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Infokrisis.- En esta tercera entrega de la serie nos centramos en el estudio concreto de la literatura heroica ahora que ya conocemos cuál es su origen y como situarla en la historia. La casta guerrera ha tenido un género literario adaptado a su psicología y a sus usos y tradiciones. Desde la antigua epopeya griega hasta los relatos de Ernst Jünger, los modelos de la tradición guerrera se han forjado en las páginas de los más bellos cantares épicos.

 
La literatura heroica

Hubo un hombre llamado Jünger. Había nacido en Heidelberg en 1895 y murió en 1998 a los 103 años. Durante toda su vida fue un guerrero. Ernst Jünger fue autor de una literatura que solamente un guerrero podía apreciar. En 1911 se unió al Wandervögel, un movimiento de juventud que preconizaba el retorno a la naturaleza y a la fidelidad a la tierra, pero, dos años después, deja atrás la serenidad de los bosques y el alejamiento de la vida burguesa en el que se había criado, e ingresa, con 18 años, en la Legión Extranjera Francesa. Poco después, al estallar la Primera Guerra Mundial, deserta y se alista voluntario en el ejército de su patria. En 1918 ya ha recibido todas las condecoraciones al valor. El fuego que ardía dentro de su corazón le había convertido en un guerrero. Con apenas 25 años publica sus recuerdos de guerra: “Tempestades de Acero”. Su planteamiento es sorprendentemente lúcido: las destrucciones de la guerra pueden hundir al ser humano o bien acabar con su personalidad consciente y hacer que emerja de su interior algo más profundo y esencial. La guerra es la “prueba” por excelencia, al menos para un determinado tipo humano: si no lo derrumba, lo fortalece. Además, en la guerra los instintos humanos se quintaesencian, alcanzan una agudeza que eclipsa al consciente, y la grandeza de las destrucciones parece destruir la realidad construida por los sentidos. La exaltación de las cargas a la bayoneta, la camaradería vivida por las “tropas de asalto” en primera línea, abolen las barreras de lo individual y las fronteras entre el yo y el no-yo. Jünger, que ha experimentado esta sensación, encuentra en ella al “ser auténtico”. Otros, en el mismo conflicto y en el mismo bando, reaccionaron de manera diferente. Erik Maria Remarke con “Sin novedad en el frente”, lamenta el eclipse de lo humano en los campos de batalla. No es que hayan asistido a dos conflictos diferentes; han visto las mismas explosiones y bombardeos bajo la misma bandera. Es que pertenecen a dos castas. Remarke es un soldado de leva. No ha pedido ir a la guerra: lo han llevado a ella. Ni su cerebro, ni su instinto, ni su corazón, estaban preparados para contemplar de cerca la posibilidad de destrucción de lo humano. Jünger está hecho con otra pasta: ha conocido el éxtasis en los campos de batalla.

Las castas han desaparecido. Solamente en Prusia los herederos de la Orden de los Caballeros Teutónicos han logrado, hasta 1918, que se mantuviera el espíritu de la tradición guerrera. Pero el hundimiento del frente, en noviembre de ese año, provoca también la caída del último reducto de la casta guerrera en Europa. Jünger no pertenece a la casta militar, es hijo de burgueses en un momento en el que, salvo en Prusia, las castas han periclitado. Pero en su interior late un espíritu guerrero. No así en el de Remarke. Por eso éste se hunde, cuando aquel resulta fortalecido. Los escritos de Jünger perdieron intensidad a medida que se alejaba de la experiencia bélica pero, hasta su muerte, siguió siendo un brillante narrador cuyas obras estaban escritas para transmitir valores y experiencias. En los años 60 conoció a Aldous Huxley y a Albert Hoffman, el descubridor del LSD. Junto a ellos consumió ácido lisérgico buscando experiencias nuevas. ¿Acaso Aleister Crowley no había escrito que “la droga es el alimento de los fuertes”? Otros guerreros como Unger Khan von Stemberg, “el barón loco”, uno de los líderes de la contrarrevolución “blanca” en Rusia, opinaba otro tanto de la droga y del alcohol. Pero este camino será explorado más adelante. Y la droga –ingerida cuando Jünger contaba ya 65 años- le volvió a abrir experiencias nuevas allí donde otros se hundían irremisiblemente. Volveremos a estos desarrollos más adelante.

El “caso Jünger” tiene un interés particular para nuestro estudio. Demuestra, por una parte, que incluso en el caos social actual, cuando la inmensa mayoría no tienen conciencia exacta de lo que llevan dentro de su personalidad, cuando aquellas referencias dadas por la pertenencia a la casta han desaparecido, la casta se reconstruye automáticamente en los momentos de crisis. Al ser atacados –o resultar accidentados- dos helicópteros españoles en Afganistán, tras la muerte de 17 de nuestro soldados, un número desmesuradamente alto de “soldados profesionales” pidió ser dado de baja. No eran guerreros, tenían vocación de funcionarios o burgueses: lucían el uniforme a cambio de un salario. Eran “soldados” (de “soldada”, sueldo, salario), no eran guerreros. Un ejército que les daba la posibilidad de huir del paro les interesaba mucho más que un ejército que les diera la posibilidad de probar su temple. Y se fueron. Pero en nuestro propio país, y no hace tanto, cuando en 1990 estalló la Segunda Guerra del Golfo tras la invasión iraquí de Kuwait, fueron enviadas algunas unidades navales españolas al teatro de operaciones. Los hubo que se “rajaron” –el ejército, entonces, era de leva- pero otros de nuestros muchachos solicitaron ir voluntarios. A través de ellos se evidenciaron las posibilidades de reconstrucción de la casta guerrera. Las castas han caído como estructuras orgánicas, pero el espíritu de las castas no ha terminado por desaparecer. Cualquier situación de crisis es capaz de operar una reorganización de la sociedad en torno a quienes están dispuestos a defenderla. Tal es la primera conclusión del “caso Jünger”. Hay otra.

Jünger, en realidad, no es más que el último exponente de una literatura heroica confeccionada para transmitir valores. Los valores militares se transmiten a través del ejemplo y a través de obras literarias para uso específico de la casta guerrera. Es posible que otros las puedan admirar, pero presentan modelos que solamente quienes tienen un tipo concreto de constitución interior pueden comprender y seguir. De la misma forma que la literatura sacerdotal creó himnos religiosos y poemas místicos, tratados escritos con “inspiración carismática” o estableció ritos; al igual que la literatura y el arte para uso y disfrute de la burguesía generaron un arte y unas concepciones adaptadas para sus principios y valores (el trabajo, la tranquilidad, la nación, el esteticismo, el realismo, etc.), la casta guerrera tuvo su literatura, seguramente desde el momento en que tomó conciencia de sí misma.

La epopeya constituyó la primera forma de literatura guerrera en la antigüedad clásica. Solía narrar episodios ejemplificantes en los que los dioses y los hombres caminaban juntos, frecuentemente enfrentados, y las rivalidades entre los dioses se traducían en luchas entre los hombres. El ser humano actúa en medio de un mundo mágico mucho más rico que el definido por los sentidos. Seres divinos, encarnación de fuerzas sobrenaturales, la Historia convertida en leyenda y el mito reconducido a la Historia, son las fuentes de inspiración de esta literatura. Su estilo es majestuoso a la medida de los protagonistas que describe y de la grandeza de los episodios que narra. Occidente sería muy distinto si un rapsoda ciego no hubiera compuesto la Ilíada y la Odisea en el arranque del mundo clásico. Las aventuras de Ulises en su retorno a Ítaca después de haber combatido en las murallas de Troya, y los héroes que lucharon en aquella guerra, definieron los rasgos esenciales del guerrero clásico y, por extensión, del milite europeo. Ya entonces era una literatura que no ofrecía solamente distracción y ocio, sino que pedía ejemplo y aportaba modelos.

A partir de la lectura de la “Odisea” y la “Ilíada”, como a partir de la lectura de “Los Trabajos y los Días”, el mundo clásico estableció su concepción del mundo. También, como en la Biblia, el mundo clásico habló de una “caída” (la muerte de Cronos, el último rey de la Edad de Oro), y estableció la posibilidad de “tomar el cielo por asalto” y reintegrarse en ese estado primordial de la civilización mediante la “Vía Heroica”: el Hércules, que arrojado a la tierra y limitado a las posibilidades de lo humano, alcanza, mediante una serie de “trabajos” de naturaleza guerrera, la inmortalidad. Ésta no es una concesión, sino una conquista. La literatura griega (y toda la literatura épica indoeuropea, desde las sagas nórdicas hasta las epopeyas hindúes, desde los poemas homéricos al ciclo arturiano, hijos todos de la misma madre) nos enseñan que la “prueba”, el “combate”, el “heroísmo”, son capaces de situarnos a la misma altura que los dioses. Es la “raza de los Héroes” la que aflora en estos poemas. Sus nombres están escritos con letras de oro en la literatura europea: es Aquiles el de los pies ligeros, es el Hércules revestido con la piel del león de Nemea, es Ulises y su hijo Telémaco, es Jasón y sus argonautas, es Teseo perdido en el laberinto de Minos, es Galahad y Perceval conquistando el Grial. Es Jünger rodeado de cadáveres, entre cráteres de obuses y detonaciones, entre barro y ruinas, pero “despierto”. Todos estos nombres corresponden a la “raza de los Héroes”.

Pero no siempre el éxito acompaña a la “aventura heroica”. Allí donde unos triunfan otros se hunden. Allí donde unos logran tomar el cielo por asalto, otros se despeñan hasta las profundidades. Abordar la “aventura heroica” no garantiza el triunfo. De hecho son pocos los que coronan los trabajos que llevan a Hércules a conquistar el fruto de la inmortalidad o a Jasón a hacerse con el Vellocino de Oro, o a Ulises regresar a su amada Ítaca. Muchos de ellos fracasan en la aventura. De entre todos, el fracaso de Prometeo es, sin duda, el más dramático. Intenta hacerse con un poder –el fuego del conocimiento- que no logra controlar y ese fuego le quema. Castigado eternamente por los dioses, un águila le devorará en los días el hígado que por las noches volverá a crear para ser devorado nuevamente al día siguiente. Es el infierno en el que cae el “arcángel” Lucifer (¿qué es un arcángel sino un ángel guerrero con espada de fuego?), es el Tártaro a donde van a parar los aspirantes a héroes que han fracasado en su aventura. Frente a la raza triunfante de los héroes, la epopeya clásica, nos presenta a la raza fracasada de los titanes. De hecho, el “titanismo” ha pasado a ser sinónimo de la tendencia a emprender una tarea que excede con mucho las fuerzas del sujeto protagonista. Hoy existen pocos héroes y muchos titanes. El desconocimiento de uno mismo y de las propias fuerzas hace que se sobrevaloren las posibilidades de la personalidad, se emprendan caminos abiertos para unos y cerrados para quien se equivoca al reconocerlos como propios.

Desde el punto de vista literario, se considera a la epopeya como un subgénero de la literatura épica. Otros subgéneros de la misma serían el cantar de gesta, algunos tipos de relatos legendarios y mitos, buena parte de los romances y algunas novelas. Todos los pueblos han conocido la epopeya. Sumerios (Epopeya de Gilgamesh), griegos (Ilíada, Odisea) e hindúes (Mahabarata), tuvieron las suyas e inspiraron la educación y la formación del carácter de la casta guerrera. No se trataba de simples piezas de lucimiento literario, sino que encarnaban el “impulso vital” de un pueblo. El hecho de que todas estas composiciones –extraordinarias, desde el punto de vista literario, sin excepción- no tengan autor conocido o, cuando se dispone del nombre de un autor, dé la sensación de que estamos ante un mito, una firma colectiva, o un personaje no menos ficticio que los protagonistas del relato, es suficientemente elocuente de la tendencia a encarnar unos valores “de casta” más que a sustentar el prestigio y la fama de un autor.

Posteriormente, durante la Edad Media, la epopeya siguió presente en la vida de la casta guerrera, aunque sus estrofas entretuvieran a toda la población. Había nacido el Cantar de Gesta. El mundo trascendente sigue presente, pero ya no es un mundo pagano recorrido por distintos dioses y fuerzas de la naturaleza, sino el mundo cristiano, reavivado por la aportación de sangre “bárbara” a la romanidad tardía, y en torno al cual se recompondrá la sociedad medieval. En las formas más tempranas siguen existiendo alusiones al mundo mágico (en las sagas islandesas y nórdicas, incluso en el Beowulf sajón o en el Cantar de los Nibelungos germánico, es decir en las zonas tardíamente evangelizadas), pero en general, los héroes son humanos y su relación con el mundo espiritual se produce a través del catolicismo. Es el Cantar de Roland, es el poema del Mío Cid, es también el ciclo artúrico, o las aventuras de Robin de los Bosques (que recoge el mito del “rey de los bosques”) o el personaje de Wilhelm Tell, héroe de la tradición céltico-suiza.

Todo este material que animará las cortes medievales, los burgos de calles estrechas y abigarradas y los núcleos campesinos, llevados por juglares errantes y trovadores (muchos de los cuales surgirán de la propia casta guerrera) proporcionará modelos, inyectará valores a la sociedad y especialmente a los que  habían hecho de la defensa de la comunidad y de la vía de las armas los elementos que darían sentido a sus vidas. La literatura propia de la casta guerrera es el poema épico y el cantar de gesta hasta el Renacimiento.

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 

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