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Infokrisis.- Presentamos este dossier sobre las distintas escuelas de la guerra moderna, desarrolladas desde Clausewitz hasta Tofler (las guerras de la Tercera Ola). Se trata de un trabajo en el que se citan distintos movimientos y teóricos que, por limitaciones de espacio y, por la naturaleza introductiva de este dossier, no ha sido posible profundizar en su pensamiento. Animamos a nuestros lectores a que consideren este trabajo como una orientación sobre un tema en el que los interesados pueden profundizar por su cuenta.

Sumario del Dossier:
La larga marcha hacia una teoría de la guerra moderna
1. Clausewitz: la guerra como hecho político
2. Ludendorff: la guerra guía a la política
3. Mao como continuador de Ludendorff
4. Guerrilla urbana y guerrilla rural. Geopolítica.
5. La guerra imposible o la guerra nuclear. Beaufré
6. Las guerras de la Tercera Ola, o las guerras limpias



1. Clausewitz: la guerra como hecho político
En 1793, un adolescente de apenas trece años, participa como abanderado en el cerco de Maguncia y en las operaciones del ejército prusiano en los Vosgos. Frente a él tiene a un adversario peligroso, Napoleón Bonaparte, pero él, también dará mucho que hablar. Su nombre es Carl von Clausewitz. A los dieciséis años, cuando los adolescentes actuales se obstinan en seguir siéndolo, Clausewitz había participado en dos campañas. Entre batalla y batalla, leía las biografías de Federico el Grande y estudiaba los movimientos de Napoleón, intentando entrever su estrategia y sus objetivos.
En 1801 ingresa en la Escuela de Cadetes de Berlín y dos años después pasa a ser Ayudante de Campo del Príncipe Augusto de Prusia. En 1806 participa en las batallas de Jena y Auerstedt que supondrán nuevas victorias para Napoleón. Tomado preso junto al Príncipe Augusto pasa un año en Francia como prisionero de guerra. En el cautiverio seguirá estudiando estrategia militar.
Su preparación era tal que, al ser puesto en libertad, nadie dudó de que su destino más adecuado era el de profesor de la Academia de Guerra. Sin embargo, la campaña de Napoleón contra Rusia le convence de que si quiere aprender algo del Gran Corso, deberá, una vez más, enfrentarse a él. Así pues, con la autorización de sus superiores, se da de baja en el ejército prusiano y se incorpora a las fuerzas rusas. Una vez más experimenta la exaltación de la batalla en los choques de Vitebsk, Smolesk y Borodino. Luego, pasa al Estado Mayor de Blücher como enlace del ejército ruso. De nuevo bajo pabellón prusiano, participa en 1815, en la campaña decisiva contra Napoleón. Ostenta el grado de coronel y participa en la batalla de Ligny. Allí, el propio Blücher, carga al frente de la caballería prusiana y logra limitar el alcance de la derrota. Inmediatamente tiene lugar el choque de Waterloo, decidido con la irrupción de la caballería prusiana en el campo de batalla, justo cuando las tropas napoleónicas están agotadas por las horas de combate.
Acabadas las guerras napoleónicas, Clausewitz es nombrado director de la Escuela de Guerra. Y es, a partir de ese momento, y en el curso de los doce años siguientes, cuando reúne los apuntes que ha ido tomando desde que era un modesto abanderado en los Vosgos, hasta su cautiverio en Francia y hasta la carga de Blücher en Waterloo. De sus reflexiones surge su obra: “De la guerra” que aun hoy se estudia en las academias militares de todo el mundo. En su testamento, por algún motivo que desconocemos, impuso que su obra no se publicara hasta que hubiera fallecido. En la Introducción, decía que aspiraba a escribir un libro que no fuera olvidado al cabo de dos o tres años. Lo consiguió. El 16 de noviembre de 1831, fallece en Breslau. Su esposa, cumpliendo el testamento, publica el libro al año siguiente.
La obra está compuesta por siete partes (o “libros”), algunas de las cuales han sido superadas, otras conservan toda su vigencia y las últimas no pudieron pasar del estado de esbozo. Tal como el General Alberto Marini recuerda: “sus capítulos referentes al combate o a la organización, hace años que han pasado a la historia. En cambio, los que hablan de la naturaleza de la guerra, de su teoría y de los factores morales han de perdurar, quizás, por muchos años”. En realidad, con Clausewitz se inicia la teoría moderna de la guerra.
Para Clausewitz era imposible aislar a la guerra de aquello que la había hecho posible, la política. Detrás de la guerra siempre hay un acto político, una decisión política, una intencionalidad política. La guerra es pues, un instrumento de la política, de ahí que, en un momento dado, Clausewitz escriba con ciertos vuelos literarios: “La guerra es continuación de la política por otros medios”. Lo que implica que la guerra excede la capacidad de decisión del estamento militar y su conducción no es exclusivamente militar, sino político-militar, por éste orden: política primero, milicia después. De lo que se trataba es que, cuando el poder político decidiera iniciar un conflicto, tuviera muy claro qué fin perseguía y cuál era el objetivo. Solamente así podían enunciarse una estrategia correcta. Esa estrategia, iniciadas las hostilidades, solo puede tender al aniquilamiento del ejército adversario.
En una vida como la de Clausewitz, testigo directo de las campañas napoleónicas, el hecho de la batalla debía revestir una importancia principal. Napoleón buscaba de manera obsesiva el enfrentamiento contra el grueso del ejército enemigo. Aceptar o rechazar la batalla eran para él los elementos clave que podían decidir el porvenir de un Estado. Se mostraba partidario de iniciar las hostilidades inmediatamente se hubiera producido la declaración de guerra. Contrariamente a lo que pueda suponerse, y a pesar de algunos de sus intérpretes, Clausewitz consideraba que la mejor forma de combatir era a la defensiva: “Es más fácil conservar que adquirir (...) La defensiva es más fácil que el ataque”. Militar que conocía de primera mano los horrores de la guerra, no terminaba de ponerse en la mentalidad del agresor, de ahí que la “guerra perfecta” para él fuera aquella en la que se respondía a un agresor, conteniéndolo primero (ejercitando el arte de la defensa), para luego asestar el contragolpe ofensivo.
Es el primer teórico militar en concebir la importancia de las “fuerzas morales” para una buena conducción de las operaciones bélicas. La motivación del soldado y de la retaguardia, la unión de la sociedad civil con la militar, y de toda la nación en torno a la iniciativa bélica, son, como mínimo, tan importantes, como el material utilizado o una conducción correcta de las operaciones. Algo más de un siglo después, el General Ludendorff dará un nuevo paso al frente con una orientación hasta cierto punto diferente.
2. Ludendorff: la guerra guía a la política
Estaba junto a Hitler el día del golpe de Munich, en 1923 y milagrosamente atravesó con su casco de acero puntiagudo, la línea de policías cuando éstos disparaban contra el cortejo de golpistas. Seguramente, los policías habían reconocido al que fuera Burgomaestre General durante el tiempo de guerra y le ahorraron las balas que mataron al guardaespaldas de Hitler y a otros siete nacionalsocialistas.
Los escritos de Clausewitz llevaron al ejército prusiano a la victoria contra Dinamarca en 1864 y contra Austria dos años después y en 1870, esa misma filosofía precipitó la victoria de Sedán y la capitulación del Segundo Imperio francés. Así mismo, las primeras victorias hitlerianas fueron la cristalización de las reflexiones de Ludendorff.
Al igual que Clausewitz, Ludendorff conocía el fuego enemigo y la exaltación de los combates. A sus 49 años, es el primer soldado alemán que penetra en la fortaleza de Lieja en agosto de 1914, acción a la que debió el grado de General de División. Pero donde alcanza laureles de héroe mítico es en la batalla de Tannenberg contra el ejército ruso. Allí sirve como Jefe de Estado Mayor del VIII Ejército con el Mariscal Hindemburg. El 22 de agosto, a raíz de esta victoria es nombrado jefe del Estado Mayor. Cuando, tras la ofensiva de 1918, ve como sus tropas se estrellan ante las trincheras francesas, recomiendo negociar una paz honrosa con los aliados. En noviembre se produjo el hundimiento del frente alemán y el inicio de las negociaciones que llevaron al Tratado de Versalles. Se refugia en Suecia, y luego regresa colaborando con Hitler en el golpe de Munich. Fracasada la intentona, con Hitler en la cárcel, elabora lo que sería la doctrina militar del III Reich cuya eficacia, como veremos, se demostró incluso en las horas de la derrota. Porque si los bombardeos de terror aliados, si las impresionantes masas blindadas soviéticas, no fueron suficientes como para lograr la rendición alemana y acortar la resistencia, se debió en buena medida a los escritos de Luddendorf y en particular en su libro “La Guerra Total”.
Siguiendo el camino trazado por Clausewitz, redondea el concepto de “fuerzas morales de la nación” que éste había tratado someramente. Ludendorff crea el concepto de “cohesión anímica del pueblo”, título que recibe el Capítulo II de su obra. Su análisis es más significativo que exacto. Resintiéndose de las ideas de su esposa, fanática fundadora de una corriente neopagana y odinista, sostendrá que la raza germánica está amenazado por dos peligros: el judaísmo y la Iglesia Católica Romana. Pero aquí no nos interesa lo fantasioso de sus análisis sociológicos, sino el hecho de que éstos le permiten afirmar que la guerra tiene como finalidad asegurar la defensa y protección de la comunidad nacional –de la raza- y es, en definitiva, la expresión de la vida de esa misma comunidad. De ahí deduce –a diferencia de Clausewitz- que la política debe servir a la guerra.
El Estado tiene como fin asegurar la supervivencia de la raza. Esa defensa no puede fiarse solamente a las palabras, las buenas intenciones y la diplomacia; la columna central de esa intención son las fuerzas armadas. La historia demuestra que, habitualmente, la salvaguardia de la seguridad de las naciones y de su espacio vital, se realiza mediante la guerra. Por tanto, no es la política sino la guerra quien tiene la prioridad. El militar trabaja con un cerebro estructurado en categorías, jerarquías, conceptos como fin, objetivo, estrategia, táctica, geopolítica; su característica es la permanencia, a diferencia de los políticos que se van sucediendo en el ejercicio del poder. Ellos, los militares, son los únicos capaces de establecer pautas estables para el mantenimiento de la seguridad nacional y, lo que es más importante, llevarlas a la práctica: la milicia es, pues, superior y anterior a la política; sin milicia no hay posibilidad de supervivencia de la entidad nacional, ni del pueblo, por tanto no hay posibilidades de política. A la inversa, el hecho de que el Estado Prusiano, se creara en torno a la Orden de los Caballeros Teutónicos y que los principales promotores de la unidad alemana, fueran militares de carrera, encabezados por Bismarck, parecen dar la razón a Ludendorff, un hombre que odiaba, más a los políticos que a la política.
Ludendorff se mueve con conceptos políticos y sociológicos muy primarios, pero, no por ello, erróneos. Considera que la comunidad nacional y la “raza”, son superiores a los individuos que las componen. Lo colectivo es anterior y superior a cada uno de los átomos que lo constituyen. En ciento sentido, es un materialista biológico, a pesar de que la influencia de su esposa, enmascarase esa tendencia tras el ropaje de un vago espiritualismo paganizante. “Lo biológico es superior a lo trascendente”, tal como explica uno de sus comentaristas, el general Alberto Marini.
Si la función del Estado es asegurar la subsistencia de la comunidad nacional, para lograr tal fin, deberá existir una identificación muy estrecha entre fuerzas armadas y pueblo. No se trata solamente de que los militares defiendan al pueblo, sino de que constituyan un verdadero “ejército popular” (que Hitler se encargó de traducir en las SA y en las SS, verdaderos “soldados políticos” como los definidos por Ludendorff). Estudió la rapidez con que las fuerzas francesas fueron derrotadas en la campaña de Sedán y aísla el hecho de que las tropas alemanas fueron ayudadas por francotiradores y por un amplio movimiento popular pro alemán en Alsacia y Lorena, lo que, en buen a medida, dio a la lucha el carácter de una guerra popular. Esto le lleva a afirmar que para que las operaciones bélicas lleguen a buen puerto es preciso que la totalidad de la población se comprometa en el esfuerzo bélico.
La esencia de la guerra total se resume así: se trata de una guerra popular en la que está comprometida la totalidad de la población por que, es una guerra realizada para su defensa y para su supervivencia. Solamente la información y la propaganda serán capaces de asegurar la cohesión de la comunidad en torno a los fines de la guerra: “derrotar al enemigo para salvar al pueblo”. Ludendorff es el primero en atribuir a la propaganda y a la información el valor que se les reconoce hoy. Los pueblos, en la concepción de Ludendorff se agrupan en torno a sus ejércitos. La propaganda deberá afianzar la unidad entre el pueblo y el ejército. Mao, a principios de los años 30, empezaba a pensar justo lo mismo.
3. Mao como continuador de Ludendorff
La gran obsesión de Ludendorff que acompañó a todas sus teorías sobre la Guerra Total era el “despertar racial de la Nación”, tarea que correspondía estimular a los dirigentes para lograr que, verdaderamente, la guerra fuera “popular”. Adolfo Hitler interpretó esta teoría, la incorporó al patrimonio ideológico de su partido y entregó al gran genio de la propaganda moderna, su ministro Josep Goebels la tarea de transmitirla a la población. Goebels cumplió eficazmente con su tarea consiguiendo que la inmensa mayoría del pueblo alemán –los conspiradores del 20 de junio de 1944 fueron una exigua minoría, frecuentemente heteróclita y completamente alejada de la población- logrando que hasta el último momento, abril de 1945, la población sostuviera las ofensivas, luego soportara los bombardeos de terror aliados y, finalmente, la invasión y la destrucción completa del país.
Pero, en el otro extremo del mundo, Mao Tse Tung, heredero de Lenin y Trotsky, adaptó otro modelo de “guerra popular”. En efecto, Mao exaspera el concepto de “guerra total” de Ludendorff, sólo que allí donde éste habla del “despertar racial”, Mao alude a la “liberación de los campesinos”. Cuando Ludendorff atribuye la responsabilidad de la decadencia alemana a judíos, comunistas, masones y católicos, Mao alude solo a la oligarquía terrateniente y al Kuomintang. La diferencia entre ambas concepciones de la campaña estriba en que, mientras Ludendorff pensaba en campañas de corta duración, Mao, por las circunstancias en las que se vio envuelto, alude a la “guerra popular prolongada” que sigue a una “insurrección armada de masas”. Finalmente, para ambos teóricos, la guerra es un hecho político-militar.
En 1921, cuatro años después del inicio de la revolución rusa, Mao había fundado en Hunan el Partido Comunista Chino. Tres años después, fundaba la Academia Militar de Wampos y fraguaba una alianza con el movimiento democrático burgués del Kuomintang. En ese momento su figura ya era conocida en toda China. Esta alianza se rompe a los pocos años y en 1930, el Kuomintang inicia la primera campaña militar contra los reductos comunistas, en lo que Chang Kai Check llamó “primera campaña para la supresión de bandidos”. Hay que decir que el nombre no era del todo erróneo; de hecho, Mao aprovechó el formidable potencial de violencia y de conocimiento del terreno de las numerosas sociedades de bandidos que proliferaban por la sociedad rural china. Pero la ofensiva del Kuomintang fracasa y el ejército puesto en pie por Chang Kai Check se diluye como un azucarillo: le faltaba entrenamiento, convicción y decisión para entrar en combate, algo que sobraba en el ejército rojo de Mao. La segunda campaña iniciada el año siguiente, resulta igualmente victoriosa para Mao. En la tercera campaña, iniciada inmediatamente después, Chang ha cambiado de táctica: si hasta entonces había realizado ataques clásicos que eran respondidos con la estrategia de concentración-dispersión de Mao, ahora se limitará a realizar raids de castigo, rápidos y extremadamente violentos, contra las zonas controladas por los comunistas. Pero Mao utiliza en esta ocasión la táctica de la dispersión, la penetración en el territorio enemigo, el ataque contra sus almacenes y suministros y, aprovecha el que Chang ha penetrado en un territorio en el que carece del apoyo de la población. Pero, al año siguiente, Mao decide lanzar una ofensiva contra el ejército nacionalista. Fracasa: ha salido de su territorio, ha penetrado en zonas en los que no ha realizado campañas de agitación y propaganda sobre los campesinos, carece de suministros y el hambre termina por hacer imposible el continuar la ofensiva. La siguiente campaña iniciada por Mao contra la ciudad de Nankin, termina, así mismo, en fracaso. Los nacionalistas cuentan ahora con asesores alemanes, mejor preparados y que comparten la doctrina de Clausewitz: la defensa es más fácil que el ataque; les basta simplemente con optimizar las defensas de la ciudad y entrenar intensivamente a las tropas. El desastre maoísta es total.
De estas dos campañas, Mao extrae una conclusión: el “ejército popular” debe moverse como el pez en el agua. El agua es la población. Si el apoyo de la población, falla, el pez se ahoga; si ese apoyo se mantiene, quien se asfixia es el adversario que ha penetrado en un territorio hostil y cuyas características desconoce más allá de los mapas. Su conclusión final es que una ofensiva, solamente puede culminar en victoria, si el atacante cuenta con el apoyo de la población de las zonas atacadas.
A partir de ese momento, Mao percibe que ha perdido, momentáneamente, la partida. Las dos últimas ofensivas le han debilitado tanto, que debe huir a sus “santuarios” en el norte del país. Adopta una estrategia de retirada estratégica en lo que, la historia ha conocido como “La Larga Marcha”, no hacia el poder, sino hacia sus propias bases geográficas. En año y medio, las tropas de Mao en retirada, recorrieron casi 10.000 kilómetros a pie, alternaron las marchas, con los ataques rápidos y por sorpresa, la liquidación de las vanguardias enemigas que cometían errores tácticos y la huida favorecida por guías locales con perfecto conocimiento del terreno. Cuando está en condiciones de reemprender la ofensiva, tras el final de la II Guerra Mundial, todavía tardará cuatro años en proclamar la República Popular. Es 1949.
En su libro “Guerra de Guerrillas” y en sus “Escrito Militares”, Mao realiza un pormenorizado estudio de estas campañas y de sus concepciones militares. Su lectura deja percibir que Mao tenía una sólida formación en las tradiciones chinas del pasado. Ha leído a Sun Tzu y su “Arte de la Guerra”. Sabe por él, que de la conducción de las operaciones bélicas depende el futuro de la población y de su proyecto político. Antes de abordar una guerra o de emprender una campaña, Sun Tzu recuerda que es preciso meditar e investigar. Incluso de la derrota pueden extraerse enseñanzas positivas. Mao lo hizo y aconseja en sus escritos la práctica de la autocrítica constante y, casi, de manera obsesiva. No hay consejo de Sun Tzu, que Mao no haya tenido en cuenta en sus casi veinte años de guerra civil. Sun Tzu es para Mao el libro de referencia en la conducción de operaciones militares, mucho más, desde luego que los escritos de Trotsky sobre la guerra civil y la constitución del Ejército Rojo y de Lenin sobre la construcción del partido y el desarrollo del proceso revolucionario. Conocer al enemigo, no solo en su fuerza militar, sino en su sociología, en su población, en todos los detalle que podrían facilitar luego las tareas de agitación y propaganda, necesidad de establecimiento de un plan de acción incluso para las pequeñas patrullas, tácticas basadas en el engaño y las maniobras de diversión, los señuelos, la creación de falsos objetivos para el enemigo, la preservación de las propias fuerzas, desde el batallón hasta el soldado individual, la estrategia de alternancia entre dispersión y concentración, la preparación moral de las tropas, su mentalización de que en cada batalla o en cada choque, aparentemente intrascendente, se están jugando el futuro del Estado, de su causa y de su propio porvenir, ganar batallas obligando al enemigo a aceptar los combates en términos de inferioridad estratégica y rechazando aquellos combates en los que el enemigo tenga superioridad... todas estas ideas, tienen como centro la obra de Sun Tzu sobre “El Arte de la Guerra”. Mao, ha visto reforzada su convicción en la idoneidad de las tesis de Sun Tzu, gracias a los escritos de Clausewitz y Ludendorff. Pero Sun Tzu le ha ayudado en la elección de la estrategia.
Desdiciendo las tesis de Lenin sobre las condiciones objetivas para el estallido de una revolución comunista, Mao no cree en el papel central del proletariado en un país de estructura completamente agraria como China. En la teoría leninista, el campesinado es un mero apoyo colateral a las fuerzas proletarias, en la teoría del Mao, este papel se convierte en central. China, país de gigantesca extensión, fundamentalmente agrario, debe hacer del campesinado la clase objetivamente revolucionaria, por excelencia. El campesino, conoce su territorio como nadie: sabe cuales son sus pasos, dónde conseguir alimentos, cómo pasar al valle siguiente franqueando cadenas montañosas, conoce los problemas que sufren él y los campesinos de su región; el papel del campesinado es central en el proceso revolucionario chino.
Ahora bien, Mao tiene una teoría militar propia: la de la guerra de guerrillas. Es una teoría político-militar. Mao considera que en la guerra convencional se trata de conquistar un territorio geográfico, sin embargo en la guerra revolucionaria se trata de conquistar, primero el corazón de las poblaciones, mediante las tareas de agitación (difundir ideas simples entre el mayor número de miembros de la población), propaganda (difundir ideas complejas entre sectores concienciados de la población), y organización (incorporar nuevos elementos al partido revolucionario). Mao, siguiendo a Clausewitz se marca un “objetivo”: la conquista del poder, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar un fin, la transformación de la sociedad. Analizando el fenómeno del poder, Mao advierte que, el fracaso del Kuomintang radicó en que carecía, casi enteramente, del apoyo de la población. En esas condiciones era imposible contar con un ejército fiel, con iniciativa y con espíritu de lucha. Concluye que la conquista del poder, pasa por la conquista del pueblo.
4. Guerrilla urbana y guerrilla rural. Geopolítica.
La guerra de guerrillas, en la concepción maoísta solamente es útil en países como China, de gran concentración campesina. Cuando esta población llega al 70% es la única forma de acceder al poder. Esta estrategia fue válida en países como Vietnam, primero, durante la guerra contra los franceses (guerrillas, el Vietminh, que, en fases avanzadas del combate, cristalizan en un verdadero ejército, en esa ocasión, al mando del general Giap, con una estrategia inspirada por Ho Chi Min) y luego contra los norteamericanos (guerrillas clásicas, Vietcong, apoyadas por unidades regulares del ejército norvietnamita, infiltradas en el sur a través de la “ruta Ho Chi Min”).
Pero hay zonas en donde la población campesina tiene una proporción menor, o simplemente, está dispersa, o incluso está compuesta por etnias pacíficas y “tímidas” que, mentalmente, no están acondicionadas para el desarrollo de operaciones bélicas. Aquí, debería revisarse lo escrito por Ludendorff sobre el factor “racial”. No todos los grupos étnicos tienen las mismas cualidades para el combate. Desde el siglo XIX, la geopolítica ha establecido que existen potencias marítimas (fundamentalmente comerciales, plutocracias dirigidas por oligarquías económicas, como Atenas, Cartago, anteayer Inglaterra, y EEUU en la actualidad) y, sus adversarias, potencias terrestres (que atribuyen un papel fundamental al Estado, dirigidas por aristocracias guerreras, ayer Esparta y Roma, hasta hace poco Alemania y, más recientemente la URSS). Estas últimas consideran al ejército como la salvaguardia de su independencia y la garantía de su espacio vital; las potencias comerciales, utilizan a sus FFAA como punta de lanza para sus operaciones comerciales. Tres mil años de historia dan la razón a este planteamiento geopolítico: mar y tierra entran en contradicción, siempre, inevitablemente. Tal es el fundamento de cualquier análisis geopolítico y neohistórico.
Ahora bien, la geopolítica implica también el conocimiento de la realidad geográfica y sociológica de las poblaciones. Y esto es básico para la elección de una estrategia general. Mao eligió su “guerra de guerrillas”, tras constatar que lo esencial de la vida china de la época giraba en torno al campesinado y a las sociedades de bandidos. Unos años después, se sucedían revueltas campesinas en toda Iberoamérica y, especialmente, en el Caribe cristalizaban en la aparición de la guerrilla de Sierra Maestra. Sin embargo, en el movimiento castrista hay algo fundamentalmente diferente a la experiencia maoísta. La guerrilla rural, dirigida por Castro, Guevara, Camilo Cienfuegos, etc., pudo mitificar su actuación gracias a que la victoria final coronó su iniciativa, pero, a poco que se examine la historia de la revolución cubana se percibe que el movimiento estudiantil fue, como mínimo tan importante para el triunfo de la revolución. Digámoslo más claro: sin el hostigamiento en las ciudades, el débil movimiento perdido en Sierra Maestra, jamás habría estado en condiciones de descender al llano y ocupar las ciudades.
Por otra parte, en la zona de Marquetalia (Colombia), los núcleos armados rurales y mineros, se habían contentado con estabilizar un sistema de defensiva estratégica que tendía a asegurar los núcleos “liberados”, pero que no expandía a la guerrilla. En su análisis de estas experiencias, Regis Debray en “¿Revolución en la revolución?” ataca estas iniciativas de “autodefensa” y llega a la conclusión que cualquier núcleo guerrillero que renuncia a expandirse, por lo mismo, antes o después, resulta asfixiado.
En los años posteriores al ascenso del castrismo, se multiplicaron las experiencias guerrilleras en toda Iberoamérica, saldadas, regularmente, con el fracaso más absoluto. Cuando, en 1967, el Che Guevara es capturado y ejecutado en Bolivia, concluye el período en el que la experiencia de Sierra Maestra –inspirada, a su vez, por el maoísmo chino- parecía ser la panacea revolucionaria universal. Lo que se le había escapado al Che en Bolivia eran dos cosas: la primera, que la dispersión de los núcleos campesinos y la baja densidad de habitantes por kilómetro cuadrado, hacía imposible la formación de “columnas” guerrilleras; bastaba que unas pocas unidades regulares del ejército, salieran en persecución de la guerrilla, para que fuera extinguida con facilidad. El segundo olvido del Che fue también crucial; engañado por Castro, el Che creía que en Bolivia existía una situación pre-revolucionaria y, por tanto, olvidó la primera enseñanza de la guerra revolucionaria: antes de tomar las armas, es preciso una larga etapa de defensiva estratégica en la que la primera actividad del incipiente núcleo es realizar el ciclo “agitación – propaganda – organización”. Cuando llegó el Che a Bolivia, tras un corto período de adiestramiento de unos pocos castristas locales y de dos docenas de voluntarios cubanos atraídos por la paga, descuidó completamente el trabajo sobre la población. Ambos factores hicieron que al “pez” (la guerrilla), le faltara “agua” (el apoyo popular). En los tres meses anteriores a su captura, el Che y su menguada partida guerrillera no tenía otra tarea más que huir y huir. Así mismo, el Che pensaba que la consigna de “la tierra para el que la trabaja”, con la consiguiente reforma que daría a los campesinos la propiedad de la tierra, bastaría para que las poblaciones quechuas y aymaras se sumaran a la insurrección. Olvidaba, también aquí, dos factores: el primero es que el campesino boliviano era impenetrable, carecía de conciencia política, desconfiaba de los forasteros y, mucho más, si eran blancos o mestizos cubanos (como el Che y sus guerrilleros), por otra parte, en la década de los cincuenta, durante la presidencia de Víctor Paz Estensoro y del Movimiento Nacionalista Revolucionario, la reforma agraria ya se había realizado y el campesino boliviano era dueño de la tierra...
Estas enseñanzas estaban claras para quien era capaz de ejercer el arte de la observación, aun antes de la muerte del Che. Un intelectual de izquierdas (Abraham Guillén) y un hombre de acción (Carlos Marighela), reconocieron que, aunque la ortodoxia guerrillera, estableciera que el núcleo guerrillero, formado por fundamentalmente por campesinos, tenía como estrategia, sitiar la ciudad a través del campo, en algunos países con cierto nivel de desarrollo de las poblaciones urbanas, era necesario desarrollar un nuevo tipo de conflicto: la guerrilla urbana. La “selva del asfalto” es ideal para camuflar al guerrillero, las ciudades están hechas de escondites y trampas, tan difíciles de identificar (o más) que las que están en el campo. Si el 50% de la población de un país, estaba concentrada en las ciudades, no había más remedio que recurrir a la guerrilla urbana.
Por otra parte, la extrema-derecha argentina, ya había realizado algunas iniciativas de guerrilla urbana coronadas con éxitos relativos. A principios de los años sesenta, el Movimiento Nacionalista Revolucionario “Tacuara” y la Guardia Restauradora Nacional, habían cometido atentados anticomunistas y antisemitas, en ciudades, tardando en ser identificados. Pues bien, cuando se produjo la desarticulación de la “Tacuara” argentina, algunos miembros pasaron a la vecina República Oriental del Uruguay, tomando contacto con el grupo de Raúl Sendic. De ahí surgió el Movimiento Revolucionario “Tupamaros” inspirados en la doctrina de Abraham Guillén y en la experiencia armada de la “Tacuara”.
En el vecino Brasil, Carlos Marighela había escrito un pequeño opúsculo titulado “La guerrilla urbana”, editado en Cuba y que rivalizaba con “Guerra de guerrillas” del Che Guevara, como libro de texto entre la extrema-izquierda euro americana de los años sesenta. Marighela había fundado la Alianza Libertadora Nacional que realizó secuestros de embajadores acreditados en Brasil solicitando la liberación de sus presos (y, frecuentemente, obteniéndola). Marighela sistematizó sus experiencias y en su libro definió a la guerrilla urbana ideal: células prácticamente autónomas, arsenales y almacenes de explosivos independientes entre sí, cada grupo se provee de su propio armamento y prepara sus propias acciones siguiendo el principio de centralismo estratégico y autonomía táctica y, finalmente, recomendaba como táctica el “morder y huir”, propio de cualquier operación de guerrilla.
La ALN fue pronto desarticulada en Brasil y el propio Marighela resultó muerto, los “Tupamaros” pudieron mantener su trepidante ritmo de operaciones guerrilleras hasta 1973, cuando los militares que habían tomado el poder en Brasil, amenazaron con el “Plan 24 horas” si la guerrilla urbana conseguía llegar al poder en Uruguay. El plan consistía en la ocupación del país en apenas 24 horas. Esta amenaza, más psicológica que real, supuso el aislamiento del movimiento tupamaro y su extinción en pocos meses. El resto de iniciativas de guerrilla urbana se fueron extinguiendo, una tras otra, tanto en Iberoamérica como en Europa (Brigadas Rojas, Fracción del Ejército Rojo, GARI, GRAPO, ETA, IRA, etc.).
Cuando en 1980 tiene lugar la victoria sandinista en Nicaragua, los grupos guerrilleros centroamericanos parecen revitalizarse y la guerra civil se extiende por Guatemala, Salvador, Honduras, etc. Pero, una vez más, se trata de un espejismo: la situación nicaragüense es completamente diferente a la de los otros países; por lo demás, en Nicaragua, Carter optó por no apoyar a Somoza, mientras que en el resto de países centroamericanos, los EEUU, dirigidos por Reagan, apoyaron las tareas de contrainsurgencia. A principios de la década de los noventa, ya no quedaba nada de todas estas guerrillas e incluso los sandinistas habían sido apeados del poder por unas elecciones libres y democráticas.
Las cosas no habían ido mucho mejor en Colombia en donde desde 1983, los distintos grupos guerrilleros oscilaban entre pactar con el gobierno su desmovilización o bien mantener núcleos armados rurales cuya única misión era vivir del impuesto sobre el cultivo de la hoja de coca y custodiar cargamentos de cocaína de un lado a otro de la selva. La experiencia demuestra que cuando una guerrilla se enquista, tiende a convertirse en un núcleo de bandidos que luchan simplemente por su supervivencia personal.
Sin embargo, en otros países, la guerra de guerrillas ha demostrado ser la mejor opción estratégica. Tal es el caso de las distintas fases del conflicto afgano y, en la actualidad, de la resistencia antiamericana en Irak. Es importante destacar que, en ambos casos, los movimientos de resistencia se realizan fuera del marco ideológico marxista en el que hay que encuadrar las teorías guerrilleras de Mao, Ho-Chi-Min, Che Guevara, Guillén o Marighela. La guerra de Afganistán contra los soviéticos, la actual contra los norteamericanos y la de Irak, no terminaron el día en que los ejércitos de ocupación llegaron a Kabul o a Bagdad, sino que, justo en ese momento, empezó la verdadera confrontación. La brutal desproporción de fuerzas entre los talibanes y el ejército iraquí de un lado y los norteamericanos y sus aliados de otro, hacía imposible cualquier resistencia convencional organizada. Los bombardeos estratégicos y el lanzamiento continuado de cientos de misiles, y solamente la irrupción de masas de fuerzas blindadas cuando las defensas del país se dan como completamente quebradas, resuelve la primera fase de estos conflictos, pero la siguiente es la decisiva: se abre cuando el infante debe tomar posesión del territorio conquistado. La inaccesibilidad de los bombarderos estratosféricos o de las fragatas lanzamisiles situadas en alta mar, se convierte ahora en la vulnerabilidad del infante montando guardia en cualquier esquina y blanco fácil para un tirador de élite.
Para poder abrir una etapa de guerra de guerrillas en el contexto de una guerra de resistencia o de liberación nacional, solamente se precisa una exigencia: que la dirección guerrillera esté dispuesta a asumir el alto coste en vidas humanas de las operaciones. El Vietcong lo asumió y venció. Las guerrillas urbanas y rurales iberoamericanas y europeas, no lo estaban y, por eso mismo, han desaparecido.
5. La guerra imposible o la guerra nuclear. Beaufré
Se define a la guerrilla como la “guerra de la pulga”. En las antípodas está la guerra ABQ, atómica, bacteriológica y química. Entre 1954 y 1986 la doctrina de la “Destrucción Mutua Asegurada” constituyó la piedra angular de la doctrina de defensa americana y soviética. La idea era que, ante la perspectiva de los daños irreparables e incompatibles con la vida humana que podía provocar un ataque nuclear desencadenado por cualquiera de las dos partes, la guerra termonuclear se convertía en imposible. La paradoja consistía en que, a mayor armamento nuclear, se garantizaba una paz más estable.
Sin embargo, el teórico de esta doctrina no era ruso ni americano, sino francés, la tercera potencia nuclear en discordia, en general André Beaufré. Beaufré resume su doctrina de la disuasión nuclear en dos obras “Introducción a la Estrategia” y “Disuasión y Estrategia”. Quizás solamente un francés estaba en condiciones de exponer una teoría así. Francia, desde 1870, había ido de derrota en derrota hasta la victoria final. Las malas experiencias para las armas galas se iniciaron con la derrota del Sedán, prosiguieron en la I Guerra Mundial, cuando los alemanes estuvieron a las puertas de París y durante los cuatro años siguientes, la guerra de trinchera se realizó sobre suelo francés, prosiguió en la II Guerra Mundial con la derrota de mayo-junio de 1940, inapelable y total, finalizado el conflicto, perdió la guerra de Vietnam y luego la de Argelia. Era evidente que, tras tanta derrota, lo que existía en el seno del ejército francés era un déficit de teoría. Al carecer de modelo de conflicto, sus fuerzas no estaban preparadas para responder positivamente a ningún conflicto que estallara. Beaufré intentó superar este obstáculo ofreciendo una teoría que supuso el soporte doctrinal para la “force de frappe”, la pequeña e incipiente fuerza nuclear francesa.
Beaufré explica que el arma atómica introduce un elemento completamente nuevo hasta la fecha. La desproporción entre masa y energía. Mientras que antes de Hiroshima y Nagasaki se precisaba de una altísima concentración de fuego para conseguir la destrucción de una ciudad, a partir de ahora, para conseguir el mismo efecto bastaba con una bomba transportada por cualquier avión o por un misil. Un pequeño ejército, armado con tales armas, puede hacer frente a millones de hombres bien pertrechados con armas convencionales. La doctrina estratégica de Beaufré parte de las dimensiones reales de Francia ante las dos superpotencias, una dimensión pequeña, pero no desdeñable, que le permitiría jugar un papel estratégico fundamental en una situación de equilibrio de fuerzas. Beaufré no niega que Francia es aliada de EEUU, sólo que reivindica un papel de aliado independiente. Estima que Francia debe vender caro su papel de aliado, y escribe al respecto: “La única forma de que una fuerza nuclear independiente no sea peligrosa es tenerla como aliada”. La acción independiente debe completar la fuerza del aliado y desequilibrar al oponente. En cierto sentido, Beaufré escribe sus libros para que Norteamérica entienda el papel de Francia en la política mundial y sus veleidades de independencia política respecto a EEUU. Por lo demás, llama a la construcción de un sistema defensivo europeo en el que aspira a insertar esta línea independiente.
Beaufré es el primero en darse cuenta de que el arma atómica es la primera arma destinada a no ser utilizada, sino a generar una situación psicológica de amenaza. Escribe una frase famosa mil veces repetida: “La firmeza de Dulles, la ira y el zapato de Kruschev, la fría obstinación de De Gaulle, corresponden a ese juego psicológico cuya influencia puede superar todos los cálculos deducidos del factor material. En realidad, el elemento decisivo se asienta en esa voluntad de desencadenar el cataclismo. Hacer creer que se tiene esa voluntad es más importante que todo lo demás. Naturalmente que cada cual farolea ¿pero hasta qué punto?”. Y en otra de sus obras completa esta frase, añadiendo: “la disuasión era la resultante de una comparación desfavorable entre el riesgo y la apuesta. Matemáticamente, la disuasión comienza allí en donde el riesgo es superior a la apuesta”, o dicho en otras palabras, la Guerra Fría no se transformó en caliente gracias a que el equilibrio de fuerzas hacía que la relación entre la apuesta y el riesgo fueran inaceptables para los dos contendientes.
El arsenal mundial llegó a alcanzar los 12.000 megatones de poder explosivo, concentrados en 45.000 bombas. En 1979, la Oficina de Evaluación Tecnológica de los Estados Unidos estudió las consecuencias de un ataque soviético contra 250 ciudades norteamericanas en que se detonaran un total de 7.800 megatones. Se concluyó que las víctimas fatales serían entre 155.000.000 y 165.000.000 de norteamericanos, además de unas decenas de millones de heridos graves. Un ataque similar contra la Unión Soviética resultaría en 50.000.000 a 100.000.000 de muertes.
Un estudio diferente es el publicado en 1982 por la Real Academia Sueca de Ciencias. El estudio supone 4.970 bombas dirigidas contra ciudades (125 de ellas hacia el hemisferio sur), totalizando 1.941 megatones. Otros 700 megatones se dirigen contra refinerías de petróleo, plantas de energía eléctrica, industrias y pozos petroleros alejados de los centros poblados. Finalmente, 6.641 bombas con un rendimiento total de 3.100 megatones atacarían blancos militares, como aeropuertos, puertos navales, submarinos nucleares y mísiles balísticos intercontinentales. El resultado final de este escenario en que se detonan 5.741 megatones —apenas la mitad del arsenal total actual— es la muerte de 866.000.000 de seres humanos además de 280.000.000 de heridos que morirían a los pocos días debido a la imposibilidad de recibir ayuda médica. En total, algo más de 1.000 millones de víctimas fatales a causa de los efectos directos de las explosiones.
Las consecuencias físicas de un conflicto de este tipo serían devastadoras. Se lanzaría un total de 255.000.000 de toneladas de humo en pocas horas que, suspendido en la atmósfera, atenuaría la luz del Sol. Esto provocaría una bajada de la temperatura normal hasta 20°C bajo cero que se prolongarían durante tres meses. Otros análisis concluyen que la temperatura de la superficie del hemisferio sur bajaría unos 8°C a las pocas semanas y permanecería durante ocho meses unos cuatro grados bajo lo normal. El invierno nuclear se extendería sobre todo nuestro planeta. La capa de ozono se vería disminuida por la producción de óxidos de nitrógeno expulsados por la bola de fuego. En todas las zonas del hemisferio Norte incluido el ecuador, la radiación pasaría a ser 100 veces superior a la normal, mientras que en el hemisferio sur, a las pocas semanas se alcanzaría una radiactividad 80 veces superior. Las explosiones causarían cambios radicales en la climatología. Se iniciaría un invierno que duraría varios años. Las bajas temperaturas y la oscuridad ambiental destruirían la vegetación en el hemisferio norte (donde los efectos físicos serán mayores) y de las zonas tropicales, (menos resistentes a una disminución de la temperatura ambiental). Grandes cantidades de animales perecerían a causa del frío, escasez de agua fresca (estaría congelada) y la oscuridad. Cuando se disipara la oscuridad, los altos niveles de radiación ultravioleta causarían daño en las hojas de las plantas, debilitándolas aún más, y en la córnea del ojo de los animales causando ceguera generalizada. No habría recursos alimenticios para los vertebrados. Las aguas poco profundas se congelarían y la oscuridad destruiría el fotoplancton eliminando la base alimentaria de muchas especies marinas y de agua dulce. Los peces que sobrevivieran (una de las pocas fuentes alimentarias para los humanos), estarían contaminados por las sustancias radiactivas precipitadas en el agua.
No lograría sobrevivir a las explosiones más del 50% de la población mundial actual. Los supervivientes afrontarían la gran mortalidad provocada por epidemias a causa de la baja resistencia inmunológica y de la destrucción de la infraestructura sanitaria. Finalmente, la tensión psicológica por la experiencia vivida continuaría afectando gravemente a los sobrevivientes y a las generaciones futuras.
Ningún gobernante quiso ser recordado como el verdugo de la humanidad. La magnitud del posible desastre evitó su desencadenamiento, especialmente en los teatros principales -Europa, el territorio norteamericano y el soviético- pero no pudo evitar que durante toda la segunda mitad del siglo XX, las diferencias entre las superpotencias pasaran a ser dirimidas en teatros secundarios y a través de peones interpuestos. No chocaban EEUU y la URSS, sino Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, los montoneros y el gobierno uruguayo, UNITA y el MPLA, Israel y el Egipto de Náser, Nigeria y Biafra, etc.
6. Las guerras de la Tercera Ola, o las guerras limpias
Si Vietnam supuso un vuelco en las doctrinas militares tradicionales, la guerra del Golfo implicó, por vez primera, la aplicación a gran escala de nuevos sistemas de destrucción. Las lecciones fueron aprendidas y corregidas en los bombardeos sobre Yugoslavia de 1999. Desde entonces el diseño de nuevos armamentos y la elaboración de una doctrina de la guerra adaptada al siglo XXI, tienen ocupados a los laboratorios y a los estrategas de las superpotencias. Así será la guerra del mañana...
En 1967 el “Che” Guevara se había internado con un grupo guerrillero por el altiplano boliviano. Entre otras pertenencias llevaba un hornillo que le habían regalado los miembros del Vietcong durante su visita a los países comunistas de Asia dos años antes. Este hornillo tenía la particularidad de que la llama resultaba invisible para los observadores. El “Che” ignoraba que ese hornillo no desprendía llama pero sí calor, lo que permitió a la CIA localizarlo constantemente mediante detectores de infrarrojos... El cadáver del “Che” tendido en una mesa de la escuelita de Vallegrande supuso el fin de una era.
El “Che” no entendió que se enfrentaba a nuevas tecnologías bélicas. Y es que cada época histórica ha acarreado métodos de destrucción adaptados a la evolución científica del momento. La Primera Guerra Mundial hubiera sido imposible unas décadas antes cuando todavía no existía la producción en cadena y la industrialización: para que hubiera guerra de desgaste sin límite, debía de haber producción también sin límite. Luego, la Segunda Guerra Mundial demostró que para que fuera posible una guerra de movimientos y maniobras era preciso que, previamente, se desarrollaran los sistemas de mecanización aéreos y terrestres.
Dos mil quinientos años antes, la “falange” macedónica había demostrado ser la fuerza más eficaz en tiempos en los que solo podía contar con unidades de infantería, pequeñas pero muy bien conjuntadas y entrenadas; más tarde apareció la combinación de caballería pesada y fortificación que generaron el feudalismo; la ballesta y el arco utilizados masivamente en Agincourt dieron la victoria a los franceses sin necesidad del cuerpo a cuerpo, la caballería entró en crisis; dos siglos después, la combinación del barco y el cañón llevaron la guerra a los mares; en 1789, la revolución francesa instituyó las levas en masa y el servicio militar obligatorio que facilitaron la creación de ejércitos de masas. Luego siguieron las dos guerras mundiales hasta llegar a la guerra fría: guerra de trincheras, guerra de maniobras y Mando Aéreo Estratégico se sucedieron a lo largo del siglo XX como formas bélicas adaptadas a la realidad socio-productiva de cada momento. Pero todo esto es inútil en nuestros días.
La situación ideal buscada por cualquier estratega puede asimilarse a una partida de ajedrez en la que un jugador puede ver la totalidad de las piezas, mientras que el otro solo alcanza a contemplar las propias. La guerra del futuro ya no consistirá en invertir más capital, trabajo o tecnología en armamentos de destrucción masiva, sino en disponer de mayor información sobre el campo de batalla. Los mongoles mantuvieron el imperio más extenso jamás visto durante 100 años a pesar de que sus “hordas” fueron siempre menores en número. Su efectividad consistía en una red de jinetes que cubrían todo el imperio y que permitían tener un dominio absoluto de la información sobre el campo de batalla.
Ayer como hoy no basta con observar; hay que tener la capacidad de actuar, tal como el teórico de la guerra von Clausewitz había dicho: “El conocimiento debe transformarse en capacidad”. La sigla inglesa C3I da la clave de las necesidades militares de todos los tiempos: Dirección (command), Control, Comunicaciones e Inteligencia. Todos estos elementos, presentes en las hordas mogolas han sido rescatados para las nuevas estrategias militares del siglo XXI. Las guerras del futuro tienen un nombre: cyberwar y netwar.
La RAND Corporation, uno de los institutos de prospectiva más importantes de EEUU, han sido los primeros en teorizar sobre la “guerra cibernética”: “Con el término cyberwar –escriben en un dossier reservado- nos referimos a llevar a cabo operaciones militares de acuerdo con principios relacionados con la información. Esto supone desbaratar, cuando no destruir, los sistemas de información y comunicaciones [del adversario], entendidos ampliamente, abarcando incluso la cultura militar, sobre la que depende el adversario para saber sobre sí mismo: quien es, donde está, qué puede hacer por tanto, por qué está luchando, qué amenazas debe enfrentar en primer lugar”. En definitiva, se trata de “desequilibrar la balanza de información y el conocimiento a favor propio”.
La cyberwar no debe ser confundida con nociones recientes ya superadas como la guerra electrónica, robotizada, automatiza o computerizada que fue puesta en práctica masivamente en la “Guerra del Golfo”. Hoy es posible ir más allá. De hecho, desde 1990 la doctrina militar ha variado sensiblemente.
El creciente sentimiento antimilitarista que se vive en todo el mundo hace que los efectivos bélicos deban ser necesariamente menores que en décadas anteriores. Menores y mejor preparados para que puedan “golpear” (punch en inglés) sin inflacionar efectivos (paunch). Así pues los satélites espía, las redes de sensores, los modelos virtuales de los combates, pero también las comunicaciones, el transporte de tropas, deberán permitir que pequeñas unidades, excepcionalmente bien entrenadas y pertrechadas, sean dirigidas justo allí en donde pueden golpear más duramente al adversario en cada momento, anticipándose a sus movimientos, conociéndolos de antemano y desbaratando su capacidad ofensiva, sus comunicaciones y su red de alerta.
Todo esto se puso en práctica en la guerra de Kosovo. La estrategia norteamericana tendió, no tanto a destruir al ejército yugoslavo –a decir verdad, sólo fue dañada 1/20 parte de su armamento pesado- como la infraestructura de comunicaciones (civiles y militares), las estaciones de radar, las centrales distribuidoras de energía y los puertos de alerta y control aeronáutico. Por su parte, los yugoslavos, conscientes de su inferioridad, respondieron desplazando millón y medio de kosovares hacia las zonas de Albania desde las que podía partir un ataque terrestre. El resultado fue el bloqueo de las carreteras y zonas de acceso con cientos de miles de personas que deambulaban sin saber a donde creando problemas humanitarios y de logística. Ambas estrategias se revelaron dramáticamente eficaces y tenían un punto en común: el reconocimiento de los puntos fuertes y las debilidades propias y ajenas.
En la guerra de Kosovo, el comandante Arkan, jefe paramilitar serbio, organizó una central de contrainformación provista de una batería de 40 superordenadores de última generación que le permitió iniciar una “guerrilla informática” contra la OTAN que abarcaba desde el envío de virus informáticos y vulneración de los sistemas de seguridad informática de OTAN mediante el reclutamiento de hackers y crakers de todo el mundo, hasta difusión vía Internet de noticias y comunicados a particulares, medios de comunicación, instituciones y organizaciones, defendiendo la postura Yugoslava.
El resultado es un nuevo tipo de guerra –la netwar, la guerra-en-red- en el que la información se ha convertido en un recurso estratégico tan importante como lo fueron en la era industrial el capital y el trabajo. Nuevos teóricos y analistas del futuro sustentaron estas ideas.
La RAND Corporation afirma que “La guerra en red (netwar) consiste en un conflicto relacionado con la información a gran nivel, entre naciones o sociedades”. Implica dañar o modificar aquello que un grupo de población, tomado como objetivo, sabe o cree saber sobre sí mismo y el mundo. Este tipo de guerra puede concentrarse sobre la opinión pública en general, sobre un sector de la misma o sobre una élite concreta. En buena medida es una derivación moderna de la guerra psicológica. Cuando Radio Martí emite desde Miami mensajes anticastristas con destino a la isla, está practicando netwar. Pero también es posible que un grupo de narcotraficantes decida sabotear a través de un equipo mercenario de hackers las comunicaciones y la información reservada de las defensas de un país o de una agencia de seguridad.
También es posible que se desaten “guerras-en-red” entre actores no estatales: grupos políticos opuestos (extremistas de derechas contra radicales alternativos) o entre organizaciones terroristas y el Estado o entre determinados colectivos sociales (jóvenes ocupas y agencias de la propiedad inmobiliaria o ETT’s)... La netwar implica la existencia de grupos de afinidad, mayores o menores, que combaten al Estado o a otros grupos sociales, fundamentalmente vehiculizando los recursos propios de la guerra psicológica a través de Internet.
Como puede verse, todo esto implica una gran confusión y la redefinición de los términos: militar y no militar, público y privado, estatal y social. Muy frecuentemente, una netwar intentará evitar, desencadenar o arrastrar a terceros hacia una cyberwar. En el fondo las netwar serán equivalentes a las actuales “guerras de baja intensidad” que pueden desembocar en conflictos de “alta intensidad”.
Hacia principios de los años 80 Alvin Tofler lanzó su famoso libro “La Tercera Ola”. Tofler y su mujer, Heidi, en 1993 publicaron un artículo capital en Los Angeles Times, War and Anti-War: Survival at the Dawn of the 21st Century dando a conocer la “teoría de la guerra de la tercera ola”.
Al igual que la RAND Corporation, Tofler sostiene que la guerra es una extensión y un reflejo del sistema productivo de una sociedad. Por ello la guerra está subordinada al modo de producción de la sociedad. Identifica “tres olas” que implican tres momentos históricos y tres modos de producción:
- La primera ola que se inició en el 8000 a. de JC y abarcó hasta finales del XVII; se caracteriza por un modo de producción agrario. La forma de guerrear se basa en ejércitos cuya organización, equipo y liderazgo son deficientes. Solo son aptos para combatir en determinadas temporadas. Las órdenes se transmiten verbalmente, la paga es irregular, habitualmente en especies; los combates son cuerpo a cuerpo.
- La segunda ola se inicia a finales del siglo XVII y llega hasta principios de los años 80 del siglo XX. Es la era de la producción industrial. Los ejércitos en masa, utilizan armamentos estandarizados producidos en las líneas de montaje, traban guerras ilimitadas basadas en el desgaste. Los oficiales eran militares instruidos en academias militares que comunicaban sus órdenes por escrito. La ametralladora y las fuerzas mecanizadas ocasionaron la creación de tácticas totalmente nuevas. Con Clausewitz, la guerra dejó de ser una contienda entre dos gobernantes y se convirtió en una lucha entre pueblos unidos en torno a Estados-Nación. Esta forma de guerra alcanzó el punto culminante de su capacidad de destrucción masiva con la creación de las armas nucleares almacenadas por las superpotencias.
- La tercera ola, la actual, es la era del conocimiento y la información. La inviabilidad de la guerra nuclear y el nuevo estadio de la civilización –lo que Berzezinsky, fundador de la Comisión Trilateral, llamó “era tecnotrónica”- determinaron un nuevo tipo de economía (y consiguientemente, un nuevo tipo de guerra) regida por la información. Municiones guiadas por precisión, robots, tecnología no mortífera, armamento dirigido por energía, virus en las computadoras son algunos de los atributos de la guerra de la tercera ola.
Estas nuevas teorías bélicas fueron adoptadas por el General Gordon R. Sullivan, Jefe del Estado Mayor del Ejército USA. Sullivan expuso sus ideas sobre el “Ejército de la Era de la Información” en el Folleto 525-5 del Comando de Adiestramiento y Doctrina, titulado “Operaciones de la Fuerza XXI”. Sus ideas se coagularon en la MTR, siglas inglesas de “Revolución Tecnológico-Militar”.
¿En qué consiste la MTR? Este nuevo tipo de guerra requiere soldados de élite enrolados en ejércitos multinacionales muy reducidos que luchen aislados en un campo de batalla casi vacío. Para el coronel Pedro Rodríguez Martín, del Mando de Doctrina la Academia de Infantería de Toledo (MADOC), el combatiente tendrá dos misiones:

  • Enviar información. Mediante cámaras de vídeo, infrarrojas y sensores ambientales... se transmitirán datos de la batalla a los mandos.
  • Adquirir objetivos. El soldado tendrá fusiles con telémetros láser, GPS, brújula digital para dirigir los disparos de la artillería.

Además, la infantería se valdrá a menudo de armas no letales. Según Nick Lewer, del departamento de Estudios para la Paz de la Universidad de Bradford (Reino Unido), "estas armas no son nuevas, pero han crecido rápidamente gracias a las misiones de paz en zonas en conflicto".
Para manejar las nuevas armas ha sido necesario recurrir a las nuevas técnicas de realidad virtual. Hasta ahora se utilizaban únicamente para entrenar aviadores, sin embargo, en la actualidad, incluso los soldados de infantería y, por supuesto, las tropas mecanizadas, se entrenan en escenarios virtuales simulados a través de potentes ordenadores y un software extremadamente sofisticado capaz de reproducir todas las condiciones reales del combate.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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