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Infokrisis.- Retomamos esta serie de cuatro entregas sobre los valores guerreros. En esta segunda parte, aludimos a los tres primeros: capacidad de sacrificio, empuje y liderazgo y valor. Creemos que se trata de tres valores de los que dependen todos los demás y el hecho de que hayan estado presentes en los mejores momentos de la Tradición Guerrera, es suficientemente elocuente de su solidez y esencialidad.

Los valores de casta guerrera

Sabemos ya lo que es una casta y sabemos también que una de las castas es la guerrera, que constituye el sujeto de esta obra. Valdrá la pena, ahora, definir lo que podemos llamar “valores de casta”, los valores del guerrero. Muchos tratados guerreros los han descrito, pero es difícil encontrarlos reunidos en un solo texto. De hecho, surgieron progresivamente. Es fácil suponer que el primer valor no enunciado que apareció y que contribuyó a conformar la naturaleza de la casta guerrera fue el espíritu de sacrificio y, a partir de éste, se fueron perfilando todos los demás. Algunos de estos valores no eran específicos de la casta guerrera. De hecho, toda la sociedad, para ser viable, debía conocer algún tipo de lealtad y honor; puede suceder que cada casta conciba el mismo valor en términos e intensidades diferentes; el “deber” es concebido de manera diferente por el sacerdote, para el que la oración y la contemplación son los cometidos fundamentales de su vida, que por el burgués cuyo deber es el trabajo. Otro tanto podría decirse de la generosidad, impulso necesario en todas las castas pero concretado en distintas “especies”.

Sea como fuere, la casta guerrera evidencia unos rasgos específicos propios, idénticos en todas las épocas y en todas las latitudes. Vamos a pasar una breve revista a estos valores, porque estuvieron presentes en el paso de las Termópilas, en el cerco de Alesia, en Poitiers y Agincourt, en las Navas de Tolosa y Lepanto, en Crecy y Sedan, Austerlitz y Chatanooga o en el frente de Verdún y en la caída de Berlín en 1945.

Vale la pena decir que sin esos valores la casta guerrera jamás hubiera podido configurarse como tal. Son los valores los que modelan y, a fin de cuentas constituyen, los valores de la casta. Schuon decía que la raza es la “materia” y la casta el “espíritu”, pero había olvidado decir que estos valores conforman el “alma” de la casta guerrera. Sin ellos, la casta se convierte en horda, la horda es incapaz de salir de su barbarismo y el barbarismo es capaz de cualquier masacre. Hoy, en determinados aspectos de la guerra moderna, ese barbarismo está presente. Cuando cada mañana leemos que una unidad de marines ha masacrado a civiles en un pueblo de Oriente, estamos hablando de barbarismo. Y cuando leemos que la insurgencia ha colocado media docena de coches bombas causando la muerte de un centenar de civiles, es el peor barbarismo el que sale a la superficie. La lucha de los palestinos en defensa del territorio de sus ancestros usurpado puede parecer justa, pero pierde cualquier legitimidad cuando pasa a arrojar a niños-bomba en el interior de autobuses o mercados judíos. Hoy, el barbarismo ha ocupado un espacio excesivamente amplio en la guerra moderna; acaso porque la guerra ha dejado de ser cosa de militares. Las guerras modernas son cosa de políticos y magnates de la industria. En el fondo, el “político” corresponde al antiguo sacerdote del que hablaran Sócrates y Platón como dirigentes ideales de la comunidad. Al renunciar al propio patrimonio, a su familia y a su descendencia, el sacerdote, necesariamente, debía de hacer de la austeridad el eje de su vida. Si el “sacerdote político” disponía de “todo” el poder en sus manos, le correspondía así mismo, una renuncia “total” a los frutos del poder. Y el magnate de la industria y del comercio de hoy ha surgido del “burgués” de ayer, de la “función productiva”. Si los gremios en los que cristalizó esta casta enseñaron a sus afiliados durante siglos la importancia del trabajo y de la vida honesta, el áurea mediocritas; la acumulación de capital producida por los comerciantes, primero, y por los especuladores y agiotistas después, hicieron saltar cualquier barrera. La política se convirtió en el coto de caza de los ambiciosos y la democracia pasó a ser un bonito receptáculo de nobles principios e ideas tranquilizadoras, en cuyo marco puede decirse “todo” aunque no sirva para “nada”. La democracia pasó a ser plutocracia, el poder del dinero. El guerrero –devenido “soldado”-, a partir de la formación del Imperio Británico se configuró como la punta de lanza de las compañías comerciales, particularmente de la Compañía de Indias en este caso. Si antes el guerrero combatía por el nombre y la razón del príncipe o de su señor feudal, si antes combatía por los dioses o por la grandeza de un imperio concebido como reflejo del orden divino en el mundo humano, a partir del siglo XIX el soldado se pondrá a las órdenes del mercader y de su clase política domesticada: el político.

Este marco es bastante desolador pero, afortunadamente, hay una esperanza en la tiniebla más oscura. Al menos, en las Escuelas Militares siguen enseñándose los mismos valores que dieron inspiración a la falange hoplítica espartana, a las legiones imperiales de Roma, a las órdenes ascético-militares y a la caballería del Medioevo; a los cuerpos de élite: desde los Tercios de Flandes a la Legión, desde los mosqueteros hasta los marines. Fijémonos en lo realmente excepcional de que en los institutos de formación aún existan hoy, además de una formación práctica y técnica, la inyección de “valores”. Quienes salen de estas escuelas mantienen, como mínimo, la misma chispa que todas las generaciones de la milicia que les han precedido. Estos valores pueden seguir siendo potenciales o plasmarse en la realidad. Ya es algo, cuando la inmensa mayoría de las jóvenes generaciones ha dejado de entender la importancia y el significado de los valores no meramente utilitarios.

Estos son los valores de la casta guerrera. Si se reconoce en ellos, usted ya sabe lo que late en las profundidades de su personalidad. Puede ocurrir que usted sea, en realidad, un miembro de la milicia, aunque sus ropas y hábitos de vida sean los de un burgués.

1. Sacrificio

Estar dispuesto a darlo todo a cambio de nada. Realizar un sacrificio supremo que redunde en beneficio de la comunidad. Seguramente éste fue el primer valor que decantó a unos seres respecto a otros, conformando el origen y el arranque de la casta guerrera. A un lado los que tenían fortaleza, energía, decisión y fuerza suficiente como para asumir la defensa del resto de la comunidad. Al otro los que tenían otros valores, pero no estaban en condiciones de asumir aquella competencia, por condicionamientos fisiológicos (la mujer está más adaptada para unas funciones, la maternidad, pero menos para otras que impliquen el uso de la fuerza), o por predisposición personal (el valor o la acometividad están desigualmente repartidos), o criterios de utilidad social que poco a poco fueron imponiéndose (el carácter contemplativo y la función productiva eran igualmente necesarios para el mantenimiento de la comunidad; además de la defensa de la misma: era preciso observar la naturaleza y extraer conclusiones prácticas y también fabricar objetos; la comunidad no podía arriesgarse a que quienes realizaban estas funciones perecieran en los combates por la supervivencia). Todo esto generó una temprana y primitiva división de funciones.

Desde entonces este valor ha seguido presente en la vida militar. Leónidas hubiera podido sobrevivir quizás a la ofensiva persa, retirándose simplemente. Leónidas y sus 300 hoplitas quizás hubieran sobrevivido, Grecia, en cambio, no. Cuando se asume la capacidad de sacrificio se entiende que no tiene límite. En la milicia llega hasta el final. No se trata solamente de “machacarse” durante una hora al día en el gimnasio o en el campo de entrenamiento. Ni siquiera de estar dispuesto a una jornada de ocho horas de trabajo. Se trata de asumir como normal el hecho de que, cuando una comunidad precisa de la milicia, ésta debe estar dispuesta a algo tan terrible como dar y recibir la muerte. No hay término medio. Que no entre en la milicia aquel que no esté dispuesto a morir por su comunidad. Cuando a la puerta de los cuarteles se lee el lema de “Todo por la Patria”, no estamos ante una frase retórica, ampulosa y grandilocuente; estamos ante un patrón de comportamiento que se ha seguido demasiadas veces en la Historia como para dudar de su realidad.

Ciertamente, el entrenamiento a que se han visto sometidos los guerreros ha contribuido a reforzar esta predisposición al sacrificio. Se ha reforzado, educado y canalizado. No es que el guerrero tenga la “obligación” de morir. De hecho, se trata de todo lo contrario: de estar dispuesto a vivir, pero no atribuyendo un carácter supremo a la vida por encima de cualquier otro valor. Quien ha visto de cerca la muerte en los campos de batalla, sabe mejor que nadie apreciar la vida. La vida es un bien precioso como para arriesgarlo… inútilmente. El instinto de supervivencia, además, contribuye a evitar riesgos inútiles y a ser consciente de cuándo vale la pena morir y cuando es un gesto innecesario. Es el tan repetido ejemplo de Leónidas: si él y sus 300 espartanos murieron, fue para retrasar unos días el avance persa y permitir la movilización de las ciudades griegas. Si Horacio Coqles hizo frente a los bárbaros defendiendo un puente, era porque eso permitió a sus camaradas destruir la vía de acceso a la ciudad y cerrar sus puertas. Si un kamikaze se lanzaba contra la cubierta de un portaviones americano, lo que estaba en juego era contener la potencia militar enemiga, y ese gesto suponía un mazazo para la velocidad con que los aliados pretendían concluir la Guerra en el Pacífico. ¿Para qué sirve, en cambio, un tipo que se arroja por un puente agarrado a una soga elástica y termina aplastándose contra el suelo a causa de cualquier error? No. Decididamente, hay muertes inútiles. La vida, en cualquier caso, no es un valor absoluto: es lo que tenemos, pero la supervivencia de la comunidad es algo que está por encima de la de cada uno de sus miembros. El guerrero es el que no duda en arriesgar todo su patrimonio –cuando se pierde la vida se pierde todo- si ese sacrificio tiene alguna utilidad para alcanzar el objetivo propuesto: la defensa de los suyos.

2. Empuje

No lo olvidemos. El guerrero, en gran medida, nace. Sólo en menor medida un entrenamiento adecuado consigue acentuar sus cualidades, de alguna manera innatas. El pulido de las caras de un diamante lo mejora para desempeñar su función suntuaria, pero es preciso que la piedra haya llegado al pulido con una estructura cristalográfica diamantina. Sería inútil pulir un trozo de carbón, y mucho más intentar otro tanto con un líquido por noble que sea. Hay algo en los guerreros que está implícito desde la infancia y que indica que “han nacido” para la milicia.

Las cualidades físicas son importantes, incluso en este mundo que evita hablar de ellas para no ofender a quien no las posee. Es un tributo a lo “políticamente correcto”, aunque luego, por otro lado, se exalte al deportista triunfador (aunque sea a costa de dopajes de todo tipo), se practique un culto al cuerpo (mediante el “machaqueo” en el gimnasio –lo cual es aceptable- unido a buenas dosis de anabolizantes, o asaeteamiento de botox, o recubriendo el cuerpo de implantas de silicona –lo cual es síntoma de una civilización en decadencia-) y se estimule la anorexia como belleza quintaesenciada y patológica… Pero no se le ocurra aludir a “medidas eugenésicas” so pena de atraer hacia usted las peores injurias. Como si la mejora genética de un pueblo fuera algo de lo que avergonzarse. El que ha conocido el combate y la vida militar sabe lo importante que son las cualidades físicas para sobrevivir y dar la talla. Los legionarios de Augusto eran capaces de andar cuarenta kilómetros al día durante meses y, antes que ellos, sus enemigos cartagineses fueron capaces de saltar de Gibraltar a las puertas de Roma, pasando por los Pirineos y luego los Alpes, a pie. Atila empezó a despreciar a los romanos desde el momento en que vio cómo sudaban y rezongaban en las formaciones cerradas. Habían perdido el empuje y la fuerza de los mejores momentos de la historia militar de Roma.

No es raro que se exija una condición física determinada para ingresar en la milicia y que una parte del entrenamiento militar tienda a fortalecer la fuerza y el vigor del guerrero. Y, ya que estamos en éste, valdrá la pena realizar un “aparte”. Es bueno que la mujer se integre en cualquier actividad, pero mucho menos bueno es que se desconozca, puesto que de milicia estamos hablando, su menor masa muscular y su menor fuerza física. Y mucho peor todavía es que, por un canto a lo políticamente correcto, existan hoy en nuestro país dos tipos de pruebas físicas y de marcas para hombres y para mujeres que aspiren a ingresar en filas. En combate no se nota la diferenciación sexual. Se nota el que es capaz de correr a la descubierta contra el enemigo y quien se queda atrás. Se nota quién es capaz de retirar sobre sus hombros a un camarada herido, y quien no posee la fuerza suficiente para hacerlo. El entrenamiento no basta para igualar masas musculares ni potencia física. No es que sea ilusorio pretender otra cosa, es que es peligroso engañarse.

Por otra parte, el empuje no es algo solamente físico. El guerrero digno de tal nombre sabe transmitir confianza y conducir a los que dependen de él para que le sigan sin vacilar. O bien, sabe avanzar con sus iguales sin pestañear. El empuje (en esta acepción es equiparable con la capacidad de mando) es el magnetismo del oficial que consigue hacer llegar a sus hombres allí donde otros hace tiempo que se han detenido. Este factor es muy importante y se podría decir que tras él se esconde un gran misterio, casi de naturaleza mística. He visto oficiales que desprendían una aureola de seguridad y todos sus subordinados los consideraban merecedores de ser seguidos hasta las puertas del mismísimo infierno, si era preciso. He visto oficiales que extraían de sus soldados un rendimiento superior a cualquier otro. La historia multiplica sus ejemplos: Alejandro Magno estaba aquejado de enfermedades y complejos, como Julio César; sin embargo Alejandro logró llevar a sus hombres hasta las puertas de la India, y César lloró cuando cumplió los 30 años sin haber alcanzado la gloria de Alejandro. Pero a él le esperaba también un destino venturoso conduciendo a sus legionarios a la conquista de las Galias y mostrando en el cerco de Alesia la altura de su genio militar, superior al de Alejandro. En cuanto a la Vieja Guardia, era capaz de refunfuñar –no en vano se les conocía como “los gruñones”- sobre las aventuras sin fin en que su emperador, Napoleón Bonaparte, los embarcaba; pero nunca dudaron en seguirlo hasta el “dernier carré” de Waterloo. Se podrá decir de Hitler y Stalin que fueron asesinos e infames; jamás se podrá negar que ambos supieron excitar hasta extremos inhumanos la resistencia y el empuje de sus tropas. Stalin con 20 millones de bajas a sus espaldas. Y Hitler, con toda Alemania pulverizada por las bombas, infundió empuje a los últimos batallones de la Volkstrum, las SS o las Hitler Jugend, hasta el mismo día de su muerte. En cierta ocasión conocí a un oficial que había combatido en la Primera Guerra Mundial. Tenía todas las condecoraciones alemanas al valor; más tarde, luchó en los Freikorps alemanes que combatieron contra los bolcheviques en el Baltikum y se afilió pronto a las SA hitlerianas. En 1928 conoció personalmente a Hitler, y ese hombre habituado a coquetear con la muerte y a conducir a hombres a darla y a recibirla, tartamudeó al estar delante del futuro führer. Que no se diga que este episodio no encierra en sí mismo el misterio del liderazgo, el empuje místico de los conductores de hombres.

A diferencia de la vida civil, es difícil que en la milicia un gran seductor no sea, al mismo tiempo, un gran conductor. En la vida política cualquier técnico de marketing sabe fabricar del primer lerdo a un “líder”, e incluso colocarlo en las poltronas del poder. Harina de otro costal es que el tiempo no se encargue de deshacer el mito y arrojarlo al estercolero de la historia. Bush hoy, como hace treinta años Jimmy Carter, ganaron por goleada a sus oponentes. Pero la historia y la opinión pública los ha juzgado ya como los peores presidentes, republicano y demócrata, respectivamente. Sus técnicos en marketing eran mejores que los “productos” que debían encumbrar. En España, casi mejor no hacer alusiones. No tanto para bochorno de los “figuras” como del electorado que los ha elegido. En la milicia todo esto ocurre. La hoja de servicios “limpia”, la capacidad de mando, el liderazgo, se miden día a día. Para llegar al generalato existe una selección natural, a pesar de que la clase política de turno haga esfuerzos por encumbrar a sus amiguetes de uniforme. Pero, aún así, en la milicia la capacidad de mando y el liderazgo difícilmente pueden falsearse. Y no digamos si soplan vientos de guerra. En la vida civil, treinta segundos de un telediario pueden condicionar a la opinión pública y cualquier impresentable alcoholizado o simplemente tonto de baba, puede ser presentado como el líder “imprescindible”. Total, luego serán sus técnicos quienes harán el trabajo real. Pero cuando se trata de conducir hombres a situaciones de riesgo y de defender a un país, hacen falta hombres de temple que hayan demostrado el empuje necesario como para ser respetados más que temidos, y seguidos más que admirados. Un refinado embajador griego que llegó al Senado Romano explicó que estaba seguro de que iba a ser recibido por una reunión de bárbaros y, sin embargo, se encontró ante una asamblea de reyes. Para llegar al Senado, quienes hicieron la grandeza de Roma debían pasar un mínimo de 15 años en la milicia. Eso explica, más que cualquier otra circunstancia material, económica o geopolítica, por qué una pequeña ciudad del Lacio, una más entre otras muchas, se convirtió en el centro de un imperio civilizador. Sus soldados se convirtieron en sus gobernantes. Cuando se ha conducido a hombres hasta la muerte y se ha ido a su paso, gobernar es apenas un ejercicio táctico. Cuando apenas se es un producto de marketing, rendir cuentas de la gestión ante el Congreso es un trago que solamente se está dispuesto a pasar si un sector de la prensa y buena parte de los diputados te apoyan encarecidamente. Disculpen, pero es que visto lo visto, no puedo por menos que albergar una sensación de “apoliteia” respecto a la clase política. Y es lo que les recomiendo: no se trata de un apoliticismo considerado como dar la espalda a la res pública y a todo lo que implica el ejercicio de la política, sino un distanciamiento del triste espectáculo cotidiano en el que se ha convertido la política. Sigan mi consejo: opinen y censuren, apoyen a quien haya que apoyar cuando haya que apoyarlo, pero mientras la democracia moderna siga siendo una plutocracia y una mediocracia en lugar de una meritocracia, lo más sabio y lo más ético es mantener las distancias. Siga la divisa de los Doria: “Altiora peto”… “miro más alto”, o aquella tan querida a las legiones romanas: “Aquila non capit muscas”, el águila no pierde el tiempo cazando moscas.

No es entre la actual clase política donde vamos a encontrar el empuje propio de los conductores de pueblos y de los líderes de una comunidad.

3. Valor

Lo dicho está encadenado a lo que sigue. La capacidad de sacrificio y el empuje se desmoronarían si, a la hora de la verdad, el guerrero diera marcha atrás. Un guerrero sin valor es como un bancal sin simiente. El valor es la semilla de cualquier otra virtud militar. Sin el valor, todas las demás son insostenibles o bien desaparecen. El honor, por ejemplo, es inconcebible sin valor y los cobardes jamás podrán cumplir órdenes extremas “por disciplina”.

Existe una vieja discusión sobre si el valor implica la ausencia de miedo. No, el miedo es una sensación que está presente en todas las especies superiores. En tanto que el instinto de conservación es inherente a la condición humana, el miedo tiene su lugar en nuestra personalidad. Solamente Sigfrido o cualquier otro héroe legendario ignoraban lo que era el miedo. En su infancia, nadie se preocupó por enseñar al héroe germánico la naturaleza del miedo, por tanto la desconocía. Es una bella leyenda y como tal se queda. No es inútil: indica que el guerrero debe estar en condiciones de superar su miedo. He conocido gente “sin miedo”, pero ni eran héroes ni grandes combatientes, frecuentemente se trataba de insensatos o de individuos temerarios, o incluso de cobardes patológicos aquejados por todo tipo de complejos que, en un momento dado estallan y son capaces de protagonizar alguna gesta tan excepcional como puntual. Un profesor que tuve durante la carrera había sido legionario en la Guerra Civil. Recibió condecoraciones y laureles, pero no renovó su compromiso con el tercio. Cuando un oficial le preguntó por qué no se había reenganchado, le explicó la verdad. No es que, cuando sonaba un disparo, desafiase el peligro permaneciendo erguido sin arrojarse al suelo: era que sentía tanto miedo que se quedaba inmovilizado. Hay veces que el miedo adopta el semblante del heroísmo. La divisoria entre ambos es débil y difícil de percibir para quien permanece ajeno a la experiencia guerrera. Incluso las ratas acosadas se comportan con aparente valor cuando son atacadas. Y no por ello dejan de ser ratas.

En la milicia el miedo no se queda a la puerta del acuertelamiento: acompaña al guerrero en su día a día. Naturalmente que se puede educar el miedo y que algunos lograr dominarlo mucho mejor que otros; pero el miedo sigue presente en todos. El miedo es una sensación espantosa. No es solamente un temor irracional a ser dañado, sino que acarrea modificaciones en la fisiología de los sujetos: el ano parece querer desaparecer en sí mismo, se suda, se jadea, el corazón late con más premura, cuesta tragar, los testículos parecen buscar un refugio en el compartimento del cuerpo, el cerebro se niega a razonar y está asediado por una idea obsesiva: “ahora me dolerá”, “no voy a salir de aquí”, “adiós”. Quien ha experimentado el miedo sabe que decimos la verdad. Esta sensación, por regla general, la han experimentado todos los guerreros de todos los tiempos cuando han percibido por primera vez la proximidad de la muerte. Pero hay una diferencia entre el valiente y el cobarde: el valiente logra dominar su miedo, el cobarde se deja dominar por él. Habría otros dos grados de valor: la temeridad y la insensatez. El temerario es aquel que asume un riesgo necesario ante una situación extrema. El insensato es incapaz de asumir riesgos, no hace esfuerzo alguno por dominar su miedo, porque no tiene la noción de lo que es el miedo. Habitualmente, un loco está más cerca de la insensatez que del heroísmo.

Todo esto tiene que ver mucho con el concepto guerrero de la libertad. Algún obtuso no entenderá que la milicia ame la libertad e incluso que esté dispuesto a luchar por la libertad. ¿Por qué luchaban los gladiadores en el circo romano? ¿Y que movía a los niños espartanos a aceptar la dura educación a la que eran sometidos? ¿Pelearon los habitantes de Sagunto hasta el final si no hubiera sido por sus libertades? ¿Se hubiera defendido a Berlín en abril de 1945, hasta más allá de lo irracional, si no estuviera en juego la posibilidad de que toda Europa fuera sometida por los tanques de Stalin? Si. En las más altas tareas de la milicia la preservación de las libertades de una comunidad está presente, y es por ellas por las que se aceptan los riesgos. Pero, atención, aquí estamos hablando de “libertades”. Y hay un concepto único de “Libertad”, propio de la milicia.

Un Robinson cualquiera, perdido en una isla desierta, carece de leyes que constriñan algunas de sus libertades. No tiene un Estado que lo vigile, puede establecer las normas que le parezcan aceptables y le reporten algún beneficio. ¿Es verdaderamente libre? No, porque si ese Robinson perdido conoce la sumisión a sus pensamientos, a sus pasiones más bajas, a las pulsiones irracionales, a los comportamientos dictados por sus instintos más insanos, es cualquier cosa menos libre. Tiene un tirano al que someterse, el peor de todos: él mismo. A partir de este ejemplo, puede deducirse qué idea de libertad tiene la milicia. La libertad, para los combatientes de todos los tiempos, es la capacidad de dominio sobre sí mismo. Sólo quien se libera de la tiranía de uno mismo puede afirmar que no está sometido por nadie. Esta libertad en sentido metafísico, entendida como autocontrol, es “la libertad” por excelencia. Si del mundo de la metafísica pasamos al mundo de la física, no deberemos hablar de “la Libertad”, sino de “las libertades”. Y en este terreno existen unas libertades positivas (las de expresión, reunión, manifestación, prensa e imprenta) y otras libertades negativas (las de asesinar al vecino, las de golpear a la propia esposa, la de robar). Una comunidad, para ser viable, debe tender a la limitación de las libertades negativas y a castigar de manera ejemplificante a quienes decidan ejercerlas contra la comunidad o contra algunos de sus miembros.

El valor no es la ausencia de miedo, sino la educación del miedo.

Este concepto estaba presente en la tradición guerrera desde los tiempos de la epopeya homérica. El héroe era aquel ser que había triunfado en la “prueba”, logrando vencer, no tanto a sus enemigos exteriores, como a su enemigo interior, a lo peor de sí mismo. Desde el miedo hasta la ambición, todo puede ser dominado o, por el contrario, dominar al ser humano. El héroe no es que nazca puro, es que se despoja de todas estas escorias hasta conquistar su propia Libertad tal y como Hércules consigue la inmortalidad a través de sus 12 trabajos. Hijo de Zeus, de nada le hubiera valido pertenecer al más alto de los linajes si no hubiera sido capaz de entender que Gerión recobraba sus fuerzas al ser derribado y entrar en contacto con la tierra, su Madre. Y de nada le hubiera servido entender el secreto de Gerión si no hubiera tenido la fuerza y el valor suficientes como para estrangularlo sin que los pies del gigante tocaran la tierra.

4. Honor

5. Lealtad

6. Austeridad

7. Disciplina

8. Generosidad

9. Deber

10. Estilo

11. Acometividad

12. Justicia

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 13.06.06

 


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