, le obliga a ser leal en la declaración de IRPF cuando esos mismos gobernantes gestionan mal su dinero? O dicho con otras palabras: un gobierno imperito y catastrófico ¿tiene algún derecho a exigir lealtad a algún sector de la sociedad? Dejamos estas preguntas en suspenso, aun cuando todos sabemos perfectamente la respuesta. Si desde la cúspide del Estado se vive de espaldas a cualquier valor que no sea el marketing y los sondeos de opinión, ningún nivel del Estado está obligado a practicar la “lealtad” hacia las autoridades. Es entonces cuando aparece la necesidad, para los estados modernos, de exigir el compromiso del ciudadano mediante el recurso a la coacción. Allí donde el Estado y las autoridades pierden el derecho a exigir lealtad a sus súbditos, les queda la coacción para evitar el estallido de la sociedad. Nosotros estamos viviendo hoy ese momento histórico en el que la posibilidad de recibir un palo sustituye al afán de contribuir lealmente a las tareas del Estado.

La organización jerárquica de una sociedad tradicional exige que cada casta y cada nivel de responsabilidad de la casta, muestren justas intenciones, justos medios de vida, etcétera. Y, solamente así, la lealtad mutua y recíproca es un valor exigible a todos. El tejido feudal hubiera sido imposible de mantener si los nobles no se hubieran comprometido a defender hasta la muerte el derecho de sus feudatarios, a cambio de que estos aceptaran movilizarse cuando les fuera requerido y contribuir al mantenimiento del feudo con sus tributos.

Cuando el Estado, o cualquier jerarquía social, deja de ser merecedor de la lealtad de sus súbditos, sólo le queda el recurso a la coacción, de la misma forma que un mando cobarde y bilioso jamás puede mantener la lealtad y el empuje de sus hombres, si no es mediante el recurso a la disciplina –valor sí, pero situado por debajo del honor y de la lealtad- o al castigo. En agosto de 1914, Europa enloqueció con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En los tres años siguientes, el frente se estancó en el Marne, a escasos kilómetros de París, y la zona se convirtió en el teatro de la “guerra de trincheras”. Varios millones de soldados murieron en operaciones insensatas, mal preparadas e irresponsables, organizadas por un Estado Mayor incompetente y ruin. En junio de 1917 el ejército francés se desplomó. Divisiones enteras se negaron a combatir. Los soldados salieron de sus trincheras al grito de “Abajo la guerra”. Afortunadamente para la causa aliada el ejército alemán no percibió esta rebelión, de la que Kubrick realizó uno extraordinario fresco en blanco y negro en su película “Senderos de Gloria” protagonizada por Kirk Douglas y el dibujante Tardí ha plasmado el dramatismo de aquella situación en una serie de cómics estremecedores. ¿Unos oficiales de Estado Mayor tienen el derecho de enviar a generaciones enteras a morir en el curso de operaciones mal planteadas? No hay que olvidar, por otra parte, que no estaban enviando a morir a “guerreros”, sino a soldaditos de leva, peones, campesinos, estudiantes, oficinistas, con tan sólo un mes de instrucción. Un combatiente de la guerra describía así la situación: “Lo sorprendente era la desproporción entre el sacrificio supremo que se nos exigía y la mediocridad de los ideales que debíamos defender”. ¿Lealtad? ¿Qué lealtad puede exigir el burócrata o el plutócrata que lo quiere todo a cambio de no tener una merma en sus beneficios?

6. Austeridad

El hablar lacónico de los espartanos. La renuncia de Godofredo de Bouillon a lucir la corona del Reino de Jerusalén allí en donde Cristo fue coronado de espinas. El lema templario: “Nada para nosotros, Señor”. La proclamación del samurái de la espada como su única posesión. El Emperador Juliano compartiendo la tienda de campaña con sus tropas. El uso del mismo uniforme distinguido sólo por las enseñas del rango, desde el último soldado hasta el general. Napoleón comiendo lo imprescindible para mantenerse sobre el caballo durante sus campañas. Las mismas armas modernas, desde el carro de combate hasta el avión a reacción, sin elementos decorativos, con todas sus partes esenciales e insustituibles, sin nada superfluo. Todos estos ejemplos son suficientes como para indicar la austeridad como una de las grandes virtudes militares. La vida militar en campaña se reduce a lo indispensable, a lo esencial, desprovisto de cualquier aditamento inútil. Un gran hedonista, un hombre que gusta vestir a la moda, un amante del lujo y de la comodidad no tiene lugar en la milicia.

La sobriedad es aquel valor que enseña a moderar los gustos y lima por completo los caprichos y los doma. Da a cada cosa su justo valor y juzga a cada cual según la actitud que tome ante lo esencial o ante lo superfluo, aprende a distinguir entre lo razonable y lo desmesurado. La arenga ha sido una de las muestras de la austeridad militar, generalmente incomprendida por aquellos que gustan de las palabras vanas, los elogios serviles o los argumentos tan complejos como inextricables. La arenga es la alocución dada antes de entrar en combate. Cuando se va a dar y recibir la muerte, las palabras sobran. Por eso las arengas son breves, austeras, sin florituras lingüísticas, esenciales. La arenga es una herencia del modo de hablar “lacónico”, propio de los habitantes de Laconia, Esparta. La orden militar es otra derivación. La orden debe ser escueta, rotunda, sin posibilidad de doble o triple interpretación, clara, diáfana. En medio de una batalla no se puede pensar si las palabras encierran un sentido oculto. La arenga y la orden son productos surgidos de un espíritu austero. Frente a la arenga está el discurso y la rueda de prensa. Allí el político procura, por todos los medios, hacer un discurso que satisfaga a todos, porque persigue el voto de todos. En la rueda de prensa, además, se trata de contornear la pregunta, evitar una respuesta clara y franca que permita extraer conclusiones susceptibles de excluir el apoyo de algunos grupos. Esta sociedad ha terminado por hacer de la sofisticación un valor absoluto: “Antes muerto que sencillo”, es el lema que mejor le cuadra. Antes ambigüedad que claridad, no vaya a ser que se nos vea el pelo…

Pero existe una línea divisoria entre la negación y la privación. Un guerrero khsatriya, el Gran Buda lo dijo con claridad meridiana: “si una cuerda se tensa mucho, termina rompiéndose, pero si no está tensa no suena”. Así pues, la vía justa, es el recto camino medio. Ni exceso de lujo, ni miseria abochornante. Ni sofisticación maximalista, ni minimalismo miserable. Simplemente, como decía la máxima clásica: “Nada de más”. No es que el guerrero huya de las comodidades, es que su vida no puede ligarse a ellas. Quizás sea por casualidad que todos los grandes conductores militares han madrugado. O que no se sabe de ninguno que haya sido un gran gourmet, ni que haya preferido una tortilla deconstruida a un asado sobre el fuego, o a vino con almendras, olivas, higo y queso, comida favorita de Marco Aurelio y habitual en las comandarías templarias.

Un ilustre decadente esteticista, Oscar Wilde, encarnó mientras vivió la actitud opuesta. El refinamiento y la sofisticación eran lo suyo. Y en esto era el mejor. Tenía “estilo”, o mejor dicho, su estilo se había adelantado a su tiempo. Llegó a escribir: “Dadme las cosas superfluas y podré prescindir de las necesarias”. Hoy, toda una civilización vive de lo superfluo e ignora lo necesario. Mirad las noticias que aparecen cada día y echad una ojeada a vuestro alrededor: entonces veréis el reino de lo superfluo. Ir a un cuartel, mirad un traje de campaña, escuchad una arenga, comprobad el tablero de mandos de un cazabombardero táctico, tocad un arma: si encontráis algo superfluo os podéis dar con un canto en los dientes. La austeridad y el culto a lo superfluo marcan la diferencia.

7. Disciplina

8. Generosidad

9. Deber

10. Estilo

11. Acometividad

12. Justicia

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 14.06.06

 

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