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Infokrisis.- Como continuación a nuestros artículos sobre la guerra, las FFAA y la historia militar, ofrecemos este trabajo sobre la Legión Romana, su organización, su génesis, su estrategia y su papel en la sociedad romana. En tanto que europeos mediterráneos somos hijos de la vieja Roma y Roma se hizo al filo de la espada. Por primera vez milicia y civilización caminaron juntos.


I. Introducción

No hubo en la historia un choque antigua un choque tan violento y sin piedad como el que tuvo lugar entre Roma y Cartago.

Ese gran conflicto se inició en las tierras de Hispania.

El “casus belli”, la excusa para desencadenar la II Guerra Púnica que decidió el destino del mundo antiguo, fue Sagunto.

En el 508 a.C, Cartago había firmado su primer tratado con Roma. Una de sus cláusulas impedía a Roma y a sus aliados (los masaliotas de la actual Marsella) navegar más allá de Cartagena. Al Sur de este enclave, las costas de Hispania quedaban en manos de Cartago, mientras que Roma y Masalia podrían establecerse al norte de ese punto.

Pero en el 265 a.C, los romanos habían expulsado a los griegos de la península itálica y se sentían lo suficientemente fuertes como para ampliar sus dominios.

Fue entonces cuando se produjo el primer choque con Cartago, entonces dueña de Sicilia, Cerdeña y Córcega.

En el 264 los cartagineses ocuparon Mesina y sus habitantes solicitaron ayuda a Roma. Fue el inicio de la Primera Guerra Púnica que culminó con la ocupación romana de las islas mediterráneas. Un pequeño conflicto comparado con la Segunda Guerra Púnica iniciada en el 229 a.C en territorio hispano.

El nuevo tratado firmado entre Roma y Cartago prohibía a los cartagineses pasar de la orilla del Ebro. Pero Roma tenía al sur de esa línea, una ciudad aliada, Sagunto.

Los saguntinos se sintieron amenazados por los turdetanos (situados en el territorio de la actual Teruel) y pidieron ayuda a Roma.

El senado cartaginés confió a Aníbal sus posesiones en España. Éste, ocupó la Meseta Central en busca de tropas mercenarias para su campaña contra Roma. El joven general, Aníbal era el primer cartaginés en advertir que la guerra con Roma volvería a ser inevitable. Buscó tropas mercenarias en Hispania y extendió los dominios de Cartago a la Meseta Central.

Cuando logró mercenarios suficientes, atacó Sagunto. Entre marzo y noviembre del 218 a.C, la ciudad fue asediada.

El propio Aníbal fue herido ante los muros de Sagunto y utilizó máquinas de guerra para destrozar la muralla, piedra a piedra. Pero, en el interior, los saguntinos construían con los restos de las viviendas, otros muros, que progresivamente, eran ganados por los cartagineses, hasta que, finalmente, el anillo defensivo quedó reducido a la mínima expresión.

Los jefes de la ciudad quemaron sus tesoros y sus casas, con sus familias dentro y lucharon hasta el último hombre. Los pocos supervivientes fueron esclavizados.

Roma, entonces, declaró la guerra a Cartago.

Buena parte de la Segunda Guerra Púnica se libró en España y, cuando concluyó, Roma incorporó una nueva provincia a su imperio.

II. La primera guerra geopolítica

La victoria la Segunda Guerra Púnica, dio a Roma el control del Mediterráneo.

Los romanos habían percibido que Cartago era la antítesis su idea de civilización. Mientras que el imperio del Sur, adorada a Tanit y Astarté, a la Gran Diosa, los cultos romanos eran fundamentalmente masculinos, viriles y solares. Mientras que Cartago era un imperio comercial, Roma atribuía una mayor importancia al Estado y a la “grandeza de Roma”. Cartago era, en definitiva, una potencia marítima y Roma se fue confirmando como una potencia terrestre.

Nunca antes en la historia se había percibido con tanta nitidez la contradicción entre la tierra y mar. Solamente en la lucha entre Atenas y Esparta se insinuaron estos contenidos que luego volvieron a aparecer una y otra vez en la historia: Inglaterra contra Rusia en Crimea, Japón contra Rusia, Alemania contra Inglaterra en la I Guerra Mundial, EEUU contra Alemania en la II Guerra Mundial, la URSS y EEUU en la Guerra Fría... Siempre tierra contra mar, la contradicción más explosiva que pueda imaginarse.

Hoy, la geopolítica define el destino de las naciones: ha habido guerra en Afganistán y en Irak, como la hubo en Vietnam, solo por razones geopolíticas.

Los romanos no habían formulado las leyes de la geopolítica, pero consiguieron adquirir un sexto sentido para percibir las necesidades geopolíticas de su imperio.

César desarrolló el concepto de “espacio geopolítico”, renunciando a la expansión fuera del marco mediterráneo y deteniendo a sus legiones ante los bosques de Germania. Esta cualidad, por el contrario, no había estado presente en otro gran general, Alejandro Magno, que, de victoria en victoria, abandonó el espacio geopolítica de Hélade y llegó a las puertas de la India, pero, al salir de él, su imperio fue inestable y no pudo resistir su muerte. El imperio de César, por el contrario, se prolongó casi cuatro siglos más.

Roma tuvo una visión de Estado y una voluntad de Imperio, que no estuvo presente en las ciudades griegas.

Pero había otra superioridad. La Legión Romana.

III. La aportación romana a la ciencia militar: la Legión Romana

Hasta la irrupción de la legión romana, la falange política griega era la unidad militar más sofisticada del mundo antiguo. Roma dio a la ciencia militar la idea y la organización de la legión, unidad más flexible adaptable a distintos escenarios y con capacidad para transformar su táctica de combate en pocos minutos.

La falange hoplítica espartana y macedónica, actuaba como un mazo, pesado pero lento. Su orden cerrado impedía la rapidez de movimientos, e incluso en caso de victoria, no estaba adaptada para perseguir al enemigo. A medida que la falange política fue creciendo en efectivos y, en especial, en el período macedónico, esos problemas fueron agravándose.

Los hoplitas espartanos, tras el choque frontal en el que el peso del combate correspondía a las alas formadas por infantería pesada, lograban desbordar al enemigo, pasaban del “orden profundo”, al “orden delgado”, abrían sus líneas y se desplegaban, aumentando la capacidad de envolvimiento. Pero esta maniobra producía, inevitablemente, y a pesar de haber sido miles de veces ensayada, una confusión que retrasaba la persecución y permitía al enemigo huir.

La Legión Romana era mucho más adaptable y pasaba con facilidad del orden apretado al expandido, del mazazo inicial ofensiva, a la maniobra de envolvimiento. Además, la caballería ligera romana daba a la legión más rapidez de maniobra.

En el curso de las batallas, los arqueros a caballo, se desplazaban de un extremo a otro del frente de combate y ablandaban al enemigo disparando miles de flechas que le impedían concentrarse ante el ataque de la infantería.

Esto favorecía el que, mientras que en la batalla protagonizado por los hoplitas espartanos, el choque fuera frontal, los legionarios perfeccionaran mucho más las tácticas de combate, atacaran, no en pesadas formaciones de diez mil hombres, cubriendo algo más de un 2500 metros, sino en unidades pequeñas, extremadamente pesadas, protegidas por los famosos escudos rectangulares y dotados de una diversidad de armamento que les permitía combatir a distancia con los venablos, asaltar posiciones fortificadas (mediante la célebre “tortuga”) o combatir cuerpo a cuerpo utilizando el famoso Gladius Hispanensis.

Los grandes generales romanos, pragmáticos hasta el final, fueron maestros de la táctica.

Fueron los romanos quienes entendieron la importancia de la ingeniería en el desarrollo de las guerras.

Quienes disciplinaron a sus tropas, no solo en el arte del combate, sino en la construcción de fortificaciones y campamentos que, no solo fueron verdaderas ciudades, sino que, muy frecuentemente, constituyeron el germen de futuras grandes urbes.

La Legio VII Gémina, formada por Galba y compuesta por legionarios hispanos, tras servir con gloria al Imperio en las campañas de Panonia y sostener a Vespasiano, regresó a sus cuarteles de invierno en el año 74. Hoy, el puesto de mando de la VII Gémina se recuerda todavía con una columna central desde la que irradió la ciudad de León.

La estructura organizativa de la legión fue variando a lo largo del tiempo. Durante la época de los reyes míticos de Roma, la capital del futuro imperio y sus concepciones militares se parecían mucho a las de Esparta. El rey Servio Tulio dividió a los ciudadanos en seis categorías, según su patrimonio familiar.

Los de primera clase, constituían la infantería pesada romana. Sus ingresos debían ser de 100.000 ases. Estaban provistos de casco de bronce, loriga metálica, grebas, escudo de bronce redondo, lanza y espada. Por debajo tenían a los ciudadanos con fortunas por encima de los 75.000 ases; su escudo era rectangular revestido de piel, armados de lanza y espada. La tercera línea de aquella época estaba formada por ciudadanos con ingresos de 50.000 ases; el equipamiento era similar al anterior pero sin grebas que protegieran las pantorrillas ni loriga. La cuarta clase era importante: solía abrir los combates; era la infantería ligera; sus ciudadanos poseían fortunas de 20.000 ases; hostigaban al enemigo en el inicio de la batalla, lanzaban sus venablos y se retiraban induciendo a ser perseguidos en determinada dirección donde chocarían con la infantería pesada o serían envueltos por la caballería ligera; manejaban dos jabalinas y evitaban el combate cuerpo a cuerpo. La quinta clase, los ciudadanos cuyas fortunas eran menores, estaban encuadrados en los servicios auxiliares, llevaban las máquinas de guerra, las construían y las mantenían; no participaban en los combates, pero su papel era importante: de ellos dependía la intendencia, el aprovisionamiento y la logística.

Existía una aristocracia militar en aquella primera época: la de los ciudadanos cuyas fortunas eran superiores a los 100.000 ases, que constituían la caballería romana, provista de un anillo identificativo, armados con espada, lanza de carga y grebas protectoras.

En realidad, esta organización era similar a la espartana: los ciudadanos con más medios, eran los que arriesgaban más, por tanto, servían en los lugares más peligrosos y difíciles. La riqueza hacía aumentar las responsabilidades en la defensa de la comunidad. Esta tradición se mantuvo incluso en la Edad Media, en el sistema feudal, cuando, los más altos escalones de la jerarquía social, implicaban los más altos deberes, riesgos y obligaciones.

Había en este sistema organizativo algo comunitario. Las clases sociales pasaban a segundo plano. Los escalones más bajos de la sociedad, tenían cometidos importantes. La maquinaria militar no funcionaba si no se cavaban trincheras o se servían piedras a las catapultas, los asaltos hubieran sido inútiles si los arietes blindados no hubieran sido arrastrados hasta la puerta misma de las ciudades enemigas. A la hora de la verdad, el combate era resuelto por la infantería pesada o la caballería ligera romana. A ellos, a los más poderosos, correspondía el cuerpo a cuerpo, el choque directo y la resolución de la batalla. Difícilmente podríamos hablar aquí de “lucha de clases”. Todas las clases luchaban por lo mismo, en aquella época ruda y tosca: la “grandeza de Roma”.

Al igual que en Esparta, y que en todas las potencias “terrestres”, la idea del Estado era anterior y superior a los individuos que lo componían. Lo individual no tenía valor, se subordinaba a lo comunitario. La personalidad era considerada una máscara sin gran importancia. La mañana en la que el divino Augusto sintió morir, le dijo a su esposa: “He cumplido bien mi papel; ahora abandono la escena”. Antes de Augusto, todo el mundo romano experimentaba esa misma sensación. Roma era anterior y superior a cada uno de los romanos, por distinguidos que fueran.

En las guerras púnicas quedó de manifiesto la superioridad de Roma sobre Cartago. Mientras que los Bárcidas fueron, sin excepción, geniales y heroicos jefes de las batallas, debieron recurrir casi siempre a mercenarios que, frecuentemente, desertaban o, simplemente, se unían al enemigo. Los rehenes que mantenían los cartagineses para asegurarse la fidelidad de estos mercenarios, finalmente, aumentaba su inestabilidad.

Cuando en el 218 a.C, Aníbal cruzó los Pirineos, 3000 carpetanos desertaron en bloque y regresaron a sus hogares. Estaban dispuestos a pelear por una paga, pero no a llegar tan lejos de su tierra natal. Aníbal fingió haberlos despedido, para evitar que se extendiera la desmoralización, pero antes de acampar en Elna –ya en el Rosellón- licenció a otros 7000 hispanos de cuya fidelidad cabía dudar.

De todas formas, los honderos baleares, llegaron hasta las puertas de Roma con Aníbal y se han encontrado inscripciones íberas de aquella época que confirman la importancia de los mercenarios hispanos en el ejército cartaginés. [ver obra de Hübner, Monumenta Linguae Iberica, inscr. XLII, tumba en las cercanías de Metauro].

Roma no contó sino hasta muy avanzado el Imperio, con mercenarios y prefirió un ejército fiel y regular identificado con los ideales que les llevaban al combate. A partir de la implantación de la República, Roma mantuvo cada año a dos legiones en pie de guerra, movilizables en cualquier momento.

Cuando Roma estuvo madura, el último rey de Roma, Tarquinio fue expulsado por una revuelta popular y se estableció la República. Pero Tarquinio conspiró con el poderoso rey etrusco y sitió la capital. En aquel episodio se produjeron los primeros hechos heroicos de la élite romana: Horacio Cocles, defendió en solitario ante el ejército etrusco, el único puente que cruzaba el Tíber, dando tiempo a que, tras él, los ciudadanos romanos lo destruyeran. Mucio Escévola, en la primera operación de comando conocida por la historia, se infiltró en el campamento etrusco y liberó a las mujeres rehenes.

En las décadas siguientes, la poderosa Etruria sería destruida por completo y de ella no ha quedado ni rastro del idioma.

El carácter guerrero de la República queda afirmado en su más alta institución: los dos cónsules, elegidos anualmente, cuya tarea principal era la defensa de la ciudad y el mantenimiento del ejército. Cada Cónsul tenía a su mando una legión de 4500 hombres. A pesar del sistema representativo romano, los cónsules constituían el mando efectivo de la República. La corta duración de su mandato y la existencia de otras instituciones, impedían las dictaduras. No había posibilidad de ampliar el plazo de gobierno de los cónsules o repetir mandato.

Pero en casos de extrema gravedad, la república preveía la posibilidad de elegir un “dux bellorum”, el jefe de las batallas, que, frecuentemente se ha identificado con dictadores, pero cuyo mandato apenas duraba seis meses; tras haber resuelto la crisis, dimitía.

Para proteger a la plebe de las arbitrariedades de los cónsules en tiempo de guerra, se creó la figura del Tribuno de la Plebe.

Con el tiempo, la legión romana se fue modificando y perfeccionando. Al dejar atrás el período mítico y entrar en la historia con el establecimiento de la República se produjo una mutación en la estructura de la Legión Romana. Por primera vez, en el 272, frente a Tarento, los legionarios de Roma se enfrentaron con las falanges griegas de Pirro, reforzadas con elefantes.

El Dictador Marco Furio Camilo, abordó la reforma del ejército que había dejado de ser la punta de lanza de una pequeña ciudad guerrera y se había convertido en el sostén de un país en expansión. A partir de entonces, ya no era necesario solamente “un” ejército, sino una multiplicidad de unidades de combate eficaces y capaces de combatir en distintos frentes.

Estas reformas sitúan a Roma en las puertas de la I Guerra Púnica. Su pieza clave es la legión. Su unidad mínima de combate, el manípulo.

Plutarco describe el origen del manípulo: era un haz de heno atado a lo alto de un lanza que servía a cada unidad de cien hombres –centuria- como referencia para reconocer donde estaba el jefe y, por tanto, el centro del combate.

El equipamiento vació. Se generalizó el escudo oblongo, se adoptó como espada de ordenanza el Gladius Hispanensis que ya había mostrado su eficacia derrotando a Pirro, y el “pilum”, o lanza arrojadiza, se aligeró y mejoró. Apareció, por primera vez, la legión estructurada por cinco mil guerreros, con una jerarquía precisa: comandante supremo, tribuno militar, maestre de caballería y centuriones, que, se transformarían en la pieza clave del dispositivo táctico de combate.

A partir de Marco Furio Camilo aparece el campamento militar romano con la mayoría de sus características: rectangular, protegido por un talud defensivo y una empalizada de madera.

Aparecen también las primeras máquinas militares cuya técnica habían aprendido de los griegos vencidos. Roma entiende que la velocidad en el desplazamiento de las tropas, si es superior a la del enemigo, es la garantía de la victoria. Por eso, dota a las legiones de ingenieros capaces de planificar caminos, tender puentes, construir fortificaciones y diseñar máquinas de guerra adaptadas a cada circunstancia concreta.

Pero, sobre todo, en ese período, la Legión Romana se dota de su principal arma: la disciplina de hierro que hace que actúe como un solo hombre, borra las individualidades y queda reforzada por el uniforme.

Roma dispone así de un ejército profesional. Sus ciudadanos, como antes los de Esparta, debían obligatoriamente servir en el ejército durante un largo período. Recibieron por primera vez una paga de la República. Es apenas una paga reducida que les permite comprar equipo. La manutención corre a cargo del Estado. Más adelante, tras las guerras púnicas, el legionario cobrará un salario más alto que hará atractiva la milicia.

Las condecoraciones individuales, los honores colectivos a las legiones victoriosas, el reconocimiento de su heroísmo, mediante títulos, suponían incentivos morales que prestigiaban a los legionarios, a sus unidades y a sus comandantes: la VII Gémina fue honrada por Septiminio Severo con el título de Pía Félix, la VIII Augusta que combatió en Britania y en el Danubio recibió el título de Pia Fidelis Constans, idéntico al que honró a la Legio II Trajana por sus victorias en la frontera del Rhin.

Una simple vara de vid era el distintivo del mando del centurión.

La turma de caballería, formada por tres decurias, con un total de 30 jinetes era la unidad de intervención rápida. Cada legión contaba con trescientos jinetes.

La estrategia de la batalla protagonizada por la legión manipular seguía siendo muy sencilla: los “vélites”, armados con venablos, escudo redondo y espada corta, hostigaban al enemigo y le provocaban, cuando se producía el choque, entraban en combate las primeras líneas de “hastati”, infantería ligera. Era muy posible que estas primeras líneas derrotaran al enemigo, si no lo hacían, entraba en acción la infantería pesada, los “princeps”, que esperaban al enemigo con la pierna izquierda adelantada, protegida por greba y la lanza larga apoyada en tierra, protegidos por un escudo rectangular. Si no lograban perforar la línea enemiga, se retiraban lentamente y dejaban paso a los “triarios”. En el lenguaje militar romano, la frase “llegar a los triarios” indicaba que la batalla estaba teniendo dificultades superiores a las previstas.

La lectura de Tito Livio indica que la Legión Romana, en ese período, pasó a combatir en pequeñas unidades muy coherentes y cohesionadas, con cierto nivel de autonomía táctica y dejó de ofrecer un frente compacto al estilo de la falange griega.

Los escudos de bronce y las pesadas armaduras tomadas de los etruscos desaparecieron y la legión ganó en agilidad y capacidad de movimiento.

Esta estructura militar dio a Roma el control de la península itálica; consiguió doblegar la potencia etrusca; dio la victoria a los estandartes con la loba capitolina en las tres guerra sammitas que les otorgaron el control de los Apeninos y del norte del Adriático y consiguió expulsar a los helenos del sur de Italia, derrotaron a los galos de Breno que había conseguido ocupar Roma, salvo el Capitolio donde se reorganizó la resistencia y destacó, una vez más, Furio Camilo; y, finalmente, contra Pirro, rey del Epiro.

En la batalla de Beneventum, Pirro fue derrotado finalmente, cuando los legionarios aprendieron a soportar el embate de los elefantes. Después de resultados inconclusos, Pirro fue recordado por la historia gracias a los resultados inconclusos de sus victorias y al elevado coste de las mismas: “victorias pírricas”.

Con el control de la península itálica concluía otra fase en la historia de Roma. Ahora quedaba el dominio del mediterráneo y el choque decisivo con Cartago.

La I Guerra Púnica se resolvió con un choque entre las flotas romana y cartaginesa. Los romanos habían apresado a una nave de guerra de Cartago y copiaron en todo su estructura, añadieron un puente de abordaje en la proa. En apenas 60 días construyeron 120 quinquerremes y entrenaron a sus tripulaciones en tierra. En la batalla de Mylae, la escuadra cartaginesa resultó sorprendida primero y deshecha después. Cartago abandonó Sicilia y Roma, aprovechando su debilidad, se hizo con Córcega y Cerdeña.

Pero el choque definitivo tendría lugar treinta años después a causa de la floreciente ciudad de Sagunto, situada en tierra cartaginesa, pero aliada de Roma, cuyo socorro pidió al sentirse amenazada por los turdetanos, tribus que poblaban la actual Teruel.

Roma resultó sucesivamente derrotada en su propio territorio en el Tesino, luego en el lago Trasimeno y en las orillas del río Trebia y, particularmente, en Cannas.

Mientras Aníbal seguía una guerra de aniquilamiento, Roma practicó una guerra de desgaste.

La contraofensiva romana fue sorprendente: evitó durante años el enfrentamiento frontal y envió legiones a teatros secundarios con la intención de cortar las líneas de abastecimiento de Aníbal. Hispania fue uno de esos teatros.

El general cartaginés mantuvo sus posiciones en la Península, pero, finalmente, al no poder estimular la revuelta de los pueblos itálicos y al resultarle imposible recibir refuerzos, se vio obligado a emprender la retirada. Aníbal no había perdido ni un solo choque en suelo romano, pero su desgaste fue continuo e insoportable.

Para colmo, Roma, con Aníbal inmovilizado en su territorio, decidió atacar Cartago. La batalla decisiva tuvo lugar en Zama Regia. Escipión Africano, utilizó contra él la misma estrategia que Aníbal practicó en Cannas y que le llevó a la victoria. Ataque frontal y envolvimiento por las alas guarnecidas por la infantería pesada de los Triarios.

A partir de ese momento y de la posterior victoria sobre Filipo V de Macedonia, Roma pudo llamar con propiedad al Mediterráneo, “Mare Nostrum”.

El ejército romano en esa época se adaptó, una vez más, a las necesidades de los desafíos que tenía ante sí. El historiador griego Polibio, amigo íntimo de los Escisiones y que frecuentemente los acompañaba en sus expediciones, nos facilita una información exhaustiva sobre la organización de las legiones y sus campañas en el Libro VI de sus “Historias”. En otro de sus libros pormenoriza la destrucción de Numancia y describe las máquinas de guerra utilizadas por las legiones.

Gracias a Polibio sabemos cómo se reclutaban los legionarios. Debían servir en el ejército un mínimo de 16 años los legionarios de infantería y de 10 los de caballería. En caso de necesidad el servicio militar podía durar hasta 20 años. No se podía ocupar ningún cargo público si no se había cumplido el servicio militar.

El día en que se convocaba asamblea popular para organizar el ejército, debían asistir todos los ciudadanos varones de entre 16 y 46 años. Los tribunos, divididos en cuatro grupos, uno por cada una de las 4 legiones que debían reclutarse, elegían por turno un hombre a la vez hasta completar los 4.200 hombres por legión.

Luego se juraba lealtad a la República y obediencia a los mandos. Se fijaba el día y el lugar en el que debían presentarse sin armas. Los tribunos seleccionaban a los más pobres y jóvenes para formar los “vélites” y los “hastati”. Luego, los hombres en lo mejor de su edad (23-33 años) formaban los “príncipes” y los más mayores, eran los “triarios”.

A continuación se iniciaba el entrenamiento militar, si bien es cierto que los niños romanos, desde los diez años, empezaban a practicar ejercicios militares, tal como habían hecho los adolescentes espartanos.

En esa época la cadena de mando del ejército estaba formada por el Cónsul a la cabeza, le seguían los 6 tribunos de cada legión y los 60 centuriones de los 30 manípulos, además de los treinta decuriones de la caballería ligera.

La instrucción era dura. Se aprendía a manejar la espada ante una estaca clavada en el suelo. La ciencia militar romana sostenía que con que la punta del Gladio penetrara solo 5 centímetros en el cuerpo del enemigo, ya podía dársele por muerto o fuera de combate. Desaconsejaban el corte lateral que hería pero no mataba. Además, en los ataques frontales, hiriendo con la punta, se lograba mantener prácticamente cerrada la fila de escudos y hacer invulnerable a la primera línea sin descubrir ni el costado ni el brazo derecho.

Paralelamente se aprendía a evolucionar en la batalla sin romper la formación.

También se realizaban marchas de endurecimiento de cinco horas en las que se recorrían entre 25 y 30 kilómetros. Al llegar, todavía quedaban dos o tres horas de instalación del campamento.

Esta rutina, férrea y obsesivamente repetida en cientos de ocasiones, convertía a la legión romana en una apisonadora a la que solamente ejércitos bien entrenados y mejor motivados, podían afrontar con posibilidades de éxito.

La disciplina era férrea y los castigos severos: robar en el campamento, desertar ante el enemigo o abandonar el puesto de guardia podían equivaler a la ejecución sumaria. Faltas menores de disciplina se castigaban con el apaleo o la expulsión deshonrosa del ejército.

Las máquinas de guerra habían estado presentes en otros ejércitos, pero roma las situó en el centro de su estrategia, especialmente en los asedios a ciudades. Polibio explica que las más utilizadas eran la balista y la catapulta. Las primeras estaban situadas sobre carromatos y arrojaban a 500 metros pesadas flechas de hierro. Las catapultas arrojaban piedras a una distancia entre 300 y 500 metros.

En los asaltos, un grueso tronco con una cabeza de carnero (Aries, el jefe de la mana, avatar del dios de la guerra), el ariete, derribaba con facilidad las puertas, y se acercaba mediante una estructura móvil de madera, protegida por pieles para impedir que fuera incendiada.

Así mismo, para facilitar la aproximación de la infantería a las murallas, se utilizaban torres de asalto con varios pisos y puentes levadizos situados a diversas alturas, y carros de asalto que protegían a una centuria de flechas y piedras.

De esa época, data también la famosa “tortuga” o “testudo”, formación compuesta por 25 legionarios y 15 escudos que colocaban sus escudos rectangulares encima de sus cabezas y en los flancos, no ofreciendo ningún punto vulnerable a las flechas, piedras o jabalinas del enemigo.

Pero este impresionante dispositivo militar, a partir de la conquista de Hélade, se convirtió en un instrumento civilizador.

IV. Una ciudad guerrera crea un imperio civilizador

Los romanos de los orígenes se llamaban a sí mismos “hijos de Marte”.

Marte era el dios de la guerra, hijo de Júpiter y Juno. El lobo era su símbolo y se le representaba armado y provisto de yelmo y coraza. Sus hijos eran Fobos y Deimos, miedo y terror. Procedía del dios griego Ares, venerado en Atenas en el Areópago, literalmente, la colina de Ares.

La tradición romana sostenía que el dios Ares fuera el padre de Rómulo y Remo.

Tanto en Grecia como en Roma se le ofrecían sacrificios antes de la guerra. Aparecía en las batallas junto a Duellona. Dio nombre al tercer planeta, al tercer mes del año, Marzo y al tercer día de la semana, Martes.

Cuatro templos rendían culto al dios de la guerra en la capital imperial: compartía templo con Júpiter y Quirino, dios de la paz armada; otro estaba dedicado al Marte Vengador en el Foro de Augusto; al Marte de las Batallas (Mars Gradivus), y en el Campo de Marte donde se preparaban los atletas y soldados.

Su fiesta se celebraba el 1 de marzo y su culto mantenido por los doce sacerdotes salidos que danzaban en su honor provistos doce escudos que, según la tradición, habían caído del cielo.

Todo esto dice muy a las claras que Roma era una ciudad guerrera.

En todos los pueblos indoeuropeos, el lobo ha sido un animal totémico propio de la casta guerrera. El hecho de que fuera una loba la que alimentó a los fundadores de la ciudad, es así mismo, significativo.

Dirigidos por Eneas, los supervivientes de Troya llegaron hasta el Lacio. El rey de los Latinos permitió que se establecieran en su territorio. Eneas se casó con la hija del rey y tuvo un hijo que fundó Alba Longa.

Generaciones después, Numitor, rey de Alba Longa, destronado por Amulio, obligó a su hija Rea Silva a convertirse en vestal. Ovidio cuenta que cuando Silva fue a buscar agua a la orilla de un río, fue poseída por Marte y dio a luz a los gemelos Rómulo y Remo. El rey de Alba Longa ordenó que se colocara a los gemelos en una casta y se introdujera a los dos bebés. Pero la cesta embarrancó y una loba los amamantó. Cuando crecieron y conocieron su origen, regresaron a Alba Longa, mataron a Amulio y repusieron en el trono a Numitor.

Pero decidieron fundar una ciudad propia. Trazaron con un arado el perímetro de la ciudad y juraron que matarían a quien cruzase sin permito ese límite. Pero al discutir sobre el nombre de la ciudad, Remo saltó el surco del arado y Rómulo lo mató, dando nombre a la nueva ciudad. Rómulo fue el primer rey romano, y reinó hasta que desapareció durante una tormenta, llevado por su padre Marte.

Esta leyenda tiene una datación precisa: el 21 de abril de 753 antes de Cristo.

La ciudad estaba construida a orillas del Tíber que formaba su frontera natural, mientras que las “siete colinas” ofrecían una protección natural. Había sido ubicada allí para poder defenderse de cualquier ataque y controlar las vías de acceso.

El romano era pragmático. Su culto se reducía al rito y el rito era una operación mágica, inexorable como una fórmula química. La religión romana era la religión del rito.

Antes del asedio a una ciudad, los sacerdotes, realizaban los ritos necesarios para ganar a los dioses de la ciudad. Se trataba de que esos dioses, abandonaran a sus protegidos. Cuando lo hacían y sólo entonces, se iniciaba el asedio. Así mismo, los arúspices veían el destino de las batallas en las entrañas de los animales sacrificados y los generales romanos, habían incorporado estas manipulaciones místicas a su estrategia militar. Las batallas se libraban solamente con el apoyo de los dioses. Nunca sin ellos.

La buena marcha de la batalla dependía de consideraciones estratégicas, del empleo de la táctica adecuada, del valor de los soldados, pero fundamentalmente, del correcto desarrollo de los ritos previos. Un general derrotado era, un general al que los dioses, por algún motivo, le habían negado su apoyo. El pragmatismo romano estaba solo atenuado por la religiosidad romana.

Publio Cornelio Escipión Emiliano, general tan victorioso como piadoso, experimentó estados de trance en el interior del Templo de Júpiter Capitolino. Los soldados se sentían seguros de que su general fuera devoto de los dioses y jamás dudaron que sabía atraerse su favor en las batallas. Por eso, lucharon con más convicción en Hispania y le siguieran ante los muros de Cartago en la III Guerra Púnica y en la hoguera de Numancia. Formado en la cultura griega y con refinada cultura, a su quinta romana acudían los grandes exponentes de la cultura helénica de la época. Polibio, relata con detalle sus campañas y su arte militar.

Además de Marte, había otro dios de la guerra en Roma a cuyo templo situado en el Foro Romano convergían todas las miradas. Era el templo de Jano cuyas puertas permanecían abiertas desde el momento en que se iniciaba una guerra hasta el momento en que concluía.

Jano, el dios de las dos caras que miran en sentidos opuestos, dio nombre al mes de Enero. Era el dios de los cambios y los tránsitos. Del pasado y del futuro, de las puertas y de los cruces de caminos. Su protección, se extendía sobre quienes deseaban variar el orden de las cosas.

Sus puertas daban al este y al oeste, hacia el principio y el final del día, y entre ellas se situaba su estatua, con dos caras, cada una mirando en direcciones opuestas. Se lo invocaba al comenzar una guerra.

Las puertas del Templo de Jano permanecieron muy pocos años cerradas en la antigua Roma. Salvo en el tiempo de la “Pax Augusta”, Roma vivió en una guerra permanente que, finalmente, la dejó agotada.

IV. La idea de la muerte como destino del guerrero

La guerra hace que la psicología de sus protagonistas –los combatientes- sea muy parecida en todas las épocas y en todas las latitudes. Quizás sea por esto que existe un paralelismo entre las concepciones guerreras romanas y las japonesas.

El estoicismo romano, defendía la legitimidad del suicidio como desembocadura ante determinadas situaciones, de la misma forma que en el Bushido, el código del honor samurai, abría las puertas al suicidio como salvaguardia del honor, o como acto de protesta contra una situación injusta.

“Si no quieres combatir, retírate; en efecto, nada te impide morir”, había escrito Séneca. Era frecuente, que los generales romanos derrotados eligieran el camino del suicidio. Para el romano, no existía derrota honorable; toda derrota era la muestra y la exteriorización de una falta, así como la victoria era signo del apoyo recibido de los dioses.

En el rito de la “devotio”, el general se sacrificaba voluntariamente para asegurar la victoria de su ejército en el campo de batalla. Este sacrificio debía de atraerle favor de los dioses.

En el año 151 a.C, se produjo una rebelión de tribus hispanas. Escipión Emiliano se presentó voluntario para reducirla. Sitiada la ciudad de Intercacia, próxima a Villalpando (Zamora), cada día un gigante hispano, fuertemente armado, salía una y otra vez para desafiar a los romanos a un combate singular. Escipión, a pesar de su corta estatura, aceptó el desafío y, con su caballo herido, venció al gigantón. Intercacia se rindió. Por eso los que estaban bajo sus órdenes pensaron siempre que Escipión era amado por los dioses.

Estos combates singulares eran el equivalente al “juicio de Dios”: se creía que la divinidad sostenía la causa justa y a quienes lograban atraer su voluntad mediante el rito justo. El vencedor en el combate era el justo y el amado por los dioses.

Para el mundo clásico el destino de la mayoría de los humanos era “extinguirse sin gloria en el Hades”, en el reino de los muertos. Pero sólo unos pocos podían optar por el camino de la inmortalidad: los héroes muertos en combate. La muerte era el destino de lo humano, pero había una posibilidad de escapar al Hades.

No es por casualidad que la Legio II Trajana, tuviera como divisa la imagen de Hércules o que Quinto Fabio Máximo Emiliano, mientras concentró a sus legiones en Osuna, acudió a Gades a realizar sacrificios al famoso templo de Hércules.

El ideal romano de guerrero era, precisamente, Hércules.

El romano pensaba que la “muerte heroica”, transmutaba al guerrero y le hacía experimentar una mutación radical en su persona, convirtiéndolo en miembro de la “raza de los héroes”.

Hesíodo explica que, a medida en que se sucedían las tres primeras razas humanas, la de la Edad de Oro, la de Plata y la Edad de Bronce, el ser humano iba perdiendo la posibilidad de ser inmortal. Pero, a los nacidos de la última raza, la de la Edad del Hierro, la nuestra, los dioses les ofrecieron la posibilidad de una reintegración en la inmortalidad siguiendo la “vía heroica”.

Surgió así en la mitología, la “raza de los héroes”, formado por Hércules, Aquiles, Ulises y tantos otros, que triunfaban en el curso de trances difíciles y arriesgados. Otros, fracasaban en esas mismas empresas, era la “raza de los titanes”, cuyo destino era la extinción en el Hades. La inmortalidad, por el contrario, se encontraba al final del camino de la raza de los héroes.

V. Civilización, ocupación, resistencia, romanización

¿Qué tienen en común Turín, Aosta, Estrasburgo, Manchester, Constanza, Colonia, Bonn, León y Cáceres? Mucho: fueron fundadas por legionarios romanos. En realidad, su origen fueron campamentos de las legiones romanas. Polibio los describe en su Libro VI como una muestra del pragmatismo romano llevado al paroxismo. Nada quedaba al azar en un campamento legionario. De hecho, los campamentos romanos –los castra castrorum- se convirtieron en focos de civilización e irradiación cultural.

En Roma, la cultura fue al paso con las legiones. Y ya no se trataba de una cultura “lacónica” como la de los viejos laconios, lacedemonios o espartanos, sino de una cultura extremadamente rica y diversificada.

Se elegía un terreno llano y con mínima pendiente. Los arúspices tenían en esto algo que decir, a ellos –y no sólo a los estrategas- les correspondía seleccionar el terreno mediante su arte augural. Esto explica el porqué Barcelona fue establecida en un lugar alejado de los dos ríos más próximos y porqué hubo que traer luego el agua mediante una compleja obra de ingeniería de la que aún quedan huellas.

El campamento era rectangular o cuadrado de 600 metros de arista, defendido por una zanja, con cuatro puertas defendidas, dos laterales y dos principales: la Pretoria y la Decumana. Podía albergar hasta dos legiones completas. Con la tierra extraída de la zanja se formaba una empalizada defensiva. Si el campamento corría el riesgo de ser atacado, esta empalizada se reforzaba con una empalizada de troncos. Entre esta empalizada y las tiendas se dejaban 60 metros vacíos para que los proyectiles enemigos no llegaran hasta las tiendas de los legionarios.

En el interior, cada clase de tropa tenía sus tiendas específicas. Existían dos calles principales, perpendiculares que iban a dar a las cuatro puertas.

En el centro del campamento, se situaba el altar y justo enfrente la tienda del Pretor. Todo el conjunto destilaba una simetría y un orden extremo.

Los campamentos de vanguardia podían ser también protegidos por torres de defensa y una red de torres de vigilancia y señales.

La Legio VI Victrix, victoriosa, fundada en la época de César y destinada por Augusto a Hispania, donde permaneció hasta el año 70, contribuyó eficazmente a la romanización de la Península. Sus legionarios construyeron caminos, labraron sillares y estelas, establecieron torres de vigilancia en toda la península, enseñaron el arte del cultivo de la tierra allí en donde era desconocido y leyeron con los celtíberos más preclaros, a los clásicos griegos y romanos.

Roma no se limitaba a ocupar un territorio y expoliarlo. Las legiones, no solo eran un ejército de ocupación, sino sobre todo una fuerza civilizadora. La grandeza de Roma se basó en la transmisión de la cultura clásica. Había “Imperio”, allí en donde las legiones habían transformado la barbarie en Orden. La idea de Imperio era para los romanos, sinónimo de idea de Orden.

La lucha para la incorporación de Hispania al Imperio fue larda y dura. Se sucedieron insurrecciones y guerras. En el curso de las campañas, destacó la Legio IX, que mereció por su heroísmo y eficaz cometido, el título de “Hispana”.

Cuando concluyeron las guerras cántabras, toda Hispania quedó sometida e incorporada como provincia del Imperio. Las puertas del templo de Jano se cerraron por un breve plazo.

¿Qué ocurría con el soldado que había servido fiel y heroicamente en las legiones romanas, cuando ya había llegado al límite de edad?

Lo normal era que recibiera lotes de tierra de las zonas conquistadas. Se creaba así la imagen de los soldados-colonos que, tras obtener un territorio con las armas en la mano, lo cultivaban. Desde la antigua Esparta hasta los “cuerpos francos” alemanes que lucharon en el Báltico tras la Primera Guerra Mundial, pasando por los hombres de armas de la Reconquista española y por los caballeros teutónicos que colonizaron las marcas del Este, la figura de los soldados-colonos ha aparecido frecuentemente en la historia.

Durante unos siglos, la civilización fue al paso con los legionarios romanos. En el año 2 a.C, un grupo de veteranos de las guerras cántabras, desmovilizados, recibieron lotes de tierra, en torno a una pequeña elevación de apenas 18 metros de altura, el monte Taber. Allí repitieron el rito de la fundación de una ciudad, creado por Rómulo y Remo. Aquellos legionarios pasaron el arado por un rectángulo achaflanado, marcando los límites de la que sería la colonia Julia Augusta Patricia Faventia Barcino, conocido hoy como Barcelona. Barcino, la ciudad de la “barca nona”, la novena barca en la que Hércules llegó a los pies del monte de Iove, el actual Montjuich.

Los legionarios configuraron Barcino a imagen de sus campamentos: con una empalizada de madera, con un foso defensivo y con dos calles perpendiculares, el Castrum y el Decumanus que todavía hoy existen en la Barcelona postolímpica.

Las necesidades defensivas les hicieron, años después, convertir la empalizada en una sólida muralla que persistió incluso durante la Edad Media y que obligó a Almanzor a detenerse para un largo asedio.

El aprovisionamiento se realizó trayecto las aguas de un arroyo, mediante un largo acueducto del que aún quedan restos.

La innovación romana en el campo militar excedió la invención de la Legión. No toda la estrategia militar romana se basaba en el choque armado. Para personajes como los Escisiones, la política era la continuación de la guerra por otros medios.

Roma atribuía gran importancia lo que hoy se llama “guerra psicológica”. El gran éxito de la presencia en Hispania de Escipión el Africano, consistió en su política de atraerse a las tribus locales mediante pactos y un trabajo de atracción personalizada, protagonizado en gran medida por él mismo.

Se trataba, de restar aliados al enemigo y ganarlos para las propias fuerzas. Los Escipiones fueron en esto unos maestros y debilitaron a Cartago en Hispania.

Así mismo, Roma empleó el espionaje y el contraespionaje como instrumentos militares. El propio César cuenta que durante la Guerra de las Galias se preocupó extraordinariamente de mantener el secreto de las forja de las armas romanas. El resultado de esa campaña, dependió en gran medida de la superioridad del acero romano sobre las espadas galas que, inopinadamente se doblaban en pleno combate con el resultado que se puede prever.

Los romanos llegaron a conocer extraordinariamente las pasiones humanas y supieron manipularlas en beneficio de su expansión. Frecuentemente, intentaban ganar para su causa a los emisarios enviados a parlamentar o a los embajadores de países vecinos. Reclutados como espías o para realizar el “trabajo sucio” en la retaguardia, la psicología romana los despreciaba, como despreciaba a cualquier traidor, pero los aprovechaba. La revuelta de los lusitanos comandada por Viriato fue liquidada tras el asesinato de éste por algunos de sus hombres de confianza, ganados para la causa romana. Se sabe lo que siguió: “Roma no paga a traidores”.

Así mismo, un síntoma de la modernidad de las concepciones romanas era la importancia militar atribuida a las comunicaciones. Cuando Roma estabilizó su dominio en Germania y de Britania, un muro defensivo protegía las fronteras del Imperio. Este muro estaba formado por empalizadas, torres de vigilancia y defensa y un sistema de comunicación entre las posiciones de observación, realizado mediante señales con banderas y humo durante el día y hogueras durante la noche que han seguido utilizándose hasta nuestros días con leves modificaciones. La red de vías romanas que unía cualquier punto del imperio con la capital, facilitaba estas comunicaciones.

Roma en tierras de Hispania se vio obligada a desarrollar sistemas de lucha contra las incursiones guerrilleras de las tribus en vías de dominación. Es lo que hoy llamaríamos sistema “contrainsurgencias”. La toma de rehenes y su ejecución, arrasar los campos que proveían de alimentos a las unidades guerrilleras, la utilización de soldados nativos conocedores del terreno para combatir a la resistencia, ganar a la población civil mediante la difusión de la cultura romana, eran solo algunas de las tácticas utilizadas para desactivar a la “resistencia” y a los grupos autóctonos que practicaron la guerra de guerrillas. Fue, desde luego, en el territorio de Hispania donde Roma puso en práctica estas iniciativas contrainsurgencias para sofocar las constantes revueltas de las tribus nativas.

César no había leído a Sun-Tzu, pero conocía perfectamente el arte de la guerra. El sitio de Alesia fue la cumbre del genio militar de César. La capital gala insurgente fue, como solían hacer los romanos, rodeada de un muro que hacía imposible la salida de los sitiados. Cuando las tribus galas se movilizaron para romper el cerco de Alesia, César ordenó que se construyera en torno al cinturón defensivo que contenía a la ciudad gala, un nuevo muro exterior desde el que el ejército romana pudiera oponerse a los asaltantes llegados de toda la Galia. Jamás la historia ha visto una operación tan delicada y compleja, desarrollada en tan poco tiempo y con tanta eficacia.

Mientras Roma supo adaptarse a los desafíos impuestos por el enemigo, Roma resultó triunfadora de los combates. Pero esto no pudo durar siempre.

VI. La decadencia romana

En el primer período de la historia de Roma, toda la ciudad es una fuerza combatiente, que, progresivamente se va especializando.

Pero lo que funcionaba en un marco civilizacional reducido, ya no pudo sobrevivir al crecimiento de la grandeza de Roma a partir de la II Guerra Púnica.

La elección anual de los cónsules propició cierta inestabilidad. Además, se trataba de un cargo político. Frecuentemente se puso de relieve que los cónsules elegidos por motivos políticos, no tenían capacidad militar. Mientras que el ejército, los tribunos y los mandos intermedios eran valerosos, organizados y disciplinados, faltó muy frecuentemente un mando estratégico capaz.

Los cónsules enviados a las colonias, frecuentemente, explotaban sin piedad a las ciudades aliadas y gobernaban en beneficio propio. En el período de la conquista de Hispania, se evidenció que la mayoría de cónsules, legados y pretores, o bien eran corruptos, o bien incapaces o ambas cosas, además de crueles.

El senado no era muy amigo de prolongar el mandato excepcional de los generales que habían demostrado más capacidad. Roma estuvo en desventaja ante Cartago, especialmente ante generales de la talla de un Aníbal. Solamente, cuando Aníbal tuvo, frente a sí, a un enemigo de su misma envergadura, Quintus Fabius Maximus o los Escipiones, el combate estuvo verdaderamente equilibrado.

La duración de las guerras, la lejanía de los destinos, los prolongados años de convivencia en campamentos y la camaradería de los combates, hizo que los legionarios, terminaran siendo mucho más fieles a sus mandos naturales que a la propia República. Esta tendencia tendió a aumentar en el siglo I a.C y, posteriormente en el período de la decadencia imperial. Abundaron los golpes de Estado, las luchas fraccionales y el desorden.

Roma había concluido un ciclo de civilización. Una civilización guerrera formada en torno a la Legión, que se demostró como el más poderoso instrumento de civilización. Los romanos eran los primeros en saber que la grandeza de Roma no duraría siempre. Pero se prolongó por espacio de casi 1000 años y tiño la civilización hasta la Edad Media. Tanto Carlomagno como los Hohenstaufen consideraron sus construcciones imperiales como renovación del legado de Roma. Con la caída de Bizancio en manos de los otomanos en el siglo XV concluyó la historia iniciada por los dos hermanos gemelos amamantados por la Loba veinte siglos antes.

Cuando un Imperio inicia un proceso de decadencia, las razones son siempre múltiples. Roma estaba debilitada por diez siglos de guerras continuas y cortos períodos de paz. Como siempre, los mejores romanos, destinados en las posiciones más arriesgadas, habían muerto en combate. Desde Horacio Cocles hasta el Emperador Juliano –que, con propiedad, puede llamarse “el último romano”- las matronas habían alumbrado a generaciones de guerreros dispuestos a inmolarse por la grandeza de Roma.

Mientras la tensión imperial se mantuvo y tanto la clase política dirigente como los combatientes anónimos de las legiones, creyeron en la misión trascendental de Roma de llevar el orden allí a donde había caos y barbarie, de crear, en definitiva, Imperio, Roma estuvo en condiciones de hacer frente a sus enemigos.

Pero cuando esta tensión desapareció y el vínculo con la cultura clásica se relajó, cuando los huecos en los frentes ya no podía ser cubiertos por los propios romanos, y debió recurrirse a tropas mercenarias, cuando, uno tras otro, se sucedieron emperadores de dudosa talla o, simplemente, peleles de la guardia pretoriana o sujetos enloquecidos, cuando los pueblos bárbaros, uno tras otro, saltaron los muros defensivos de Germania, Roma ya no pudo oponer nada más que un legado histórico que no estaba a la altura de mantener.

En este marco de decadencia, la aparición del cristianismo no fue un elemento decisivo en la decadencia. Es cierto que algunos grupos cristianos primitivos, se negaban a combatir en las legiones romanas y llamaban a la deserción en nombre del no matarás, pero también es cierto que en algunas batallas cruciales de este último período, estuvieron presentar luchando en las mismas unidades que los legionarios paganos. Por lo demás, después de la batalla de Puente Silvio que da la victoria a Constantino, y el cristianismo queda trasformado en religión del Imperio, con la obligación de los cristianos de defenderlo con armas en la mano, la decadencia sigue inexorable. El espíritu de Roma estaba agotado y era imposible reavivar la llama. El último intento del Emperador Juliano, le llevó a morir en una batalla intrascendente en la lejana Persia.

La victoria sobre Atila, un siglo después de la muerte de Juliano, no fue sólo obra de Roma, sino de sus aliados galos y visigodos. En los Campos Cataláunicos, cerca de Troyes, apenas combatieron romanos. Roma estaba agotada. Era el 451. Los vándalos saquearon la ciudad cuatro años después. Veinticinco años después, Odoacro, rey de los Hérulos, entró en Roma y depuso al último emperador, que por ironías del destino ostentaba el mismo nombre que el fundador de la ciudad, Rómulo Augústulo; en señal de respeto y reconocimiento hacia el pasado del Imperio, Odoacro remitió el Águila y las enseñas imperiales a Zenón, emperador de Bizancio.

Algo más de 1500 años después, otra nación se creyó investida por Dios para asegurar el “Nuevo Orden Mundial”. En enero de 1990, George Wallace Bush, después de la victoria sobre Irak en la Segunda Guerra del Golfo, proclamó que los EEUU eran la única nación que podía liderar el Nuevo Orden Mundial. Los ideólogos conservadores de la época, realizaron forzados paralelismos entre la antigua Roma y los nuevos EEUU.

El antiguo Secretario de Estado con Jimmy Carter y fundador de la Comisión Trilateral, Zbigniew Brzezynsky, llevó esta similitud a la cantidad de efectivos que llegaron a tener las legiones romanas con la que tenían los EEUU desplegados por todo el mundo: 250.000 soldados en ambos casos.

En la introducción a su libro “El Gran Tablero Mundial”, afirmaba que los EEUU era la “nueva Roma”, el nuevo imperio moderno, único capaz de establecer una “pax romana” universal y fiada a su poder armado.

Pero Brzezynsky se equivocaba en todo: no solamente comparar la cultura clásica greco-latina con la cultura americana era una broma de mal gusto, sino que resultaba posible establecer muchas más equivalencias entre Cartago y EEUU. No en vano, ambas eran potencias marítimas, comerciales. En ambas, el oro era superior a la sangre. La milicia superior al mercader. El Estado superior y anterior a los individuos que lo componen.

Si EEUU es algo en relación a Roma, es su reflejo en el espejo, su antípoda.

Las legiones romanas, llevaron la civilización allí en donde hasta entonces solamente existía barbarie. La vieja Hispania fue uno de esos lugares beneficiados por la labor civilizadora de Roma. Fue precisamente Hispania, quien dio al imperio su primer emperador no itálico.

El pragmatismo romano, modulado por la piedad del romano tradicional y por la conciencia histórica anidada en la mentalidad de la clase patricia hasta el período de la decadencia, de que Roma tenía una misión universal que realizar, fueron los motores de la grandeza de Roma.

Para llevar adelante ese inmenso proyecto civilizador, lo verdaderamente esencial fue aportar al arte militar un concepto nuevo: la Legión, cuyo nombre se ha perpetuado hasta nuestros días.

Roma renovó a Esparta. Roma decayó cuando dio la espalda a Esparta.


© Ernesto Milá Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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