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Infokrisis.- Hace unos meses publicamos una serie de artículos dentro del mismo tema -Milicia- en el que aludíamos al instinto de supervivencia, al instinto territorial y a la agresividad como instintos que posibilitaron la evolución de la humanidad. Esta se realizó, no a espaldas de las armas, sino gracias a las armas. Ahora recuperamos el tema introduciendo un nuevo elemento: el instinto de jerarquía que nos permitirá introducirnos, más adelante en los valores específicamente militares. Esta es la primera de seis entregas dedicadas a la materia.


El modelo literario del guerrero

La ideología “progre” ha querido imponer unos cuantos clichés humillantes en torno a la milicia. La frase aquella de que “la música es a la música militar lo que la justicia es a la justicia militar”, se sitúa en el arranque de todas las iniquidades perpetradas contra la milicia en tiempo de paz. A partir de ahí, y aceptado esto, era fácil seguir degradando a las fuerzas armadas para terminar con el “sargento Arencibia” como esperpéntico exponente de todas las cualidades militares.

Del elitismo progre a lo casposo no hay más que un paso que se da en cuanto se diluye la carga intelectualista incrustada en cualquiera de los razonamientos de la “gauche divine”, de la “izquierda caviar” o de las “rosas blancas”, intelectuales y artistas alimentados por un poder que aspira a justificarse con el concurso de “intelectuales y artistas”. Pero de estas sofisticadas gentes de la izquierda progresista a quienes concibieron al sargento Arencibia, no hay tanto trecho como parece. De hecho, tiene castaña que quien asumió ese papel en las dos desafortunadas y deslavazadas películas sobre “Historias de la puta mili”, fuera un conspicuo actor ligado ocasionalmente a Izquierda Unida. Lean algún semanario de humor que anda por ahí –y constituyó en su momento la matriz de las “Historias de la puta mili”- y advertirán que lo casposo ha sustituido a cualquier otra connotación. Díganme si es manía mía que el lastre progre de este pretendido semanario de “humor” no incite, por casposo, ni siquiera un proyecto de sonrisa; desde el “profesor Cojonciano” hasta “El facha Martínez”, pasando por “Mamen” y por el “Partido de la Gente de Bar”, más que ácrata literalmente analfabestia; productos todos de una progresía de hace treinta años que no ha tenido en cuenta aquella letrilla de Bob Dylan: “Los tiempos van cambiando y lo que es presente hoy será pasado, mañana”. Es triste envejecer y no advertirlo, pero es más triste aún pensar que lo que fue progre ayer sigue siéndolo hoy. Así se entiende que el susodicho semanario se haya convertido en el receptáculo del cutrerío, última trinchera de lo progre y destilado pestífero final de las pretensiones intelectuales del progre ya avejentado, canoso, barrigón y amargado por divorcios, incomprensiones de su prole y por ver frustrados todos aquellos proyectos que le animaron en su juventud, pudo poner en práctica y vio como se estrellaban. Si alguien merece un monumento a la frustración, ése es el progre. Allá ellos con sus tópicos. Existe vida inteligente más allá del reino de la caspa. “Quico el progre” no murió con su creador –Perich– sino que sigue presente en algunas redacciones y en determinados partidos políticos y, especialmente, entre “intelectuales y artistas”. Al menos su creador reconoció el fracaso existencial de su personaje. Algo sobre lo que sus émulos a destiempo deberían meditar.

Y es que los juicios progres, a poco que dejan de ser tópicos inamovibles y entrar en la sala de disección, aparecen como gigantescas proyecciones de estulticia infinita. La música militar no se puede comparar con la de Bach, Beethoven o Mozart, tanto como la de estos genios es radicalmente diferente al jazz, los Beatles, los Rollings, Queen, U2 o Franz Ferdinand. O con el gregoriano, que no es manco ni aun cantado por neófitos. ¿Recuerdan el capítulo anterior sobre las castas? Más vale que lo recuerden porque ahora mismo será cuestión de recuperarlo donde lo dejamos.

El instinto de jerarquía omnipresente en la naturaleza

Tres castas: una para cada modelo de personalidad. Una casta para orar. Otra casta para combatir. Y otra más para trabajar. Sacerdotes, chamanes, sanadores y videntes de un lado; nobles, guerreros, aristócratas armados, de otro. Artesanos, burguesía gremial, comerciantes y campesinos, de otro. Tres castas para ordenar orgánicamente una sociedad. Una concepción perfecta que encontró su cristalización más completa en las sociedades indoeuropeas. Sólo quedaba por definir un problema: el de la jerarquía y el mando.

No estamos seguros de cómo fue la jerarquía de las sociedades primitivas. Solamente sabemos que -contrariamente a lo que afirmaron los antropólogos marxistas durante casi cincuenta años- el concepto de jerarquía es inseparable de la especie humana y de cualquier especie con un mínimo de desarrollo. Incluso el grupo de primates tiene a su líder, que une entre otras cualidades la fuerza y la diplomacia. Los combates intraespecíficos a los que aludía la etología tendían a definir estos mecanismos jerárquicos. No es posible asegurar cómo eran las jerarquías y en función de qué se formaban en los primeros momentos, cuando la incipiente humanidad apenas había abandonado su estado animalesco. ¿A quién tenían como líder las tribus primitivas? ¿Al chamán que lograba curar una enfermedad aplicando cualquier hierba extraña? ¿Al que entraba en trance evidenciando capacidades de videncia? ¿Al que lograba una mayor destreza en el manejo de los primitivos instrumentos de trabajo? ¿Quizás al que demostraba una mayor agresividad y una efectividad absoluta en el combate? ¿Al que tenía una habilidad especial de seducción? No se tiene la seguridad de cómo ocurrió, lo que sí se sabe es que ocurrió en la especie humana como lo había hecho en cualquier otra especie animal. Tal como expresó Robert Ardrey en “Génesis en África”: “La conciencia de rango parece haber hecho su aparición en una época muy temprana dentro de la evolución de los seres vivientes”. Y añade unas líneas después: “El predominio se manifiesta cuando dos o más animales persiguen una misma actividad (…) El animal social no busca meramente dominar a sus compañeros; lo consigue. Y al conseguirlo alcanza un grado jerárquico a los ojos de los demás (…) y la superioridad suficientemente satisfactoria quedará como norma para todos”. Aún hoy existe jerarquía en la especie humana después de algo más de dos siglos de ideología igualitaria. Pero siempre la jerarquía ha sido más clara en la milicia, allí donde las tensiones de los combates hacían necesario desde muy antiguo dividir funciones y distribuir responsabilidades.

Junto al instinto territorial, a la agresividad, al instinto de supervivencia, podemos considerar al instinto jerárquico como una de las cualidades inseparables de la condición humana y de nuestra naturaleza biológica. Lo que está en todas las especies vivas, estará también en el ser humano, necesariamente. Complicado lo tienen las ideologías igualitarias extremas (marxismo y anarquismo, tópicas y “de moda” durante unas décadas y en el basurero de la historia en nuestros días) para demostrar su concepción de la sociedad sin relaciones jerárquicas. Toda jerarquía implica distintos niveles de mando y de obediencia. Negar, como hacía el marxismo, estas jerarquías o considerar que solamente derivaban de los aspectos económicos; e intentar, junto con el anarquismo, construir una sociedad utópica sin especialización ni jerarquías, es negar la evidencia y obstinarse en intentar ignorar nuestra carga biológica. Ardrey escribe: “El predominio –más allá de toda comprensión- está relacionado con el misterio de la fuerza fundamental de la vida”.

Konrad Lorenz, durante años, estudió a los grajos que graznaban sobre su casa de campo. Estableció que todo grajo macho tiene su “número”. Desde el primero (el “número uno”) hasta el último, todos saben perfectamente qué lugar ocupan dentro de la jerarquía de la bandada. Y esta clasificación procede de cuando los polluelos abandonan el nido. Picoteando a unos o a otros, algunos se retiran, otros emergen. En la cúspide tienden a situarse los más fuertes, los más decididos, los más arriesgados. En los estratos más bajos: los débiles, los tímidos, los que carecen de resolución y valor. Ningún polluelo puede picotear a los de rango superior; es lo que la zoología llama “jerarquía en línea recta”. Lorenz jamás vio “un solo caso de cambio de posición jerárquica causado por descontento de alguno situado en una escala inferior”. Todo esto parece muy cruel y, desde luego, lo es. A fin de cuentas siempre existe un pobre polluelo al final de la escala jerárquica que puede ser picoteado por todos y no tiene la posibilidad de picotear a ninguno. Pero, tras años de estudio de este sistema jerárquico, Lorenz entendió el motivo: “Los grajos establecen su predominio, no para sostener disputas, sino para minimizarlas (…) El grajo de alta posición, si participa en una riña entre inferiores, generalmente es para arreglar la situación (…) Los grajos principales casi inmediatamente después de conseguir sus elevadas posiciones adquieren sentido de responsabilidad social. Carpenter observó precisamente la misma reacción en los macacos”. Algunos progres de izquierda, en lugar de redactar leyes para proteger al mono, deberían convivir con él para aprender algo sobre la vida. Lo más sorprendente es que “De vez en cuando un aristócrata puede intervenir en una disputa entre inferiores, pero, invariablemente se coloca al lado del litigante que lleva el número inferior. Es como si intuitivamente recompusiera el equilibrio de poderes (…) Al apoyar con su autoridad a los miembros inferiores de la bandada, el grajo asegura que todos encontrarán nidos razonablemente satisfactorios”. Quien dice jerarquía, dice necesariamente, complementariedad. Ardrey escribe: “Podemos afirmar con certeza que el instinto de jerarquía beneficia considerablemente a la sociedad animal”. Y da como ejemplo las manadas migratorias de patos salvajes. Los fuertes vuelan en primer lugar, rompiendo el viento en una formación en V y facilitando el vuelo de los más débiles. La formación en V no es un capricho ni una casualidad estéticamente vistosa, sino el producto de una relación jerárquica en el interior de la bandada. Lo mismo ocurre en las manadas de elefantes migratorios: los fuertes van primero abriendo el camino; los más débiles se benefician de la senda trazada por los primeros, su esfuerzo es menor y sus posibilidades de supervivencia mayores. ¿Por qué esto es así? Porque es una condición para que la Naturaleza opere su selección natural. Porque, en definitiva, beneficia a la especie. Si el orden jerárquico fuera contrario a la especie, o bien ésta lo habría abandonado, o simplemente la especie habría desaparecido.

Los zoólogos progres sostuvieron durante un tiempo que estas luchas tenían que ver solamente por la posesión de las hembras. Error. Primero se dirime la lucha, luego la hembra suele elegir. Ocurre con los grajos y ocurre en las colonias de focas. Primero las focas macho conquistan un territorio, luego luchan entre ellos. Los machos más fuertes, más audaces y más combativos ocupan los mejores lugares como recompensa. Hasta aquí las hembras no aparecen. “Cuando llegan ya está todo decidido”. El instinto territorial primero, el instinto de jerarquía después y el instinto de reproducción finalmente, también pueden regularse como distintos y sucesivos peldaños de una escalera. ¿Y los leones? ¿Qué me dicen de los leones? Rampantes o no, los leones constituyen una de las especies con rasgos jerárquicos más estables. Y no lo hacen en función del sexo. La leona es un animal periódico. Tampoco la jerarquía entre los leones se establece por las luchas contra los enemigos. Todas las especies saben que el león es el “rey” y ninguna se arriesga a atacarle. Y en cuanto a la teoría que afirma que la jerarquía se basa en la defensa de los cachorros, es igualmente inválida. Los cachorros, en cuanto se destetan, aprenden también a cazar; no necesitan cuidado alguno. El león tiene un hándicap: no es lo suficientemente rápido para alcanzar a sus presas favoritas. Esto le ha obligado a desarrollar estrategias de caza. De hecho, tal como Ardrey –que los observó hasta la saciedad- los define, “una manada de leones es una unidad de caza”. Y cuando se refiere a “unidad” está queriendo decir, unidad militar. Si el león no dispone de la ventaja de su velocidad para atrapar antílopes ni cebras ni impalas, debe actuar de otra manera: “Debe aproximarse a su presa con cautela y sobre todo con táctica. Una manada de leones es una unidad táctica, al igual que una escuadra naval; y el predominio de su jefe es tan esencial como la autoridad indiscutible de un almirante”. El león macho rara vez mata por sí mismo, esta tarea corresponde a las hembras que han sido desplegadas en las alas mientras que los leones machos ocupan el centro de la partida de caza. Las alas –las hembras- se adelantan sigilosamente. El macho hace saltar a la presa, su rugido tiene como fin aterrorizarla y comunicar a las hembras que la caza ha comenzado. Lo más sorprendente es que, a condiciones nuevas, las manadas de leones aprovechan invariablemente las mejores ventajas tácticas. En la reserva de caza Kruger, las leonas utilizaban a los Land-Rover de los turistas como pantalla para aproximarse a las presas sin ser vistas y sin que su olor pudiera alertarlas. Cuando en febrero de 1960 las autoridades sudafricanas construyeron la cerca metálica en torno a la reserva, los leones tardaron sólo tres meses en aprender a acorralar a los antílopes contra la valla. Si el león fue frecuentemente adoptado como emblema heráldico y si es considerado como el rey de la selva, no lo es gratuitamente, sino porque ha demostrado habilidad, sutileza e implacabilidad táctica, solamente superadas por el ser humano.

Antes hemos hablado del gorila. Vale la pena ahora decir algo más, que el “legislador” que lo protegió no fue capaz de entender. Este simio dependió demasiado de la vida en el bosque y de sus frutos como alimento. Las crisis climáticas disminuyeron sus posibilidades alimentarias. El orangután y el gorila disponen de cuerpos enormes difíciles de alimentar en un medio con escasos frutos. La diferencia entre uno y otro estriba en que el orangután se quedó en los árboles y desde allí afronta su extinción y el gorila bajó, acelerándola. El gorila siente que se extingue. Los zoólogos han notado rasgos anómalos en el comportamiento del gorila. El gorila es el único primate que carece de instinto territorial; solamente dispone de un atisbo de tal instinto en algunos machos dotados de una excepcional vitalidad. El problema seguramente se inició cuando el gorila se vio obligado a bajar de los árboles y aceptar la vida en un medio para el que no estaba preparado. Esta inadaptación habría dotado a la especie de un “desaliento vital” que ha terminado debilitando el instinto territorial. Pero ésta no es la única anomalía de la especie. Existe una gradación jerárquica en el interior de los grupos de gorilas, pero el macho dominante apenas ejerce su rango, ni siquiera en la relación con las hembras del grupo. El gorila carece de hogar, lo construye apresuradamente en el suelo y es completamente apático. Ni siquiera se levanta para defecar, siendo el único caso conocido en la naturaleza de una especie que ensucia el propio lugar en el que duerme. También su instinto sexual está debilitado. Se une muy poco con la hembra. ¿Qué se puede esperar de un animal que no mantiene limpio su habitáculo, que no lucha por su territorio o que el sexo no le motiva apenas? Dos cosas: una ley que lo proteja (para eso ya está ZP y su arsenal legislativo) y la extinción inevitable (por muchas campañas que promuevan los ecologistas). Su impulso vital ha concluido; el gorila es un experimento frustrado en la evolución.

Hay algo en lo que el “legislador” proteccionista de los primates tenía razón: la distancia entre el gorila y algunos grupos humanos no es tan amplia como parece. Hay grupos humanos que se niegan a asumir sus necesidades de defensa nacional y han sustituido el instinto territorial por un “buenismo humanitarista”. Dentro de estos grupos, algunos individuos han olvidado que la sexualidad tiene como finalidad el placer y la reproducción y, a través de las relaciones con los individuos de su propia especie, amputan las posibilidades de supervivencia de la misma. Y además, cultivan lo inútil: asimilan informaciones completamente inservibles en su tiempo de ocio, su formación humana es deficitaria y su sistema de enseñanza no responde a las necesidades de la especie. Sus valores apenas son otra cosa que tópicos. Sus gobernantes ni siquiera tienen la noción de “comunidad” con rasgos de identidad propia; “papeles para todos” que pedían algunos y regularizaciones masivas que operaban otros, reflejos ambos de la desaparición del instinto territorial. ¿Es viable una comunidad de este tipo? Desde el punto de vista zoológico, no, desde luego.

Si aceptamos que la jerarquía está presente en todas las sociedades animales, entenderemos por qué también debe estar presente en la humanidad y debe experimentarse de manera más intensa en la milicia. La diferencia estriba en que entre la especie humana y, especialmente, en nuestro Occidente, hijo de la cultura clásica greco-latina, el instinto jerárquico ha sido modulado por la civilización. La complejidad de las agrupaciones humanas forzó en primer lugar una especialización. Es posible que, inicialmente, la única especialización posible derivase de la diferenciación sexual. Las capacidades físicas y fisiológicas del hombre y de la mujer son diferentes. Pero luego, quizás tras el descubrimiento del fuego y de su posibilidad de reproducción y transporte, las sociedades humanas empezaron a ganar complejidad. Entonces debió aparecer un segundo nivel de especialización que llevó directamente a la aparición de las castas. En el sistema de castas se perciben todos los elementos que Ardrey y Lorenz habían estudiado en las jerarquías animales: el sistema de castas está organizado jerárquicamente, tiende a la especialización, pero también a la complementariedad; ninguna casta puede sobrevivir aislada de las demás.

Pero hay otra diferencia: mientras que en las sociedades animales, el último polluelo picoteado por todos y que no puede picotear a ninguno no protesta porque obtiene otras ventajas, en la especie humana siempre existen descontentos con la situación que ocupan en el jerarquía del grupo. Y, en ocasiones, no se trata solamente de individuos aislados, sino de toda una casta que no acepta su situación de subordinación y ausencia de privilegios. Por eso en las sociedad humanas existen rebeliones de castas, revoluciones y conflictos sociales.

(c) Ernesto mila Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 09.06.06

 

 

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