Ejército y Sociedad (IV) La milicia en los genes.

Publicado: Jueves, 15 de Diciembre de 2005 13:16 por Ernesto Milá en MILICIA
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Redacción.- Somos seres territoriales, estamos en la escala evolutiva en la que estamos gracias a que las armas nos ayudaron a sobrevivir en medios hostiles, descendemos de cazadores- guerreros, tenemos en nuestros circuitos biológicos un impulso agresivo modulado por la racionalidad. En los seres humanos prevalecen dos instintos: el instinto territorial y el instinto de agresividad. Ambos tienen una relación directa con la defensa nacional y con la tarea de las fuerzas armadas. Negar los instintos humanos equivale, a fin de cuentas, a negar la propia naturaleza humana. Los experimentos pacifistas están construidos sobre el vacío, ignoran lo esencial de la naturaleza humana, y, por tanto, inevitablemente, fracasan. Existen distintos grados de agresividad; cuando ésta es máxima, es preciso modularla y atemperarla dentro del marco de “hermandades”, “órdenes” o “cofradías” guerreras, expresiones de la “casta guerrera”, propia de todas las sociedades indo-europeas. Aparecen así los valores que ilustran la vida de esta casta.

Lo animal y lo humano.
El ser humano, es el producto final de la evolución de las especies. La materia orgánica ha dado lugar a una cadena de especies biológicas, progresivamente más perfeccionadas, hasta que, finalmente, las células cerebrales del ser humano han alcanzado el grado máximo de la evolución y han sido capaces de generar el pensamiento lógico. Sin embargo, en el ser humano, existe un sustrato biológico similar a otras especies. El orgullo intelectual del ser humano, le hace olvidar, frecuentemente, que, como decía Nietzsche a través de su Zaratustra, “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”. Esta herencia biológica hace que el pensamiento lógico no sea la única vía recorrida por el ser humano.
Alain de Benoist en Vû de Droite, se pregunta: “¿Cuál es el lugar del hombre en la naturaleza? ¿Es el hombre un animal? Si es así, ¿No es nada más, o es otra cosa?”. Y él mismo aborda las respuestas realizando una breve incursión en la historia del pensamiento humano, partiendo del antropomorfismo que, durante siglos gobernó a los espíritus. El antropocentrismo hizo del hombre el "rey de la creación" y el centro del universo. Se decía que la "naturaleza" humana era radicalmente distinta a la del resto de los seres vivientes. También se decía que el Sol y los astros giraban en torno a la Tierra, donde habitaba el hombre. Pero, esta visión del mundo se derrumbó cuando Nicolás Copérnico resucitó la vieja teoría de Aristarco de Samos, según la cual la Tierra y el resto de los planetas de nuestro sistema giraban en torno al Sol. El 5 de marzo de 1616, la Congregación del Index condenó el libro de Copérnico. Reivindicando el pensamiento de los primeros físicos de Jonia, Galileo Galilei, demostró la realidad del heliocentrismo: es la Tierra efectivamente, la que gira en torno al Sol. Las ruinas de la cosmología de Aristóteles hacen posible la obra de Newton y sus sucesores. "Al mundo cerrado y finito de los antiguos y los escolásticos le sustituye el mundo abierto e infinito que entusiasma a Giordano Bruno y aterroriza a Pascal" (Louis Rougier). Kepler, en el siglo XVII, demostró que los planetas describen elipses y no se desplazan sobre sus órbitas siguiendo movimientos uniformes. A partir de entonces, la Tierra fue un planeta entre muchos otros, de dimensión mediocre, situado en un lugar mediocre del sistema solar, iluminado por una estrella de dimensiones, así mismo, mediocres y situado en un lugar mediocre de una galaxia de dimensiones, finalmente, también mediocres. En el siglo XVIII, Jean-Baptiste Vico afirmó que la humanidad, en Occidente, es la única responsable de su destino. Lavoisier afirmó que "El hombre es un nuevo Prometeo, un segundo creador". En 1859, Charles Darwin publica El origen de las especies, demostrando que "el hombre es, con otras especies, el codescendiente de una forma antigua, inferior y extinta".
Alain de Benoist prosigue su repaso sobre la evolución de lo humano con Bufón y Línneo que, un siglo antes de Darwin, habían presentido la evolución de las especies. Lamarck, incluso, explicó que los caracteres de la organización humana podían haber sido producidos por los "cambios de hábitos de un mono". Darwin fue más lejos. “Utilizando pruebas –prosigue Benoist- de orden taxonómico, morfológico y embriológico, establece el hecho de la evolución, cuyo mecanismo se explica por la selección natural (que elimina a los más débiles) y la fertilidad selectiva (que favorece la multiplicación de los mejores). Muestra que las especies proceden unas de las otras, y que el hombre, si bien es el último párrafo de la evolución, no es la última palabra”.
La publicación de los trabajos de Darwin desencadena lo que Jean Rostand ha denominado el "orgullo del hombrecillo". Wilberforce, abad de Oxford, en una reunión de la British Association, pregunta a Huxley si descendía del mono por parte de su abuelo o de su abuela. La "humillación zoológica", siguió, tres siglos después de Galileo, la "humillación cosmológica".
Se tiene la seguridad de que los simios (especie, aparentemente, más cercana al hombre) proceden de una rama que se separó de los primates hace unos veinte o treinta millones de años. Benoist ofrece una lista de restos paleontológicos que permiten datar la aparición de las nuevas razas homínidas. Los fósiles descubiertos en el norte de Kenia, se datan en cinco millones de años. Sobre la depresión de Hadar, en Etiopía, se exhumó en 1974 el esqueleto de un australopiteco "grácil" de tres millones y medio de años, denominado "Lucie". Otros fósiles, como el ramapiteco (descubierto por Fort Ternan en el África oriental), tienen entre catorce y quince millones de años, y ocupan igualmente su lugar en la ascendencia humana.
Konrad Lorenz –a cuyas tesis nos referiremos constantemente en este capítulo- establece que es posible hablar de "hominización", cuando están presentes una mano prensil, adaptabilidad al medio y aptitud cultural. "El hombre posee los mismos sentidos que los animales, por tanto sus intuiciones fundamentales deben ser las mismas", había escrito Darwin abriendo el camino a la moderna etología.
Entonces, ¿cuál es La diferencia entre lo animal y lo humano? Ardrey la recuerda: “!El espíritu humano es libre, porque no obedece ni estricta ni directamente al instinto. En toda su rabia instintiva, el hombre siempre puede dominar sus impulsos". Valdrá la pena tener en cuenta esta diferencia a lo largo de todo este capítulo. Y Benoist escribe sobre el mismo tema: “La realidad de nuestra herencia prehumana no puede ser negada. Se expresa en los niveles más profundos de nuestro cerebro (el paleocortex). Por las especies que le han precedido, el hombre es heredero de tres mil millones de años de vida. Este inmenso pasado corresponde a su dimensión biológica”. Lorenz, evidencia cierto abatimiento cuando debe reconocer «la amarga verdad de que, colectivamente, los seres humanos, en principio no actuamos de modo distintos a las ratas, por ejemplo, que en su afán por crear bandas provocan la superpoblación de su espacio vital, lo cual, a su vez, da lugar a las guerras de aniquilación”. Y añade: “El símil, realmente, no puede ser más triste».
Decir que el hombre es un animal es un hecho a la vista de su innegable sustrato biológico. Pero, ¿en qué difiere del resto de los animales? Después de siglos de antropomorfismo, es importante no caer en el puro zoomorfismo o en el biologismo. Benoist, recurriendo a otros científicos, sostiene que la realidad humana tiene cuatro niveles: el microfísico (la energía), el macrofísico (la materia), el biológico (la vida); y el nivel específicamente humano, caracterizado por la cultura y la conciencia histórica. “El hombre comparte con el resto del universo sus tres primeros niveles. Solamente el último le pertenece en exclusividad”. Ciertas ideologías (materialismo, freudismo, marxismo, particularmente), considerando sólo algunos de estos niveles, borran las cualidades emergentes que caracterizan y diferencian cada nivel, en una inadmisible panorámica reduccionista.
Los etólogos constatan un cierto número de analogías entre los reinos animal y humano. La conclusión a la que llegan comparando hábitos de, ser humano con los de distintas especies animales, les lleva a concluir que el ser humano es menos el descendiente de tal o cual rama de la evolución que el heredero de la totalidad del reino animal. El hombre no está "desprovisto de instintos", como afirma el americano Ashley Montagu, sino que posee al contrario, todos los instintos. Esto le obliga a adoptar entre distintas opciones, esto es a actualizar tal o cual instinto en detrimento de los otros. Después de haber mostrado que el hombre, en su dimensión biológica (y sólo en ella), está sometido, como todos los animales, a la "ley natural" de los sistemas vivos, Lorenz siempre se ha ocupado por demostrar la originalidad del fenómeno humano. Y para ello tomaba como referencia a uno de los maestros de la "antropología filosófica", el sociólogo y filósofo Arnold Gehlen.
Para Gehlen, uno de los rasgos característicos del hombre reside en el hecho de que no está adaptado a un medio ambiente particular, sino a todos los medios, lo que le permite construir él mismo su medio. El hombre, por ello, dispone de una posibilidad de elección, de una libertad que no le pertenece más que a él. Se distingue de otras especies sujetas al medio que les es propio, y por ello mismo, están altamente especializadas. Benoist define al ser humano como "el especialista en la no-especialización". "Imaginemos –escribe Lorenz–, un triatlón cuyas condiciones serían una carrera de fondo de treinta kilómetros, una subida de cuatro metros a la cuerda lisa y una inmersión de veinte metros con la misión de llevar a la superficie un objeto sumergido. No se encontraría ningún mamífero capaz de cumplir estas condiciones, que sin embargo pueden ser difíciles pero no imposibles para cualquier ciudadano medio".
Los animales están "programados" para tal o cual fin: el lobo, el tigre, el babuino saben, por instinto, cómo y sobre quién debe ejercerse su agresividad, cuáles son los alimentos de los que se debe nutrir, cómo y sobre quién deben ejercer su pulsión sexual, etc. En el hombre no hay nada de todo esto. A la pluralidad de instintos que existen en él se corresponden un cierto número de pulsiones sin objeto predeterminado, entre las cuales no sólo debe elegir, sino eventualmente dominar, y a las cuales puede dar un número virtualmente infinito de expresiones concretas. "La respuesta a una pulsión humana –escribe Konrad Lorenz- no está modelada de modo tan rígido como la respuesta a un instinto animal. El hecho de que un hombre tenga una pulsión dictada por el hambre, por ejemplo, no nos dice nada sobre el modo en que tal hombre se procurará el alimento, ni siquiera si comerá o no comerá: tal vez esté a dieta de adelgazamiento, o tal vez sea un asceta y haga penitencia". Mientras el animal actúa rígidamente según su pertenencia a una especie dada, el hombre, al contrario, "está parcialmente liberado de su pertenencia a la especie" (Spengler). Su neocortex puede sobreimponer su voluntad a sus impulsos, sus emociones y sus humores producidos por el paleocortex. La razón, en él ser humano, es capaz de domesticar al sentimiento. Su libertad de elección está en todo momento preservada. Tal es el sentido de la frase de Nietzsche, recuperada por Benoist: "El hombre: consecuencia de un divorcio violento con el pasado animal".
Por otra parte, Benoist define al ser humano como un "ser inacabado", del que dice: “Su no-especialización se explica por el hecho de que, en él, la capacidad de adaptación dura toda la vida, en tanto en las otras especies se reduce al corto periodo de la infancia. Un animal joven, liberado a sí mismo, puede desenvolverse por sí sólo. Sabe instintivamente lo que necesita y lo que debe evitar. A las trece semanas, un chimpancé comienza a masticar el alimento sólido. A los dieciocho meses está perfectamente familiarizado con todas las "técnicas" de los adultos. El joven humano es muy diferente: todo lo aprende. Entre un bebé de tres meses y un mono de la misma edad, el mono supera al niño en todos los dominios. Al cuarto mes, los conocimientos del mono se estancan, mientas que los del niño aumentan exponencialmente. En la escala de los seres organizados, cuanto más se alarga la maduración, más tiempo se requiere para hacer un individuo acabado. Los grandes simios alcanzan la pubertad entre los siete y los nueve años (para una longevidad que se sitúa entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años). En el hombre, sobreviene entre los once y los quince años”.
El hombre es, entonces, un ser de juvenil persistencia. Su periodo de "aprendizaje" se prolonga indefinidamente. Su espíritu es un "sistema abierto" hasta los últimos momentos de su existencia. De esta superioridad deriva la grandeza de la especie humana, pero también su extrema fragilidad. El cangrejo, en el momento de la muda, debe abandonar su concha: en ese momento es vulnerable. El hombre está “mudando" toda su vida. Arnold Huelen dice que el ser humano es un "ser-en-riesgo".
El pensamiento humano es esencialmente imaginativo, incluso puede expresar sentimientos que no ha sentido en sí mismo. Su saber no se nutre exclusivamente de experiencias sino también de intuiciones, análisis y deducciones. El ser humano es el único que tiene conciencia de sí mismo. Los animales no tienen conciencia de la muerte mas que cuando les llega, los seres humanos y las culturas que han construidos, sin embargo, saben que son mortales. Los comportamientos que, en el animal, son puramente instintivos y predeterminados, se encuentran en la especie humana "pensados" e “historizados”. Benoist pasa revista a este proceso en algunas actividades humanas: “De la sexualidad, el hombre genera el erotismo; del trabajo, la acción organizada; de la agresividad, una estrategia; de la "palabra", un discurso; de una serie de sucesos, historia. Único ser que puede decir "tengo juicio", es también el único que puede capitalizar su herencia ancestral, reactualizarla en todo momento, enriquecerla y renovarla. En ello consiste su "libre albedrío"”.
Mientas el animal nace "amaestrado", el hombre debe amaestrarse a sí mismo. Es un "ser de entrenamiento", tal como expresó Gehlen. De ahí la importancia de la educación y la necesidad de una disciplina, a fin de crear hábitos de costumbre.
Y es entonces, cuando Benoist aborda la naturaleza cultural del ser humano. Éste, en definitiva, es un ser profundamente cultural. Las capacidades potenciales innatas que laten en el interior del ser humano, se desarrollan o se dificultan por el medio ambiente, y son reorientadas sin cesar por el aprendizaje y la herencia cultural. El hombre hereda una tradición. Pero, en el interior de la misma innova constantemente: sutil, dialécticamente, combinando sus elementos permanentemente. Subraya Arnold Gehlen: "El hombre nace con la facultad de asimilar la cultura, no con la cultura". Lorenz escribe: "cada modificación de nuestro medio ambiente da nacimiento a nuevas presiones selectivas que operan tanto a nivel genético como a nivel cultural".
¿Cómo era el hombre primigenio? Los homínidos que habían dejado atrás los árboles como hábitat, habían pasado a vivir en la sabana africana y este nuevo espacio hizo que pasaran de alimentarse de frutos a ser carnívoros. Su estructura ósea les permitía caminar erguidos y, por tanto, sus manos estuvieron liberadas para manejar las armas propias del cazador. Los primeros seres humanos dignos de este nombre fueron cazadores guerreros, no pacíficos y rouseaunianos recolectores. La humanidad no controló el fuego sino muy tardíamente, mientras que las legumbres precisan necesariamente se cocinadas antes de ser ingeridas, hecho que excluía el vegetarianismo originario. Y si no se alimentaban de vegetales, es por que serían carnívoros, esto es, cazadores. Si cazaban, precisaban armas.
Como cazador que era, el ser humano defendió su territorio frente a otros grupos hostiles y con las armas en la mano. Lo más probable –tal es la hipótesis de Ardrey- es que las primeras armas fueran fémures de gacelas y costillas afiladas. Así, las tribus cazadores-guerreros pudieron sobrevivir en un medio hostil y peligroso. Tras miles de generaciones, la agresividad y el instinto territorial fueron recibidos por la humanidad moderna, moduladas y reconducidas por la racionalidad, pero en su fondo es fácilmente observable su impronta biológica.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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