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Infokrisis.- Al regreso de Suiza, hemos vertido en Word algunos de los apuntes tomados a lo largo del viaje y los hemos cotejado con notas previas sobre el paganismo celta. El resultado ha sido identificar en la tierra helvética un centro del cultu druídico, del que el mito de Wilhelm Tell es, sin duda, su postrero reflejo. Vale la pena conocerlo para conocer un poco más sobre el pasado de Europa.

Suiza no es solo el lugar más estable de Europa, sino también el país donde el pasado celta se ha conservado con mayor pureza. Desde hace más de setecientos años, aquellos altos valles mantienen vivo el recuerdo de Guillermo Tell, el héroe de la indepen­dencia suiza. Su leyenda encubre una vieja tradición de origen celta. Pero no es esta la única huella de la religión de los druidas en los Alpes. Incluso la actual fiesta nacional suiza, -1º de agosto- coincide con el Lugnasad, la fiesta del Sol de los antiguos druidas.

GUILLERMO TELL Y SU LEYENDA

En el siglo XIII, Uri -uno de los actuales cantones suizos- se encontraba bajo dominación de los Habsburgo. El gobernador Gessler había colocado su sombrero en el centro de la villa, en lo alto de una lanza, para que el pueblo al pasar por delante le rindiera homenaje. Pero un maestro arquero -Thael, Thall, Tal, Tallen, Tell, según las distintas versiones de la leyenda- se negó. Tell fue obligado a disparar una flecha a una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo. La atravesó, pero el gobernador le preguntó por qué había cogido dos flechas si solo podía fallar o acertar una vez. Tell le contestó que en caso de haber fallado, la otra flecha iba destinada al gobernador.

Apresado y encadenado, Tell y el gobernador atravesa­ron en barca un lago. Una violenta tempestad amenazó con hundir la frágil embarca­ción. Tell propuso al gobernador: "Si me desatas, salvaré la nave". Así lo hizo y, al mando del timón, Tell consiguió llevar a la embarcación hasta el lugar que hoy se conoce como Tellenplatte. Una vez en tierra, en las proximi­dades de la capilla de Santa Margarita de Thellen, en Küss­nacht, Tell logró atravesar con una flecha el corazón de Gessler y regresar a su tierra natal, el país de Uri. Tal es, en síntesis, la leyenda de la que corren distintas versiones redactadas en los siglos XIV a XVI.

TELL Y EL MUNDO CELTA

En alemán "toll" quiere decir "loco", "exaltado"; no es aquí donde debemos buscar la etimología de la palabra, pues Tell es el paradigma de la astucia, la reflexión y la serenidad. Tell, no es un personaje histórico, sino legendario que resume las virtudes de todo un pueblo. Sin embargo, la leyenda de Tell estuvo lo suficientemente arraigada como para que se diera su nombre a lugares geográficos (Tellen Blatten, Tellenplatte, Thellen, y otros muchos de la Confede­ra­ción Helvéti­ca).

Solo en la mitología celta encontramos nombres que correspondan a los contenidos que la tradición atribuye al maestro arquero. Un departamento del Ulster, donde las tribuas de Irlanda se reunían para celebrar el Lugnasad se llamaba Teltown, nombre derivado del nombre Tailtiu o Tallan, la madre nutricia del dios Lug. Talamh fue, en otro tiempo, el nombre de Irlanda y Tailtiu adoptó, finalmente, el nombre de una divinidad telúrica nacional. Tailtiu/Tallan dieron en la antigua lengua gala, "talamo", la tierra.

Todas estas divinidades fueron adoradas por los celtas en lugares donde actualmente se levantan capillas en memoria de Tell y son especialmente abundantes en Suiza Central. El mito del arquero rebelde es una reedición de la diosa celta de la Tierra. Los antiguos cronistas colocaron a quien debía representar su papel de héroe nacional, el nombre de la diosa celta, del cual sería su hijo, como Lug lo era de Tailtiu/Tallan.

LOS PRIMEROS HABITANTES DE SUIZA

Es difícil establecer cuales fueron los límites dentro de los cuales se extendieron los pueblos celtas. Se sabe que procedían de un pueblo anterior llamado de los "campos de urnas", dado que icineraban a sus muertos y los guardaban en urnas funerarias. Este pueblo apareció en Alemania del Sur y Europa Central 1500 años antes de Cristo. Creron la primera civilización del hierro (de Hallstatt, entre el 500 y el 700 antes de JC) que se extendió desde el Norte de las Galias, hasta el Bajo Rhin y las islas Británicas. A esta siguió la época de la Tène (500 al 50 a. de JC). Es en esta segunda época cuando los celtas entran en la historia, si bien desde mediados del siglo VI a.JC ya habían llamado la atención de los historiadores griegos y romanos. Ciudades muy diversas como Londres, Milán, Génova, Viena y París, deben su nombre a la antigua lengua celta.

El núcleo originario de los pueblos se encuentra en el norte de los Alpes, en una zona llamada por los antiguos Bosque Herciniano que comprende un espacio situado entre el actual länder alemán de Baden-Wüttem­berg y la Baja Austria. A partir de aquí irradia­ron en oleadas sucesivas hasta cubrir todo el territorio de las Galias, las Islas Británicas, los Alpes, Iberia, el Norte de Italia, los Balcanes, llegando hasta Asia Menor. La misma raíz se encuentra en lugares tan distantes como las Galias, Galicia, Galitzia, Gales, etc. Entre el -400 y el 150, más de la mitad de Europa era celta y se podía viajar desde Escocia a Turquía hablando esta lengua de origen indo-europeo.

En la antigüedad recibieron distintos nombres que procedían de deformaciones fonéticas: celtas, galos, gálatas... Jamás constituye­ron un Estado único o un Imperio, nunca tuvieron una administración centralizada. Su concepción social estaba próxima a las polis griegas. Cada pueblo constituía unidades independientes con un "rix" a la cabeza elegido por una asamblea de hombres libres. En tiempos de guerra y ante un enemigo común, podían federarse y elegir a un "rey de las batallas". Vercingetórix sería una de ellos, cuando debieron afrontar la lucha contra Roma.

El pueblo celta más importante en Suiza eran los Helvetios. Julio César los cifró en 263.000 miembros y elogió su valor. Reconoce que su alianza con cimbrios y teutones amenazó durante años al imperio. No fue sino hasta el 102 cuando Roma los venció definitiva­mente. En el 58 César ya había creado campamentos para sus legiones en Helve­tia, después de que mostraran su valor auxiliando a Vercinge­tórix sitiado en Alesia. Los sucesores de César lograron asegurarse la fidelidad de las ciudades alpinas, pero el "pagus", el territorio que las rodeaba seguía sin colonizarse y ninguna presión fue capaz de hacer cambiar a los campesinos el celta por el latín. Cuando en el siglo V los alamanos invaden los valles suizos todavía se hablaba la lengua celta. El cristianismo no pudo hacer mucho más.

SANTA ANA: LA MADRE DE LA MADRE

Al viajar a través de Suiza, llama la atención, la prolife­ración que ha alcanzado el culto a Santa Ana y, por exten­sión, a la Virgen. En la misma tierra donde la tradición afirma que nació Guillermo Tell, en Bürglen, existe una capilla dedicada a Santa Ana. Pero esta Santa no aparece en página alguna del Nuevo Testamento y su culto es una reminiscencia céltico-pagana.

Ana es considerada la "madre de los dioses de Irlanda". Ana, originariamente fue, con este mismo nombre, una diosa celta. Cerca de Münster existen dos colinas llamadas los "dos senos de Ana". Se trata, pues, de una diosa de la fertilidad, pero al mismo tiempo es la esposa de Belenos, dios del Sol. El matrimonio entre el Cielo y la Tierra genera todo lo visible. Pero, en tanto que diosa de la Tierra, lo es también de las profundi­dades, del mundo oscuro y telúrico que los celtas consideraban el reino de los muertos.

Hasta el siglo VIII no apareció Ana, ni su esposo, Joaquín, como padres de la Virgen María. Sin embargo, en la ceremonia de consagra­ción de la Catedral de Apt el 776, ante Carlomagno, un ciego y sordomudo excavó en el piso del templo descubriendo una cripta donde la Santa estaba enterrada durante siglos alumbrada por una lámpara perpetua. Esta lámpara evocaba el carácter luminoso de la diosa celta. La inscrip­ción era inequívoca: "Aquí yace el cuerpo de la bienaventurada Ana, madre de la Virgen María". El ciego y sordomudo fue curado milagrosa­mente indicando el poder regenerador de la Madre Tierra.

A la capilla suiza de Sainte-Anne de Romont acudían las mujeres embarazadas que querían garantizar un feliz nacimiento. Más al Norte, en las viejas leyendas Irlandesas, Ana está presente como diosa de los Tuatha De Dannán, constructores de dólmenes. En Bretaña, las regiones que tienen ermitas y templos dedicados a Santa Ana, son igualmente, las más ricas en megalitos. A poco que observemos la naturaleza de estos lugares comprobaremos que el culto a Santa Ana está más vivo en zonas de difícil acceso (valles situados entre altas montañas en Suiza), islas (Irlanda) o penínsulas (Bretaña), o bien en zonas, como Barcelona, donde la presencia de provenzales de origen celta, fue importante. Pues bien, en estas zonas pudo conservarse el recuerdo de la diosa-madre céltica cuyo carácter luminoso, regenera­dor y fecundo pervive en la tradición católica.

LA RENOVACIÓN DE LA TRADICIÓN CELTA

Los territorios celtas de Suiza fueron cristianizados en una época tardía, hacia finales del siglo IV. Las "Actas de los Mártires" mencionan a San Mauricio, martirizado en Agaune. Pero las invasiones bárbaras destruyeron momentáneamente la estructura de la iglesia suiza. No fue sino hasta el siglo VII cuando aparecieron en la región los monjes irlandeses de San Columbano y San Gall. Columbano, de linaje irlandés, partió en el siglo VI para evangelizar el mundo celta, llegando hasta Italia. San Gall, por su parte, junto con 12 discípu­los, bordeó el lago Constanza y en el 614 construyó el monasterio que todavía hoy puede visitarse en las riberas del Steinach.

El cristia­nismo que predicaban estos dos santos, no era el "primitivo" que predicaron los discípulos de Cristo, sino un catolicismo teñido con influencias celtas. Las diferencias entre ambas confesiones eran múltiples: celebraban en fechas diferentes las fiestas de Pascua, no aceptaban la regla benedictina, ni aplicaban la tonsura romana (la tonsura celta tenía forma de media luna, con la parte frontal del cráneo rasurada), los católicos celtas daban más importan­cia al monacato, que conside­raban de idéntica dignidad a los antiguos druidas; para ellos, el monje debía prevale­cer sobre el sacerdote secular, el monasterio sobre la diócesis, el abad sobre el obispo. San Columbano presentó estas tesis a dos papas -Gregorio I y Bonifacio IV- siendo vivamente criticado por los obispos continen­tales. Columbano, fue obligado a abandonar Luxeil, donde predicaba, y se estableció en el cantón de Lucerna, pasando la última etapa de su vida en Italia.

Así fue como Suiza, nación de origen celta, volvió a renovar su contacto con los orígenes, gracias a los monjes de Columbano y Gall. Gracias a ellos llegó a Suiza el culto a la antigua Diosa Madre, a la Madre de la Madre, la Madre de la Virgen María, Santa Ana.

No muy lejos de San Gall se encuentra la cueva de San Beato. Este santo procedía, igualmente, de Irlanda y vivió en esta gruta hacia el siglo VI. La leyenda cuenta que venció a un peligroso dragón y predicó el cristianismo irlandés entre los paganos. San Beato es otro vencedor de dragones, animal que aparece muy frecuentemente en la mitología celta. No muy lejos de la cueva de San Beato se encuentra la ciudad de Arth. Allí, en el campanario de la iglesia, está representado un dragón que en otro tiempo amenazó a la villa. Pero Arth remite directamente a la tradición artúrica...

SAN GOTARDO Y LA TRADICION ARTURICA

El oso rampante figura en el escudo del Cantón de Berna, donde se instalaron las tribus germánicas en el siglo V. El oso era un símbolo familiar para los celtas y el animal totémico de la casta guerrera, mientras el jabalí lo era de los sacerdotes druidas. En una antigua estatui­lla encontrada en Muri, proximidades de Berna, se representa a la Deae Artioni, con un roble, un oso y una mujer llevando frutos. Esta estatui­lla simboliza la concepción social de los celtas, con sus tres funciones: el roble, simbolizando el poder de los druidas, la función sacerdotal, el "eje del mundo" que comunica la Tierra y el Cielo; el oso, símbolo de la casta guerrera; finalmen­te, la mujer, represen­ta la función productiva, el artesanado y la indus­tria, la diosa-madre que los celtas veneraban con varios nombres -Rosmerta, "la proveedora"- compañera del dios Lug, el Mercurio celta.

En el cantón de Uri se levantó el monasterio benedictino de San Gotard (en alemán Gotthard), en honor del obispo de Hildesheim en el siglo XI. El nombre de Gotard disimula la raíz Got-, dios, y arkt-, oso. San Gotardo no es más que una reminiscencia del antiguo "dios oso" de los celtas. La raíz latina de oso es "ursus"; pues bien, por si había alguna duda, al pie del Gotard existe el valle de Urseren, cuyo escudo muestra un oso y uno de los antiguos nombres de la montaña era "Ursernberg", montaña de los osos.

En el macizo alpino del Gotard están unidos simbólicamente el cielo y la tierra. Una de sus cumbres es el Anaberg, literalmente, "montaña de Ana", la diosa madre de la tierra. Fue cerca de aquí, donde San Gall, el discípulo de Columbano, domesticó a un oso, el animal solar. En homenaje a este hecho, el Emperador Federico II, creó la "Orden del Oso" u "Orden de San Gall" para defender el territorio de las invasiones extranjeras y participar en las cruzadas.

El nombre del oso se reproduce en muchos toponími­cos de Suiza. En el cantón de Schwyz existe la ciudad de Arth (raíz art-, oso). El patrón de Arth es San Jorge, el arcángel combatiente y, por tanto, represen­tante de la función guerrera representada por el oso. La ciudad se encuentra situada entre dos lugares extraños, Ecce-homo y el macizo de Rigi. Ecce-homo debe su nombre a una imagen de Cristo pintada en una piedra y encontrada en el interior de un roble. Arbol sagrado de los celtas y emblema de los druidas, el culto al roble fue proscrito por Carlomagno en el siglo IX. En la antigua lengua celta, Rix era la palabra con la que se conocía al rey, mientras que reina en irlandés, se dice "rigan". Desde que en 1368 se dió al macizo recibió el nombre de "Mons Riginan", los antiguos celtas querían ver en esta impresio­nante montaña la residencia de la Diosa Madre.

HACIA LA CONFEDERACION HELVETICA

El 1 de agosto de 1291, los represen­tantes de los cantones de Uri, Schwyz y Unterwld se reunieron para liberarse de la dominación de los Habsburgo. Este pacto se firmó en el prado de Rütli. ¿Por qué el 1º de Agosto? ¿Por qué en Rütli?

A finales del siglo XIII, la cultura celta estaba viva y activa en Suiza. Se seguía adorando a los robles y a las fuentes del bosque. Incluso en el siglo XVI la estatua de una diosa madre pagana que se descubrio en Seelisberg fue objeto de un culto clandestino y luego transformada en "Maria Sonnenberg".

El 1º de agosto, los pueblos celtas celebraban su fiesta más importante. Desde Irlanda a los Balcanes, las hogueras se encendían el Lugnasad y en las proximidades de Lyon tenia lugar cada año, el "Concilium Galliarum", asamblea de los galos. Era la fiesta pancélti­ca por excelencia, el día de la "gran asamblea". Aun hoy en Suiza numerosas fiestas locales se celebran en torno a los primeros días de agosto. ¿Qué mejor augurio para una confederación célta que fundarla el día en que los ancestros se reunían en la "gran asam­blea"?

Además, en los textos legendarios que refieren este episodio se habla de tres fundadores, Arnold de Melchtal, propietario de una yunta de bueyes, símbolos de riqueza y fecundidad, hombre tranquilo y reposado, ­Wal­ter Fürst, campesino que responde por la fuerza al abuso de los Habsburgo, y Stauffacher, que ante el abuso reflexiona, se deja aconsejar y delibera... una vez más estamos en presencia de la concepción celta de las tres funciones: la sacerdotal (Stauffa­cher), la guerrera (Fürst) y la productiva (Malchtal). En otras versiones de la leyenda, Guillermo Tell reemplaza a Fürst o lo acompaña. En el juramento de Rütli están presentes, tres cantones, pero, lo que era más importante en la época y en la sociedad celta, tres estamentos que se juramentan para combatir a la dinastía extranjera.

Los prados de Rütli se extienden por las riberas del lago de los Cuatro Cantones, rodeados de bosques. El lugar era un "neme­ton", santuario celta donde se rendía culto al dios Lug. Cerca de allí está el santuario de María Sonnen­berg; "Sonnenberg", literal­mente, quiere decir "Montaña del Sol", es decir, monte de Bel, dios celta del Sol. Así mismo, en la otra orilla del lago se encuentra Seelisberg, donde circulaba la leyenda de un cabrero que había perdido su ganado; buscándolo, había encontra­do una cueva subterránea donde tres personajes yacían dormidos. Eran los "tres Tell" (die drei Tellen), genios guardianes de la tierra que protejen los valles alpinos de las invasiones extranjeras. La leyenda tiene el mismo significado que el mito de Avalon, donde los reyes heridos o los héroes muertos, llevan una vida latente y esperan para volver y ayudar a su pueblo. Así mismo, el hecho de que el episodio tenga lugar en el Lago de los Cuatro Cantones es significa­tivo: indica la idea sagrada de centrali­dad como el reino de Rheged en Gran Bretaña. La pradera de Rütli era, pues, el centro de las cuatro tribus helvetias primitivas, allí donde celebraban su gran asamblea anual y el culto común, el 1º de agosto, al dios del Sol y a la diosa de la Tierra.

El juramento que está en el origen de la independen­cia de Suiza tuvo lugar en aquel lugar en Rütli un 1º de Agosto, como reduerdo y fidelidad a los orígenes célticos de sus habitantes.

EL FINAL DEL PAGANISMO SUIZO

El pacto de Rütli tuvo lugar en 1291. Poco antes habían sido liquidados los cátaros en Montsegur y poco después lo serían los templarios. La humanidad medieval vivía sus últimos momentos y la tradición celta no pudo perpetuarse en Suiza. En los años siguientes, el país se vería afectada por los procesos inquisitoria­les contra la brujería. Las últimas ejecuciones tendrán lugar en 1782. Pero mucho más violento que la Inquisición, actuó el protestan­tismo. La destrucción de las religuias, la supresión de las imágenes de los santos, la prohibición de las oraciones por los difuntos y la condena de las leyendas piadosas, la supresión del culto a la Virgen, y la violencia con que calvinistas y luteranos las impusieron, borraron de la faz de Suiza el vigor de la tradición celta en unas pocas décadas. La iglesia suiza, por su parte, aprovechó la coyuntura posterior a la reforma, para eliminar las huellas de paganismo que habían logrado subsistir. Los lugares de culto a los bosques y a las fuentes, se saturaron de ermitas y templos piadosos.

Desde que se amputó la herencia pre-cristiana hoy solo quedan las leyendas y los lugares en donde se desarro­llaron. Lo cual no es poco.

P o s t – s c r i p t u m

GUILLERMO TELL Y LA MANZANA

La tradición celta y la judeo-cristiana tienen en común la presencia de la manzana. Pero lo que en el mito de Adán y Eva es una tentación y causa de perdición, entre los celtas era un signo solar y de realización. Si partimos una manzaña por la mitad, perpendicu­lar­men­te a su eje, nos aparece en el centro, una estrella de cinco puntas, formada por la disposición de las semillas.

La redondez de la manzana y el hecho de que sea rojiza o amarillenta, le confieren un carácter solar. Alcanzar con una flecha el centro de la manzana es signo de realización y perfección interior. La manzana es un símbolo real y como tal aparece en la mitología indo-europea y celta. Para colmo, en el mito de Guillermo Tell, su hijo, con la manzana en la cabeza, está apoyado sobre un roble, árbol sagrado.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 02.05.06

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