Ríe caminante, aquí yace la globalización

Publicado: Martes, 14 de Febrero de 2006 11:45 por Ernesto Milá en GEOPOLITICA
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Infokrisis.- La globalización ha muerto. Su reinado ha sido efímero. De hecho, algunos insensatos todavía sostienen que goza de buena salud. Salvo la globalización de capitales y la de personas, la globalización como sistema de producción ha sido asesinada. El nombre del criminal es suficientemente conocido: crisis energética.

La idea de la globalización Ya en los años 70, las multinacionales ensayaron intentos de globalización, que ya, en aquel momento, concebían como la optimización de la producción industrial. El sistema se ensayó a escala muy reducida. Ford montaba una planta en España –donde la mano de obra era más barata-, encargaba a empresas próximas a la planta de montaje las piezas que, una vez manufacturadas en el proveedor más barato (no importaba que se situara en Marruecos o en Portugal), eran ensambladas en la fábrica central. Una vez terminado el producto, se distribuía en una zona geográfica amplia. Los Ford fabricados en Almusafes se vendían en media Europa.

Pero en el primer tercio de los años 70 existían varios problemas. Europa estaba parcelada en Estados Nacionales separados por fronteras impenetrables. Además, existía la “guerra fría” y el “telón de acero” partía en dos Europa Central. Pero, en cualquier caso, se trató de un ensayo generalizado que empezó a aplicarse en el último tercio de los años noventa.

Se trataba ahora de aplicar a escala universal, el ensayo limitado realizado en los setenta. Cualquier producto industrial era descompuesto en tantas partes como fuera posible. Se estudiaba su fabricación allí en donde las condiciones económicas fueran más favorables, esto es, dónde fuera más barato. Luego, cada una de las piezas se enviaba a las plantas de ensamblaje, situadas allí donde resultaba más barato el proceso de montaje. Y, desde allí, se trasladaban, finalmente, a los mercados.

Una pieza de un ordenador podía dar una vuelta al mundo antes de que el PC llegara al consumidor. El procesador se fabricaría en Taiwán, pero algunas materias primas procederían del sudeste asiático. El diseño se realizaría en Silicon Valley, pero algún equipo de diseño estaría situado en la India o Pakistán. Malasia aportaría la placa y en Ceilán se fabricaría el monitor según un diseño neoyorkino. En Praga se imprimiría el librito de instrucciones que acompañaría al ordenador. Los plásticos de la carcasa se fabricarían en Sudáfrica con derivados del petróleo traídos de Angola. Alguna empresa francesa vendería la tarjera gráfica que contenía elementos, a su vez, fabricados en Singapur. Suecia aportaría los cartones para el embalaje que serían impresos en Lituania. Finalmente, todas las piezas del ordenador serían ensambladas en una planta Mexicana y llegarían por mar a Lisboa, desde donde atravesarían las carreteras hasta llegar a Madrid y de ahí a Valencia en donde, finalmente, llegarían al consumidor alicantino, que, en realidad, era un jubilado británico recién instalado en Torrevieja...

La idea general era que cada país se especializaría en un componente o en un área de la producción y el mercado haría que la empresa ensambladora y, posteriormente, el comprador, eligieran la oferta más ventajosa. Era, en definitiva, un mundo regulado por el mercado en el que las contradicciones nacionales entre los países, felizmente, habrían desaparecido.

Para favorecer este clima de cooperación económica por encima de las fronteras, terminó impulsándose la globalización en todos los terrenos, incluido el cultural. De hecho, a partir de mediados de los años 90, algunas palabras hicieron fortuna: ninguna rama del arte podía concebirse sin la palabra “mestizaje” y sin el concepto de “fusión”, por encima de cualquier otro valor.

La idea final, aparentemente bienintencionada, era que el mercado terminaría sustituyendo al gobierno de las naciones. Era el sueño dorado del capitalismo: después de doscientos años de primacía de la economía sobre la política y de la plutocracia sobre la democracia, finalmente, se llegaría a contemplar la posibilidad, sin tapujos, del gobierno del mercado –esto es, de los detentadores del capital- sobre la clase política. En realidad, la clase política en un marco plutocrático, no es más que los delegados del capital para gestionar los asuntos de la res publica, o, por decirlo de otra manera, una especie de intermediario que traduce los designios del capital en política cotidiana, digerible por la masa de votantes. Lo que la globalización tenía como objetivo era eliminar a este intermediario –la política, el Estado- en beneficio del mercado, donde el capital, es el único dueño y rector.

El mercado sustituirá al gobierno de las naciones y generará una era “sin historia”, de paz y prosperidad, de felicidad sin límites, tal como la describió Fukuyama hace más de quince años.

Vanas esperanzas que hoy se han demostrado quimeras inalcanzables, ilusiones engañosas y fatuas.

Cuando ya no se puede avanzar, sólo queda retroceder

Este sistema ha fallado en la práctica. No ha podido prolongar su hegemonía más de quince años. El Acuerdo General de Aranceles ha posibilitado llegar hasta donde nos encontramos en la actualidad, pero, cada vez resulta más evidente, que ya no podemos ir más lejos y que, a partir de ahora, sólo queda retroceder.

Y esto por los siguientes motivos:

1. Es falso y mendaz que los recursos naturales utilizados para fabricar bienes desciendan continuamente de precio, aumentando simplemente la producción. Se olvida, por lo general, que la cantidad de recursos del planeta es grande, pero limitada. A partir de alcanzado cierto punto, estos recursos tienden a agotarse. A partir del momento en el que la demanda de materias primas finitas es superior a la oferta, el precio tiende a dispararse. Los países productores son conscientes de que se les acaba la época de las “vacas gordas” y aspiran, en primer lugar, a prolongarla al máximo y, en segundo lugar, a obtener el máximo de beneficios, elevando el precio.

2. Si hasta ahora la globalización de bienes y mercancías era posible, se debía a los bajos precios del petróleo. En efecto, una economía globalizada es una economía en la que los transportes de un lado a otro del planeta, adquieren su máxima importancia. Mientras los precios del combustible se mantuvieron a precios aceptables, el transporte de mercancías de un lado a otro del planeta, justificaba la parcelación de las manufacturas en tantos puntos como la ley de la optimización lo aconsejara. Pero esta era se ha terminado. La oferta de hidrocarburos ha sido superada por la demanda. Desde entonces, el precio no ha hecho más que aumentar. La globalización, en realidad, ha sido un espejismo de los años en los que el petróleo ha sido un combustible barato: desde el final de la Segunda Guerra del Golfo (1989) hasta la actual crisis energética (2005). Esa era, ha terminado.

3. Se olvida que la mano de obra barata no lo será indefinidamente. No se trata solamente de desplazar las plantas de producción allí en donde HOY la mano de obra es más barata y no existen derechos sindicales. Hay dos factores a tener en cuenta: el primero es que el trabajador que hoy gana 5 euros por días, aspira a ganar 20 euros por hora en los próximos años. De la misma forma que el lamentable sistema de producción y las horrendas condiciones laborales no duraron siempre en la Inglaterra victoriana, sino que solamente fueron características de unos pocos años de la primera revolución industrial, los precios de la mano de obra asiática, no serán siempre los mismos. Los propios Estados precisarán elevar el salario de sus trabajadores para darles acceso a bienes de consumo y así poder generar una espiral producción-consumo. Por otra parte, la experiencia demuestra que el mejor medio para frenar las crisis de producción y autorregularlas, es el sindicalismo reivindicativo que todavía no ha hecho su aparición en Asia. Las alzas salariales, limitan los beneficios del capital y esto, impide acumulaciones excesivas y superproducción que generan crisis similares a la de 1929. Por otra parte, no puede pensarse que el desplazamiento de las plantas de producción pueda realizarse constantemente de un lugar a otro del planeta. Si bien, cuando el coste salarial ha aumentado en España, es posible pensar en enviar las plantas de producción a Polonia o Chequia. Y de ahí, a Cantón o Pekín... pero no mucho más allá. Determinados grupos étnicos se adaptan mal a la producción en cadena y no responden ante los incentivos ofrecidos. El indio andino es indolente y basa su vida en una economía de subsistencia. Las etnias árabes son fatalistas, creen que todo lo da y lo quita Mahoma, entonces ¿para qué esforzarse? En cuanto a las etnias africanas carecen de la autodisciplina suficiente para asumir procesos de producción. En este sentido resulta ilustrativo, la iniciativa china de implantar fábricas en Marruecos y en África Subsahariana, exportando allí la maquinaria, el diseño y... al mismo personal que reside como en las antiguas “colonias industriales” europeas en el interior de recintos, prácticamente aislados del resto de la población.

El principio de contigüidad

A pesar de que el litraje de ginebra haya enturbiado el cerebro de Maragall, es rigurosamente cierto que una “eurorregión” como la que definió en su momento, es absolutamente oportuna. Los economistas de la Generalitat advirtieron, ya en 1999, que la mayor parte del comercio catalán se realiza con las regiones geográficamente contiguas: Aragón, Valencia, Rosellón-Languedoc. En realidad, estos economistas no habían descubierto nada nuevo. El fenómeno no ha podido ser desterrado por la globalización: cada zona comercia con la que tiene más próxima, esto es, con la que es contigua. La globalización no ha cambiado absolutamente nada en este terreno.

Así pues, una economía sostenible se basa en el lanzamiento al mercado de tantos productos como sea posible vender en las inmediaciones del lugar de fabricación. Este principio es tanto más válido, contra mayor es el precio del carburante. En realidad, de ser posible, la autarquía sería –al menos en teoría- el principio económico más aceptable en un momento de crisis energética y carestía de hidrocarburos.

El principio de contigüidad en el comercio mundial tiene una consecuencia inevitable: la formación de espacios económicos homogéneos que se configuran como unidades autónomas de producción; en el interior de estos espacios, el consumidos encuentra aquello que necesita y el mercado se lo pone ante sus narices de la forma más atractiva posible. Se trata, habitualmente, de espacios geopolíticos o continentales. El nuestro, es, sin duda, la Unión Europea. A corto plazo, todo lo que proceda de fuera de la Unión dejará de ser, económicamente, atractivo. La cuestión es, si para entonces, todavía seguirán existiendo plantas de producción de manufacturas en la Unión o si el delirio globalizador las habrá trasladado a los lugares más apartados e inhóspitos del planeta.

El fracaso de la especialización

Lo que en 1989 se esperaba que se produjera, es decir, la especialización de los países en determinadas áreas de producción, no se ha efectuado. Una sola zona geográfica, Asia y el Sudeste Asiático, polariza cada vez más la producción de bienes. De la misma forma que en el último tercio del siglo XIX, todos los buscadores de oro, convergieron en California, en la actualidad todos los “buscavidas” económicos han ido a parar al Sudeste Asiático y a China.

Cuando se produjo la Segunda Guerra del Golfo (1989), un humorista norteamericano bromeaba: “Hemos destruido las fábricas iraníes, hemos paralizado la producción industrial, hemos deshecho carreteras e infraestructuras... ahora ellos ya están como los EEUU”. Detrás del chiste lo que existía era la percepción de las dimensiones de un gigantesco drama: dado que en el Primer Mundo, la producción se realiza atendiendo a unos mínimos criterios sociales (salario que abra las posibilidades del consumo para las clases trabajadoras), seguridad social, derechos sindicales, etc., la producción se ha encarecido; pero todos estos criterios están ausentes en Asia: ni sindicalización, ni salarios que permitan algo más que sobrevivir, ni seguridad social. En tales condiciones, Europa no puede competir con Asia; para que exista competencia debe existir, como mínimo, una cierta igualdad en las condiciones de producción.

El drama estriba en que el Primer Mundo ha remitido sectores enteros de la producción hacia el Tercer Mundo, atraído por lo barato del trabajo y la proximidad a las materias primas. Esto ha provocado un proceso de desertización industrial, particularmente en algunas zonas de la Europa Mediterránea. De manera general, el Primer Mundo ha ido trasladando industria al Tercer Mundo, y se ha ido convirtiendo progresivamente sus economías en economías de servicios, no de producción. En los próximos años, se va a experimentar la irresponsabilidad de creer en quimeras absurdas.

La “nivelación mundial”

Durante una década y media subyacía la idea de que el proceso seguido por Europa desde la primera revolución industrial, se repetiría fatalmente en todo el Tercer Mundo. Se nos sugería que las economías chinas, los “dragones asiáticos” obligaban a sus ciudadanos a aceptar infames cadencias de trabajo a cambio de salarios de miseria, pero que, eso mismo, había ocurrido en toda Europa en el siglo XIX. A medida que fueran avanzando las sociedades orientales, se alcanzaría, paulatinamente, el mismo nivel de vida que en Occidente y, por tanto, se produciría un alza salarial generalizada, la aceptación de los derechos laborales y sindicales y la transformación del productor alienado en consumidor integrado. Pero estas afirmaciones carecían completamente de fundamento.

En la figura de algunos industriales europeos del siglo XIX se percibe una talla moral que está ausente en los consejos de administración de las sociedades anónimas de Asia. Cuando los hijos del Conde de Güell, cedieron tiras de su piel para salvar la pierna de uno de sus jóvenes obreros que había caído en una pica de ácido y corría el riesgo de amputación, no estaban realizando demagogia social o populismo (la anestesia todavía no existía y una operación de este tipo consistía, ni más ni menos, que en arrancar en vivo, tiras de piel de 35 cm. de largo por 5-7 cm. de ancho; no era, desde luego, un plato de gusto). La misma idea de las “colonias industriales” era una mezcla de interés (en las colonias resultaba más difícil realizar propaganda sindicalista) y conciencia social (se procuraba que los trabajadores tuvieran una vivienda digna para ellos y para sus familias, economato, lugares de distracción y formación cultural, escuelas, etc.).

La “nivelación mundial” sería una realidad si en otros lugares del planeta se dieran las mismas circunstancias que se dieron en la Europa del siglo XIX y que permitieron la formación de una burguesía y de un proletariado estable que trabajaba por un salario que iba algo más allá de garantizarle la mera subsistencia. El mandarinato, el caciquismo tribal, siguen estando presentes en determinados grupos étnicos y hacen muy difícil sino imposible, que sigan una evolución similar al capitalismo europeo del siglo XIX. De hecho, en los países árabes, todavía no ha sido posible la formación de una burguesía media que suponga un colchón con densidad suficiente como para asentar un sistema democrático estable. En los países andinos, esta burguesía está, así mismo, ausente.

Hoy sabemos que no todos los grupos étnicos se habitúan con tanta facilidad al sistema de producción liberal. Las poblaciones andinas, africanas y asiáticas, encajan mal con un sistema que, en el fondo, es un juego de pesos y contrapesos. La apatía de poblaciones andinas lleva a su falta de competitividad y a seguir un proceso de autovictimimación del que Evo Morales es, sin duda, su quintaesencia. El sistema teológico-integral del Islam se ha convertido en un factor de atraso y de esclerosis de las sociedades árabes y ha terminado confirmándose como inasimilable en el interior de sociedades europeas. En todo el mundo, la desigualdad entre las aptitudes de tal o cual grupo étnico se ha puesto de manifiesto y hoy resulta inapelable.

El problema no es que las sociedades asiáticas, árabes, subsaharianas o andinas, puedan evolucionar hacia un liberalismo, más o menos, estable –que no podrán-, sino si los tres lustros de globalización intensiva, no supondrán un mazazo para el estado del bienestar europeo. De hecho, lo que ha ocurrido en ese período en Europa es un proceso similar al que tiene lugar en el Tercer Mundo: los ricos detentan cada vez más capital, mientras que los pobres están cada vez más hundidos en la miseria. En este sentido, la globalización si ha sido un fenómeno mundial, ha perjudicado a los más y ha beneficiado a una ínfima minoría.

Pero el proceso ha terminado. La carestía de petróleo se ha puesto de manifiesto con toda su brutalidad. Países enteros, compañías multinacionales, habían exagerado las reservas de petróleo en su poder. Con ello, unos obtenían créditos del Banco Mundial, del Banco para el Desarrollo o del FMI, mientras que las petroleras mantenían y subían sus cotizaciones en bolsa. De repente, durante la segunda mitad de 2005, han ido cayendo muchos mitos. En primer lugar se ha evidenciado que la demanda de petróleo supera a la oferta y que ya no basta con aumentar el flujo diario de barriles: los pozos que se descubren ya no pueden superar en producción a los que se han agotado. Se ha alcanzado el punto de inflexión mucho antes de lo previsto. Hoy 12 de febrero, se ha sabido que REPSOL exageró las reservas en su poder para mantener la cotización de sus acciones y demostrar una salud financiera que no era tal.

La era del petróleo barato ha concluido. La globalización también. Sólo la llorarán los que han sido sus beneficiarios: una ínfima minoría de privilegiados.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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