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Infokrisis.- La segunda entrega de esta serie está dedicada a la doctrina de la "regresión de las castas" y a los elementos de inestabilidad del sistema de castas. Esto nos permitirá conocer que cada casta tiene sus valores determinados y que la casta guerrera ha logrado desarrollos culturales específicos, uno de los cuales, la literatura, será estudiada en la tercera entrega de esta serie.

 

Aquel tipo barbudo que estableció desde su mesa de la Biblioteca de Londres que la historia de la humanidad era la historia de la lucha de clases, se equivocó de medio a medio. La casta y la clase no son equiparables. La casta se forma en función de las predisposiciones psíquicas de sus individuos; la clase deriva de su situación en el proceso de producción. De la misma forma que la alquimia es a la química lo que la astrología a la astronomía, la casta es a la clase. El sistema de castas quedó completamente desarticulado en Occidente con las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y de todo el siglo XIX. La burguesía reivindicó el poder, en tanto que clase social hegemónica.

Habían pasado varios siglos desde que la burguesía había iniciado su lento ascenso en el Renacimiento. Durante dos centurias, la estructura gremial contuvo las aspiraciones de la burguesía de convertirse en casta hegemónica. De hecho, hasta principios del siglo XX existían normativas gremiales, incluso en España, que exigían a sus afiliados que limitaran sus ambiciones sociales y les conminaban a una vida austera y digna, alejada de lujos. En la Revolución Francesa, mucho más que en la Americana, fue evidente la insurrección de la burguesía contra la aristocracia. A partir de entonces se gestó una nueva forma de concebir el poder y las relaciones de poder: liberalismo y democracia, burguesía y comercio, producción e intercambio, posesión de los medios de producción y aportadores de la fuerza de trabajo, salario y beneficio, constituyeron las díadas básicas del nuevo sistema. El proceso se inició en el Renacimiento cuando los comerciantes genoveses, pisanos y venecianos alcanzaron, con sus expediciones a Oriente y con la importación de especies y tejidos, una acumulación de capital sin precedentes. Estos comerciantes estaban situados fuera del sistema de gremios y no disponían de un contrapeso a sus ambiciones individuales. Era el único grupo social de tales características. Poco a poco, el excedente económico acumulado por los comerciantes fue invadiendo el terreno de otros grupos. Compraron tierras a la aristocracia y, sobre todo, impulsaron una incipiente industria que en el curso de los dos siglos siguientes, reforzada por los descubrimientos técnicos y científicos, se fue transformando en cada vez más poderosa. En 17…, fecha de la independencia de los EEUU y poco después, en 1789, al estallar la Revolución Francesa, la burguesía impone su nueva escala de valores. Pero no se ha llegado hasta allí sino tras un largo proceso que vamos a intentar resumir y que la doctrina vedantina había previsto y califica como la “regresión de las castas”.

Si queremos introducirnos en esta doctrina con datos seguros vale la pena seguir a René Guénon -especialmente nos ayudará la lectura de su obra “Autoridad Espiritual y Poder Temporal” publicada en 1929- y a Julius Evola, en concreto la segunda parte de su obra “Revuelta contra el Mundo Moderno”, cuya primera edición se publicó en 1939. Es preciso advertir que ambos autores están de acuerdo en el análisis global, pero solo hasta cierto punto. En el fondo, ambos responden en su psicología profunda a las características de la casta sacerdotal (Guénon) y de la casta guerrera (Evola). El mismo título de sus dos obras capitales (“La crisis del mundo moderno” de Guénon y “Revuelta contra el mundo moderno” de Evola) ya son suficientemente ilustrativas de sus rasgos psicológicos. El punto central de la discusión entre Evola y Guénon atañe al orden de las castas y la naturaleza de las mismas.

Ambos autores están de acuerdo en la gradación jerárquica entre las castas (casta sacerdotal, casta guerrera, casta productiva) y en sus funciones respectivas. Ahora bien, difieren respecto a la naturaleza de la Realeza. Mientras que para Guénon el monarca o el emperador es, simplemente, el primero entre los aristócratas (es decir, el primero entre la casta guerrera, los shatriyas de la India védica), para Evola, de espíritu gibelino, el monarca detenta la doble espada, espiritual y material y el doble poder correspondiente. Su función se sitúa, pues, sobre la casta sacerdotal y, aunque haya salido de la aristocracia, sus funciones están por encima de su casta de origen.

Ambos autores parten del estudio de las formas tradicionales de la humanidad premoderna. Coinciden en que la “doctrina hindú enseña que no había primeramente más que una sola casta; el nombre de Hamsa, que se da a esta casta primitiva única, indica un grado espiritual muy elevado”, tal como expresó Guénon. Esto correspondería en el relato bíblico al período de Adán y Eva. La distinción posterior entre agricultores (Abel) y pastores (Caín) ya indica una especialización posterior a la “caída”. En la belicosidad de Caín se encuentran ya algunos rasgos propios de la casta guerrera, mientras que en Abel aparecen rasgos propios de la función productiva. Pero, con el tercer hijo de la pareja originaria, Set, se intuye la función sacerdotal. No en vano, según la Leyenda Áurea, es él quien regresa al Paraíso en busca de un esqueje del Árbol de la Sabiduría. En la tradición céltica, los dos poderes centrales están representados por el oso y el jabalí, el primero representa el poder temporal, el segundo el espiritual o, si se quiere, la casta guerrera y la casta druídica. En la India, la ruptura de la unidad originaria en el Hamsa primitivo favoreció la aparición, “separados el uno del otro, del poder espiritual y del poder temporal, que constituyen precisamente, en su ejercicio distinto, las funciones respectivas de las dos primeras castas, la de los brâhmanes y la de los kshatriyas”, por emplear palabras de Guénon.

La oposición entre el “poder espiritual” y el “poder temporal” se encuentra en casi todas las civilizaciones. Inicialmente, la casta guerrera acepta la primacía de la casta espiritual y se contenta con el gobierno de las cosas terrenales, dejando a la casta sacerdotal la dirección espiritual de los asuntos de la comunidad. Esto implica que “el primero entre los khsatriyas”, el monarca, sea consagrado por “el primero de los brahamanes”, el sumo pontífice. De éste recibe la sanción superior para poder ejercer su mandato. Pero no siempre fue así. El faraón egipcio era el primero entre los sacerdotes del “doble reino” y, en cuanto al césar romano, era también el sumo sacerdote del culto imperial. Guénon se centra especialmente en la India védica. Allí sí fue evidente que, en un momento dado, se produce la “revuelta de los khsatriyas”, la revuelta de los guerreros contra el poder sacerdotal. Para Evola, que ha analizado más de cerca la tradición latina y el budismo, las cosas se han sucedido de otra manera: en primer lugar, el Emperador nace de la casta guerrera y, a su vez, recibe la consagración sacerdotal en el momento de su consagración. Así pues, ya no es un khsatriya, sino que, a partir de ese momento, encarna la “doble espada” espiritual y temporal. Por eso es el sumo sacerdote de los ritos y el jefe de administración y, también, el conductor de los combates. Por otra parte, analizando la aparición del budismo, Evola recuerda que, efectivamente, la reforma budista aparece de la mano de un aristócrata, Sidharta Gautama, pero aparece solamente cuando la casta brahamánica ha caído en un ritualismo y ha relajado su tensión metafísica. No se trata, pues, de una revuelta, sino de la emergencia de un nuevo poder ante una situación de crisis que la propia casta brahamánica no estuvo en condiciones de superar.

En realidad, ambos autores están hablando casi de lo mismo, pero las conclusiones son diferentes dependiendo del marco geográfico en el que se fijen. El esquematismo rígido de Guénon no siempre es aplicable, y el gibelinismo medieval europeo está demasiado próximo como para que pueda olvidarse que la concepción que esta corriente medieval se hacía de la función del Emperador, lo situaba por encima de la aristocraciaupero también por encima del clero. El problema es conceptual: mientras que Guénon considera que la función real comprende, en sus palabras, “todo lo que, en el orden social, constituye el «gobierno» propiamente dicho, y eso aun cuando el gobierno en cuestión no tuviera la forma monárquica; esta función, en efecto, es la que pertenece en propiedad a toda la casta de los kshatriyas, y el rey no es más que el primero entre éstos. La función de la que se trata es doble en cierto modo: administrativa y jurídica por una parte, y militar por la otra, ya que debe asegurar el mantenimiento del orden a la vez dentro, como función reguladora y equilibrante, y fuera, como función protectora de la organización social; en diversas tradiciones, estos dos elementos constitutivos del poder real son simbolizados respectivamente por la balanza y la espada. Vemos por esto que el poder real es realmente sinónimo de poder temporal”. Y, para él, la función esencial del sacerdocio “es la conservación y la transmisión de la doctrina tradicional, en la cual toda organización social regular encuentra sus principios fundamentales”.

Merece destacarse la distinción que Guénon realiza entre los conceptos de “autoridad” y “poder”. Éste último se reserva al orden temporal y evoca casi inevitablemente la idea de fuerza material y coerción. Sería, pues, un poder sobre la naturaleza material que, frecuentemente, debería suponer un entendimiento casi constante con la fuerza. La “autoridad” (y Guénon sólo reconoce un tipo de autoridad, la espiritual) es “interior por esencia, no se afirma más que por sí misma, independientemente de todo apoyo sensible, y se ejerce en cierto modo de forma invisible”. La distinción es brillante, pero dista mucho de ser evidente. La institución monárquica y la imperial se han visto aureoladas hasta un tiempo relativamente reciente de una “autoridad” que excedía con mucho el mero prestigio o la eficacia de su gestión. Por otra parte, el error de Guénon consiste en ignorar que la ley de lo humano es la caducidad. Todo lo que existe en este mundo sublunar tiene fecha de caducidad y atraviesa procesos de cambio que, muy frecuentemente, son procesos degenerativos. Desde el punto de vista teórico, la doctrina del poder y la autoridad de Guénon es brillante, pero, desde el punto de vista de lo cotidiano, está literalmente de espaldas a la realidad. En cierto sentido el gran misterio de la humanidad es el de la decadencia: ¿ por qué “cualquier tiempo pasado fue mejor”? Cuando los principios hacen perder la perspectiva es que hay algún desenfoque en el nivel de esos mismos principios.

El error de Guénon consiste en ignorar a ratos una ley objetiva que la propia tradición hindú recoge: la ley de la regresión de las castas. Julius Evola se preocupa de traerla a colación en su “Rivolta contro il mondo moderno”: “a partir de los tiempos preantiguos, se produce una pendiente progresiva del poder y del tipo de civilización que pasa, en sentido descendente, de una a otra de las castas”. Efectivamente, el poder pasa de una realeza sacerdotal a una aristocracia guerrera y, de esta, a una burguesía económica.

En un primer momento los representantes del majestad divino, los jefes que reúnen en si los dos poderes son desbordados por la casta guerrera, situada en el nivel inmediatamente inferior. Los monarcas, a partir de ese momento, dejan de estar aureolados con un doble poder político y espiritual para ser simplemente jefes militares, señores de justicia temporal y, finalmente, soberanos absolutos políticos. La ley de ese tiempo es “realeza de la sangre, pero no majestad del espíritu”, en palabras de Evola. La idea del “derecho divino” sigue apareciendo durante un tiempo, pero como fórmula privada de un verdadero contenido. Este proceso se alcanza en Occidente al disolverse la ecumene medieval y producirse el tránsito a la la Edad Moderna.

La fides que cimenta al Estado en ese momento ya no tiene carácter religioso, sino solamente guerrero; se es fiel a un monarca por lealtad, honor y fidelidad, no porque tenga una autoridad espiritual. Guénon está básicamente de acuerdo con este razonamiento, e incluso afina a la hora de señalar el punto de inflexión: “También en Europa encontramos desde la Edad Media, el análogo de la rebelión de los kshatriyas; lo encontramos incluso más particularmente en Francia, donde, a partir de Felipe El Hermoso, (…) la realeza trabajó casi constantemente para hacerse independiente de la autoridad espiritual. Los «letrados» de Felipe El Hermoso son ya, mucho antes de los «humanistas» del Renacimiento, los precursores del «laicismo» actual”. Como es suficientemente conocido, Felipe El Hermoso, destruyendo a la Orden del Temple, orden ascético-militar, eliminó un vestigio de la antigua concepción del poder como unión de la autoridad espiritual y la temporal. Ciertamente, el papado no hizo nada para defender a los templarios, pero es que, según recuerda Guénon, tal disolución “fue querida por el rey de Francia, fue al menos realizada de acuerdo con el Papado; la verdad es que fue impuesta al Papado, lo que es completamente diferente”. Es significativo que Dante identificara la “avaricia” como móvil que indujo a Felipe El Hermoso a destruir al Temple. Pero la avaricia ya no es un vicio guerrero sino de la casta siguiente; es, en efecto, propio de la burguesía. En realidad, para destruir primero a los templarios y luego imponerse sobre las aristocracias guerreras en su tendencia a la constitución de los Estados Nacionales, las monarquías medievales debieron apoyarse especialmente en la incipiente burguesía urbana, en el Tercer Estado. De hecho, tal como recuerda Guénon, “los reyes de Francia, a partir de Felipe El Hermoso precisamente, se rodean constantemente de burgueses, sobre todo aquellos que, como Luis XI y Luis XIV, llevaron más lejos el trabajo de «centralización», cuyo beneficio debía recoger después la burguesía cuando se apoderó del poder por la Revolución de 1789”. No importa hacia donde dirijamos la vista; en la Europa del siglo XIV este proceso se generaliza. Federico II crea un cuerpo de jueces laicos para administrar justicia. En los reinos españoles se inician las luchas entre los monarcas y la nobleza y siempre, inevitablemente, los primeros se apoyan en la burguesía y en las milicias ciudadanas para imponer su poder.

Hacia finales del siglo XIV ya queda muy poco de la “cristiandad”. Se han formado, o definido suficientemente, los futuros Estados Nacionales que combatirán durante las guerras de religión y que adquirirán carta de naturaleza en la Paz de Westfalia. Pero, sigue Guénon: “las naciones, que no son más que los fragmentos dispersos de la antigua «Cristiandad», las falsas unidades que han sustituido a la unidad verdadera por la voluntad de dominio del poder temporal, no podían vivir, por las condiciones mismas de su constitución, más que oponiéndose las unas a las otras, luchando sin cesar entre ellas sobre todos los terrenos”. Cuesta, efectivamente, poco entender que, en tanto que la referencia espiritual tiende hacia la unidad, a medida que nos vayamos alejando del terreno espiritual entramos en el mundo de la multiplicidad y la división, la contradicción y el antagonismo. Cuando sobre las cenizas de la catolicidad medieval emergen los Estados Nacionales, estamos en puertas de conflictos que se prolongarán incesantemente desde el siglo XV hasta el XX.

Pero las monarquías basadas en estos principios no iban a poder soportar por mucho tiempo la presión de aquellos en los que se habían inicialmente apoyado. Al calor de las cortes reales aparecen las oligarquías económicas que, poco a poco, van presionando sobre los residuos de la aristocracia y del clero. El Tercer Estado va creciendo en fuerza y fortaleza a lo largo de los siglos XVII y XVIII y con él avanza su propio paradigma ideológico. A las monarquías absolutas, increíblemente centralizadoras y prepotentes –“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”- el Tercer Estado responde, primero, con la fórmula “El rey reina, pero no gobierna” y después con la guillotina. Se instauran las repúblicas y las democracias parlamentarias pero, en el fondo, la monarquía en cierta manera sigue existiendo: aparecen los reyes del estaño, los reyes del petróleo, los reyes del carbón, del hierro y del acero. Las dinastías oligárquicas basadas en el control de los medios de producción y en su riqueza, ocupan el lugar de la aristocracia de la sangre y del espíritu. El nuevo “contrato social”, que aparece como modelo para las relaciones humanas, ya no contempla una fides basada en el honor y la lealtad como la medieval, sino de carácter utilitario y económico, la única que un mercader puede concebir. De ahí que sea cuestionable el carácter “democrático” de nuestros Estados actuales. En la medida en que quien gobierna realmente son grupos de presión e intereses económicos nacionales e internacionales, convendría más bien ser consecuentes y hablar de “plutocracias”, que manifiestan solamente el poder del dinero por encima de cualquier otro. “La aristocracia –escribe Evola- cede el sitio a la plutocracia; el guerrero, al banquero y al empresario”. Ha llegado el tiempo en que el Tercer Estado, la función productiva, la casta de los mercaderes, ha terminado por ser hegemónica y modelar el poder a su conveniencia.

Quedaba por recorrer un último peldaño. Siempre es posible empeorar. Y el siglo XX ha podido ver cómo se entraba de lleno en lo que podemos llamar la “era de las masas”. En la India védica existían grupos de población situados fuera del régimen de castas. Si cada casta tenía una propia ley interior en función de la cual ordenaba su vida, existían también linajes que estaban fuera de cualquier ley. Eran los parias. En cierto sentido, distintos movimientos de masas del siglo XX han encarnado las reivindicaciones de estos parias y han hecho que, al menos una parte del poder, no el económico desde luego, pero sí el poder cultural y los hábitos de vida de las poblaciones –que alcanzan incluso al estilo de vida de buena parte de las nuevas generaciones de oligarcas- hayan descendido un último peldaño. En efecto, las actuales muestras de la “cultura de masas” y el hecho de que esas masas, incluso en Occidente, se muestren absolutamente permeables a las consignas emanadas de los medios de comunicación y de los popes adocenadores de la cultura de masas, evidencian que hemos entrado en lo que Nietzsche llamó la era del “último hombre”. Porque el peldaño final de este recorrido en la senda de la regresión de las castas es, precisamente, el que estamos viviendo actualmente: la era de las masas anónimas e informes. 

Es importante la precisión que realiza Evola: “El proceso de regresión de las castas no tiene sólo un alcance político-social sino que invierte todos los dominios de la civilización”. En arquitectura, por ejemplo, esta regresión es perceptible en las edificaciones emblemáticas de cada momento histórico. Del templo vinculado a la primera casta, se pasó al castillo y a la fortaleza propias de la casta guerrera, luego a la ciudad fortificada y, más tarde, a la fábrica y a las colonias industriales, después a los rascacielos, propios de la casta burguesa. Más tarde, en el último peldaño, a las ciudades dormitorio concebidas como colmenas impersonales adaptadas a la era de las masas. Así mismo la familia, que tuvo un fundamento sagrado en los orígenes, pasa a ser un modelo autoritario en el que se conserva la patria potestad solamente en un sentido jurídico; y luego, más tarde, exclusivamente burgués y convencional, hasta que se encamina hacia la disolución en la actual era de las masas. Lo mismo puede decirse de la noción de guerra: de la doctrina de la guerra sagrada y el mors triumphalís, primera casta, se pasa a la guerra que lucha por el honor del príncipe, casta guerrera; en un tercer momento las ambiciones nacionales ligadas a los planes y a los intereses de una economía y una industria azuzan los conflictos; tras el interregno comunista en el que se impone la idea de que la guerra entre naciones no es sino un residuo burgués y solamente es justa la revolución mundial del proletariado contra el mundo capitalista, aparece la extraña teoría que afirma que la única guerra justa es aquella que se aplica contra el “terrorismo”, es decir contra una amenaza difusa y de la que puede decirse cualquier cosa menos que es real. En la época actual de masas, la característica fundamental es lo caótico e indiferenciado, la imposibilidad de reconocer, a primera vista, la realidad de la superchería y el hecho de que nada pueda asumirse como cierto sin grandes reservas mentales. Las dudas en torno a lo sucedido el 11-S y la quiebra de la versión oficial sobre la responsabilidad de Al Qaeda en el 11-M son buena muestra de lo que decimos. Sabemos que hay terrorismo, no sabemos ni quien lo provoca ni en función de qué se provoca.

En el dominio del arte se ha pasado de un arte simbólico sacro, propio de la primera casta, al predominio de la epopeya y del arte épico (inseparable de la casta de los guerreros). Luego se ha pasado a un arte romántico convencional, sentimental, erótico y psicologistica, forjado esencialmente para uso y disfrute de la burguesía culta y a la búsqueda de valores y referencias culturales tranquilizadoras; pero esto no ha podido evitar que, a principios del siglo XX, las vanguardias hicieran saltar en pedazos este planteamiento para concebir un "arte de masas", frecuentemente desprovisto de cualquier calidad; así hasta llegar, finalmente, al op-art y al pop-art de los años 60, cuyos mentores –Warhol, Schneider- aspiraban a crear “obras de arte tan absolutamente desagradables que nadie se atreviera a exhibirlas ni a colgarlas de las paredes”. En cuanto a los modelos organizativos, las sociedades tradicionales se organizaron en “órdenes”: órdenes ascético-monásticas, órdenes guerreras de carácter caballeresco; más tarde, la transformación de los gremios de constructores en logias masónicas marca la forma organizativa de la burguesía de mediados del siglo XVIII y de todo el siglo XIX. Pero aún habrían de llegar las células revolucionarias que, al desaparecer, dejaron un absoluto vacío organizativo. Hoy, en la era de las masas, con el individualismo y la impersonalidad elevadas a la máxima potencia, no es raro que la “sociedad civil” esté desarticulada y las únicas agrupaciones posibles sean “virtuales”. La llamada “sociedad de la información”, en la que la realidad se ha sustituido por una ansiada virtualidad, aparece como la propia de un período de masas.

Queda el plano de la ética. También aquí la “regresión de las castas” ha operado sus estragos”. Evola explica: “ es sobre el plano de la ética que el proceso de degradación es particularmente visible. Mientras en la primera época fueron propios el ideal de la “virilidad espiritual", la iniciación y la ética de la superación del vínculo humano; y en la época de los guerreros fueron propios todavía el ideal del heroísmo, de la victoria y del señorío y la ética aristócrata del honor, de la fidelidad y de la caballería, en la época de los mercante el ideal es la economía pura, el beneficio y la “prosperity”. No es raro que en el período siguiente, en el de las masas, cualquier rastro de ética quede abolido y todo consista en buscar el régimen de estupefacientes más adecuado a cada personalidad, desde la TV hasta el porro,  del deporte concebido como espectáculo de masas a la despersonalización chamánica operada gracias a ritmos sincopados servido con exceso de decibelios en un ambiente oscurecido solo iluminado por destellos rítmicos e hipnóticos.

Tal es el panorama de la “regresión de las castas”. Es difícil encontrar en esta perspectiva un punto de apoyo. No hay ni gobierno digno de tal nombre, ni principios que merezcan ser defendidos; la distancia entre la retórica con que se defienden los “principios democráticos” y la práctica miserable con que se aplican, no puede inducir sino al más triste de los pesimismos. Llama la atención –puesto que estamos hablando de la casta guerrera- la brecha absoluta entre las razones que llevaron a enviar a nuestras tropas a Irak o a Afganistán y el heroísmo de nuestros muchachos allí desplegados. No valía la pena morir en defensa del petróleo de Bush, no valía la pena arriesgar un pelo olvidado para pacificar una tierra remota para mayor gloria de la “lucha antiterrorista”, y sin embargo se exigió a nuestros soldados, mal pagados y peor comprendidos que fueran allí a sacar las castañas del fuego a los distintos gobiernos democráticos. Y fueron por disciplina. Realmente, nunca el alto sacrificio exigido estuvo tan alejado de la misérrima situación que se defendía.

Nuestros gobernantes debieran haber leído a Confucio. Así sabrían en que consistía el arte del buen gobierno. No en la ambición de poder, desde luego, sino en la capacidad para ejercer el poder; no en la capacidad para subyugar a las masas en el curso de 15 días de campaña electoral, sino en la cualificación en el ejercicio del poder. Dice Confucio estas palabras que, 2500 años después de ser escritas, conservan todavía su frescura: «Los antiguos príncipes, para hacer brillar las virtudes naturales en el corazón de todos los hombres, se aplicaban antes a gobernar bien cada uno su propio principado. Para gobernar bien sus principados, ponían antes el buen orden en sus familias. Para poner el buen orden en sus familias, trabajaban antes en perfeccionarse a sí mismos. Para perfeccionarse a sí mismos, regulaban antes los movimientos de sus corazones. Para regular los movimientos de sus corazones, hacían antes su voluntad perfecta. Para hacer su voluntad perfecta, desarrollaban sus conocimientos lo más posible. Uno desarrolla sus conocimientos escrutando la naturaleza de las cosas. Una vez escrutada la naturaleza de las cosas, los conocimientos alcanzan su grado más alto. Habiendo llegado los conocimientos a su grado más alto, la voluntad deviene perfecta. Siendo la voluntad perfecta, los movimientos del corazón se regulan. Estando regulados los movimientos del corazón, todo el hombre está exento de defectos. Después de haberse corregido a sí mismo, se establece el orden en la familia. Reinando el orden en la familia, el principado es bien gobernado. Estando bien gobernado el principado, pronto todo el imperio goza de la paz».

A partir de ahora, ya tenemos dos elementos que nos eran imprescindibles para avanzar en nuestro estudio: de un lado sabemos lo que fueron las castas, en función de qué aparecen las castas y qué es lo que representan; luego hemos estado en condiciones de insertar en una visión global de la Historia de la humanidad, el fenómeno de la regresión de las castas. Hemos situado a la casta guerrera en relación a las otras dos y hemos definido el actual momento histórico como un período caótico: la era de las masas, en la cual cualquier ley de casta es abolida e incomprendida. Ahora nos toca dar unos cuantos pasos adelante en nuestro estudio y plantear con más detalle cuál es el modelo del guerrero y de qué manera puede operar el guerrero en un momento histórico como el presente. Para ello será necesario, en primer lugar, echar un vistazo a la literatura heroica, en la medida en que en ella se concentran los modelos ideales del guerrero. Porque si hay un género literario específico de la casta guerrera, ésa es la epopeya heroica.

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 08.06.06 

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