1º de mayo: pasado y futuro del sindicalismo

Publicado: Jueves, 28 de Abril de 2005 19:00 por en ORIENTACIONES
ouvrier-rebel.jpgRedacción.- La proximidad de la fecha del 1º de mayo nos impulsa a realizar unas reflexiones sobre un tema que consideramos candente: el futuro del sindicalismo… que, probablemente, deba inspirarse en su pasado y que, este año podemos relacionar con un tema particular: la doctrina de Juan Pablo II sobre la materia que creemos es bueno recordar.

La palabra “sindicato” es de origen griego. Los “síndicos” de Atenas eran los miembros de una comisión encargada de defender la tradición y las leyes antiguas. “Sindicar” equivalía a denunciar ante la justicia a quien infringía la tradición ateniense. El “síndico” era, pues, el procurador y el defensor de los intereses de la población ateniense. La palabra fue recuperada en el siglo XVIII por los gremios franceses, pero no se generalizó hasta que se crearon las agrupaciones patronales, Cámaradas Sindicales Patronales (antes que las obreras). Los obreros reivindicaban la creación de “Cámaras Sindicales Obreras”. Cuando las obtuvieron, las patronales dejaron de llamarse sindicatos, nombre que pasó al patrimonio obrero. Esto ocurría hacia 1908. Los sindicatos reivindicativos no han superado los 100 años.


De los gremios al sindicalismo

El antecedente de los sindicatos modernos son, sin duda, los gremios tradicionales, de los que hay constancia desde el 700 a.JC. En Grecia se llamaron “etarrillas” y “Eranos” y en Roma fueron los “Collgia Fabrorum”. El espíritu gremial perduró en el cristianismo y los pueblos germánicos aliados del Imperio también los conocieron. En la edad media, aparecen las Guildas hacia el siglo XI. A partir de los siglos XII-XV, los gremios se extienden por toda Europa con distintos nombres.

San Isidoro de Sevilla nos habla de las “cofradías” que existían en la España Visigoda con intención religiosa y mutualista. En Aragón, durante el reinado de Pedro II, ya se tienen noticias de la existencia de un fuerte movimiento gremial y corporativo. La afiliación era obligatoria para el desempeño de un oficio. Existían distintos niveles de capacitación: aprendices, oficiales y maestros. Los gremios eran dueños de los medios de producción que utilizaban los artesanos. Habilitaron un sistema de regulación para evitar abusos y expulsar a los artesanos incapaces o deshonestos.

Hacia finales del siglo XV aparecen signos de esclerosis en los gremios. Se producen los primeros síntomas de acumulación de capital, presiones procedentes de familias gremiales que querían que se otorgaran ventajas a sus hijos, al mergen de su capacitación y antigüedad y, finalmente, abundaron las peleas entre distintos gremios y los casos de intrusismo. A partir del siglo XVII, el gremialismo dio muestras de agotamiento y en el siglo siguiente, la Ilustración y los Enciclopedistas lo atacaron con singular furia. Las teorías económicas liberales se opusieron al gremialismo: Campomanes, Jovellanos, fueron, en España, sus principales detractores. Los reinados de los borbones –especialmente Carlos III y Carlos IV- fueron antigremialistas. El Conde de Aranda –francmasón- logró que Carlos III prohibiera los gremios. Las Cortes de Cádiz, finalmente, anularon la afiliación obligatoria para el ejercicio de una profesión gremial. No era la supresión formal, pero si real, del gremialismo. Cuando se iniciaba el siglo XX, los gremios estaban reducidos a ser una sociedad de socorros mutuos. Nada más.

El tránsito de los gremios a los sindicatos

Marcelo Capdeferro explica que “la revolución liberal se preocupó mucho por la libertad, pero relegó al olvido la igualdad y la fraternidad”. No en vano se trataba de una revolución burguesa. A partir del primer tercio del siglo XIX, disidentes liberales, insistieron en estos dos aspectos de la terna liberal. La “Sociedad de los Iguales” de Babeuf, fue, en plena revolución francesa, la primera muestra de esta tendencia. Luego siguió el conde de Saint-Simon, Robert Owen, Fourier, Cabet, que, en la misma tendencia, fueron llamados “socialistas utópicos” por Marx y Engels. El nombre apareció, por primera vez, en el Manifiesto Comunista (1848).

En España, estas ideas penetraron por Catalunya. Nombre suficientemente conocidos como Narciso Monturiol (inventor del submarino), Anselmo Clavé (creador de las masas corales) o Ildefonso Cerdá (planificador del ensanche), fueron, masones y socialistas utópicos vinculados al grupo de Abdón Terradas, asimismo masón. Inicialmente, estos movimientos se presentaron como sociedades que luchaban por el “pan y la justicia”, no por la política. Fueron objeto de una represión indiscriminada por parte de los monárquicos de la época y terminaron derivando hacia posiciones republicanas, no tanto por convicción, como por la dinámica a la que les llevaba la propia represión. Tras el trienio liberal (1820-23), además, muchos liberales tuvieron que exiliarse a París. Uno de ellos, Joaquín Abreum conoció a Fourier e introdujo el socialismo utópico en Andalucía. En Catalunya cuajó la doctrina carbonaria, muy impregnada por el socialismo utópico.

En 1840, se autorizó en España el “mutualismo laboral”, como sustituto de los gremios. En realidad, se trataba de presindicatos. En 1854 ya existían en toda España distintas asociaciones obreras y mutualistas, lo suficientemente fuertes para que, durante el gobierno de Espartero se fusionaran temporalmente en la “Unión de Clases” (1854). En 1865 tuvo lugar en Barcelona el Congreso de Cooperativas y Sociedades Obreras, cuya documentación completa hemos podido consultar en la Biblioteca Arús.

Una parte del movimiento obrero español fue, inicialmente cooperativista y cuajó en España a partir de 1840, introducido por discípulos de Etienne Cabet, formado por Abdón Terradas. Unos años después, el cooperativismo sería aprisionado entre las dos ramas de la tenaza: el socialismo marxista y el anarquismo bakuninista. Pero no nos adelantemos.

La irrupción de la Internacional

Paradójicamente, la responsabilidad de la creación de la Internacional Obrera, se debe a una iniciativa de Napoleón III que, paternalmente, envió a 200 obreros francesas a la Exposición Universal de Londres de 1862. Allí, algunos obreros franceses discípulos de Proudhon contactaron con las “Trade Union” británicas, sindicatos en fase de consolidación. De ahí surgió la idea de celebrar una asamblea para apoyar la lucha de los polacos por su independencia. La reunión tuvo lugar en Londres el 22 de julio de 1863. Al año siguiente tuvo lugar un nuevo Congreso bajo la dirección de un Comité Central que implementó el nacimiento de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocido como AIT o I Internacional. En este Comité se encontraba Marx. En los congresos posteriores, la tensión entre socialistas y anarquistas fue creciendo, hasta que, finalmente, se produjo la ruptura en 1872, tras la Comuna de París, que Marx consideró prematura. En 1876, se disolvió.

Pero entre las conclusiones de los distintos congresos, se había aprobado todo el arsenal reivindicativo: la legitimidad de la huelga y la colectivización (1868), la abolición del derecho a la propiedad de la tierra (1869).

En el congreso de Bruselas (1868) asistió un obrero mecánico catalán, Antonio Marsal, próximo a Proudhon y Bakunin que, históricamente, es la primera conexión de la clase obrera española con la AIT. Bakunin –devenido masón- envió a otros dos masones y a un carbonario, Reclus, Rey y Fanelli, respectivamente, para organizar la “Regional Española de la AIT”. Fenelli fue quien logró contactar mejor captando a algunos dirigentes del “Centro Federal de Sociedades Obreras”, buena parte de cuyos dirigentes pertenecían a la masonería. Masones fueron, así mismo, Fargas Pellicer (amigo de Gaudí) y Gaspar de Sentiñón qe asistieron como bakuninistas al congreso de Basilea (1869). En el congreso de Barcelona (1870), fue abatida la resistencia de los cooperativistas (todos ellos amigos de Gaudí, por cierto) y se impuso la doctrina anarquista en el grueso del movimiento obrero español. Sin embargo, Marx envió a uno de sus activistas, Paul Lafargue, para recomponer el grupo español. Lafargue fundó la Nueva Federación Madrileña con expulsados del grupo bakuninistas que Marx admitió en la AIT y a la que envió ayuda económica. Pero no sería sino hasta 1888 cuando los socialistas marxistas estuvieron en condiciones de fundar la UGT. En cuanto al otro sector, en 1908 tiene lugar el “Congreso Obrero de Catalunya”, controlado por los anarquistas, pero en el que participan radicales de Lerroux, constituyéndose “Solidaridad Obrera” como organizaciones anarcosindicalista catalana, germen de la futura CNT.

La aparición del sindicalismo cristiano.

Benedicto XIV fue el primero en condenar el liberalismo, condenando las obras de Voltaire. Pío IX denunció que el liberalismo “parecía no tener otro fin que el de amasar riquezas”. Pero no fue, sino tardíamente, cuando León XIII en 1891 publicó la “Rerum Novarum” en la que se produce una condena simétrica al socialismo y al liberalismo. León XIII, admite el capital y la propiedad privada, pero con una importante salvedad, subordinados al bien común, apela a la dignidad humana, a la justicia y a la caridad. Y defiende, finalmente, un corporativismo renovado. Pío XI en 1931 popularizo en “Quadragésimo Anno” un concepto importante: la “justicia social”. Finalmente, Juan Pablo II ha mantenido esta línea y en todas sus alocuciones, insistió en el mismo orden ideas. De hecho, el gran fracaso del pontificado recientemente concluido, fue no haber podido limitar los destrozos del capitalismo.

Desde 1880, existió una voluntad en ambientes católicos de generar un movimiento obrero con esa orientación. Ese año, el padre Antonio Vicent fundó en Manresa el primer Círculo Obrero Católico que logró extenderse al resto de España. Los sindicatos católicos no lograron arraigar, ni reconstruir los antiguos gremios, fundamentalmente por ser demasiado evidente el apoyo que algunos magnates católicos (el marqués de Comillas, por ejemplo), le prestaban. Fueron estigmatizados con el nombre de “sindicatos amarillos” y hacia 1912, el propio padre Vicent, poco antes de su muerte, reconocía el fracaso de la iniciativa a la que había dedicado tantos esfuerzos.

El futuro del sindicalismo

Con la llegada de la democracia y el paréntesis de los sindicatos verticales (que, en buena medida, suponían la reconstrucción parcial del sistema gremial), el sindicalismo obrero pareció cobrar un nuevo impulso. Pero se trataba de un espejismo. Los nuevos sindicatos no han logrado arraigar en la clase obrera que, por lo demás, desde hace 25 años se encuentra en continua mutación. Los sindicatos serían inviables sin el apoyo del Estado… esto es, de los detentadores del capital.

Tras el fracaso de la UGT durante el felipismo al transformarse de “sindicato reivindicativo” en “sindicato de gestión”, el sindicalismo quedó como una estructura vacía, hueca y con una importancia decreciente en la sociedad. El miedo al paro, hizo que los sindicatos aceptaran sin excesivas protestas, la legislación sobre los contratos basura y que se limitaran a protestas testimoniales o colaborar en el sistema económico-social propuesto por el partido de turno en el poder. Hoy, solamente permanecen sindicados, cuadros intermedios que tienen mucho que perder, funcionarios sindicales con pocas ganas de trabajar e inmigrantes. El resultado es un divorcio entre las capas trabajadoras y los sindicatos, que suele evidenciarse en las manifestaciones sindicalistas del 1º de mayo, llegando al estacazo, el insulto y los intentos de linchamiento.

El sindicalismo reivindicativo ha muerto y es hoy una pieza más del sistema económico social, dócil, amaestrada y permanentemente tendiendo la mano hacia el poder. Los líderes sindicalistas no pasan de ser los “listillos” que se las han ingeniado para vivir como funcionarios y presentarse como líderes. Los conatos de transformación en “sindicatos de gestión” se han acabado entre aromas de corrupción (PSV). Hoy, el sindicalismo no es más que un instrumento para corregir determinadas crisis de crecimiento del capitalismo. Como máximo…

¿Hacia dónde DEBE evolucionar el sindicalismo?

¿Hacia dónde puede evolucionar el sindicalismo? En el terreno doctrinal, hace falta revisar lo que puede aportar de positivo la doctrina social de la Iglesia, no en tanto que ligada a una confesión particular, sino como muestra de un principio: la justicia social que pasa por la limitación del capitalismo y la lucha contra el liberalismo salvaje y la oposición al colectivismo y a la negación de la propiedad individual. A este doble frente le llamamos JUSTICIA SOCIAL.

Pero existe otro. Los trabajadores, en tanto grupo social con limitados medios económicos, es el eslabón más sensible de la sociedad. No se puede legislar contra él y si hoy se legisla en contra de los intereses de las clases trabajadoras es porque ha triunfado la doctrina políticamente correcta, del mercado. Pues bien, el mercado precisa correcciones. Y el Estado debe de aportar esas correcciones. Ya conocemos lo que es el mercado SIN correcciones (los últimos 5 años). Ahora hace falta dar marcha atrás y reconocer que el liberalismo salvaje no construirá el mejor de los mundos. La “libertad” del mercado, no lleva ni a la “igualdad” social, ni a la “fraternidad”.

La irrupción constante de medidas contrarias a los intereses de las capas trabajadoras se produce por que el poder político está en manos de unas agrupaciones espúreas, los partidos, que definen lo que es y lo que deja de ser democracia. Para ellos, en la práctica, democracia es sinónimo de partitocracia y partitocracia es sinónimo de plutocracia (poder del dinero). No vivimos en una democracia, sino en una plutocracia. El libre mercado no nos ha llevado ni a la justicia social ni mucho menos a nada que pueda parecerse a la igualdad, sino que ha creado una situación que atenta contra el primer derecho humano: la SEGURIDAD.

Finalmente, ha aparecido otro problema. La globalización. Si el mercado “nacional” desembocaba en situación injustas, al menos era controlable por los Estados. Pero a partir de 1990, se crea un mercado mundial –globalizado- fuera de todo control y que genera dos movimientos perversos: DESLOCALIZACIÓN (desplazamiento de empresas de Norte a Sur en busca de un abaratamiento radical de costes) e INMIGRACION (desplazamiento de personas de Sur a Norte para abaratar la mano de obra en el Primer Mundo). Ambos movimientos atentan contra las clases trabajadoras europeas y contra las inmigración a la que se impide vivir situaciones de dignidad y justicia social en su país de origen, arrojándosele a guetos y a situaciones de explotación y venta de su fuerza de trabajo a precios de dumping laboral.

Hoy, no puede haber un movimiento de los trabajadores que no contemple estas cuatro opciones:

- Lucha por la justicia social y contra el liberalismo salvaje y contra la globalización llevada a sus últimas consecuencias.

- Lucha contra la deslocalización y la desertización industrial de Europa convertida en un área de servicios, pero con una industria manufacturera en vías de desaparición.

- Lucha contra la inmigración masiva e ilegal que desdibuja las sociedades que la reciben y genera problemas de todo tipo, arrastrando a la pobreza a las clases trabajadoras autóctonas, a la creación de guetos y a todo tipo de desequilibrios étnicos, culturales, religiosos y sociales, que, precisamente, las clases trabajadoras viven en primer persona.

Ninguno de estos tres puntos puede ser sostenido por las actuales burocracias sindicales y por el actual modelo de sindicalismo que ni es reivindicativo, ni de gestión, sino sólo de colaboración con quien gobierna en ese momento (que, a la postre, es quien da el caramelito de la subvención).

El modelo a adaptar sigue siendo el antiguo modelo gremial: propietario de los medios de producción, que prepara y educa en el desempeño de un oficio a los aprendices, que regula el ejercicio de esa profesión, que vela por la calidad de la producción, por un salario justo, por los derechos de los afiliados, por su calidad ética y moral, por la educación de sus hijos, y que colabora está representado en el Senado mediante representantes electos democráticamente.

Ese es el modelo sindical de sustitución, concebido como una columna del Estado y no solamente, como un cooperador necesario en el proceso de producción.

© Ernesto Milá – infokrisis –infokrisis@yahoo.es

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