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Redacción.- La etología apareció a finales del siglo XVIII de la mano de un guardabosques de Versalles, G.G. Leroy, a quien se le ocurrió describir la psicología animal en su libro La inteligencia y afectabilidad de los animales desde un punto de vista filosófico. Más tarde, Lamarck sostuvo que la adaptación de las especies era altamente tributario de ese impulso animal al que se había referido Leroy. En la segunda mitad del siglo XIX, Alfred Girad aludirá por primera vez a la “Etología” para describir sus investigaciones sobre la psicología animal. Pero sería el vienés, Konrad Lorenz, nacido con el siglo y apasionado por la naturaleza animal el que daría el verdadero impulso a esta rama de las ciencias naturles. Lorenz, estaba titulado en medicina, filosofía y zoología y a lo largo de su vida –recibió, finalmente, el Premio Nobel en 1971- demostró ser casi un sabio renacentista, interesado por todo y que siempre tenía algo que decir sobre las ciencias de la naturaleza; además, durante la II Guerra Mundial fue soldado en el frente del Este. Observando las reacciones de los soldados en los combates y de su cautiverio (permaneció dos años preso en Liberia), entendió que algunos elementos centrales de su etología, podían ayudar a entender ciertos procesos de lo humano. Sus dos grandes aportaciones a la etología fueron –además de su sistematización- el concepto de lo innato y el de agresividad.
Sobre lo innato cabe decir que, todas las especies biológicas, incluido el ser humano, disponen de un mensaje genético que condiciona su comportamiento y les obliga a reaccionar ante estímulos determinados. La mente humana no es un cuaderno en blanco, en donde la cultura, la educación y la experiencia van grabando ideas, sino que el ser humano lleva en sus genes instintos que le obligan a reaccionar de forma concreta. Muchos aspectos del comportamiento humano solamente pueden explicarse en función de su sustrato biológico.
Lorenz descubrió que el individuo llega al mundo con un bagaje de pautas y pasiones innatas, que derivan de la historia evolutiva de la especie. Hoy, esta teoría está demostrada experimentalmente. Aves recién nacidas que jamás han visto a especies enemigas, reaccionan ante ellas o ante algo que se les parezca. Otras aves consideran que su madre es el primer ser vivo que ven, sea de su misma especie o de cualquier otra. Lorenz cita el caso de las pavas que matan a cualquier animal que se encuentre en su nido. Y si son sordas y no oyen piar a sus propias crías, las llegan a matar también. ¿La conclusión? En los genes de las pavas, existe el impulso innato a matar a cualquier ser vivo que se encuentre próximo a sus crías. Solamente, sus propias crías inhiben su agresividad.
Uno de sus discípulos, Ireneäus Eibl- Eibesfeldt caminó por los mismos pasos que su maestro definiendo la guerra en términos etológicos, como “conflicto intergrupal armado”, modulación específicamente humana de la agresión intergrupal (entre grupos rivales) e intraespecífica (en el interior de un mismo grupo). Lorenz y Eibl- Eibesfeldt, negaban que la guerra fuera el resultado de un instinto bestial degenerado, verdadera forma de sadismo y necrofilia, tal como Erich Fromm había pretendido establecer. Desde el punto de vista de la ecología, la guerra define y redistribuye los territorios propiedad de los diversos grupos humanos. Es una técnica adaptativa practicada por la especie humana que, además, tiene una función de control y equilibrio demográfico. Eibl-Eibesfeldt escribe a propósito: «La guerra, en consecuencia, es un medio que sirve a los grupos para competir por la posesión de bienes de interés vital (tierra, riquezas del subsuelo). Se ha dicho también que sirve para mantener el equilibrio demográfico, pero éste es, sin ningún género de dudas, un efecto secundario. O para regular variables psíquicas (desahogo de tensiones psíquicas). En este punto se confunden los móviles individuales con las ventajas desde la perspectiva de la selección». Lorenz y Eibl-Eibesfeldt resultan extremadamente convincentes cuando explican que si la guerra fuera «contra-funcional» (si hiciera peligrar la existencia de la especie humana), habría sido eliminada por la presión de la selección natural. Pero esto no ha ocurrido. Es más, los tratados sobre la limitación de las armas nucleares, evidencian un cierto autocontrol de la capacidad destructiva de la humanidad. Lorenz escribe, a propósito: «O bien la guerra es nociva o bien es útil desde el punto de vista de la selección. Si la primera posibilidad se hubiera cumplido siempre, hace ya mucho tiempo que se habría organizado una contra-selección, extremo éste que, como demuestra la historia, no se ha dado».
De todas formas, Eibl-Eibesfeldt, señala que la irrupción de las armas de repetición rompió el equilibrio adaptativo al aumentar el número de bajas en los combates. Mientras estos eran, cuerpo a cuerpo, las guerras tenían un número limitado de muertes, pero a partir de la aparición de las armas de la “segunda ola” (siguiendo la gradación de Toffler), el número de muertos y mutilados se disparó. A partir de la aplicación de los criterios de “guerra total”, las bajas no se daban solamente entre los combatientes de primera línea, sino que aumentaban desmesuradamente entre la población civil. Ya volveremos a este tema más adelante. Eibl-Eibesfeldt y Robert Ardrey niegan que en su origen, la raza humana estuviera formada con pacíficos cazadores-recolectores rousseaunianos, sino por tribus armadas y organizadas que superaron a grupos peor armados y peor organizados. Cuando los antropólogos “pacifistas” responden que hoy existen grupos esquimales, bosquimanos, indígenas del Kalahari, kwakiult, etc, que no evidencian estos rasgos, sus respuestas son unánimes: se trata de grupos que parecen haber agotado sus posibilidades vitales, no evolucionan, sino que, más bien, se extinguen progresivamente...
Parece claro que fueron, precisamente, las armas, lo que posibilitó que en los albores de los tiempos, una raza físicamente débil en comparación con otros mamíferos depredadores, estuviera en condiciones de sobrevivir, se debió solamente a que su inteligencia y habilidad manual le permitió construir armas que no eran sino la prolongación de sus miembros y los mejoraban para combatir y sobrevivir. Las armas no son un accidente desagradable en la historia humana, son, precisamente, la herramienta gracias a la cual hoy seguimos vivos. Nacieron con el ser humano primitivo. El “buen salvaje” rousseauniano jamás existió más allá de las elucubraciones progresistas y pacifistas.
Agresividad y supervivencia
“El guerrero homérico que quiere rendirse y pide gracia, arroja su yelmo y su escudo, cae de rodillas e inclina la cerviz, acciones que manifiestamente facilitarían a su contrario el darle muerte, pero que, en realidad, dificultan semejante acción. Todavía hoy, en los gestos habituales de cortesía se descubren indicios simbólicos de semejantes gestos de sumisión: reverencias, quitarse el sombrero, presentar las armas en las ceremonias militares. Por lo demás, los gestos de sumisión de los guerreros griegos no parecen haber sido de extraordinaria efectividad; los héroes de Homero no se dejaban influir y por lo menos a este respecto, su corazón no era tan fácil de enternecer como el de los lobos. El cantor nos relata numerosos casos en los cuales el que pedía merced era muerto sin piedad -o a pesar de la piedad-. También la leyenda heroica germánica abunda en casos donde fallan los gestos de sumisión, y hay que esperar hasta la edad caballeresca del Medievo para encontrar la gracia para el vencido. Sólo el caballero cristiano es, sobre las bases tradicionales y religiosas de su moral, tan caballeresco como pueda serlo, mirándolo objetivamente, el lobo como fruto de instintos e inhibiciones profundamente arraigados. ¡Qué paradoja más asombrosa!
Konrad Lorenz,
Si alguien usurpa nuestros derechos, tenemos a gala defendernos. Si una potencia extranjera invade nuestro país, y nuestra sociedad es sana, se defenderá hasta expulsar al ocupante. Y no importarán las pérdidas que se sufran; en las “guerras de liberación”, el objetivo común –la derrota del enemigo- se sitúa ante cualquier otra prioridad, asumiéndose que la lucha va a ser larga y se sufrirá un alto número de bajas. Pero también hay situaciones más vanales: una banda callejera se siente “dueña” de “su” territorio, el barrio, y en los transportes públicos, nos desagrada que alguien se nos acerque demasiado, incluso reaccionamos agresivamente, si franquea ciertos límites. Tenemos un “espacio personal” cuya longitud depende de muchos factores (en culturas rurales es más amplio, en zonas urbanas se restringe a unos pocos centímetros; de ahí la incomodidad que se experimenta en el interior de un ascensor repleto de gente o en los transportes públicos en horas punta). Y los países que viven del turismo, incluido el nuestro, albergan un doble sentimiento hacia el visitante: por una parte, se le reverencia en tanto que aporta riqueza económica, pero por otra, se experimenta una sensación invasiva, como ante cualquier otro “forastero”. Todos estos fenómenos tienen que ver con el “imperativo territorial”; el mantenimiento de la propia identidad y de la integridad del territorio es una de las raíces de la agresividad humana.
Lorenz sostiene que el impulso agresivo es el impulso básico del que derivan las demás pautas de comportamiento, por ritualización, redirección o transformación. Distingue dos tipos bien diferenciados de comportamiento agresivo: la agresión interespecífica (cazador-presa, fundamentalmente, rivales de especies distintas) y la intraespecífica (entre rivales de la misma especie). En ésta última, antes del combate, se producen una serie de reacciones fisiológicas en los sujetos; aparece el llamado stress de ataque-huida (impulso agresivo que impulsa al ataque e instinto de conservación que sugiere huida). En la mayor parte de las agresiones intraespecíficas, los contendientes no se hacen daño, solamente establecen jerarquías en el interior de la manada. Estas luchas se inician con gestos en los que cada parte intenta amedrentar a la contraria. Luego se desarrolla el combate hasta que una de las dos partes se siente derrotada; entonces, el vencido realiza gestos rituales de sometimiento y pacificación: acepta el liderazgo del vencedor y el situarse en un nivel jerárquico inferior a él. La función de los rituales de pacificación es inhibir la agresividad del oponente, de la misma forma que un ejército vencido enarbola bandera blanca o coloca las armas a la funerala (con el cañón boca abajo).
En cambio, en la agresividad interespecífica, todo este proceso se desencadena de forma diferente. Ni hay ritual intimidatorio previo, ni hay pacificación posible. El depredador intenta que la lucha sea breve, una corta persecución, un movimiento por sorpresa, un gesto brusco realizado tras horas de inmovilidad, cualquier cosa con tal de aniquilar a la presa de forma contundente.
Freud, fue el primero en ver en la agresividad un instinto, puesto al servicio de la sexualidad. Años después, Lorenz le corrigió: instinto si, pero innato e independiente del complejo eros-tanatos, tan querido por el psiquiatra vienés. En efecto, para Konrad Lorenz, la agresión es una disposición espontánea e innata, factor imprescindible para la supervivencia. Ni una sola especie hubiera podido sobrevivir –y, por lo tanto, la evolución hubiera sido inconcebible- sin la agresividad. Así pues, la agresividad, lejos de ser un factor negativo, es una condición sine qua non para la supervivencia de las especies. Todavía no se ha comprendido exactamente en qué medida la bioquímica, las hormonas y la fisiología del cerebro, interactúan con la agresión. No se alberga, sin embargo, la menor duda de que la agresividad existe tanto en los animales y como en la especie humana y que, en ambos casos, es de la misma naturaleza.
Desde finales de los años 60, se sabe que la conducta de los animales puede modificarse implantando electrodos en el cerebro capaces de inhibir la agresividad. El psicólogo español José Delgado detuvo la embestida de un toro mediante este procedimiento; a medida que repitió muchas veces esta experiencia con el mismo toro, percibió que el animal se volvía cada vez menos agresivo. Otras experiencias similares consiguieron que ratas de laboratorio se volvieran más agresivas o mansas, según el tipo de droga que se les administraba. Así mismo, estudios psico-fisiológicos sobre individuos aquejados de patologías cerebrales, han podido establecer que las conductas extremadamente agresivas se relacionan siempre con trastornos cerebrales, alteraciones de la química del cerebro provocadas artificialmente o a causa de dolencias. Entre los violadores y personas con tendencia a practicar una violencia excesiva, aparecieron enfermedades del sistema límbico y del lóbulo temporal. En psicópatas criminales se descubrió un cromosoma de más, el XYY.
Todo esto demuestra que existe una agresividad natural en el ser humano, que marcha al paso con el instinto de supervivencia y con el instinto territorial, y es una garantía para la perpetuación de la especie. Si esos instintos desaparecieran, la especie humana correría el riesgo de no estar a la altura de los desafíos que encuentra cada día ante sí. Ahora bien, cuando mediante una patología social, o a través de una manipulación de la bioquímica del cerebro, esta agresividad se torna extrema, no estamos ante una garantía de supervivencia, sino ante un riesgo. En los años sesenta, Albert Bandura realizó un experimento en el que expuso a diversos grupos de niños a varios modelos agresivos. A otros grupos de niños se les mostraron modelos no-agresivos. Los niños que observaron los modelos agresivos imitaron muchos de los actos que habían visto. Luego Bandura expuso a los escolares a modelos de agresores que eran castigados. Al presenciar el castigo en dichos modelos, los niños mostraran una menor agresión imitativa. Quedó, así mismo, demostrado que la agresión no era un acto temporal: la agresión, una vez aprendida, no es fácil de olvidar. Pero las conclusiones de Bandura parecían aventuradas: porque la agresividad “natural” está siempre presente en el ser humano y sólo desaparece cuando se manipula su cerebro; no es la educación, ni los estímulos (recompensas, castigos, frustraciones), lo que la generan, sino que, más bien, estos estímulos lo que hacen es “despertarla”. De la misma forma que una educación “pacifista” no logrará hacer seres pacíficos, sino seres en los que interiormente aparezca una tensión entre una educación no-natural y un sustrato genético en el que la agresividad está siempre presente. La educación pacifista, es la forma de injertar en el individuo algo parecido a los electrodos incrustados en el cerebro del toro para conseguir que niegue su verdadera naturaleza. El ser humano ha heredado de los estratos anteriores de la evolución, ese instinto agresivo. Quién ha renunciado a tal instinto, no es una ser “evolucionado”, sino, más bien, una víctima, un ser amputado de uno de los elementos que garantizarán su supervivencia.
Bandura, en el fondo, era un conductista que creía que las reacciones agresivas suponen una salida a las situaciones que nos provocan ansiedad. La agresión, en ese contexto, estaría en el origen de experiencias desagradables o derivaría del ofrecimiento de recompensas. Por su parte, los psicoanalistas consideraban que la frustración y cualquier otra experiencia desagradable, bastaba para generar agresividad. Ambas teorías compartían un punto común: la creencia de que los impulsos agresivos pueden ser eliminados o sublimados y derivan de traumas o de malos hábitos culturales. Hoy se sabe que todo esto era un error.
Aún los progres creen que las historietas de horror, el cine, la radio, el rock, el género negro o los libritos de cuentos, tienen la culpa de las patologías sociales. Hoy, la televisión es el principal objeto de críticas, junto con los videojuegos e Internet. Los porcentajes de violencia, aparentemente en aumento entre los jóvenes, se relacionan con estos medios que son el principal vehículo cultural de transmisión de la violencia. Eliminando estos vehículos o reconduciéndolos hacia orientaciones no-violentas, no se eliminaría ni remotamente la agresividad. A pesar de lo tópico y reiterativo de los planteamientos de este tipo, no está en absoluto claro que exista la relación entre violencia en medios de comunicación y agresividad entre los jóvenes. La ambigüedad de un experimento realizado en EEUU es paradigma de la frivolidad de tales argumentos.
En la década de 1970 un estudio del Instituto Cirugía General de Norteamérica, aseguró haber descubierto un vínculo entre el acto de ver la televisión y la conducta violenta. Bastaría con reducir la violencia televisiva para desterrar progresivamente la violencia de la sociedad, afirmaban los autores de tal estudio. Pero no estaba claro en los estudios experimentales si los programas violentos excitaban la agresividad entre los jóvenes o si éstos elegían programas violentos a causa de otros factores que no entraban en el estudio y que les dictaban un comportamiento agresivo. Hoy se tiende a responsabilizar a los videojuegos de la violencia entre los jóvenes, pero, lamentablemente, en los pocos estudios que se han realizado no está claro si los jóvenes habituados a videojuegos no violentos experimentan la misma agresividad: algunos sospechan que es el medio y no el contenido lo que excita la violencia. Juegos de ordenador, aparentemente inofensivos e ingenuos, a fuerza de ser utilizados interminablemente, crisparían al usuario, aunque entre ellos no hubiera violencia (el Tetris, por ejemplo). Por lo demás, otros estudios –de Feshbach y Singer, psicólogos norteamericanos- sostienen que ver la violencia por televisión no tiene efecto e, incluso, reduce la agresión real. En general, da la sensación de que todos estos estudios son parciales, limitados y maniqueos; no vale la pena perder mucho tiempo considerándolos. Para entender las raíces de la agresividad, debemos entender a la sociedad y el lugar que ocupa la violencia dentro de ella.
La agresividad tiene algo de manifestación cultural, y como tal, resulta aceptable en algunas situaciones y condenable en otras. Un par de jóvenes que practican el boxeo dentro de un ring o el karate en un dojo, son hechos aceptados socialmente; pero si esos mismos jóvenes luchan con navajas en las calles, su acto es considerado delictivo. O lo que es peor: un piloto puede ser condecorado por haber bombardeado un puente situado al lado de una escuela y, sin embargo, así mismo, será juzgado y condenado si golpea a su mujer o atropella a alguien durante la conducción de un automóvil. En el siglo XIX, entre las clases trabajadoras inglesas, abundaba la violencia doméstica que era interpretada como una muestra de la frustración natural de las clases desfavorecidas. Hoy, ya no se sabe a qué obedece esa misma violencia doméstica, especialmente cuando se da en un marco en el que no existen problemas económicos. Luego se dio como desencadenante de la violencia a las malas condiciones de vida; pero hoy, en ciudades bien planificadas y en cómodas viviendas, esa violencia sigue igualmente presente. Sin duda, la violencia doméstica, tiene un aspecto cultural (en España han aumentado las cifras, paralelamente, al aumento de la inmigración y a la llegada de contingentes étnicos en cuya tradición cultural está presente el desprecio a la mujer o en donde las tasas de alcoholismo exceden la normalidad), sociológico (la división de funciones, en buena medida, derivada de la fisiología diferente entre hombre y mujer, hasta ayer clara, ya no existe y la igualdad ha generado cierta confusión), antropológico (restos de machismo aun presente en nuestra sociedad) y jurídico (estadísticas adulteradas por denuncias falsas que favorecen a la mujer en los procedimientos de divorcio sin acuerdo mutuo). Por nuestra parte, creemos que, al margen de estas causas, los niveles de violencia doméstica entre la población de origen español, son “normales” y corresponden al inevitable porcentaje de psicópatas presentes en toda sociedad. Es más, en España, los porcentajes de violencia doméstica son menores que en otros países de Europa. Y esto tiene su explicación: las bolsas de violencia doméstica han crecido en toda Europa a causa de la inmigración y este fenómeno, en España, es demasiado reciente como para que pueda haberse evaluado su impacto. De hecho, los porcentajes de violencia doméstica son tres veces superiores entre determinadas comunidades inmigrantes en relación a los que se dan en la población autóctona. Así que los nacidos aquí podemos estar tranquilos: ni somos más machistas, ni somos particularmente maltratadores, ni albergamos sentimientos sexistas, ni mucho menos, tengamos una afición particular a maltratar a nuestras compañeras, por mucho que algunos de nuestros gobernantes se empeñen en culpabilizarnos. Hay violencia doméstica porque hay un porcentaje inevitable de psicópatas (enfermedad, de la que hoy se tiene casi la seguridad de que radica en los genes), toxicómanos y miembros de la tercera edad aquejados de demencia senil, que bastan para explicar satisfactoriamente los porcentajes de violencia doméstica de nuestro país.

Los poetas, muy frecuentemente, han equivocado sus modelos. Los tortolitos, que han pasado a la historia de la poesía como quintaesencia de la delicadeza y del amor, en realidad, son unos perfectos sádicos que no dudan en liquidar a sus víctimas aunque estén indefensas y vencidas. Agresividad obliga. Por el contrario, los lobos, suponen un ejemplo de nobleza. Basta que el adversario proporcione alguna muestra de sumisión para que le perdone la vida. Es más, dentro de la misma manada, el adversario vencido pasa a estar unido con lazos de fidelidad y lealtad a su adversario, y viceversa. He visto, personalmente, al jefe de una manada de caballos, perseguir a uno de sus hijos en el cercado, hasta agotarlo y, cuando ha estado vencido y rendido, golpearle con las pezuñas en la columna vertebral, hasta romperla. Me acuerdo, todavía más, porque hube de sacrificar al joven potrillo con un tiro en la nuca. Así pues, ¿quién es el cretino que va a decirme que los humanos somos la única especie que nos matamos entre nosotros? La agresividad está inscrita en el código genético de todas las especies. El lobo, por algún motivo, sin duda genético, la administra y la limita, como el hombre; el tortolito, en cambio, no. A la vista de los datos facilitados por la observación animal, no estamos muy seguros de si es bueno o malo que el hombre sea un lobo para el hombre; de lo que estamos seguros es de que “cuando dos tortolitos se aman”, seguramente darán a luz seres tan intransigentes y crueles como ellos.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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