Nuestro pasado (I): Hematología en apoyo de la historia.

Publicado: Martes, 18 de Abril de 2006 10:16 por Ernesto Milá en CULTURA
20060418101757-sangue.gif

Infokrisis.- Que la sangre es vida, como escribía Stoker, no hay ninguna duda; tanto es así que la última campaña para recutar donantes de sangre se titulaba "Da sangre, da vida". Lo que no decía la campaña es que, a traés de la sangre, puede realizarse un viaje seguro al pasado más remoto. Si, por que la sangre permence allí en donde otros rastros se desvanecen.

El estudio de los grupos sanguíneos que abordó en 1965 Louis Charpentier en su estudio “El Misterio Vasco”[1], demostraba a las claras la posibilidad de utilizar la hematología como ciencia auxiliar de la historia. Pero hasta ahora, que sepamos, ningún investigador ha osado proseguir la tarea emprendida por el fallecido Charpentier. Vamos a recordar en qué punto quedó.

“Mas que los caracteres somáticos, la sangre conserva, con una fidelidad asombrosa, la huella de los siglos pasados y refleja los cruces, incluso los más antiguos, de los cuales cada grupo étnico, aunque esté limitado a una sola población, conserva la memoria orgánica”.

Lohavary, “La Sangre de los Pueblos”

Las etimologías de la sangre

La etimología produce agradables sorpresas. Por ejemplo, los romanos utilizaban dos palabras diferentes para referirse a la sangre: o bien sanguis-sanguinis, o bien cruor-cruoris, aparte, naturalmente, del término griego correspondiente –haema-haematis- que solamente utilizaban los muy cultos o los excesivamente pedantes. Sin embargo, solamente la palabra sanguis-sanguinis ha pasado a las lenguas romances (sang en francés, sangue en italiano, sangre en español), con sus derivados: sangrar, sangría, sangrante, sanguinario, sanguijuela, sangrador, sanguíneo, sanguinolento. De cruor-cruoris, ha derivado otro linaje de términos que indican por su parte, crueldad, crudeza, y que ya denotan que para los antiguos, había algo en la sangre que determinaba su carácter. En realidad, con este término los latinos aludían a la sangre que rezumba de una herida (crudus, significa sangrante) y, por extensión, a todo lo que suponía una carnicería o una matanza, pero también, no lo olvidemos. Y, puesto que la sangre que fluye de una herida está sin cocer, el término pasó a designar todo lo que está crudo.

Así pues, lo que la lengua latina mantenía integrado (la relación entre la sangre y el carácter), en las lenguas romances figura como separado y, solamente, remontándonos a la etimología originaria encuentra su justifricación. Esta dualidad hizo que para la ciencia médica ninguno de los dos términos fuera adecuado. La sangre era un vocablo excesivamente vulgarizado y la crueldad algo que escapaba de su demarcación fisiológica. Así pues, la medicina viajó hacia el tercer término utilizado en Roma para designar la sangre, la palabra griega “haema”. Con el nominativo de haima, se forma hemorragia, hemoglobina, glucemia, hemorroide, anemia, hemofilia y, así hasta cincuenta términos. Como se verá, estas palabras se forman con la forma hemo cuando es prefijo y emia cuando es su sufijo. Por su parte, del genitivo haimatos, cuyo significado es “de la sangre”, deriva la palabra “hematología”, literalmente, “conocimiento de la sangre”. Esta forma aparece en un centenar de términos médicos (hematoma, hematuria, hematíe, hematina, etc.).

En lengua castellana, las expresiones relativas a la sangre son interminables y todas hacen relación al carácter o al comportamiento: “tener la sangre de horchata” o “no tener sangre en las venas”, supone ser un cobarde; “subírsele la sangre a la cabeza” es, por su parte, entregarse a un acceso de ira; “ser de sangre azul” es ser de noble cuna; “tener sangre fría” es demostrar aplomo en las situaciones adversas; “lavar con sangre” es reparar una afrenta mediante un duelo, y así sucesivamente.

La sangre en los mitos y en la tradición

En el vocabulario hermético, abundan, así mismo, las expresiones relativas a la sangre de las que Stoker –iniciado en la Orden Hermética de la Aurora Dorada, la famosa Golden Dawn- extrajo la inspiración para la novela que le dio fama. Para la tradición hermética, de la misma forma que el Sol es el centro de nuestro sistema, corresponde al corazón ser el centro del cuerpo humano y, por tanto, a la sangre le corresponde un papel similar a los rayos solares. Expresiones como “me hierve la sangre”, “fulano es de sangre caliente”, o “se le calentó la sangre”, indican una relación extremadamente directa entre el calor, la agresividad, y la sangre, que, indirectamente queda reforzada por otras del género de “lo vi todo rojo”. La sangre, pues, se considera generalmente como el vehículo de la vida y de la agresividad, como si se tratara de una potencia del corazón.

La Biblia es particularmente prolífica en alusiones a la sangre, desde que en el Génesis 4: 10, tras haber matado a Abel, Caín tuviera que escuchar el reprocho del Señor: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de su hermano clamar a mí desde el suelo”. Un poco más adelante, en Génesis 9: 4, Dios ordena a Noé: “Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre”. Y así sucesivamente. En total, la referencia a la sangre aparece en 474 ocasiones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los vecinos de los hebreos, y habitualmente, sus dominadores, los caldeos, consideraban que era la sangre de los dioses, mezclada con la tierra, la fuente de toda generación, incluso de los metales[2]. Esto, sin olvidar que la sangre de Cristo, mezclada con el agua (o suero) que se derramó en la herida del costado de cristo, recogida por el Grial, estaba reputada de conceder, por sí misma, la inmortalidad. Y, cómo evitar recordar, que en el misterio de la Misa, el pan y el vino, carne y sangre de la tierra, pasan a ser la Carne y la Sangre de Cristo.

No es raro que, los juramentos más trascendentales en todas las civilizaciones occidentales se rubriquen con sangre o bien se realicen “por nuestra sangre y la de nuestros hijos”. Al mismo tiempo, la sangre, en tanto que se relaciona con la temperatura corporal, se la considera vehículo de las pasiones[3]. James Frazer, demuestra como muchos pueblos consideran a la sangre como el vehículo del alma y, por eso mismo, en los sacrificios de animales se insiste en que ni una sola gota de sangre caiga sobre el suelo, con lo que el alma de la víctima propiciatoria, en lugar de orientarse hacia el fin mágico de la operación, terminaría por regresar a la “tierra madre”. Pero también, Frazer cita el ejemplo opuesto: cualquier objeto que reciba una gota de sangre de los jefes de algunas tribus de Nueva Zelanda, queda, desde ese momento, sacralizado. Finalmente, la última asociación simbólica es la que hace de la sangre un avatar de las llamas, pues, no en vano, los rayos de sol, dan calor, pero también pueden provocar fuego. Es la sangre de Helías, derramada luchando contra el Anticristo, la que prende fuego y devora la tierra[4].

Las viejas tradiciones de los arúspices romanos establecían sistemas adivinatorios a partir de la sangre. No era solamente la vista de la sangre de los animales sacrificados, sino incluso la de los humanos, la que utilizaban como “filtro astral” para realizar sus predicciones. En la actualidad, todavía existen chamanes y videntes capaces de experimentar presagios según la forma en la que fluye la sangre de una herida[5]. Finalmente, como hemos mencionado antes, existe una relación muy directa entre la sangre y la tradición hermética que Julius Evola se encarga se ilustrar[6], realizando una recopilación de citas extraídas de textos herméticos. Así, por ejemplo: Evola explica que una de las formas de “purificar el mercurio” (esto es de eliminar todas las tendencias del alma hacia lo material) consiste en “concentrarse sobre la sangre, a través de la sensación del calor corporal”[7]. Y dice luego: “Ya los autores árabes hablaban de una “descomposición que mediante el Fuego suave transforma la naturaleza en una sangre”. Y Morieno dice: “La perfección del Magisterio consiste en tomar los cuerpos que están unidos… Ahora bien, la sangre es lo que principal y más sólidamente los une, porque los vivifica y los identifica”. Y Pernety: “La solución, disolución y resolución son propiamente la misma cosa que la sutilización. El medio para alcanzarla, según el Arte es un misterio que los Filósofos revelan sólo a aquellos que a su parecer es tán calificados para ser iniciados. No puede realizarse –dicen- sino en la propia sangre”; sangre que el mismo autor relaciona con el “Agua nuestra, de la cual se halla compuesto nuestro propio cuerpo”. “En las tres soluciones de las que os hablo –se dice en “El Triunfo Hermético”-, el Macho y la Hembra, el Cuerpo y el Alma, no son otra cosa que el Cuerpo y la Sangre… La solución del [sentido del] cuerpo en su propia sangre es la solución del Macho por medio de la Hembra y la solución del cuerpo por medio del Espíritu… Trataréis en vano de realizar la solución perfecta del mismo cuerpo, si no reiteráis sobre él el aflujo de su propia sangre, que es su menstruo natural, su Mujer y su Espíritu al propia al propio tiempo, con el cual se une tan íntimamente que no constituye más que una y misma substancia” (…) Finalmente, Artemio [dice] “el Agua que cambia los Cuerpos en Espíritus, desnudándolos de su grosera corporalidad”, la “piedra sanguinaria” y la “fuerza de la Sangre Espiritual, sin la cual no valen nada, van asociados”[8]. Todo esto es mucho más simple de lo que parece y desafiamos al lector para que realice una nueva lectura de todos estos textos teniendo en cuenta que el mercurio y el espíritu, son la misma cosa, que se trata de purificar el mercurio (esto es, el alma) de cualquier tendencia que la mantenga ligada a la materia y que, se considera a la sangre vehículo de un elemento más profundo capaz, por sí mismo, de realizar esta obra de purificación. Los antiguos rosacruces daban a la notación INRI el sentido de “Igne Natura Renovatum Integra”, solo el fuego purifica íntegramente a la naturaleza. Y ese fuego solamente se encontraba en el alma, vehiculizada sobre la sangre.

Evola da una interpretación al símbolo de la travesía del “Mar Rojo”, utilizando un texto del alquimista Bernardo Trevisano: “salir de Egipto” quiere decir, salir del Cuerpo, y “atravesar el mar Rojo” es atravesar las aguas de la corrupción, explicando que “aquello que Moisés llama Mar Rojo es la Sangre”, declarando, finalmente, que “en la sangre está la espada de llama ondulante que cierra el paso hasta el Árbol de la Vida”[9]. Desde luego, no puede pedirse a los autores “herméticos” claridad, pero, a poco que se comprenda el sentido simbólico de los términos, el significado final aparece con facilidad. Se trata, a fin de cuentas, sólo de concentrarse sobre la sangre, procurar eliminar de ella todo rastro de pulsiones no controladas (ira, cólera, egoísmo, ambición, etc.), y aumentar la temperatura de la sangre, sin que tal aumento suponga el dejarse arrastrar por lo que, en condiciones normales, implica un aumento de la temperatura sanguínea (precisamente, los estallidos de cólera, los estados de violencia desenfrenada, etc.).

Todos estos textos nos han servido para explorar en una dirección insospechada: la importancia que la sangre revestía en todas las viejas tradiciones, hasta el punto de que en la sangre de depositaban las esperanzas de supervivencia post-mortem (en Roma, el paterfamilias, debía de alumbrar permanentemente el fuego sagrado presente en cada hogar y en el que estaban presentes los antepasados y, al mismo tiempo, estaba obligado, como mínimo a tener un hijo, “el hijo del deber”[10]), la pureza de la sangre, determinaba la nobleza de tal o cual familia (los “arios” son los “puros”), y, finalmente, el monarca legítimo era aquel cuya sangre era “azul”.

Es evidente que todas estas doctrinas sobre la sangre derivaban de un hecho constatado empíricamente por el hombre originario: sustraer la sangre de un cuerpo, implicaba sustraer, así mismo, la vida. Ese razonamiento negativo llevaba también a una conclusión positiva: “la sangre es vida”. No hacía falta viajar hasta el siglo XX y realizar complicados estudios hematológicos para haber asimilado la idea de que la sangre es, simplemente, importante para la vida. Sin embargo, la sangre permite algo más: permite saber quienes somos, de dónde procedemos y cuál es, a fin de cuentas, nuestra identidad. Ahora toca descender del terreno mítico y hermético, al terreno racional y científico.

Algunas claves sobre la sangre

Todavía hoy, en el Japón moderno, se cree que la personalidad está relacionada con la sangre y, más concretamente, con el grupo sanguíneo. Los japoneses son los únicos que consideran a la sangre como factor determinante para el carácter. A la vista de los porcentajes de cada tipo de sangre en cada población, los científicos y sociólogos japoneses, deducen cuál es el carácter de esa población. Y esto vale también para las fábricas: para cada actividad hará falta un tipo determinado de sangre que será la que el empresario intentará contratar. Este interés por la sangre, llega hasta el punto de que en las fichas de los protagonistas de las series de ficción, se añade, a modo de documentación completamentaria, el tipo de sangre que posee.

Mucho más cerca de nosotros, no hará más de diez años, en una imprecisa cita del entonces presidente del Partido Nacionalista Vasco, Javier Arzallus, este personaje aludía al “factor Rh” que marcaba la diferencia entre vascos y no-vascos. Bien, sin ir tan lejos, es obvio que el Rh vasco es sensiblemente diferente al de otros pueblos, pero no tan diferente como sueñan algunos nacionalistas vascos como para que, a partir suyo, sea posible deducir el origen y la familia de pueblos con los que emparenta.

Es suficientemente conocida la utilidad de la sangre: de un lado aporta oxígeno a las células, de otro evacua el dióxido de carbono, además transporta aminoácido y hormonas entre a tejidos y órganos. Buena parte de este trabajo se realiza en los vasos sanguíneos que rodean a los alveolos pulmonares. El corazón actúa como bomba para accionar todo este mecanismo. El Oxígeno es transportado por la hemoglobina de los glóbulos rojos. Por su parte, el plasma sanguíneo distribuye “alimentos” (grasas, proteínas, minerales, sales, vitaminas, hidratos, a todas las células del organismo). Por su parte, los glóbulos blancos pueden fluir fuera o dentro de la corriente sanguínea allí en donde sea necesario neutralizar la acción de microorganismos que ataquen cualquier órgano.

La sangre que fluye por nuestras venas constituye el 7-8% de nuestro peso normal, lo que supone, aproximadamente 5 litros. Está compuesta por un 45% de corpúsculos (hematocrito, formado por glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas), mientras que el resto es plasma sanguíneo (agua, 95%, y proteínas, con aspecto de fluido amarillento y levemente salado, encargado de transportar los distintos tipos de células sanguíneas, su alimento y sustancias de deshecho). Mientras que los glóbulos blancos tienen que ver con el sistema inmunológico y las plaquetas con la cicatrización de las heridas, los glóbulos rojos (el 96%) contienen la hemoglobina de la sangre y distribuyen el oxígeno, pero, además poseen proteínas que definen a cada uno de los tipos sanguíneos.

Los tres tipos de sangre

En 1902, el hematólogo Kart Landsteiner estableció las diferentes entre los distintos tipos de sangres. En 1930 se le reconoció este mérito recibiendo el Premio Nobel de Medicina. Básicamente el hallazgo de Landsteiner consistió en establecer que, al menos en Europa, existen, tres tipos de sangre diferentes, a los que llamó: A, B y 0 (cero). Las personas con sangre del tipo A tienen glóbulos rojos con antígenos de tipo A en su superficie y anticuerpos contra los antígenos B en el suero de su sangre. Por su parte, la sangre del tipo B tiene glóbulos rojos con antígenos de tipo B en su superficie y anticuerpos contra los antígenos A en el suero de su sangre. Mientras que, finalmente, la sangre 0, no muestra antígenos A ó B, pero puede fabricar anticuerpos contra ambos. Eso facilita que puedan realizarse transfusiones de sangre de tipo 0 a los otros tipos.

A nuestros efectos, lo interesante es que los grupos sanguíneos se transmiten por herencia, pues, no en vano, como estableció Bernstein, las diferencias eran genéticas y, cuando se producen mezclas entre dos tipos de sangre distintas, la resultante depende de las leyes de Mendel.

La distribución de la sangre en Europa

Pues bien, existe una relación muy directa entre la geografía y la distribución de los distintos tipos de sangre. Lohavary estudió estas relaciones y llegó a algunas conclusiones:

- La sangre A está distribuida como sigue:

- La mayor concentración de sangre A, aparece en el Norte de la Península Escandinava (en el extremo norte) con un 50-55%,

- En el resto de la Península Escandinava, en Finlandia, en zonas concretas de Europa (Bulgaria, parte de Rumanía, parte de Sebia, parte de Austria y de Hungría, parte de Baviera, parte del Mediodía francés, el norte de Catalunya, el centro de Italia, con un 35-40%,

- La mayor parte de España, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Chequia y Eslovaquia, Países Bálticos, Norte y extremo Sur de Italia, Albania y Turquía, tienen una densidad del 20 al 25%.

- Finalmente, Sicilia, Grecia, Irlanda, Islandia, Cerdeña y Túnez, tienen porcentajes menores, entre un 15 y un 20%,

- En la Península Ibérica, Andalucía Occidental, Extremadura, Galicia y la mayor parte de Portugal, tienen un 30-35% de sangre A. La costa mediterránea, Aragón, Andalucía oriental, las dos Castillas, Asturias, Cantabria y el Sur de Navarra, tienen un 25 a 30%. Mientras que el País Vasco y el Norte de Navarra, tienen de un 20 a un 25%.

- La sangre 0 está distribuida como sigue:

- Los focos de mayor concentración se encuentran en Islandia, Irlanda, norte de las Islas Británicas, Túnez, Cerdeña, País Vasco, Navarra, con un 70-80% de sangre 0

- El sur de Inglaterra, parte de la costa Noruega, casi toda Francia (salvo el Mediodía y las costas mediterráneas), el Benelux, Sicilia, Grecia, el sur de Italia, parte de Argelia, la zona del Atlas, el sur de Portugal, Asturias, Cantabria, León, Zamora, Madrid, parte de Castilla la Mancha, Liguria, la costa Este del Adriático, tienen entre un 65-70% de sangre 0.

- Casi toda Alemania, el sur de la Península Escandinava, el norte de Rumania y el oeste de Ucrania, el Cáucaso, buena parte de Anatolia, los Balcanes y Andalucía occidental, tienen de un 55-60% de sangre 0.

- Finalmente, en Laponia, Carelia y Europa del Este, es donde se registran menos concentraciones de sangre 0, entre un 35 y un 55%.

- La sangre B está distribuida como sigue:

- Las mayores concentraciones de sangre B se dan en las orillas del Caspio, los Urales, con un 20-30% de densidad.

- En Rusia, Finlandia, Polonia Central, Norte de Ucrania, aparecen concentraciones del 15-20%.

- Los Balcanes, Turquía, los Países Bálticos, Alemania del Este, las zonas interiores de Escandinavia, Sicilia, el Norte de África, Andalucía Occidental, algunas zonas del cnetro de Italia, tiene una concentración menor del 10-15% de sangre B.

- Se encuentran densidades de un 5 a un 10% en Galia, Alemania del Oeste, Austria, Norte de Italia, al sur de Roma, hasta Calabria y la Puglia, las costas de la Península Escandinava, Inglaterra, Irlanda e Islandia.

- Finalmente, la sangre B tiene menores concentraciones en Aquitania, Sur y Norte de Portugal y, en la franja que va desde Cantabria a la Costa Catalan, abarcando el norte de Aragón, toda Navarra y el País Vasco.

Algunas conclusiones

Del estudio de la distribución de los grupos sanguíneos pueden derivarse tres conclusiones inapelables:

- 1ª Conclusión: allí donde hay una mayor concentración de sangre A, debe ser, necesariamente, el hogar originario de esta sangre. A medida que nos alejamos de este foco de mayor concentración, Así pues, el extremo Norte (Hiperborea) sería el lugar originario de un grupo de pueblos que luego descenderían hacia el Sur.

- 2ª Conclusión: la sangre 0 registra las mayores concentraciones en las zonas bañadas por aguas del Atlántico y va disminuyendo a medida que avanzamos hacia el Este de Europa. Es evidente que se trata de pueblos marítimos que se expandieron en dos vías: por las costas atlánticas y por las mediterráneas.

- 3ª Conclusión.- la sangre B tiene un origen asiático y va disminuyendo a medida en que dejamos atrás Asia.

Ahora bien, estas tres conclusiones apoyan mutuamente la historia y los mitos. Los lugares de mayor concentración de sangre 0 son aquellos en los que aparecen cultos femeninos, telúricos y ginecocráticos. En el Mediterráneo a esta familia de pueblos pertenecen los fenicios, los cartagineses, los cretenses, los minoicos y, finalmente, los íberos. Se característica más acusada es la práctica cultos a la Gran Madre y la consideración de que todos los dones proceden de la Tierra. El hecho de que sea en las Costas del Atlántico en donde esta familia de pueblos encuentra la mayor acumulación de sangre 0, indica que su lugar originario debió estar en ese lugar. No hace falta recurrir a la existencia de un continente desaparecido para sostener esta teoría, basta con explicar que estos pueblos se desparramaron desde un punto que posiblemente se encontrara en las orillas del Atlas o en el Norte de África, en tres ramas: una se dirigió hacia el sur constituyendo la etnia guanche, otra se desparramó por el Mediterráneo dando lugar a las civilizaciones egipcia, y posteriormente, cretense y minoica y otro se desplazó hacia el Norte, alcanzando las Islas Británicas e Islandia.

Pero la sangre A tiene un recorrido completamente diferente. Del Norte inicia su marcha hacia el Sur. El hecho de que descendieran de zonas heladas o próximas al círculo polar, hizo que para ellos la experiencia del sol adquiriera una importancia capital. En sus desplazamientos les acompañaron cultos solares, masculinos, viriles y olímpicos. Siempre, todos estos pueblos, consideraron al Norte como su lugar de procedencia y su patria originaria. El mito griego de Hiperbórea, sede originaria de la Edad de Oro, coincide, sorprendentemente, con el foco de difusión de la sangre A.

Esto supone simplificar demasiado. Estamos hablando de un período de tiempo extremadamente dilatado, pero, en líneas generales, lo que resulta inapelable y rigurosamente cierto es que los dos tipos de sangre definen dos tipos de civilización que coinciden con las viejas leyendas y tradiciones ancestrales: una llegada del Oeste Atlántico y otra venida del Norte Hiperbóreo.

Sangre y Geopolitica

Pero, además, existe otra ciencia auxiliar de la política a tener en cuenta, la geopolítica. Oeste Atlántico y Norte Hiperbóreo, definen así mismo otra contradicción fundamental en la historia de la humanidad, la aparecida entre pueblos marítimos y pueblos terrestres. El hecho de que los pueblos Atlánticos sean, fundamentalmente costeros o hayan realizado sus grandes desplazamientos a través del mar, hace que pueda considerárseles con propiedad como pueblos marineros. Por su parte, los pueblos procedentes del Norte, descendieron hacia el Sur, como máximo siguiendo vías fluviales, pero mucho más generalmente, mediante migraciones realizadas sobre tierra firme. Eran pueblos de carácter terrestre.

Da la sensación de que, desde la noche de los tiempos, existió una contradicción insuperable entre ambos tipos de civilizaciones, las marítimas y las terrestres. Ambos tipos de civilizaciones chocaron en distintos momentos de la historia: Atenas contra Esparta, Roma contra Cartago. Cada uno sostenía valores diferenciados: mientras que el comercio era el elemento central que ocupaba la vida de los pueblos marineros, la economía de los pueblos terrestres estaba orientada hacia la agricultura; si los pueblos marineros parecían ser individualistas y daban prioridad a los valores democráticos, los pueblos continentales atribuían al Estado (y no al individuo) y a la autoridad, la primacía. El choque entre ambos tipos de pueblos era inevitable.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokriksis@yahoo.es



[1] “El Misterio Vasco”, Louis Charpentier, Plaza & Janés, Barcelona 1974. El capítulo VI está consagrado a la distribución de los grupos sanguíneos en Europa y es el que vamos a utilizar como guía para estas páginas.

[2] De hecho, la alquimia se hizo eco de esta tradición para elaborar su teoría según la cual los metales, como las plantas y los animales, crecen y maduran en las minas. El arte de la alquimia no consistía en otra cosa más que en acelerar esta maduración de los metales.

[3] “Diccionario de Símbolos”, Jean Chevalier y Alain Gheerbrandt, Editorial Herder, Barcelona 1991, pág. 910.

[4] «Les representations religieuses des peuples altaïques», Harva Uno, París 1959, pág. 99.

[5] “Diccionario de las Artes Adivinatorias”, Gen Le Scouézec, Editorial Martínez Roca, Barcelona 1973, pág. 84.

[6] “La Tradición Hermética”, Julius Evola, Edizioni Mediterranee, Roma 1972, pág. 183.

[7] “La Tradición…”, op.cit., pág. 163.

[8] “La Tradición…”, op.cit., pág. 164.

[9] “La Tradición…”, op.cit., pág. 165.

[10] “La Ciudad Antigua”, Fustel de Coulanges, Editorial Plus Ultra, Madrid 1947, pág. 47 y sigs.

Comentarios  Ir a formulario