Ejército y Sociedad (VI). Sobre el origen de la agresividad

Publicado: Jueves, 15 de Diciembre de 2005 13:20 por Ernesto Milá en MILICIA
20051215132038-000mayo.jpg

Redacción.- En 1967, Konrad Lorenz enunció su famosa teoría sobre la agresividad. Ésta, no sería más que un instinto natural del hombre, una herencia genética de nuestros antepasados simios. En aquella época vivíamos la orgía marxista. Quien aspiraba a un lugar bajo el sol intelectual, debía, necesariamente, hacer profesión de fe marxista, y mucho mejor, freudo-marxista. El pensamiento de Marx y Engels era un dogma entre la mayoría de la intelectualidad europea: quien no era marxista, no sólo no era intelectual, sino que, frecuentemente, era reaccionario y fascista. Un hijoputa ignorante, vaya. Sin embargo, el marxismo jamás estuvo en condiciones de interpretar tolo lo que no encajara con su esquema de lucha de clases, con el materialismo dialéctico y con su economicismo cargante. Si había violencia y agresividad era porque existía lucha de clases. Y no al revés, tal como demuestra la etología. No es raro que Lorenz y sus discípulos fueran atacados y denigrados por el stablishment cultural marxista.


En realidad, el marxismo y luego el progresismo, interpretaron mal –o quisieron entender mal- las palabras de los etólogos. En todas las especies animales, la agresividad es solamente una de las opciones a las que recurrir ante un conflicto. Existen otras muchas. Algunas variedades de primates evitan las peleas ofreciendo al adversario la posibilidad de compartir comida, o sencillamente ignorándolo. En el caso de que se llegue a situaciones de violencia, los primates son capaces de reconciliarse, abrazarse y besarse. Pero esto tiene también su base biológica: los rituales de pacificación limitan los conflictos sangrientos, preservan la cohesión de las manadas y eliminan la posibilidad de que luchas excesivas terminen por hacer peligrar la supervivencia de la especie. Hoy se sabe que entre los animales también existen “negociadores”, habitualmente los jefes de la manada o los más respetados por todos, que animan a los contendientes a superar sus conflictos.
Nuevas técnicas de investigación, como la resonancia magnética y la tomografía por emisión de positrones, han permitido identificar algunas de las regiones cerebrales en las que se producen las emociones. A partir de ahí se sabe que no todos los individuos son capaces de controlar su agresividad de la misma manera. Existen individuos predispuestos a la violencia y que no dudan en evidenciar su agresividad, más que cualquier otro. Hoy se sabe que estos individuos son necesarios en la sociedad: gracias a ellos, en momentos de crisis, la sociedad sabe a quién recurrir para su defensa. Disponer de un mayor potencial de agresividad no implica, necesariamente, demostrarlo, ni orientarlo hacia la delincuencia o la depredación. El ser humano tiene la capacidad de regular y encarrilar su violencia. Luego veremos que la “casta guerrera” es aquella en la que está más vivo el potencial de agresividad y, también por esto, es la que se somete a una disciplina y a un entrenamiento más duro para canalizarla.
Existen tres teorías sobre el origen de la agresividad. Nosotros nos adherimos a la primera, la teoría del origen instintivo, propugnada por Konrad Lorenz, Robert Ardrey, Desmond Morris, Anthony Storr y Niko Tinbergen. Para ellos la agresividad es o procede de un instinto innato. Para Lorenz es un impulso biológico filogenéticamente adquirido con miras a la adaptación; la conducta agresiva se explica como una forma de descarga de la tensión acumulada. Luego existe la teoría de la frustración-agresión, nacida en EEUU como respuesta a la anterior. Dollard y Millar (en Frustración y Agresión), se apoyan en Freud, para quien la agresión era un reflejo del impulso hacia la muerte (tanatos), pero la sustituyen por una correlación entre frustración y agresividad: la agresividad es el producto de una frustración. Esta teoría, que data de los años 30, está hoy completamente desacreditada: existe agresividad sin frustración; es más, en las especies animales, tal correlación está completamente ausente. Los perros deberían de ser extremadamente agresivos, cuando se sientan ante la mesa de su dueño, o de desconocidos y observan como éstos comen los alimentos que ellos desean y que no les serán dados. La frustración del perro ante el alimento no recibido no se traduce en agresividad contra su dueño. Por último, la teoría cultural, de carácter conductista, difundido por Bandura y Walters (Aprendizaje social de la conducta desviada) y Ashley Montagu (La naturaleza de la agresividad humana), considera la agresividad como una respuesta socialmente aprendida. Esta teoría goza de cierto crédito en la actualidad, si bien hace aguas por todas partes. Sirve de base para las teorías psicosociales de la agresividad aprendida por imitación. Reconoce que en la agresividad humana existe un poso biológico, pero afirma que la conducta humana no depende en última instancia de ella, sino que se moldea mediante el entorno cultural en el que se inserta. El caso es que siempre, antes o después, esa agresividad reaparece por mucho cuidado que una cultura concreta –la nuestra, por ejemplo- haya puesto en su desaparición. Incluso en el interior de grupos pacifistas existen disidencias, escisiones y conflictos internos que no son más que el reflejo de pulsiones de agresividad, incluso entre gente predispuestas a la defensa de la “paz”. Incluso, criterios, en principio razonables derivados de esta teoría, como el aumento de la agresividad entre los jóvenes derivado de la violencia televisiva o de la violencia en los videojuegos, está sujeta a caución, como hemos visto.
La agresividad no es más que un aspecto funcional de la evolución de la especie que, tanto en las especies animales, como en el ser humano, delimita y mantiene las jerarquías sociales, es un medio para conservar las pautas grupales (lo que en la comunidad humana sería la “tradición”) y aquel miembro de una tribu que no coopera con ella es atacado por los demás; sirve para delimitar un territorio sobre el que un individuo o una comunidad de esa especie, domina, es decir, define una conducta territorial; y, finalmente, en el terreno de la sexualidad, determina una especie de sistema eugenésico, mediante el cual crea un orden en la reproducción, asegurando la selección natural de la especie a través de las luchas por el apareamiento. Y todo esto, es común, como he dicho, tanto entre las especies animales, como entre el ser humano. Está claro que la educación humana atenúa y encarrila toda esta agresividad, la regula y la somete a reglas precisas, pero en absoluto la hace desaparecer.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Comentarios  Ir a formulario