El Primer Gran Despertar Religioso norteamericano

Publicado: Viernes, 22 de Abril de 2005 13:40 por en INTERNACIONAL
mabook.jpgRedacción.- Está próximo a aparecer en edición impresa la obra “¿Quién está detrás de Bush?”, subtitulada, lo oculto en la política norteamericana, de la que ya hemos ofrecido un resumen en infoKrisis. Uno de los capítulos inéditos es el relativo al llamado “primer gran despertar espiritual” bajo cuyo signo se llevó a cabo la independencia: masonería e iluminismo son las dos constantes de aquel movimento. Vamos a describir el fenómeno.

[“Lo que está detrás de Bush” – Lo oculto y misterioso en la política norteamericana, se publicará en junio 2005, al precio de 15,00 euros + 4,00 euros de gastos de envío. Reserva tu ejemplar escribiendo a abd@pyrelibros.com, así ayudas al mantenimiento de esta web]

El Primer Gran Despertar


Gottlieb Mittelberger, un observador alemán que recaló en las colonias de nueva Inglaterra, expresó con claridad la situación en 1754; recordó que en Filadelfia existían 12 iglesias, pero también 14 destilerías de ron… En esa época se bullía lo que se ha dado en llamar «Primer Gran Despertar» que, finalmente, cristalizó de la mano de George Whitefield, un predicador carismático, llamado el «Gran Itinerante». No le costaba reunir a 10.000 fieles reclutados entre los baptistas y la periferia más extrema del puritanismo, lo que nos indica que a mediados del siglo XVII, las excentricidades religiosas ya recogían el fervor de un sector mayoritario de la sociedad americana. Whitefield realizó en 30 años, siete giras continentales y su actividad hizo crecer la influencia del puritanismo más extremo y excéntrico. Otros siguieron su obra dentro del marco del Primer Gran Despertar.

Se trató, ciertamente, de un «despertar espiritual», pero que tuvo orientaciones muy diferentes. De un lado, es innegable que una componente fue «iluminista». Tampoco en este terreno nada ha cambiado en la modernidad con respecto a la tradición religiosa de los EEUU. El iluminismo cree en la posibilidad de una brusca comprensión de la verdad, mediante un diálogo directo con Dios. En este diálogo el síntoma más significativo es la caída de un velo y la percepción intuitiva de una nueva realidad. Uno de sus predicadores, Samuel Jonson lo había expresado magistralmente cuando definió lo que sintió al leer una obra de Francis Bacon: «me había sentido como aquel que emerge de las sombras y se encuentra de pronto con la luz de un día soleado». Este tipo de experiencias eran consideradas como «liberadoras». Esencialmente no hay absolutamente nada que separe esta visión de la que actualmente mantienen los «cristianos renacidos» en los EEUU (ver la última parte de este estudio).

Pero lo importante es recordar también la otra tendencia del Primer Gran Despertar. Samuel Jonson fue, así mismo, primer presidente del King’s Collage. Otro predicador puritano y congregacionista, Eleazar Wheelock fue, también, fundador de una escuela para niños indígenas que luego se convirtió en la Facultad de Dartmount especializada en estudios de los clásicos. Esta segunda tendencia del Gran Despertar tuvo una repercusión particular en el terreno formativo y educativo y tuvo consecuencias en el contenido mismo de las enseñanzas. Además, a partir de 1785, los anglicanos de Boston adoptaron una teología no trinitaria y se convirtieron en la primera «iglesia unitaria» de Norteamérica. A partir de ese momento, aparece un nuevo tipo de confesión religiosa que ya no tiene absolutamente nada que ver con las europeas.

El resultado de este Primer Gran Despertar, previo a la lucha por la independencia de las colonias y que allanó el camino hacia este proceso, fue la constitución de una nueva forma religiosa basada en cinco puntos: énfasis en la predicación, ausencia casi completa de clero, liturgia reducida a la mínima expresión, aumento del valor de la experiencia individual y moralismo como eje central aplicado a la vida cotidiana y a la enseñanza.

El logro fundamental fue que el Primer Gran Despertar dio una identidad común a todos los núcleos de población dispersos por la Costa Este. Hasta entonces, cada comunidad parecía aislada de las demás y tenía inevitablemente a una secta religiosa como corriente mayoritaria. Cada colonia era un mundo aparte y estaba vinculado con el exterior sólo a través de Londres. Con la aparición del Primer Gran Despertar, se forma una conciencia colectiva, se establece un denominador común, autónomo y autosuficiente de la metrópoli. Es significativo que, en realidad, Whitefield, predicador itinerante recorriera todas las colonias de forma incansable. Cuando murió, fue el primer norteamericano recordado tanto en Georgia como New Hampshire. Whitefield fue la primera figura pública «norteamericana». Gracias al Primer Gran Despertar y a sus predicadores las colonias comprendieron lo que tenían en común.


Independencia bajo el signo religioso


Entre 1756 y 1763, Europa se vio teñida de sangre por la Guerra de los Siete Años. Este conflicto estalló a partir del «incidente Jumonville» en el cual una patrulla dirigida por un joven teniente-coronel, enviado a Ohio, se encontró con una unidad francesa a la que atacó a cañonazos y golpes de tomahawks (estaba integrada también por indios voluntarios). Voltaire no dudó en afirmar: «Una bala de cañón disparada en Norteamérica iba a dar la señal que haría arder Europa» y Horace Walpole reconoció también que «Un joven de Virginia dio la orden de disparar en un lugar remoto de Norteamérica y prendió fuego al mundo». Ese joven se llamaba George Washinton. Como puede comprobarse la tendencia norteamericana a crear conflictos internacionales no empieza con George W. Bush.

De hecho, muchos presidentes de los EEUU sueñan con ser el nuevo George Washinton. Washinton solía utilizar la palabra «imperio» y durante unos años fue leal súbdito inglés, deseoso de hacer carrera en el ejército imperial. Desengaños económicos con su administrador londinense y un rechazo instintivo a la burocracia inglesa, terminaron por convertirlo en un independentista antibritánico. Washington es, sin duda, uno de los grandes pilares de la independencia, pero a partir de sus problemas económicos en Londres, pasó a odiar todo lo que Europa representaba.

Debió de llegar un hombre providencial para restablecer un puente entre el Nuevo Mundo y la Vieja Europa. Ese hombre fue Benjamín Franklin. Era el menor de 17 hermanos, sus padres vivieron hasta los 82 y 84 años y tuvo a su vez 14 hijos, 82 nietos y 110 bisnietos dando muestra de la importante revolución demográfica que se originó en las colonias. Fue un autodidacta que tuvo en Daniel Defoe (puritano puesto en la picota y pirata; su libro «Historia de los Capitanes Ingleses» muestra las relaciones entre el fenómeno de la piratería que emigró al Caribe y los puritanos ingleses exiliados en Holanda) a su mentor intelectual. El gobernador de Pensilvania lo envío unos meses a Inglaterra y cuando volvió estaba cargado de ideas y proyectos nuevos, Formó con otros jóvenes el «Club de los Mandiles de Cuero» que creó la primera biblioteca itinerante que existió en América. Los libros que difundía eran pragmáticos, no había lugar para textos religiosos, pero sí una cuantiosa literatura científica y tecnonológica del tipo «hágaselo usted mismo». Luego fundó la Sociedad Filosófica Norteamericana. Era el género de hombre práctico que luego proliferará en América. Cuando se le reprochaba que vendiera en su librería panfletos de mala calidad, él contestaba: «Quiero tener todo aquello, bueno o malo, que haga ruido y tenga demanda», todo lo demás era secundario para él.

El 3 de marzo de 1770 se produjeron incidente en Boston. En realidad, apenas tuvieron importancia real pero acarrearon consecuencias inesperadas. Unos jóvenes arrojaron bolas de nieve a una formación militar inglesa y algunos «casacas rojas» dispararon sin haber recibido la orden, dejando tres muertos entre los agresores. Al parecer no habían dado el alto y por tanto podían ser acusados de asesinato sin premeditación. Los acusados fueron absueltos, salvo dos a los que se les marcó con un hierro candente para calmar a los bostonianos. Samuel Adams, Paul Revere, Joseph Warren y Benjamín Franklin aprovecharon el incidente para hacer circular versiones fantasiosas e imaginarias de la brutalidad inglesa que supusieron el primer gran sobresalto independentista en las colonias. Pues bien, Adams, Revere, Franklin, eran miembros de la logia masónica de Boston de la cual Joseph Warren era su Gran Maestre. Poco después, esa formidable central de acción revolucionaria, instigó el llamado «Motín del té de Boston» en el que todos los asaltantes de los tres buques ingleses eran, igualmente, masones disfrazados de indios.
A partir de estos dos episodios se instala en EEUU la tradición de faltar a la verdad en cuanto los intereses nacionales así lo exigen y la costumbre de la provocación como desencadenante de conflictos: luego volvió a ocurrir en la guerra contra México (con el evitable ataque a El Álamo que hubiera podido ser evitado, pero habría faltado el elemento emotivo que justificaba la guerra contra México al grito de «Venguemos el Álamo»), en la guerra contra España (instigada por el grupo de prensa de Randolph Hearst y por el autoatentado contra el USS Maine), en la Primera Guerra Mundial (cuando EEUU hizo todo lo posible para que fuera hundido el buque Lusitania, artillado y llevando pertrechos militares prohibidos a Gran Bretaña), en la Segunda Guerra Mundial (en la que EEUU pudo introducirse gracias al ataque a Pearl Harbour que pudo ser evitado y del que el alto mando americano estaba informado previamente), en la guerra del Vietnam (donde la prensa norteamericana inventó de arriba abajo el «incidente de Tonkín» en base al que se justificó la intervención) o en los dos extraños ataques al WTC (el primero de los cuales, realizado con conocimiento del FBI, permitió bombardear la zona desmilitarizada Irak, mientras que el segundo y definitivo, planificado, como ha evidenciado la Comisión de Investigación, con conocimiento de los servicios de seguridad, facilitó el casus belli para la invasión de Afganistán primero y de Irak después). No hay nada nuevo en la historia norteamericana, sino un perpetuo volver sobre las mismas artes, justificando siempre las intervenciones (y lasp rovocaciones) en función de la pretendida «superioridad moral».

Una vez obtenida la independencia, Franklin llegó a Europa con fama de hombre justo, simple y sabio. La mayoría de cuadros nos lo pintan, en el último cuarto del siglo XVIII, medio calvo, ralo el poco pelo restante; un buen día mientras viajaba a bordo del «Reprisal», lanzó su peluca por la borda y no la volvió a utilizar jamás. Este hecho, aparentemente banal, causó gran sensación en la sociedad francesa, en la que incluso sus representantes más progresistas, eran incapaces de prescindir de esta engorrosa e inútil prenda. Vieron en este gesto una muestra de simplicidad y pragmatismo. La anécdota repetida mil veces en los cenáculos intelectuales franceses, suscitó una corriente de simpatía hacia el personaje; Franklin supo canalizar esta riada de adhesiones en beneficio de los intereses de la nueva nación americana y de sus ideales que difundió en Europa con celo misionero.

Condorcet escribió sobre Franklin: «Era el único hombre de América que tenía en Europa gran reputación... A su llegada se convirtió en objeto de veneración. Se consideraba un honor haberlo visto: se repetía todo lo que se le había oído decir. Cada fiesta que tenía a bien aceptar, cada casa donde consentía ir, esparcía en la sociedad nuevos admiradores que resultaban otros tantos partidarios de la revolución americana». Voltaire dijo de los cuáqueros -una derivación puritana- americanos, de los que había tenido noticia gracias a Franklin, que «estos primitivos son los hombres más respetables de toda la humanidad». Emmanuel Kant, el filósofo alemán escribió a propósito de Franklin que «es el nuevo Prometeo que ha robado el fuego del cielo». En 1767 conoció a Mirabeau, en el curso de su primer viaje a Europa, uno de los grandes animadores de la futura Revolución Francesa. Mirabeau lo elogió calurosamente: «Franklin es el hombre que más ha contribuido a extender la conquista de los derechos del hombre sobre la tierra». El historiador Bernard Fay reconoce la importancia que tuvo en la gestación de la Revolución Francesa: «Todo el grupo de futuros revolucionarios se halla en torno a él: Brissot, Roberspierre, Danton, La Fayette, Marat, Bailly, Target, Petion, el Duque de Orleans, Rochefoucauld». Van Doren, le reconoce este papel: «Para los franceses es el líder de su rebelión: la del Estado de Naturaleza contra la corrupción del orden antiguo».

Benjamin Franklin fue, sin duda, el difusor de la Revolución Americana en Europa. Ciertamente algunos de sus valores coincidían con los del Enciclopedismo, pero éste no dejaba de ser una idea filosófica, por lo demás muy bien considerada por la monarquía (D’Holbach, uno de los grandes enciclopedistas franceses llamaba a Luis XVI -posterior­mente guillotinado- «Monarca justo, humano, benéfico; padre de su pueblo y protector del pobre»). Al enciclopedismo le faltaba un modelo de sociedad alternativo al «ancien regime», algún lugar en donde se hubiera ensayado y mostrase su capacidad para vertebrar un nuevo modelo de organización social. A partir de la llegada de Franklin a Europa, el fermento revolucionario adquirió un modelo y un ejemplo a seguir.

Pero la prontitud con la que fue conocido Franklin en las Galias es inconcebible si hacemos abstracción de un elemento capital: la pertenencia del misionero americano a la francmasonería y la excepcional importancia que tuvieron las logias masónicas en el fermento de ideas intelectuales y en los primeros momentos de la Revolución Francesa. El partido masónico es tanto el partido de la revolución americana como el de la revolución francesa.

El origen de la masonería americana

Los orígenes de la presencia masónica en EEUU son vidriosos. Se dice que había logias en 1620, cuando llegan los «Padres Peregrinos». No queda confirmado; más verosímil parece, sin embargo, la presencia de maestros masones entre los colonos holandeses que llegaron a Newport (Massachusets) en 1650. Las crónicas de la propia masonería difunden una versión diferente. En 1704, Jhonatan Belcher, nacido en Boston, fue iniciado en una logia de Londres. Jorge II lo nombró en 1730 gobernador de Massachusets y New Hampshire. Se suele citar a tres hermanos escoceses de Aberdeen que se establecieron en New Jersey constituyendo allí una «logia madre», pero es posible que se trate de figuras legendarias. Lo que sí parece cierto, en cualquier caso es que entre 1730 y 1750 proliferaron logias masónicas en toda la franja colonizada.

No eran los únicos movimientos de este estilo que habían penetrado en el Nuevo Mundo. En 1694 Johanes Kelpius llegó a Pensilvania junto a sus seguidores. Era tenido como mago y cabalista, astrólogo y alquimista y había constituido en la vieja Inglaterra la «Orden de los Pietistas». Se conoce poco de esta organización, pero todo induce a pensar que se trataba de una secta rosacruciana más o menos alejada del espíritu de los orígenes. Los pietistas figuran entre las primeras organizaciones cuyas actividades son parecidas a las desarrolladas por el ocultismo contemporáneo: técnicas de desdoblamiento astral, hipnosis y escritura automática. Posteriormente, este tipo de sectas, harán fortuna en EEUU. Ya tendremos ocasión de examinar todo este ambiente en próximos capítulos.

Igualmente incuestionable es que la masonería americana considera la Logia de Filadelfia como su primera Logia Madre. En ella fue iniciado Benjamin Franklin que llegó a ser su Gran Maestre. Se dispone de un documento escrito de esta logia que data de 1731. Dos años después Henri Price, gran amigo de Franklin, funda en Boston la «St. John’s Lodge». Un año después el propio Franklin, imprimirá el libro de «Las Constituciones» de Anderson, que es mencionado como primer libro masónico publicado en el Nuevo Mundo. Hacia 1749 la logia de Filadelfia trabajaba ya sin reconocer una autoridad superior a la suya.

Este crecimiento estaba en razón directa a la influencia de la masonería en la sociedad ameri­cana. Probablemente el éxito de la masonería se debió a la coincidencia de sus ideales con los del puritanismo y con la mentalidad de los colonos. La tolerancia, que en las logias inglesas eran sólo un principio de orden interno, pasó en las americanas a ser un valor extensible a toda la sociedad. No todas las logias participaron del lado de los rebeldes en la guerra de independencia. Está históricamente demostrado que sólo las más antiguas tomaron partido por los rebeldes, mientras que las fundadas inmediatamente después de iniciarse el conflicto, lo hicieron a favor de los ingleses. Se conocen a la perfección los nombres y las logias que se decantaron hacia uno y otro bando.

El episodio que históricamente es considerado como el detonante de los acontecimientos se sitúa en Boston en 1773. La Compañía de las Antillas, dependiente del gobierno británico, atravesaba una grave crisis, lord North, primer ministro inglés, hizo que se votara un impuesto sobre el té. Los colonos de Boston, protestaron por este gravamen y asaltaron por sorpresa tres navíos británicos arrojando 340 cajas de té por la borda. Como hemos dicho antes, la totalidad, sin excepción alguno, de los colonos que, disfrazados de indios, perpetraron la acción pertenecían a la Logia de San Andrés de la ciudad, dirigida por Joseph Warren...

Boston era, sin duda, la ciudad de mayor implantación masónica en la época; su famosa logia estaba compuesta por una amplia representación de la sociedad de su tiempo: abogados, clérigos protestan­tes y mercaderes. Warren, destacó desde los primeros momentos como uno de los líderes de la rebelión de las colonias y murió en la batalla de Bunker Hill luchando como voluntario. En 1825, contando con la presencia del legendario Lafayette, la Gran Logia de Boston logró reunir a 5000 masones conmemorando la muerte de Warren.

Independencia americana e ideal masónico

El episodio del té de Boston muestra la importancia de la masonería americana; pero no se trata de un caso aislado, sino de una línea de tendencia que seguirá afianzándose en años sucesivos hasta alcanzar su cenit en el momento en que, una vez iniciado el movimiento independentista, los Estados Unidos debieron forjar sus símbolos: la Declaración de Independencia, el Congreso, el Gran Sello, la concepción misma del poder y, finalmente, décadas posteriores, el dólar.

En la Biblioteca del Congreso de Washington está perpetuamente expuesta la Declaración de Independencia en la que resumen los fundamentos ideológicos de la Nación Americana. Pues bien, dicha Declaración fue aprobada por 56 compromisarios rebeldes, de los que 51 eran franc-masones, aunque para algunos la cifra es sensiblemente menor. Un tercio de los 74 generales de George Washington fueron igualmente franc-masones; idéntica proporción se encuentra entre los firmantes de la Constitución.

Existen varios grabados en los que se representa la colocación de la primera piedra del Con­greso por parte de George Washington. En todos se puede ver al primer presidente de los EEUU luciendo su mandil de maestro franc-masón y otros atributos de su cargo en la logia. Washington fue iniciado en la logia «Fredeksburg» de Virginia en 1734; durante la guerra frecuentó logias militares, en particular la «American Union». La historiografía masónica destaca el hecho de que fue propuesto como Gran Maestre de la Gran Logia Nacional, rechazando tal honor. La Biblia sobre la que juró lealtad a los ideales masónicos es la misma sobre la que aun hoy juran su cargo los presi­dentes de los EEUU.

La historia del Gran Sello y del Escudo americano permanece envuelta en brumas pero conser­va, en las distintas versiones, un inequívoco aroma masónico o, en cualquier caso, sectario. En 1775 Washington y Franklin se reunieron en la casa del líder rebelde de Cambridge (Massachusets) quien les presentó a un anciano, muy erudito y versado en historia antigua, vegetariano, no bebía vino ni cerveza, sólo se alimentaba de cereales, nueces, frutas y miel. Guardaba en un cofre de roble varios libros antiguos y extraños. Al parecer ya se había entrevistado con Franklin -que lo llamaba «El Profesor»- en alguna ocasión anterior. Parecía tener más de setenta años y se le ha descrito como alto, de porte digno y distinguido, extremadamente cortés. Visiblemente actuaba como si fuera representante, de alguna sociedad secreta de carácter místico e iniciático. Daba la sensación -o quería darla- de haber estado presente en acontecimientos antiguos que describía con enorme precisión. Un hombre extraño, en definitiva.

En el libro de R.A. Campbell, «Our flag» se explica que al discutirse el diseño de la bandera americana, Franklin rogó a los presentes que escu­charan a «su nuevo amigo, «el Profesor», quien había accedido amablemente a repetir ante ellos aquella noche lo esencial de lo que había dicho por la tarde a propósito de la nueva bandera para las colonias». Predijo la futura independencia y grandeza de los EEUU. Fue a este «sabio desconocido» al que se deben las orientaciones sobre las que Washington y Franklin diseñaron la bandera de las barras y estrellas.

El 4 de julio de 1776 tuvo lugar otra aparición de «el Profesor» al producirse una discusión sobre la oportunidad de que las colonias rompieran completamente o bajo ciertas condiciones con la metrópoli. «!Dios ha dado América para que sea libre!» concluyó su alocución a la que siguió la firma de la Declaración de la Independencia. Nunca pudo conocerse jamás la identidad de «el Profesor», se marchó sin que nadie pudiera despedirse de él.

La elaboración del gran sello de los EEUU fue, sin embargo, más laboriosa. Franklin, Adams y Jefferson fueron comisionados para diseñar el sello. Cada uno de ellos aportó su visión mesiánica particular: para Franklin la imagen de Moisés conduciendo a los judíos a través del Mar Rojo era el episodio bíblico que mejor sintonizaba con el sentir fundacional del nuevo país; Jefferson, por su parte, siguió en la misma línea representando a los judíos marchando hacia la tierra prometida. Adams, más clásico, pintó a Hércules blandiendo su maza, y «eligien­do entre la virtud y la pereza» (tema característi­co) cuya filacteria remitía a «The New Atlantis» de Bacon: EEUU era la nueva Atlántica como indicaba la inscripción «Más allá de las columnas de Hércules».

El congreso rechazó los tres proyectos y en 1782 y optaron por un escudo en el que el número 13 era el leit-motiv. Este número en el mundo anglosajón es signo de buen augurio. La superstición procede del mito artúrico. La Tabla Redonda tenía 12 asientos para cada uno de los caballeros que habían mostrado méritos suficientes para merecerlo. Existía, sin embargo, un treceavo asiento, llamado en algunos relatos «el asiento peligroso»; cuando un caballero que no lo merecía se sentaba en él, la tierra se abría a sus pies y se lo tragaba. Solamente un caballero «perfecto» -Gawain en unos relatos, Lancelot en otros- predestinado, con una dignidad casi «pre-natal», pudo sentarse en el asiento y ser reconocido como el «caballero elegido». De ahí que el número 13 que para la mayoría está asociado a la desgracia, para el afortunado elegido (de nuevo aquí aparece el tema mesiánico) es fuente de dicha.

Por ello el escudo de los EEUU nos muestra a un águila con 13 estrellas de cinco puntas en torno a su cabeza, ostentando en su pecho 13 rayas rojas, blancas y azules, en sus garras el olivo con 13 hojas y 13 flechas, mientras que en su reverso puede verse una pirámide escalonada de 13 escalones coronada por el Delta Luminoso (otro viejo símbolo masónico) similar al «ojo que todo lo ve» aceptado por cierta iconografía católica.

El sello sería completado por Charles Thomsom, franc-masón y amigo de Franklin, que añadió el águila, las flechas y rama de olivo que ostenta en sus garras y que simbolizan las dualidades en conflicto. De Thomson proceden igualmente las tres leyendas que figuran en el sello: «Novus ordo Seclorum» (Nuevo Orden de los Siglos), «Annuit coeptis» (13 letras, textualmente, «El favore­ce nuestra empresa») y «E pluribus unum» (13 letras de nuevo, «unidad en la pluralidad»). Salvo el tercero que corresponde a la estructura federal americana, los dos primeros son verda­deras muestras de la mentalidad escatológica y del mesianismo americanos.

La concepción del poder en los Estados Unidos está inspirada igualmente en la iconografía masónica y en una de las interpretaciones de los tres órdenes arquitectónicos clásicos: el dórico, jónico y corintio, cada uno de los cuales representa respectivamente a los poderes judicial, ejecutivo y legislativo. El orden corintio se considera como expansivo, de ahí que fuera asociado al poder legislativo; el orden jónico, cuyo capitel está rematado por las volutas que recuerdan los cuernos del morueco es el poder de coordinación y liderazgo; finalmente, el orden dórico, en su simplicidad y ausencia de aditamentos, indica un poder restrictivo, esto es, judicial. Las tres partes de cada columna, la base, el vano y el capitel, corresponden respectivamente a los niveles local, estatal y federal. Todo el conjunto comporta nueve divisiones orgánicas: Tribunal Municipal, Tribunal Estatal y Corte Suprema; Alcalde, Gobernador y Presidente; y Ayuntamiento, Asamblea Legislativa Estatal y Congreso Federal.

Estas tres columnas, con sus distintos órdenes figuran en varios grabados masónicos de la época. El hecho de que en la iconografía figure dominando los capitales el Delta Luminoso es una muestra añadida del mesianismo que condujo desde los orígenes la política americana: una nación bajo Dios.

El mismo símbolo se repetirá en el dólar. Fue durante el gobierno de Roosevelt cuando el Secretario de Agricultura, Henry Wallace, tuvo la idea de incluir el Gran Sello en el reverso del billete de dólar. Tanto Roosevelt como Wallace tenían años de militancia masónica a sus espaldas. Roosevelt pertenecía a la Orden de los Shiners con el grado de Caballero de Pitias; Wallace, por su parte, estaba interesado en el ocultismo y las «búsquedas psíquicas» o espiri­tismo. Escribió: «Todo ser es un Galahad en potencia». Ambos estaban persuadidos que tras la gran depresión de 1929 América entraría en la «era futura» que aseguraría un despertar espiritual y un gobierno mundial. Con la inclusión del Delta Luminoso en el papel moneda pretendía dar un paso adelante en esa tendencia que consideraba ineluctable y marcada por los astros.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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