Ejército y Sociedad (VII). La guerra según la etología

Publicado: Jueves, 15 de Diciembre de 2005 13:21 por Ernesto Milá en MILICIA
20051215132144-000mayo.jpg

Redacción.- Desde el punto de vista de la etología, ¿qué es la guerra? Lorenz la define como un conflicto que aparece como resultado de un episodio armado intergrupal en el que abundan los factores culturales: desconfiamos de todo aquello que no conocemos y mucho más de lo que conocemos y juzgamos que no es como “lo nuestro”. Los grandes conflictos entre países aparecen como una derivación del rechazo al foráneo, al forastero o al extranjero. O, en otros casos, como la manera en que una Nación amplía su espacio territorial para satisfacer la necesidad de “espacio vital”. De no tenerla, aparecerían los conflictos internos y las patologías sociales.
La experiencia histórica demuestra precisamente que la convivencia entre dos comunidades cultural, étnica, antropológica y religiosamente diferentes, es conflictiva y, antes o después, termina en conflicto “caliente” o en agresividad indisimulada. La educación puede atenuar, cubrir o retrasar el conflicto, pero, éste, fatalmente, antes o después, se evidencia dramáticamente. Frecuentemente, entran en juego otros factores, especialmente en los grandes conflictos internacionales (factores geopolíticos y neoeconómicos), pero todo ello indica que existen una serie de determinismos de todo tipo que impulsan a la agresividad y al conflicto.

Salvo entre el Islam, el mandato divino, difundido por los grandes legisladores míticos, incluye el mandamiento “no matarás”. Este mandamiento está presente entre los pueblos cazadores y, en el extremo, entre los caníbales. Salvo la alusión a la “guerra santa” en el Islam, que citamos en tanto que excepción, vanamente buscaríamos cartas blancas para matar, en no importa que marco geográfico o histórico. Se trata de un “mecanismo inhibitorio” de la agresividad. Pero no se trata de un gran hallazgo de la humanidad. Tales mecanismos inhibitorios están presentes en las especies animales. Cuando los lobos y los perros alimentan a sus crías en la boca lo que están haciendo crear un mecanismo de este tipo para evitar la agresividad “intraespecífica”. No hay nada original en el “no matarás”. En cuanto a la compasión (repugnancia del acto de matar a un congénere) también está presente en las especies animales, como pautas “pre-programadas”, sólo que en la especie humana se justifican teóricamente mediante el recurso a valores éticos. La racionalidad, marca la diferencia… una diferencia relativa. Pero la evolución y la conservación de las especies se realizan al margen de cualquier pauta ética o moral. La complejidad de las sociedades humanas, excede con mucho las pautas organizativas de cualquier sociedad animal, y, precisamente por ello, precisan de valores, leyes y tradiciones, pero en el poso de ambos tipos de sociedades existe el mismo trasfondo: el sustrato biológico común que los humanos podemos reconducir, educar, encarrilar, pero no negar. Tenemos todo el derecho a negar que un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno den como resultado agua; podemos incluso evitar que se produzca la fatal reacción, modificando las condiciones de presión y temperatura y, finalmente, podemos negar la realidad de los hechos, pero, jamás evitaremos que, antes o después, aparezca la fatal fórmula H2O.
Reconocer que la agresividad está en el interior de los genes –y que es bueno que esté por que, mientras siga presente, estaremos en condiciones de asegurar la supervivencia de la especie- es aceptar la realidad. Negarla, supone negar la evidencia. El pacifista tiene tendencia a guiarse por fantasías humanitaristas generadas por su imaginación visionaria y actúa a despecho de que la historia, la ciencia, la psicología, se empeñen en desmentir sus elucubraciones.

Lorenz sostenía que una pauta de comportamiento agresivo puede ritualizarse y, por eso mismo, perder completamente su significado original. Una de las formas de este tipo de comportamiento es el galanteo que realizan la mayoría de las especies antes del apareamiento. Cuando el ganso salvaje intenta conquistar a la hembra que ha elegido, realiza una danza particular. Lorenz observó que el ganso imitaba los movimientos agresivos realizados contra rivales imaginarios. Por su parte, la hembra respondía huyendo del macho, luego daba la vuelta y se situaba tras él. La hembra, con estos gestos, respondía positivamente a la propuesta de apareamiento del macho. Pero este gesto era el mismo que realizaba la hembra cuando ella y su pareja se enfrentaban a una pareja rival. En esos casos, la hembra cargaba contra los rivales, pero cuando se alejaba del macho –esto es, cuando perdía su protección- se asustaba, retrocedía y se situaba tras él, buscando, evidentemente, su protección. En los procesos de apareamiento, la hembra ritualizaba el complejo ataque-huida, es decir, reconducía la agresividad hacia la sexualidad.
Entre los humanos, procesos similares de ritualización de la agresividad y del instinto territorial son extremadamente frecuentes. Se mantienen cuando ayudan a la supervivencia. Las novatadas, por ejemplo, tal como hemos visto, pertenecen a este tipo de manifestaciones. Las formaciones militares y la marcha al paso, tienen también un sustrato susceptible de ser interpretado mediante la ritualización de la agresividad. Lorenz explica que el instinto gregario de algunas especies animales es una forma de reorientar la agresividad hacia el exterior e inhibirla hacia el interior. Resulta difícil no pensar en las formaciones militares: la unidad de combate romana, se aproximaba al enemigo, apretando sus filas y cubriéndose con los escudos; era imposible que las flechas penetraran entre la muralla de escudos colocados sobre sus cabezas y en su frente. La Guardia Imperial napoleónica, formaba un cuadrado erizado de fusiles y bayonetas en las situaciones de apuro. Harold el Sajón, resistió hasta la muerte del último de sus soldados y la suya propia cuando, superados por los normandos de Guillermo el Conquistador, se replegaron sobre sí mismos en el recinto fortificado de Hastings; y, finalmente, durante la conquista del Oeste, la mejor forma que tenían las caravanas de carretas para rechazar los ataques de los indígenas, consistía en situarse de forma circular, cerrar filas y constituir un apretado cinturón defensivo desde el que disparar al enemigo. De todo esto podemos extraer una ley universal: contra mayor es la presión exterior del ambiente, la mejor respuesta es aumentar la cohesión interior.

Eibl-Eibesfeldt afirma que existe una contrapartida a la agresividad que impide que los seres vivos se destruyan unos a otros en agresiones intraespecíficas. Se trata de la tendencia innata a la sociabilidad que se manifiesta mediante ritos y pulsiones vinculadoras, que inhiben la agresividad contra los individuos de la propia especie. En la fiesta del Pijiguao celebrada por los Waikas, del alto Orinoco, los guerreros de tribus que sellan una alianza, realizan danzas. La danza es agresiva, pero tras cada guerrero danza un niño. La intimidación y la conciliación están presentes en el rito. Esta modula a aquella, tal como ocurre en el interior de las especies biológicas.

La sociabilidad se forja a partir del momento mismo del nacimiento. Entre aves y primates, pero también entre algunas tribus primitivas, las madres dan alimento a sus crías previamente masticado por ellas mismas. Todo esto indica que la cultura y la educación no bastan para explicar el comportamiento humano, sino al revés, nuestros actos tienen motivaciones biológicas condicionadas por la memoria genética. La diferencia entre las sociedades animales y las humanas, radica en que las humanas tienen libertad para elegir entre permanecer fieles a su legado biológico o a elaborar sus propias normas de vida. Es significativo que muchas leyendas arcaicas aludan a una “caída” que supuso la desvinculación de una realidad superior y de un estado de felicidad originario. Es probable que esta “caída” aluda poéticamente al momento en que el ser humano intentó olvidar su instinto biológico que le daba la felicidad originaria y elaboró normas sociales. Y si esto es cierto, no cabe la menor duda de que la conflictividad que ha acompañado a la historia de la humanidad es hijo de esta “caída”.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisi@yahoo.es

Comentarios  Ir a formulario