La búsqueda de un modelo organizativo

Publicado: Jueves, 16 de Junio de 2005 18:03 por en ORIENTACIONES
0000000000StrEbonyset.jpgRedacción.-.- A raíz de la elaboración de un artículo sobre organización, hemos debido repasar y ordenar apuntes, antes de dar la redacción definitiva. Así, hemos rescatado estos apuntes sobre organización en donde se habla de distintos modelos organizativos, desde la experiencia leninista a las distintas experiencias nacionalistas y populares de la postguerra. Consideramos que estos apuntes pueden servir, en el estado de elaboración primitiva en el que se encuentran, para abrir un debate sobre el modelo organizativo

La búsqueda de un modelo organizativo

Las distintas formas de organización
desde 1945 hasta nuestros días


El modelo organizativo es el instrumento político adaptado para la realización de una estrategia concreta. Esto equivale a decir que la discusión estratégica es anterior y superior la discusión organizativa. Para plantear una discusión estratégica es preciso intentar captar la realidad político-social, en primer lugar, que permite definir una estrategia capaz de modificar esa realidad en función del propio proyecto político. Así pues, en definitiva, para plantear una discusión en materia organizativa, es preciso resolver antes definir el propio proyecto político (doctrina y programa), luego los objetivos políticos, en función de estos, la estrategia (que solo puede plantearse tras un análisis político detenido) y las tácticas para aplicarla y, finalmente, en función de todo lo anterior, debe surgir el modelo organizativo, casi de manera automática.
Resulta prácticamente imposible, separar la discusión organizativa, de la discusión estratégica; por tanto, en las líneas que siguen, frecuentemente vamos a aludir tanto a estrategia como a organización. Lo que pretendemos es resumir las distintas experiencias organizativas y estratégicas que se han sucedido desde 1945 hasta nuestros días en el área que podemos definir como “nacional-popular” o “alternativa”. Las experiencias que ha vivido este sector –multiforme, por definición- son diversas y contradictorias; creemos que vale la pena resumirlas y tratar de extraer algunas conclusiones. La importancia de una discusión de este tipo radica en que nos sitúa ante diferentes modelos y nos permitirá analizar cuáles están agotadas o son vías muertas, y -especialmente, en el capítulo de conclusiones- nos va a permitir definir un posible modelo organizativo para el futuro.

El nacimiento de una teoría sobre la organización

No es sino hasta finales del siglo XIX cuando se pone de manifiesto la necesidad de una teoría sobre la organización revolucionaria. Los congresos de la Internacional Obrera habían eludido esta cuestión que, sin embargo, estaba relativamente presente en sus tres tendencias: para el cooperativismo la cuestión organizativa debía responder, necesariamente, a las necesidades de las clases trabajadores de autoorganizarse al margen de la figura del capitalista; para los anarquistas, cualquier forma de capitalismo establece una dominación de clase y, por tanto, para destruir el capitalismo, es preciso huir de esquemas organizativos que reproduzcan el “autoritarismo”, tic inherente a todo modelo en el que la burguesía aparece como clase hegemónica; finalmente, la tendencia marxista, en los primeros congresos de la Internacional, eludió responder a las cuestiones organizativas, acaso, por que hasta ese momento, no se las había planteado.

Pero era en este último sector (expulsados los cooperativistas y aislados los anarquistas) en donde debían de plantearse por primera vez los dos modelos organizativos: o bien el modelo insurreccional (revolucionario), o bien el modelo moderado (socialdemócrata). Esta discusión se centró en el SPD alemán en donde ambas tendencias (Berstein y Kautsky) se enfrentaron con dureza inusitada.

Cuando el siglo empieza, con la revolución rusa de 1905, las distintas corrientes marxistas, todavía no han desarrollado una teoría sobre la organización revolucionaria. Las polémicas generadas en el seno de la socialdemocracia alemana seguirán vivas y tendrán sus repercusiones hasta que emerja la figura de Lenin y, finalmente, el proceso revolucionario se plantee como la construcción de un mecanismo de relojería –la organización revolucionaria- extraordinariamente precisa. Evola recuerda que la diferencia esencial entre la revolución francesa y la soviética, es que mientras en la primera todo se desarrolló de una manera caótica, como si fuerzas elementales destructivas hubieran sido liberadas por los revolucionarios y luego se mostraran incapaces de controlarlas, en la revolución rusa, esas fuerzas elementales siempre fueron controladas y puestas en marcha por una organización de revolucionarios profesionales que habían reducido la revolución a un problema técnico.

Pero a principios de los años veinte se habían producido distintos episodios que aportaban ideas nuevas analizadas por Curcio Malaparte en su obra “Técnica del golpe de Estado”. Malaparte, distinguía distintas técnicas del golpe de Estado: la marcha sobre Roma (focos populares que, en un golpe de audacia, convergen y se alzan sobre la confusión reinante), el golpe de Kapp (un golpe mal planteado que no logra derrotar al adversario en un primer momento y que se agota por falta de proyecto en días sucesivos), el golpe de Kemal Ataturk (una operación cívico-militar que encuentra apoyo en una parte importante de la población), el ascenso de Hitler (que tras el intento frustrado de Munich en 1923, rectifica y adopta la vía parlamentaria), etc.

El trauma del conflicto bélico 1939-45, hace que el libro de Malaparte quede olvidado en la postguerra y que, a partir de finales de los años 40, cuando se intenta reconstruir el ambiente patriótico y anticomunista, apenas se tengan en cuenta las experiencias y los modelos de la preguerra, y se parta, prácticamente de cero. Esto genera una multiplicidad de experiencias que vale la pena repasar brevemente.

I. La teoría leninista de la organización

Lenin no hizo otra cosa que abordar el problema de la organización revolucionaria desde un punto de vista científico y mecánico. Así llegó a la conclusión de que era preciso un “centro revolucionario” formado por “revolucionarios profesionales”, que dinamizaran, mediante “correas de transmisión”, distintos sectores seciales. Lenin distinguía entre la “organización horizontal” (el partido con sus delegaciones distribuidas sobre el plano geográfico) y la “organización vertical” (formado por las estructuras sindicales, juveniles, femeninas, es decir, especializadas, del partido).
El “centralismo democrático”, tal como fue definido por Lenin se puede resumir en tres principios:

- La minoría se pliega a la mayoría.
- Los organismos superiores dirigen a los organismos inferiores.
- La totalidad de la organización es dirigida por el comité central.

El comité central es el máximo organismo entre congresos. El congreso es la asamblea de militantes y compromisarios, que se constituye como “dirección estratégica” de la organización. A su vez, el comité central, es el organismo que vela por la aplicación de las resoluciones adoptadas en los congresos. Dentro del comité central, una secretaría permanente, es el organismo táctico de la organización.

Este centro, constituido, como hemos dicho, por revolucionarios profesionales, dinamiza distintos sectores de la sociedad. Mediante el sindicalismo, el mundo laboral, mediante un grupo estudiantil, el trabajo en la universidad y en la enseñanza, y así sucesivamente. Todo esto constituye la “estructura vertical” (corporativa) de la organización leninista. Pero, finalmente, hay una tercera “estructura”, la “paralela”.

Una “estructura paralela” es un conjunto de asociaciones, personas y medios, oficialmente, no vinculadas al “núcleo revolucionario”, pero que trabajan, en sus respectivos frentes de trabajo, para la realización de la estrategia adoptada en congreso. Por ejemplo, en el VI Congreso del PCE se adoptó la estrategia del “Pacto por la Libertad” que culminó en la formación de la Junta Democrática de España. Esta iniciativa fue apoyada por “submarinos” del PCE, oficialmente, no vinculados al mismo, pero que trabajaban según las directrices de la dirección.

Este esquema leninista, estuvo en vigor desde los prolegómenos de la revolución rusa, hasta el hundimiento de los Partidos Comunistas a principios de los años 90. Se trata de un tipo de organización extremadamente sólido, reconvertible según las necesidades de la lucha política y perfectamente adaptable a las condiciones más negativas que puedan aparecer. La prueba es que, de toda la “oposición democrática” durante el franquismo, solamente el PCE y otros grupos dotados del mismo esquema organizativo, lograron sobrevivir y eludir la persecución policial.

Los partidos fascistas y nacionalistas de los años 30, tenían una organización aparentemente similar, si bien el “centralismo democrático” era sustituido por el “führer prinzip”: el principio del mando, según el cual, el liderazgo se impone y no precisa de un refrendo democrático. Es evidente que, el fascismo surgió en la época del “liderismo” y que, con posterioridad a 1945, los grandes líderes carismáticos, desaparecieron. De hecho, el fracaso en la revitalización del modelo histórico fascista se ha debido a la ausencia de líderes de talla inhumana o sobrehumana, como los que aparecieron en los años 20 y 30.

En esto se basaba la superioridad del modelo leninista sobre el fascista: en que, el leninista no lo basaba todo en la organización democrática elegida en congreso., en el fascista, se basaba todo en la capacidad de atracción y liderazgo del führer. Si el führer falla, falla todo lo demás.

II. La postguerra: Jeune Nation y el MSI

Las primeras experiencias organizativas de postguerra llevaron a dos modelos completamente diferentes: el modelo activista y el modelo parlamentario, representados respectivamente por Jeune Nation y por el Movimento Sociale Italiano. El primero quedó configurado como un movimiento activista con fuerte carga ideológica (el nacionalismo francés maurrasiano) y vocación extraparlamentaria, constituido por un núcleo central de estudiantes y jóvenes que, en la práctica, era un movimiento estudiantil, sin partido político del que ser su sección juvenil. El MSI, por su parte, entendió, desde el primer momento, que la experiencia de la República Social había sido derrotada y que tenían por delante una larga lucha parlamentaria en la que se trataba de entender y adaptar las “reglas del juego”.

Ambos movimientos, con una fisonomía muy distinta, ideologías diferenciadas, tenía, sin embargo, un punto común que expresaba perfectamente la situación psicológica de Europa Occidental en los años 50: el anticomunismo. Con los tanques soviéticos dominando medio continente, ni siquiera parecía claro que fueran a respetar el pacto de Yalta. Por lo demás, los partidos comunistas occidentales, aparecían como quintacolumnas del mundo soviético. Las nuevas democracias surgidas tras 1945, no eran, desde luego, sus modelos ideales, pero en comparación con lo ofrecido por el régimen soviético, tenían ciertas ventajas. Fue así como en estos sectores cobró forma el “occidentalismo”, es decir, una concepción de Europa ligada al “mundo occidental”, en el cual los EEUU eran el “leadership”.

El otro elemento común fue el “militantismo”, esto es, la concepción del militante como motor de la lucha política. En Jeune Nation, este militantismo demostró su efectividad en las jornadas que siguieron a la invasión de Budapest y a la represión contra el movimiento de los patriotas húngaros. En Italia, desde la fundación del MSI en 1948, el militantismo fue la columna vertebral de su acción. Pero existían, también en este terreno, dos diferencias: el MSI adaptaba el militantismo a una finalidad clara, obtener un peso político en las instituciones italianas; Jeune Nation, no pudo nunca, realizar este tránsito y quedó como arquetipo de todas las experiencias activistas (el activismo es el militantismo convertido en fin en sí mismo) que se sucedieron posteriormente. A pesar de lo amplio de las movilizaciones que realizó JN en los días de la represión húngara y en los primeros conatos de resistencia francesa en Argelia, el movimiento jamás pudo lograr un espacio político cómodo en la sociedad francesa, exactamente igual que luego ocurriría con Occident primero, Ordre Nouveau después, Forces Nouvelles entre 1975 y 1983 y los distintos grupos activistas que se han ido sucediendo posteriormente.

III. Las experiencias de Jeune Europe y del MJR

En 1961, la descolonización del Congo por parte de Bélgica y de Argelia por parte de Francia, habían terminado en sendos fracasos. Pero si en el Congo la descolonización se tradujo en una limitada revuelta de los colonos y en la aparición de tropas mercenarias, en Argelia, la resistencia desembocaría en la creación de la Organisation de l’Armée Secrete, la OAS, grupo que hoy podríamos calificar de “terrorista”, aunque más exactamente fuera una organización clandestina de defensa de la comunidad europea en Argelia.

Los mismos errores que se produjeron en el golpe de Kapp a principios de los años 20, se reprodujeron en el golpe de Argel. Los reclutas del Primer Regimento de Partacaidistas (I REP) se revelaron contra el entreguismo de De Gaulle y plantearon una lucha por la “Argelia Francesa”. Pero el golpe de Argel fue mal preparado, no se tuvo en cuenta la necesidad de una clase política civil que sostuviera la iniciativa golpista y, mucho menos, de un programa de gobierno, más allá de la propuesta de “Argelia Francesa”. El golpe fracaso y los paracaidistas del I REP volvieron a su acuartelamiento cantando “Rien de rien, je ne regrette rien”, tonadilla elevada a la fama por Edith Piaff: “Nada de nada, yo no lamento nada”.

Pero esa impreparación y la subordinación de cualquier iniciativa política a la jerarquía militar, tanto en la planificación de la sublevación de Argel como en el posterior combate de la OAS, condenó al fracaso a ambas iniciativas que, en el fondo, lo fiaban todo a la desaparición física de De Gaulle. Boby Dovecar, sargento del I REP, Claude Piegts, Roger Degueldre, y tantos otros fueron detenidos y fusilados por De Gaulle. Solamente unos cuadros de la OAS-Metro (las células de la OAS surgidas en el exágono francés) estuvieron en condiciones de reflexionar sobre lo que habían supuesto el fracaso de la OAS y el abortamiento de la sublevación del I REP en Argel. De este grupo surgió el Mouvement Jeune Revolution, pero también sirvió como base para la reflexión organizativa realizada por los simpatizantes de la resistencia francesa en Argel, radicados en Bélgica. Y en torno a este segundo grupo se coaguló Jeune Europe liderada por Jean Thiriart.
El MJR se planteó reproducir el esquema organizativo de la “subversión”, tal como había sido detectado por los oficiales de inteligencia y acción psicológica del Ejército Francés en Argelia. De un lado, era preciso disponer de una ideología. Lo que en la izquierda fue el marxismo, en el MJR fue el “solidarismo”. Luego, insistió en un modelo organizativo basado en una “central” revolucionaria que creaba distintas “correas de transmisión”, comités especializados, grupos de solidaridad, etc. Es probable que el MJR, en su mejor momento, no pasara de 200 afiliados hacia finales de los años 60. Su proyecto periclitó en el momento en que irrumpió “Ordre Nouveau” con más medios y desarrollando un activismo mayor que terminó eclipsando el modelo organizativo del MJR. El MJR descubrió en el anticomunismo y en la solidaridad con las poblaciones de los países del Este, un caballo de batalla que le reportó los mejores beneficios y llevó a algunos de sus militantes a ser detenidos en la Plaza Roja de Moscú y a contactar con el Bloque Antibolchevique de las Naciones con sede en Munich que intentaba organizar la resistencia activista en la URSS.

Posteriormente, perdido el impulso inicial, el “solidarismo” se fue transformando y dividiendo en distintas organizaciones y revistas a lo largo de los años 70. En la actualidad encontramos a antiguos miembros del MJR en el Front Nacional y en los grupos nacional-revolucionarios activistas.

En el fondo, la experiencia de Jean Thiriart y de Jeune Europe discurrió por similares derroteros, pues, no en vano, era, hasta cierto punto, como el MJR, hijos de la misma matriz: el trauma de la descolonización. Ambos tomaron buena parte de sus ideas sobre organización de la experiencia bolchevique. Ambos tomaron como modelo organizativo, el militantismo: “El militante puede hacerlo todo, contando con nada”, tal era la frase clave de esta concepción. Las diferencias entre MJR y Jeune Europe estribaban en la “dimensión nacional” del proyecto: marco europeo en la experiencia de Thiriart, nacionalismo francés en el caso del MSR. Ambas iniciativas entrarían, por lo demás, en lo que se ha dado posteriormente en llamar “autonomía histórica”, en la medida en que no se reconocían en modelos previos.

De todas formas, Jeune Europe atravesó distintas etapas de desarrollo y el mismo Thiriart varió notablemente sus orientaciones, especialmente en lo que a geopolítica se refería. Progresivamente, del “Ni Washington, ni Moscú”, se pasó “Sobre todo no a Washington”, especialmente, cuando el movimiento ya había perdido fuelle y estaba disuelto en la práctica, si bien tuvo la prolongación periodística de “La Nation Europeénne” en la cual estas orientaciones quedaron más acusadas.

Thiriart concibió también el partido al estilo bolchevique, sosteniendo la idea del “movimiento como orden de creyentes y combatientes” que debería ser, también, una “central revolucionaria” capaz de movilizar, a nivel europeo, a amplias masas de la población. Thiriart, voluntariamente, huía del modelo de partido convencional, democrático, electoralista, el “führerprinzip” y la importancia de una élite militante surgida de una “escuela de cuadros” como motores de la lucha política, la dimensión europea de esa lucha, fueron algunas de las innovaciones de Thiriart en esa primera etapa.

Pero, cuando Jeune Europe se disolvió, Thiriart no detuvo su teorización, sino que la amplió, también en materia organizativa. En ese segundo Thiriart, ya alejado de la realidad política cotidiana, se perciben ciertas fugas hacia el “idealismo”: insiste, en nuestra opinión, de manera excesiva, en dos modelos organizativos que considera necesario recuperar: “un ejército político” al estilo de las SA hitlerianas y un “ejército del pueblo” al estilo de las Brigadas Internacionales. Si tenemos en cuenta que las SA fueron posibles a causa de un momento histórico particular e irrepetible (guerra perdida, puñalada por la espalda, paro, inflación brutal) y que las Brigadas Internacionales emergen en un contacto de guerra civil en España (lo que no era, ni remotamente el caso), Thiriart olvidaba lo esencial: que en 1965-75, Europa había entrado en el consumismo, la sociedad del bienestar y el “fin de las ideologías” y que ha propia historia y el desarrollo económico-social ,habían hecho completamente irrepetibles los modelos de las SA y las Brigadas Internacionales.

Hay que reconocer a Thiriart un mérito esencial. Él, antes que ningún otro, percibió en la firma del Tratado de Roma de 1965, un hecho irreversible: a partir de entonces, Europa, necesariamente, iba a caminar hacia una integración progresiva y se trataba de pensar en dimensión europea, en términos de “movimiento europeo integrado”.

Thiriart concibió este “movimiento” a la manera leninista: con un núcleo de “revolucionarios profesionales”, transferibles de un país a otro, dirigidos por un “centro político” único, con capacidad para transformarse de movimiento activista y militante a organización militar de combate (da la sensación de que entre 1962-1965, Thiriart estaba persuadido de que en el Este europeo, la única forma de trabajo político era mediante la insurrección, la lucha armada y la guerra popular contra las burocracias estalinistas.

El último campamento de verano de “La Nation Europeenne”, debió de tener lugar hacia 1968 ó 69, cuando los grupos que, inicialmente, apoyaron a Thiriart ya estaban muy dispersos y debilitados (la propia revista desaparecería poco después) y en los 15 años siguientes, Thiriart prosiguió sus reflexiones, pero no ya en un contexto militante, sino como meras reflexiones de laboratorio, hasta que, finalmente, el inicio de la “perestroika” haga coincidir sus posiciones geopolíticas con las necesidades de la extinta URSS. Pero, en esta fase, su “macropolítica” (quizás más que la geopolítica) se muestra, dramáticamente alejada de la realidad política cotidiana de Europa Occidental y, por tanto, las construcciones de Thiriart en esa época apenas puedan ser consideradas como “teorías”, en nuestra opinión, excesivamente distanciadas de la realidad: y la realidad era que carecían de una cristalización organizativa y política capaz de llevarlas a la práctica, cualquiera que fueran.

IV. El activismo organizado: Francia e Italia. Extraparlamentarios

En 1968, la expansión de la extrema-izquierda, parece evidenciar la necesidad de una respuesta de la misma intensidad. El comandante Valerio Borghese expresa y encarna este estado de ánimo: “No es el tiempo de la palabra, es el tiempo de la acción”. Obtener un diputado o un concejal parecía poco, ante la necesidad de detener la ofensiva callejera de la extrema-izquierda. De hecho, lo que ocurrió fue que la “protesta” era el signo de los tiempos (finales de los 60, principios de los 70). Si en el seno de la izquierda se había gestado un fenómeno de rechazo a las formas moderadas y parlamentarias, una rotura con el estilo moderado, en el otro lado, había ocurrido otro tanto. En ambos extremos del espectro político se criticaba a la “burguesía” y a la moral y a la ética burguesa. En la izquierda a partir de Marcusse, en la derecha, tomando como base los textos del “último Evola” (Cabalgar el Tigre). Ese rechazo al mundo burgués era el mismo que estuvo presente en la fundación de los Fascios Italianos de Combate y en los Cuerpos Francos alemanes del Baltikum; parecía que, este sector político, había recuperado, finalmente, la energía de los primeros tiempos. El modelo organizativo que preside ese período es el “extraparlamentario”. Además hay fenómenos que abundan en esa hipótesis: en Francia, la candidatura de Tixier Vignancourt había sido derrotada ampliamente, a pesar de la proximidad de la guerra de Argelia y de la protesta antigaullista; en Alemania, el Partido Nacional Demócrata, NPD, dirigido por Adolf von Thadden no había sido capaz de superar el listón del 5% y quedó fuera del parlamento en las elecciones de 1969. En Italia, las disensiones internas y la evidencia de la política proamericana, así como un pragmatismo preocupante en la dirección del MSI, que aparece con Michelini y se reafirma con Almirante, hace que, desde principios de los años 60, se sucedan dos escisiones que darán vida al Centro Studi Ordine Nuovo y a Avanguardia Nazionale Giovanile que, a finales de los 60 se convertirá en Avanguardia Nazionale, integrante del Fronte Nazionale del comandante Borghese. Había nacido el “área extraparlamentaria”.

En una primera fase, la coexistencia entre extraparlamentarios de “derecha” y de “izquierda” no es particularmente difícil, ambos parten de una crítica a la burguesía y a la partitocracia y, hasta los sucesos de Vallegiulia de 1968, no se producirá la fractura histórica entre contestatarios de derecha y de izquierda. Habiendo ocupado la facultad de derecho los estudiantes extraparlamentarios de “derecha”, en un momento de fuerte agitación estudiantil, Giorgio Almirante dirigió el asalto del servicio de orden del MSI (I gorili di Caradonna) contra las facultades ocupadas por la izquierda. La expedición punitiva del MSI, al detenerse en la facultad de derecho, pidió a los ocupantes que les acompañaran en su expedición “contra los rojos”. Los ocupantes de derecho valoraron la posibilidad de oponerse a los activistas del MSI haciendo causa común con los contestatarios, o bien no obstaculizar la expedición punitiva. Se optó por esto último. Al día siguiente, el movimiento estudiantil que no había sido antifascista hasta ese momento, desplegó sus banderas rojas y manifestó su voluntad de aplastar al neo-fascismo. La pasividad ante la expedición del MSI, hizo que la “contestación neofascista” o “contestación de derechas” perdiera toda credibilidad.

Pero el neofascismo extraparlamentario era todavía fuerte para plantear una estrategia de conquista del Estado. En ese momento, existían dos líneas: la del Centro Político Ordine Nuevo (una parte del Centro Studi había reingresado en el MSI) y la de Avanguardia Nazionale. Los primeros sostenían la tesis de la “revolución nacional”; tendían a movilizar a sectores de la población, para provocar una situación insurreccional tal que favoreciera una nueva “marcha sobre Roma” y, por tanto, una “revolución nacional”. Los segundos defendían la tesis “gradualista”: era imposible realizar la revolución nacional sin parcelar la ruta en etapas intermedias en cada una de las cuales de lo que se trataba era de mejorar las posiciones propias, debilitando al adversario. Mientras Ordine Nuovo se agotó en cientos de incidentes activistas y fue víctima de provocaciones venidas de la Seguridad del Estado, Avanguardia realizó una valoración más precisa de la situación política: en momentos en los que se hablaba del “compromiso histórico” (pacto entre el PCI y la DC), que supondría una situación ampliamente desfavorable para las fuerzas nacionales italianas, de lo que se trataba, inicialmente, era de impedir ese pacto. De ahí surgió una estrategia: la revuelta del Sur: si ese pacto tenía lugar, el sur se rebelaría. El ensayo insurreccional tuvo lugar en Regio Calabria con la excusa de la discusión sobre la capitalidad de la región. Durante meses, el gobierno central estuvo rebasado por la agitación desarrollada por los medios de Avanguardia. Paralelamente a esta labor de “contención” del “compromiso histórico”, estaba la tarea “ofensiva”: la hipótesis golpista. No es que el golpe de Estado se defendiera como un fin en sí mismo, sino como la posibilidad de avanzar posiciones y generar una situación nueva, con una correlación de fuerzas mucho más favorable. Tal fue el trasfondo histórico-político en el que se desarrolló el “golpe Borghese”.

El problema residía en la desproporción de fuerzas. En palabras de uno de los protagonistas de aquel período “lo que debía hacerse, se intentó”. Se fracasó, en definitiva, por que la represión, la infiltración, la provocación, eran tales, que hacían prácticamente imposible un resultado final mínimamente esperanzador. Cuando, en 1974, cayó el régimen portugués (y con él la iniciativa de Aginter-Press), luego el franquismo y, finalmente, el régimen de los coroneles, se evidenció la imposibilidad de una vía “gradualista” en Europa. La estrategia que adoptaron algunos núcleos de lo que la prensa amarilla conoció como Internacional Negra, fue desplazar el eje de operaciones, de Europa hacia América Latina en donde era, en aquel momento, más fácil trabajar políticamente. Con posterioridad, reconstruidos “santuarios” en el Cono Sur, era posible entonar el –como decía la letra de una canción de Amici dal Vento- “a Europa volveremos, unidos para ti”. Nuevamente, el cálculo no tenía en cuenta la desproporción de efectivos y si bien se obtuvieron situaciones preeminentes en algunos países (Argentina, Bolivia, Chile), la proximidad del coloso norteamericano hizo imposible que el trabajo político realizado entre 1974 y 1982 fraguara.

En Francia, sin embargo, la experiencia del movimiento Occident, volcado hacia el activismo anticomunista y reducido a un “servicio de orden” extraordinariamente eficaz que prolongó su vida en Ordre Nouveau, tuvo un giro sorprendente. Compuesto, esencialmente, por los mismos cuadros que Occident, la vocación era completamente diferente. Ordre Nouveau quería construir un partido similar al MSI. Para ello actuó en dos tiempos: en un primer momento, generando una columna vertebral –el propio Ordre Nouveau- y en un segundo momento, integrando en su área de influencia a un grupo de personalidades y pequeñas organizaciones en lo que se llamó el Front National. Pero el gobierno, terminó prohibiendo Ordre Nouveau (como seis años antes había hecho con Occident) y tan solo quedó en pie una mínima estructura presidida por Jean Marie Le Pen que aun tardaría 10 años más en completar su travesía del desierto. El núcleo fundador de Ordre Nouveau, tras intentar proseguir unido –etapa de Faire Front- colaborando con Le Pen, lanzó el Parti des Forces Nouvelles, siguiendo técnicas de marketing político y publicidad que, hasta ese momento, no habían estado al alcance de las fuerzas nacionales en Francia. En realidad, Forces Nouvelles –a pesar de su nombre- había creado una línea política luego recuperada en España por Democracia Nacional o por el Vlaams Block: la vocación de asumir una línea moderada en su actuación, pero radical en sus contenidos; duros en el fondo, sutiles en la forma.

El proyecto de Forces Nouvelles, fue, rebasado por un Front National rejuvenecido y dinámico que tuvo en Pierre Stirbois a su principal animador y a Jean Marie Le Pen su líder público. No puede decirse que la experiencia del PFN fracasara, sino que fue encarnada con más vigor y liderazgo por el tandem Le Pen – Stirbois. Resulta evidente que estos sectores se situaban en una perspectiva “gradualista”. La idea de la “revolución nacional” había sido completamente abandonada en beneficio de la definición de unas etapas intermedias que, como hemos dicho, debían mejorar progresivamente las condiciones políticas en las que se desarrollaban las fuerzas nacionales en cada país. A condiciones diferentes, se generaron respuestas diferentes: la alternativa golpista en Italia y la alternativa parlamentaria en Francia. En ambos caos, un núcleo, inicialmente extraparlamentario –Avanguardia en Italia y Ordre Nouveau en Francia- constituyen un “frente nacional”, agrupando fuerzas convergentes de muy distinto signo, no sólo políticas sino también sociales, pero, mientras el Front National aspiraba a un gradualismo por vía parlamentaria, el Fronte Nazionale de Borghese, veía en el golpismo la primera etapa a cubrir.

V. La “lucha armada”: la experiencia de los NAR

La estrategia extraparlamentaria del sector de la “revolución nacional” se estrelló contra una represión brutal, errores propios de conducción política y, finalmente, maniobras provocadoras entre 1971 (Ordine Nuevo, Anno Zero, Fronte Nazionale Rivoluzionario) y 1980 (Terza Posizione). La represión, la actitud agresiva e intolerante de la extrema-izquierda y el terrorismo de las Brigadas Rojas, indujeron a sectores que creían en la “revolución nacional” a adoptar la “vía armada” como estrategia de lucha. La experiencia de los Núcleos Armados Revolucionarios (NAR) fue, en este sentido, paradigmática.

La diferencia entre el terrorismo de las Brigadas Rojas y el de los NAR era evidente para quien quisiera verlo: mientras los primeros hacían de la violencia y el terrorismo un arma ofensiva, para los NAR fue simplemente la respuesta de un sector político, asfixiado y perseguido. Los errores, las acciones inoportunas, y el desastre final, no pueden hacer olvidar que el terrorismo de los NAR fue el hijo directo de la permisividad con que el Estado Italiano contempló a la extrema-izquierda y la tolerancia hacia el “antifascismo” más agresivo, terrorista y obsceno.
Desde el punto de vista orgánico, los NAR aportaron poco a una teoría sobre la organización revolucionaria. En buena medida se trató de núcleos espontáneos que utilizaron una sigla, sin que existiera una realidad orgánica y una dirección centralizada. El NAR surgido del Frente Universitario de Acción Nacional romano tenía una matriz completamente distinta al NAR vinculado a determinados exponentes de Terza Posizione.

El expontaneismo demostró su inviabilidad a los pocos meses. Las organizaciones “armadas” (estos es, terroristas) para ser eficaces, deben desarrollar primeramente una parte política excepcionalmente activa y con iniciativa, imposible de ser desarticulada, para, en un momento dado de su desarrollo, segregar en ella, una parte “armada”, excepcionalmente reducida, tecnificada y profesionalizada. Eso, o de lo contrario, el expontaneismo se reduce a núcleos carentes de estrategia unificada, con una vida media corta e irrepetibles. En 1981 el NAR estaba completamente desarticulado y una generación de militantes había pagado con su vida o con años de cárcel su aventura.

En realidad, la tentación activista no era nueva en la extrema-derecha. En los años 60 ya habían aflorado distintas siglas del “terror negro”: la OAS en Francia y las Escuadras de Acción Mussolini en Italia. Pero donde las experiencias en este terreno habían llegado más lejos fue, sin duda en Argentina y Bolivia. En los años 50, tras la “revolución nacional” de Víctor Paz Estensoro, la Falange Socialista Boliviana “golpeó” en varias ocasiones e intentó acciones guerrilleras en la zona de Santa Cruz de la Sierra. Por su parte, en Argentina, habían aparecido guerrillas urbanas peronistas (los Uturuncos del peronista William Croques y sus secuelas) y nacionalistas (especialmente el Movimiento Nacionalista Revolucionario “Tacuara”). “Tacuara” desarrolló entre 1965 y 1969 una verdadera guerrilla urbana en Argentina con decenas de atentados contra los partidos de izquierda. Esta guerrilla urbana tuvo sus prolongaciones insospechadas a finales de los años 60 y principios de los 70, en el vecino Uruguay. Allí, algunos tacuaras en fuga, habían conseguido organizar células con militantes uruguayos que constituyeron el núcleo primitivo del Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros”. La entrada en el movimiento de Raúl Sendic, hizo que la nueva organización se decantara hacia el castro-socialismo y el marxismo. Otro tanto ocurrió con una fracción de la Tacuara argentina que, tras insistir en los aspectos “sociales” primero y “socialistas” después, terminó ubicada en el trotskysmo del Secretariado Unificado de la IV Internacional, en el que un antiguo tacuara, Joe Baxter, ocupó un lugar preponderante hasta su fallecimiento en accidente aéreo.

En 1968, en una de las publicaciones de Tacuara se realizó una interesante reflexión sobre la violencia política: el objetivo era el desencadenamiento de una “sublevación nacional” que desembocara en un golpe de Estado. Ese golpe debía tener un carácter político-militar. En realidad, solamente en el instante mismo del golpe, era cuando el peso de las fuerzas armadas era absolutamente necesario, pero, tanto antes como después, el peso de las operaciones recaía sobre un aparato político. Los tacuaras habían estudiado con detenimiento el proceso insurreccional argelino del FLN y la respuesta de la OAS. A ello habían contribuido militantes católicos argentinos ligados a Tacuara y relacionados con grupos católicos franceses, gracias a los cuales recibieron documentación que pudieron estudiar y que sirvió para darles un basamento estratégico-organizativo. En realidad, Tacuara fue una organización “para-militar” de la postguerra, autónoma, nacionalista, que logró una aceptable penetración en la sociedad argentina y, especialmente entre la juventud y que sirvió de vivero a otros grupos que aparecerían 10 años después: desde los Montoneros, hasta la Triple A.

Estas dos experiencias armadas, la de los NAR y la de la Tacuara argentina, son, sustancialmente diferentes: violencia defensiva en el caso de los NAR, violencia ofensiva en la Tacuara, núcleo guerrillero los NAR, cuyo “frente político” informal debía ser Terza Posizione, organización integrada político-militar, en cambio, la Tacuara.

Ambas experiencias y el fracaso de cualquier otra experiencia armada de izquierdas o de derechas, demuestra el subjetivismo inicial de quienes adoptaron esta vía. No midieron la desigualdad de fuerzas con la que debían enfrentarse y fue, finalmente, éste cálculo erróneo el que les llevó a la destrucción. La “vía armada”, el terrorismo, no es “vía”, es, como máximo, un callejóN sin salida que conduce directamente a un paredón…

VI. Anarco-fascismo recurrente

Existió una “izquierda fascista” de la misma forma que existió un “fascismo reaccionario”… pero en los años 30. A mediados de los años 60, especialmente, a partir del ascenso de la contestación estudiantil y de la aparición de la contracultura, algunos sectores extraparlamentarios intentaron recuperar nuevas formas de expresión que, históricamente, correspondían al “fascismo de izquierdas”, adaptándolo e incorporando fenómenos que se desarrollaban en los 60. Fue así como surgieron experimentos, pretendidamente eclécticos de fusión ideológica.

Esta tendencia aparece en Italia (con Giorgio Fredda y el grupo Lotta de Popolo (1968-1973, que saltó a la fama como grupo “nazi-maoista”), en Alemania (con distintas escisiones del NDP realizadas a principios de los años 70), en Francia (con los grupos autotitulados de Socialisme Europeene, Lutte du Peuple, CIPRE) y en España hacia 1973-75 (con pequeños grupos sin mucha historia creados en Madrid, muy influenciados por el trotskysmo y por el “nacionalismo-revolucionario” (que entonces no había pasado a ser, todavía, un sinónimo de nacionalsocialismo). En la mayor parte de los casos, estos grupos apenas tuvieron una incidencia real, agruparon a unas pocas decenas de militantes, interiormente, ni siquiera tenían unos criterios unificados y, frecuentemente, caían en las escisiones, las exclusiones y los conflictos ideológicos generados por matices.

Si en lo ideológico estos grupos insistían en la experiencia “socialista” del fascismo que veían (o creían ver) reconstruida por el maoísmo chino, por su austeridad, por su antisovietismo, por su antiamericanismo, por su filosofía del “poder en la punta del fusil”, etc, en lo organizativo, su aportación fue poco menos que nula. La organización asamblearía, la organización de la no-organización, un activismo frenético, en ocasiones contradictorio, siempre desprovisto de un planteamiento estratégico que permitiera capitalizar toda la riada activista, les condujeron al agotamiento en pocos años.

En España, esta tendencia está presente, especialmente en la “falange de izquierdas” aparecida en el último tercio de los años 60 (Frente Sindicalista Revolucionario) y que alcanza su cenit en el erróneamente llamado “hedillismo” de 1976-77 (FE-JONS(A)). A nadie se le escapaba –sólo a los propios “hedillistas”- que por mucha agitación obrerista, republicana, antifascista que desarrollaran, los 38 años de franquismo habían sellado en el imaginario colectivo del pueblo español, el yugo y las flechas al “régimen anterior”. Aunque sectores “hedillistas” alardearan de su admiración por el Ché Guevara, por las guerrillas latinoamericanas, por los montoneros argentinos, y, finalmente, por el sandinismo… la triste realidad era que, muy difícilmente, podían tener credibilidad si todo eso se realizaba con camisa azul, yugo y flechas, Cara al Sol y demás añadidos que lo hacían, altamente improbable, sino surrealista.

Mucho más cuerpo y similitud con las experiencias anarco-fascistas, fue el desarrollo en los años 80, especialmente en el ámbito madrileño, del grupo conocido como Bases Autónomas, en el que se reproduce el mismo esquema del anarco-fascismo de quince años antes, prácticamente sin variación. BBAA aparece cuando las formaciones clásicas de extrema-derecha han desaparecido. Erróneamente, BBAA atribuye esta crisis al “conservadurismo carca” inherente a esas experiencias y, por tanto, hay que organizarse de manera inversa (“autónoma” frente al rigidismo organizativo evidenciado por las centurias paramilitares de Fuerza Nueva, y a partir de las “bases”, es decir, de la militancia, y no de unos dirigentes sin contacto con la acción). Nunca tanta energía y entusiasmo fue desparramado en tan poco tiempo. Con la intención de “romper esquemas”, BBAA realizó tomas de posición, siempre sorprendentes, cuyo drama consistía en que eran incomprendidas por todos. La cuestión no era “romper esquemas” o ir a “por el caos” (otro de los temas favoritos de BBAA en la época) sino que el “esquema”, cualquiera que fuera, terminara siendo comprendido… por alguien.

A diferencia de la experiencia “hedillista” (la mayoría de cuya militancia se dispersó a los pocos años, desapareciendo de todos los ambientes, “sindicalistas” incluidos), lo esencial de la militancia de BBAA, siguió evolucionando y dando vida a iniciativas posteriores, mucho más serenas, meditadas y fruto de la metabolización de las experiencias pasadas.

De todas formas, el “anarco-fascismo” es una línea recurrente que tiene tendencia a aparecer en momentos de crisis o de recesión. De hecho, el problema del sector “nacional” consiste en lo que podríamos llamar, la “rotura de la continuidad”. La desmovilización de cuadros, una vez agotada la experiencia activista, y la ausencia de documentos autocríticos, producen el que, generaciones posteriores de militantes, vuelvan a repetir los mismos esquemas que han llevado a generaciones anteriores al fracaso. Si tenemos en cuenta que el Frente Negro de los Strasser o el obrerismo activista de Ramiro Ledesma, no tuvieron la más mínima incidencia política en su momento, las corrientes posteriores que reproducían esos mismos esquemas organizativos e idearios, no iban a tener más resultados… dado que, por lo demás, las condiciones objetivas eran mucho más desfavorables.

VII. El fracaso del modelo histórico

A estas alturas, discutir sobre si un modelo histórico formulado en los años 30 puede ser transplantado al siglo XXI, parece una discusión completamente absurda y banal. Y sin embargo, en España, sigue presente en la medida en que existen unos cuantos grupos, situados fuera del tiempo, que todavía siguen utilizando nombres y siglas de otros tiempos y que remiten a otras realidades.

El modelo histórico se ha caracterizado siempre por un rigidismo organizativo y unas formas paramilitares extraídas del ejemplo de los movimientos de los años 30: un grupo de cinco militantes forma una escuadra, luego siguen las “líneas”, las “falanges” y las “centurias”. Así se organiza la “primera línea”. Luego están: la sección juvenil, la sección femenina, la sección estudiantil, el sindicato, etc. El modelo histórico evidencia una inadaptación estructural a la realidad de la segunda mitad del siglo XX y, no digamos, a la sociedad postindustrial del siglo XXI. Lo que funcionó en un país y, en un tiempo (en Alemania e Italia, fundamentalmente), no debe, necesariamente, funcionar en otro país y en otra época.

El modelo histórico, a decir verdad, jamás funcionó siquiera en España. Para que hubiera funcionado habría sido preciso que existieran amplias franjas de excombatientes que hubieran vivido la experiencia bélica y quisieran trasladarla a la vida cotidiana y a la vida política. Pero la “guerra de Marruecos” fue extremadamente limitada e impopular y no podía generar las movilizaciones de protesta de los excombatientes distanciados del poder civil que fueron, efectivamente, el núcleo fundacional del fascismo histórico.

Con todo, el ejemplo del modelo histórico fascista logró contagiarse a España a partir del 18 de julio. Pero, la caída de los fascismos y el alejamiento del período bélico hicieron que ya en los años 50, el modelo político-organizativo inspirado en el fascismo estuviera fuera de lugar. A finales de los años 60, uniformes, formaciones paramilitares, referencias históricas, simbología, etc., eran ecos lejanos de otro tiempo. Ayudaban a hacer testimonialismo, pero impedían hacer política. De hecho, ninguna de las organizaciones políticas alternativas de postguerra que tuvo algo de éxito, absolutamente ninguna, en ningún país de Europa, hacía referencia a los “modelos históricos”. En España, por el contrario, partidos como Fuerza Nueva o FE-JONS siguieron usando y abusando de las formaciones paramilitares hasta principios de los años 80. El resultado fue cero.

VIII. De la derecha nacional a la autonomía histórica

Existían corrientes extraparlamentarias y corrientes “de izquierda”, por que el modelo electoralismo no avanzaba a una velocidad que satisficiera a los más exigentes. El crecimiento del MSI fue, en los años 50 y 60, excesivamente lento y no siempre continuo. Interiormente, surgieron disidencias que se tradujeron en la creación de movimientos extraparlamentarios, pero también existieron fugas en sentido contrario.

Si de lo que se trataba era de ganar espacios de poder, tener una presencia institucional creciente, era evidente que había que subordinarlo “todo” a ese objetivo y, por tanto, despojarse de algunos rasgos que, hasta entonces, habían sido las señas de identidad del neofascismo en general y del MSI en particular. Fue aquí en donde aparecieron los problemas por que en ningún lugar estaba escrito “hasta dónde” había que renunciar y qué era lo renunciable. Luego, no había que olvidar que los servicios de inteligencia intentaban rectificar, mediante la provocación y las “operaciones especiales”, tendencias del electorado que modificaban las correlaciones de fuerzas y la estabilidad política del centroizquierda italiano.

En 1969, el MSI había absorbido al Partido Monárquico y a sus votos. En 1973, integrando algunos jefes militares jubilados y algunos jueces, lanzó la etiqueta MSI-DN, esto es “destra nazionale”. En 1975, el sector más “occidentalista” del MSI, se escindió adoptando el nombre de Destra Nazionale. Esta iniciativa demostraba que en este tipo de formaciones la “espera del poder” no puede eternizarse y se trata de adoptar iniciativas que aceleren el crecimiento y la inserción en las instituciones y en los mecanismos de poder. En 1976, este partido –que había llegado a contar con un fuerte grupo parlamentario y a contactar en España con Alianza Popular, entonces digerida por Fraga Iribarne- había dejado de existir tras el descalabro electoral y la desaparición del grupo parlamentario.

El problema de este sector escindido del MSI –como luego se reproducirá en la escisión de Bruno Megret dentro del Front National- era que las piruetas y los tránsitos políticos no pueden realizarse en el vacío y por puro oportunismo; es preciso un colchón doctrinal, un basamento teórico que justifique, permita y delimite la transformación. Y este “colchón” no estuvo ausente en este tipo de escisiones que luego tuvieron también su continuación en Francia, cuando Alain Robert pasó del Parti des Forces Nouvelles a formaciones centristas, sin más explicaciones que el cargo político ofrecido. En España, se produjeron fenómenos limitados, pero similares, cuando militantes de Juntas Españolas (y antes de la extinta Fuerza Nueva), pasaron al Partido Popular, demostrando que no tenían muy claros los motivos por los que militaron en estas organizaciones, ni los objetivos y contenidos del PP.

Fue a mediados de los años 90, cuando en España, de la mano de Laureano Luna y del núcleo que dará vida a Democracia Nacional, se establece un marco teórico mucho más preciso: es la doctrina de la “autonomía histórica” que puede definirse como el reconocimiento de que no hay modelos históricos que tomar como referencia y que es preciso construir una opción sin lastres del pasado y que responda a las necesidades, planteamientos y exigencias del tiempo presente.

Esto delimitaba dos campos: el “sector histórico” y el “sector de la autonomía histórica”. Era evidente que, en España, quedaba a un lado las distintas “falanges”, todas modelos clónicos del original, y de otro, Democracia Nacional. En los ocho años que siguieron, DN consiguió acercarse primero, igualarse después y superar en las elecciones generales de 2004, al sector histórico. Sin embargo, los resultados fueron extremadamente modestos. La capacidad para establecer una teoría política, no tenía nada que ver con la capacidad para llevarla a la práctica, ni con los medios, ni con las técnicas necesarias. Pero, al margen del nivel de avance de la “autonomía histórica” sobre el cuerpo social, lo cierto es: 1) que, incluso dentro del sector “histórico” se han producido movimientos tendentes a “renovar”, tanto programa, como imagen, dejando aparcada la ideología (FE-La Falange y su gran “descubrimiento”: el antiinmigracionismo que ha eclipsado completamente a cualquier otro pleanteamiento), 2) que sectores como Alternativa Española, al reemprender por tercera vez la andadura –tras Fuerza Nueva y el Frente Nacional- lo han hecho de manera, al menos en su marketing, mucho más “autónoma” en relación al franquismo, la falange y el carlismo, que ya no aparecen en su propaganda, 3) que otras formaciones, ya sea oficialmente (España 2000) o algunos sectores (Movimiento Social Republicano), han asumido implícitamente las tesis de autonomía histórica y 4) que para ser creíble la autonomía histórica debe ser real, esto es, debe renunciarse a cualquier tipo de participación, contacto o solidaridad con el sector histórico, a la que se produce la más mínima contaminación entre ambos sectores, el “sector histórico” no resulta afectado, pero el sector de la “autonomía”, pierde toda crediblidad.

IX. La idea de la “Orden” y la “metapolítica”

A medida que se iban acumulando experiencias frustrantes y se sucedían éxitos limitados, distintos grupos militantes fueron agotando las posibilidades de ensayar vías nuevas. Llama la atención como organizaciones y personajes que no habían tenido contacto entre sí y que desconocían unos a otros sus reflexiones, fueron a parar a las mismas desembocaduras organizativas. En 1948, Evola había publicado un pequeño opúsculo –“Orientaciones”- germen de las ideas desarrolladas posteriormente en su obra “Los hombres y las ruinas”. Esta obra tuvo una continuación en “El fascismo visto desde la derecha”. Esta trilogía engloba lo que puede ser definido como el “pensamiento político de la derecha tradicionalista en la postguerra”. Pero, en el fondo, Evola era consciente de que una ideología de este tipo no podía ser asumida por un “movimiento”, sino más bien sólo podía ser encarnado por una “Orden”. La referencia y el vínculo de agregación de esa orden era el “terreno espiritual”, o dicho de otra manera, la metafísica. Hombres que identificaran su vida con sus ideas (fusión de teoría y de práctica), inexorables, dispuestos a ser ejemplo y vanguardia, precisaban identificarse entre sí y organizarse en una estructura diferente a la de un partido político: es entonces cuando Evola se vuelve hacia los órdenes que habían protagonizado los mejores momentos de la Edad Media. Llega incluso a redactar un proyecto de estatutos de “La Orden de la Corona de Hierro” e incluso considera al Príncipe y Comandante de la Décima MAS, Junio Valerio Borghese, aristócrata, guerrero y líder político, como el arquetipo del modelo humano que precisaba una orden de este tipo. Ciertamente, Borghese lo era y accedió cuando Evola le solicitó el prólogo a “Los hombres y las ruinas”. Por otra parte, Evola, formó personalmente a varias “promociones” de jóvenes, en las ideas del tradicionalismo. Las enseñanzas, impartidas en el domicilio de Evola en Roma, no eran solo teóricas, políticas o históricas. El centro era “la práctica”, la metafísica aplicada a uno mismo: Evola enseñaba un perfecto dominio sobre el yo, cómo alcanzar la estabilidad de la mente, sistemas de relajamiento y concentración adaptados a la finalidad perseguida, y desarrollo de capacidades psíquicas presentes en todos los textos de las distintas doctrinas sapienciales.

Hay dos etapas en el Evola de la postguerra: el Evola de “Los hombres y las ruinas” en donde cree en la posibilidad de una acción metapolítica realizada por los que han sobrevivido a las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y de la República Social, sin resultar destruidos y siguen en pie, actuando y agitando contra el Estado espúreo llegado en los furgones de los vencedores y aquel otro Evola que a mediados de los años 60 percibe, antes que nadie, un cambio de tono (la postguerra ha terminado y con ella la carestía, los racionamientos, las destrucciones físicas y se ha inaugurado la era de la abundancia, la opulencia y el hedonismo) y agrupa sus reflexiones en “Cabalgar el Tigre”. Ese Evola ha percibido la imposibilidad de un asalto frontal al Estado, la creciente desproporción de fuerzas y lo lejano que empieza ya a quedar la experiencia bélica, tan traumática como embriagadora, en 1965 la guerra ha concluido 20 años antes… una generación ha pasado. Y, en torno a la nueva generación, empiezan a darse signos y respuestas diferentes. Ha aparecido la “contestación” (que ya se presagiaba desde los beatniks de los años 50 en San Francisco). La aparición de la píldora, la revolución sexual, la crisis generacional, la ciencia, las nuevas orientaciones del arte y de la cultura, de la música, suponen, a la postre, el hundimiento, no del mundo tradicional, sino del mundo burgués. Y, en la medida en que ese mundo burgués se acerca a su final, se abren nuevas posibilidades para los que se sienten exiliados en la modernidad. Así pues, Evola desaconseja atacar al corazón del mundo burgués: éste se hunde por sí mismo; el único problema consiste en que el hundimiento no afecte a las fuerzas que defienden la tradición, las cuales deben “cabalgar el tigre”, es decir, capear el temporal hasta que el “tigre” se detenga, para, entonces, rematarlo.

Generalmente se tiene al Evola de “Cabalgar” como opuesto al Evola de “Los hombres y las ruinas”. No es exacto. En su última gran obra, “Cabalgar”, Evola ofrece soluciones personales, pero en sus últimos artículos sigue manteniendo las mismas posiciones de “Los hombres…”. Si, en lo personal, el rechazo al modelo burgués y la crítica a la sociedad burguesa debe estar siempre presente, la idea de “Orden” debe permanecer como salida comunitaria. No hay partido, tal es la conclusión, sin Orden que la estructure. La vertiginosa situación italiana generada a partir de 1969 y que se prolongó durante casi 15 años, impidió que pudiera constituirse embrión alguno de “orden”, pero el pensamiento de Evola influyó ampliamente en las juventudes del MSI, y especialmente en las organizaciones extraparlamentarias italianas.

Mientras estas reflexiones tenían lugar en Italia, en Francia, se llegaba a conclusiones relativamente similares. En 1965, el fracaso de los Comités Tixier Vignancourt que apoyaron la candidatura a las presidenciales de este partidario de la Argelia Francesa, determinaron la desmovilización de la organización que le había apoyado con más dinamismo y capacidad de atracción: la Federación de Estudiantes Nacionalistas y su publicación “Europe Action”. El fracaso de 1965 impulsar a la FEN a retirarse de la actividad política junto a los exponentes de la “vieja derecha”. La efervescencia ideológica previa a mayo de 1968, y la explosión contestataria que tuvo lugar en ese momento, aceleraron en junio de ese año la aparición de “Nouvelle Evole”, animada por Alain de Benoist y por el núcleo que hasta hoy ha dado vida a la “nueva derecha”.

En aquellos primeros pasos de la ND, Benoist y sus amigos insisten en los aspectos que les diferencian de la “vieja derecha”: si ésta es antialemana, la ND mira sin complejos los productos culturales que proceden de más allá de Alsacia y Lorena; si la “vieja derecha” es católica, la “nueva derecha” será “pagana”. Si una es chauvinista, la otra será europeísta. Si una es acientífica, la ND intentará basar sus posiciones –empezando por el “nacionalismo”- en sólidas bases científicas y su crítica al marxismo se basa en la genética, más que en la denuncia del GULAG. En los 10 años siguientes, la ND ampliará su influencia, hasta que, hacía 1978 se convierte en un fenómeno mediático en el vecino país. Los hechos parecen dar la razón a la ND, porque en esa época, el Front National, languidece, los grupos activistas tienen una influencia reducida y de todo el ambiente no hay noticias en los medios. En ese mismo momento, la ND influye directamente en “Le Figaro Magazine”, dispone de revistas en cuya línea editorial influye decisivamente y Benoist y sus socios, suelen aparecer en tertulias, entrevistas y debates televisados. Sus “universidades de verano” tienen cada vez más eco y logran abrir sucursales en otros países (España con “El Martillo” primero, Ediciones Thor luego y “Punto y Coma”, finalmente; Italia, en torno a Marco Carchi competidor con Fini en la presidencia del Fronte della Giuventú, Bélgica y Alemania, en torno a “Junges Forum”).

Pero el tiempo va pasando y el tiempo tiende a colocarlo todo en su lugar. Todos estos avances no tendrán continuidad ni cristalizarán en nada concreto. De hecho, cuando Le Pen termine la “travesía del desierto”, la influencia de Benoist es mínima en el FN. En Italia, ocurre algo similar. De hecho, el problema consiste en que la razón de ser de la ND consistía en reconocer que se habían perdido anteriores batallas políticas porque se carecía de la preparación necesaria. Así pues, era necesario “prepararse” para futuras luchas. Pero estas nunca llegaban. Como si un entrenador de cualquier deporte insistiera en que sus jugadores se entrenaran continuamente… pero nunca iniciaran el partido. La iniciativa tuvo eco y llamó la atención, mientras Le Pen no despegó. En cuanto lo hizo –y Le Pen era el paradigma de lo que Benoist llamaba “vieja derecha”- la ND perdió fuelle, especialmente cuando, sus cuadros más activos y dispuestos a la acción, se sumaron al lepenismo.

En España, las cosas iban a discurrir por los senderos más impensables. Si bien todos los intentos de creación de una ND fracasaron (en parte por el eclecticismo de “Punto y Coma” y su vinculación… a la derecha liberal, completamente desinteresada por la metapolítica, en parte porque quienes “descubrieron” a Benoist en España, buscaban solo un tema “original” manejado en exclusiva que les diera entrada a algún departamento universitario, o bien, simplemente, por falta de talla intelectual de sus impulsores), la idea de la “metapolítica” estuvo presente durante los años 70. En el fondo, lo que proponía Evola, una derecha tradicional organizada como “orden”, había sido encarnado por algunas formas de carlismo y, por otra parte, en aquel momento, España seguía siendo un país mayoritariamente católico. Aquí no había lugar para “paganismo”, ni para una metapolítica crecida fuera del catolicismo. Pero también en España se vivía la sensación de que las formas políticas y organizativas que se habian ensayado hasta ese momento, no funcionaban: los Círculos José Antonio, eran eso, “círculos”, y, por tanto, unos tenían poca relación con otros a pesar de la común filiación falangista; Fuerza Nueva existía en aquella época (1970-3) solo durante las conferencias de Blas Piñar, pero no existía una estructura organizativa permanente, sino sólo delegaciones de la editorial. Las organizaciones del Movimiento (Guardia de Franco, OJE, Frente de Juventudes, Sección Femenina, Vieja Guardia) languidecían en la inactividad. En esta situación, un pequeño grupo de católicos madrileños, con una mentalidad activista, decidieron organizarse y dar vida a Cruz Ibérica. Su fundador y alma, Fernando Alcázar de Velasco, hijo de un falangista notorio de la primera hora, tenía una innegable agudeza intelectual y podía ser considerado como un pensador católico, tradicionalista y patriota. Alcázar tenía la idea de constituir una “orden militante católica”, con la intención, incluso, de pedir el reconocimiento al Vaticano y un estatuto propio. No eran excesivamente franquistas, muy anticomunistas, criticaban los despuntes liberales del régimen y pensaban en un “marco ibérico”. En aquella época de pobreza intelectual, los textos de Cruz Ibérica, destilaban cierto aroma de sofisticación. Como en el caso de los textos evolianos, los documentos de Cruz Ibérica no estaban dirigidos hacia las masas, sino a élites católicas tradicionalistas dispuestas a la acción.

En hecho de que evidenciaran su componente católica y cierta agresividad en las formas, facilitó el que la prensa los identificara con los Guerrilleros de Cristo Rey, los asimilara a Fuerza Nueva, o simplemente los atacara como a peligrosos integristas. En realidad, algo de peligro si entrañaban. En 1974, Cruza Ibérica lanzó un semanario que llegaba puntualmente a un buen listado de grupos, notables y simpatizantes. Pero en abril de ese año, Fernando Alcázar y el núcleo central de Cruz Ibérica resultaron detenidos tras atracar la central del Banco Atlántico. Beneficiados por las amnistías posteriores a la muerte de Franco, reemprendieron el trabajo político entre 1976 y 1978, cuando la iniciativa se extinguió en el momento en el que ya, Fuerza Nueva se había convertida en hegemónica.

De Cruz Ibérica hoy no permanece ni el recuerdo, pero hay que reconocer el paralelismo y la similitud objetiva que tuvo con la experiencia evoliana. Ambas se desarrollaban sobre el trasfondo de la construcción de una “Orden”, a diferencia de la ND que pretendía, más bien, constituir una “élite intelectual”. La “acción” se excluía en beneficio del entrenamiento para un partido que nunca llegaba.

Las experiencias de estos modelos organizativos y estratégicos indican que, si bien es necesario, un basamento intelectual para la acción, tampoco es precisa una l sofisticación extrema que lleva, inevitablemente, al mero cultivo de la intelectualidad, especialmente, cuando existe –como en la ND- una inhibición de cualquier lucha política. Ahora bien, el modelo evoliano y el de Cruz Ibérica, muestran también limitaciones y la primera de todas es el desconocimiento de las “condiciones objetivas” que impone la realidad: hoy, vivimos la era de las masas, si lo que se asume es la lucha política como necesidad para resolver los problemas de la comunidad nacional, inevitablemente hay que apelar a las masas y, como decía el viejo adagio hermético “lo semejante se une a lo semejante”. Una “orden” difícilmente vivirá los mismos problemas de las masas y muy difícilmente estará en condiciones de atraer a las masas y, mucho menos, de participar en una iniciativa político-militar.

Por otra parte, quienes participan en iniciativas de este estilo, tienden a considerarse a sí mismo “élite”… cuando la élite solamente demuestra ser tal en la “prueba”. La eficacia de una élite se mide por la eficacia de su acción o, en cualquier caso, por el ejemplo que aporta a otros. Aquel que se define como “élite”, miente en el peor de los casos o se equivoca en el mejor. Situados en pleno narcisismo, la autotitulado “élite”, incapaz de realizar “trabajo de masas”, se refugia en los cenáculos restringidos. Hitler, en “Mi Lucha”, había denunciado a estos núcleos “völkisch”, llamándolos “giróvagos”… con lo que, una vez más se demuestra, que no hay nada nuevo bajo el sol.

X. El modelo organizativo del futuro

El repaso de todas estas experiencias nos ha confirmado en lo que decíamos al principio: la relación entre estrategia y organización. A partir de ahora se tratará de establecer una estrategia para el presente para estar en condiciones de definir cómo será la organización del futuro.

Nos enfrentamos a un momento histórico complejo. El sistema surgido de la Europa en ruinas de 1945, parece aproximarse a su fin. Si en 1990, murió Yalta (la división europea en dos bloques), quince años después se percibe el desgaste terminal del sistema político europeo: desconfianza creciente del electorado hacia las opciones tradicionales desde 1945, aumento de la diferencia entre la Europa Oficial y la Europa Real, crisis de crecimiento de la Unión Europea, problemas insuperables generados por la globalización (deslocalización e inmigración), etc. Frente a estos problemas, las opciones políticas tradicionales han adoptado un autismo que, a medio plazo, les llevará necesariamente a la autodesintegración. Porque, el sistema político europeo afronta una cita ineludible: su fecha de caducidad podrá tardar más o menos, pero la tendencia actual señala una marcha inexorable hacia el colapso final.

Esto marca dos tiempos: 1) del momento presente a aquel límite en el cual las instituciones democráticas entren en crisis o no estén en condiciones de responder a las necesidades históricas y 2) a partir de ese momento cuando Europa estará ante una situación de gravedad excepcional. Y esto obliga a prever una estrategia de larga duración que contemple estas dos etapas.

En la primera etapa, la actual, las necesidades son obvias: ganar peso político, objetivo que pasa por una estrategia electoralista. Lo que implica que hay que subordinarlo todo a tal estrategia (imagen, programa, táctica), pero sin perder de vista que, a medida que la situación se vaya agravando, llegará un punto en el que, para avanzar será preciso algo más que una representación parlamentaria y un partido electoralista. Será preciso, en esta segunda fase, una formación capaz de encuadrar y organizar amplias masas populares, capaz de garantizar la autodefensa de las comunidades y esto mucho más cuando que, en la actualidad, el ejército es una entelequia en países como España y no existe la seguridad de que esté en condiciones de poder afrontar, ni una oleada de terrorismo, ni revueltas étnico-religiosas-sociales surgidas de los guetos, ni siquiera responder a amenazas interiores que excedan la capacidad antidisturbios de las fuerzas policiales.

Así pues, el modelo organizativo debe prever las necesidades actuales (electoralistas), pero también el previsible deterioro de la situación (que conducirá a la necesidad de la autodefensa). Y esto implica, a la postre, que el movimiento hoy debe de ser una estructura electoral con capacidad de encuadramiento y movilización, para en una segunda fase, sin abandonar su carácter electoralista, priorizar la capacidad de autodefensa de la comunidad. La perspectiva que tenemos en los próximos diez años, es de hundimiento del sistema político europeo y de la legalidad vigente, con el elemento añadido, de debilidad de las fuerzas de seguridad del Estado y de las fuerzas de Defensa Nacional, para afrontar crisis graves interiores y amenazas exteriores. Porque, de lo que se trata, a fin de cuentas, es de defender la legalidad y la legitimidad, en un momento en el que peligro y la inestabilidad amenacen el estilo de vida y la tradición europea.

Guillaume Faye aludía a los “tiempos fríos” (los actuales, en donde da la sensación de que no ocurre nada) y a los “tiempos calientes” (en los que se precipitan las crisis). En los primeros, resulta muy difícil movilizar a las masas, en los segundos, lo que es preciso es encuadrar y organizar a las masas y de esto se trata precisamente: de avanzar hoy en los “tiempos fríos”, mediante una organización electoralista, pero sin perder de vista, el próximo advenimiento de los “tiempos calientes”, en los que hará falta algo más. Y será entonces cuando la organización deberá mostrar su dureza, su coherencia, su valor para liderar la autodefensa de las masas. Así pues, lo que debemos tener en mente es una organización fácilmente convertible de democrático-electoralista en vanguardia organizada de la nación.

Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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