“Hotel Attraction” ¿falso o auténtico Gaudí? Algunos datos.

Publicado: Sábado, 08 de Enero de 2005 16:30 por en CULTURA
attraction3.jpgRedacción.- En 1956 aparece una noticia sorprendente: dos industriales norteamericanos habían pedido a Gaudí en 1908, el proyecto de un rascacielos en Nueva York. El proyecto, como veremos, no llegó a concretarse. Vamos a aportar un juicio crítico a esta noticia de la que dudamos seriamente, que fuera una realidad. Intentaremos ver cómo y por qué se fraguó éste “falso Gaudí”. [En unas horas estará lista la versión de este artículo con las ilustraciones necesarias para su comprensión, en versión PDF y en la web de Editorial PYRE]

Una saga de escultores

Uno de los colaboradores más estrechos de Gaudí en las obras de la Sagrada Familia y en otras construcciones, fue el escultor Lorenzo Matamala Piñol. Ambas personalidades –que incluso tenían cierto parecido físico a partir de un momento de su vida (un rostro dominado por cabello y barba blanca)- labraron un buena amistad que duró hasta la muerte del arquitecto en 1926. Matamala le sobreviviría apenas un año. Tenía establecido su estudio en el Raval (calle Cendra, 10). A la muerte de Eudald Puntí, le sustituyó al frente del taller de escultura de la Sagrada Familia. Entre otros trabajos notables fue artífice de la maqueta del templo a escala 1:25, realizada en 1916.

Matamala se casó con Caterina Flotats, la hija de su maestro en el arte de la escultura, Joan Flotats. El matrimonio tuvo un hijo, Joan Matamala Flotats que es quien nos interesa para iniciar nuestra historia. Joan, desde muy joven, acompañó a su padre en los trabajos de la Sagrada Familia. Había nacido en 1893 y pronto ganó la amistad de Gaudí. Éste le encargó algunas imágenes de la fachada del Nacimiento. Él mismo dice sobre sus relaciones con el arquitecto: “Los servicios que en mi juventud venía desempeñando en las oficinas eran los de auxiliar delineante y administración que alternaba en trabajos de escultura en los talleres del templo y en las demás construcciones cuando el arquitecto lo requería” .(1)

Una extraña visita en la Sagrada Familia

Se trataba, en definitiva, de un joven despierto y activo, que se beneficiaba además del amplio margen de amistad y confianza que su padre gozaba por parte del arquitecto. Seguramente por eso, tal como explicaría, tuvo conocimiento en mayo de 1908 de que “dos norteamericanos” visitaron la Sagrada Familia, solicitando ver a Gaudí. Éste les atendió personalmente y les mostró el desarrollo de las obras del Templo. Subieron a las torres en construcción (que, en esa época, alcanzaban a la altura de los machones del ábside, en torno a 50 m) y, tras hablar con Gaudí, se despidieron. Matamala observó que: “Cuando Gaudí volvió al estudio luego de esta despedida, iba notablemente preocupado (…) Me hizo suponer que los dos norteamericanos le habían expresado algo particular” .(2) Así parecía ser, en efecto. Matamala añade en la nota 1 a pie de página: “el respeto que por mi condición juvenil debía a los asuntos del arquitecto no me permitían intervenir en ciertos aspectos que hoy constituirían datos valiosísimos”. Por que, efectivamente, hay que decir que solamente Matamala supo de la existencia de estos dos norteamericanos; en ningún otro documento gaudiniano conocido hasta ahora, ni en ningún otro testimonio de sus colaboradores más próximos o amigos, aparecen en ningún momentos, ni en mayo de 1908, ni antes ni después, la figura de estos dos norteamericanos, de los que se ha supuesto que eran empresarios o industriales extremadamente poderosos.

Es el propio Matamala quien induce a esta catalogación cuando pone en boca de Gaudí, dirigiéndose a Berenguer, uno de sus colaboradores en las obras de la Sagrada Familia: “Parece que desean invertir cantidad importante en condiciones compensativas. Tengo la impresión de que desearían que fuera cosa notable” .(3) Al día siguiente, los dos huidizos norteamericanos, volvieron a encontrarse con Gaudí y junto a él visitaron las obras de la Casa Milà. Este edificio fue el único en el que Gaudí dispuso una estructura de hierro forjado lo que, evidentemente, generaba nuevas posibilidades constructivas y hasta ese momento apenas había sido utilizado en España. También visitaron el Park Güell y, por su cuenta, antes de haber llegado a Barcelona, los dos norteamericanos, de escala en Palma de Mallorca pudieron contemplar in situ los trabajos acometidos por Gaudí para la restauración de la Catedral de esa ciudad.

Cuenta Matamala, además, que durante la entrevista del arquitecto con los americanos, pidió a su ayudante Berenguer que le buscara un ejemplar del American Architectand Building New Boston, correspondiente a julio de 1892, en donde un artículo –que desconocían los visitantes- daba cuenta de los trabajos de Gaudí en Barcelona.

Al despedirse, finalmente, Gaudí empezó a trabajar en el proyecto de lo que se ha llamado “Hotel Attraction”: un rascacielos en Manhattan. Pero, antes de entrar más a fondo en el proyecto, vale la pena hacer un alto en el camino.

El “Legado Matamala”, origen del misterio

Si sabemos todos estos datos es únicamente por el documento único ya citado, redactado por Joan Matamala en 1956 y dado a conocer por Joan Bassegoda i Nonell, 33 años más tarde. El propio Bassegoda explica (4) que en 1956, Matamala redactó una memoria titulada “Cuando el Nuevo Continente llamaba a Gaudí (1908-1911)”. El documento original estaba mecanografiado en 64 folios de tamaño DIN A-4, con dos folios en blanco a modo de cubiertas. Cada folio, sigue Bassegoda, lleva la firma y el sello del notario Enric Comajuncosa.

Varios especialistas en el arte y en la biografía gaudianianas pudieron ver esta memoria a partir de 1956. César Martinell publicó un dibujo y una corta descripción del proyecto en una de sus obras (5), y el propio Bassegoda pudo examinar el documento antes de publicarlo íntegramente en su libro “El Gran Gaudí”.

En 1960, Matamala escribió una obra “Antonio GaudÍ: mi itinerario con el arquitecto” (6) que no llegó a publicarse sino tardíamente, ya muerto el autor, según explica Bassegoda, por no encontrar editor al pedir “cantidades muy elevadas”. Luego vendió algunos dibujos al crítico de arte Descharnes que trabajaba en una biografía sobre Gaudí.

En 1968, Joan Bassegoda, conservador de la Real Cátedra Gaudí, empezó a negociar la adquisición de los documentos gaudinianos que estaban en posesión de Joan Matamala. Bassegoda explica que visitó al anciano escultor en su domicilio de la calle Mallorca 348 –frente a la Sagrada Familia y donde murió su padre- y éste, a su vez, fue a verlo a la Cátedra Gaudí en Pedralbes durante ese año y en los siguientes. Finalmente, el 15 de diciembre de 1971, ambas partes llegaron a un acuerdo y Matamala cedió todo el material que estaba en su posesión por una renta vitalicia de 10.000 pesetas al mes. El 10 de enero del año siguiente se hizo efectiva la cesión, nuevamente, ante el notario Enric Comajuncosa que quince años antes había puesto su firma en la memoria sobre el “Hotel Attraction” presentada por Matamala. El acuerdo cesó con la muerte del escultor en 1977.

El llamado “Legado Matamala” consta de fotos, croquis, dibujos y documentos, de entre los cuales, sin duda, la memoria sobre el ignoto rascacielos neoyorquino es el elemento más perturbador. De éste legado y de la Memoria Matamala deriva toda esta cuestión del “Hotel Attraction” como única fuente.

El proyecto de Gaudí para los Estados Unidos

Una foto describe, sin duda, más fácilmente y, desde luego, de manera más comprensible el proyecto de Gaudí. Según la Memoria Matamala, a poco de desaparecer los norteamericanos, Gaudí realizó algunos croquis en papel continuo. A estos siguieron otros y a estos otros, otros más. Matamala dice que Bergós, ayudante, discípulo y confidente de Gaudí “se percataba de que tenía ante sus ojos la clave de lo que resultaría una nueva maravilla gaudiniana” (7).

El rascacielos debía medir más de trescientos metros y estaba formado por un cuerpo central, en realidad un conoide paraboloide, rodeado de otras formaciones menores similares. Alguien lo ha definido como una “gavilla de estalactitas”. Recuerda vagamente a las torres de la Sagrada Familia y mucho más el proyecto de Iglesia de la Colonia Güell y es, desde luego, un desarrollo de la maqueta estereoscópica realizada por Gaudí y por su equipo. La maqueta de 4 metros de alto, le llevó 10 años completarla y, finalmente, no se pudo poner en práctica ni en la Iglesia de la Colonia Güell (de la que sólo se construyó la cripta), ni en lugar alguno. El rascacielos de Nueva York, debería haber supuesto el aprovechamiento de esos diez años de estudios técnicos.

En su interior, el rascacielos tenía cinco accesos, uno por cada continente, el cuerpo central estaba dividido en distintos planos, con seis comedores espectaculares cuyas alturas variaban de los 14 a los 170 metros de altura. En su conjunto, el edificio resultaría algo más alto que la Torre Eiffel (ya construida) y sólo unos metros más bajo que el Empire State Building (aún por construir). Una construcción verdaderamente espectacular de la que Gaudí, según Matamala, habría estado orgulloso. En la Nota 24 a pie de página, explica como “En más de una ocasión, Gaudí, hablando con mi padre, Lorenzo Matamala, en la intimidad, recordaba cómo, entre lo trascendente de su carrera, consideraba aquella realización excepcional, de modo que hubiera construido uno de los puntos álgidos en la trayectoria de su carrera” (8).

Según Matamala, los croquis realizados por Gaudí, en su mayor parte, se habrían perdido en el innoble saqueo del taller del arquitecto en la Sagrada Familia que tuvo lugar en julio de 1936. Solamente se habrían salvado algunos dibujos y las reconstrucciones del proyecto realizadas de memoria por Matamala, cincuenta años después para ilustrar su Memoria.

Evidentemente, el proyecto no se llevó a cabo. En la Memoria se explica el por qué: “El proyecto, que no llegó a realizarse –por la repercusión de circunstancias que siguieron a aquellas fechas influyendo en la saludo física de Gaudí” (9). Se sabe que fue el proyecto de un “hotel”, pero, añade Matamala, “podría constituir la sede de algún organismo oficial” (10).

Así están las cosas… a partir de aquí, un análisis pormenorizado del episodio no hace más que levantar sospechas; las dudas e incongruencias aparecen por todas partes, a medida en que se profundiza en los datos a disposición. Los misterios, por lo demás, aparecen una y otra vez.

Hablando de misterios. Primera Estación. Un proyecto desconocido

Hoy se tiene tendencia a aceptar la realidad del proyecto de “Hotel Attraction”, tal como ha sido bautizado, si bien otros (Rem Koolhaas) han preferido llamarlo “Caverna Delirious” (11). En el fondo, Nueva York es la meca de la modernidad y el semillero de las corrientes artísticas más dispares. La posibilidad de que Gaudí hubiera levantado un edificio espectacular –el más espectacular de toda su carrera, sin duda- en la ciudad de los rascacielos, tiende a satisfacer tanto a los neoyorkinos que hubieran visto su ciudad realzada por la obra de un arquitecto único e irrepetible, como a los gaudinianos de esta parte del Atlántico que les confirmaría en la “universalidad” del arquitecto.

La imagen del skyline neoyorquino, con el rascacielos de Gaudí es seductora, pero, hay que reconocer, que las posibilidades reales de que en algún momento se hubiera tratado de una realidad que alguien tomó en serio, son mínimas. Veamos.

No se entiende, exactamente, por qué solamente un joven adolescente de apenas 15 años, logró estar al corriente de algo que, en realidad, ignoraron absolutamente todos los colaboradores, artistas y arquitectos, más próximos a Gaudí en época y con los que, sin duda, hubiera debido departir, aunque solamente fuera en las conversaciones de mero asueto, el encargo a fin de compartir con ellos perspectivas, problemas técnicos que podían plantearse, posibles soluciones, etcétera. Ciertamente, Matamala ha pensado en la objeción y, por tanto, escribe en la nota 23 de su Memoria: “El proyecto que motiva esta memoria, por su amplitud y por ser propósito de los interesados que fuera realizado por él personalmente, fue objeto de una tramitación estricta entre dichas personalidades y considerada por el artífice de su sola incumbencia y responsabilidad” (12).

Pero esto no tiene mucho sentido: Gaudí, en aquel momento, estaba embarcado en media docena de proyectos inacabados y de gran envergadura, sin duda, los que le han dado más fama: el Park Güell, la Casa Milà, la Sagrada Familia, la Cripta Güell, y un largo etcétera más que estaba desarrollando simultáneamente y ninguno de los cuales estaba en mayo de 1908, concluido. Matamala, consciente de la objeción, aprovecha para explicar que Gaudí solicitó a sus clientes una demora de dos años en el plazo para acabar lo que estaba haciendo. Si estamos en mayo de 1908, esto nos lleva a 1910. En esa época, la Casa Milà habrá encontrado problemas por todas partes, terminando en un enfrentamiento directo con el propietario, Perico Milà. Las cosas no habrán ido mejor en la Catedral de Palma. En ese año se inician las obras de la Cripta Güell y todavía no han terminado las de Bellesguard. El Park Güell se encuentra en el momento álgido de su construcción.

Con todo este trabajo a sus espaldas y decenas de problemas, no es raro que su salud -precisamente en 1910- se deteriorase extraordinariamente y debiera pasar unos días en Vich y luego en Puigcerdá, descansando. Así pues, fue la salud y los problemas en las construcciones abordadas, lo que le impidió abordar en profundidad el proyecto del “Hotel Attraction”. No fueron los americanos los que se echaron para atrás, sino que la salud y el trabajo no pudieron llevar a buen puerto el proyecto. El prestigio de Gaudí quedaba intacto. Pero…

… Pero el problema es que no hay ninguna otra fuente documental que confirme lo contenido en la Memoria Matamala. Bergós, era, en la época, uno de los grandes confidentes del arquitecto y, desde luego, la mejor fuente de datos y testimonios sobre sus opiniones, juicios e ideas. En su obra no dice absolutamente nada sobre el proyecto, ni él, ni Berenguer; nada, hay un vacío documental absoluto y resulta difícil pensar que solamente un muchacho espabilado, pero de apenas 15 años, pudiera convertirse en el confidente del arquitecto sobre esta cuestión. Y, por la amplitud del proyecto, es evidente que algún otro colaborador de Gaudí debía de haber tenido alguna idea de lo que se gestaba. No se entiende esa “conspiración de silencio” que rodea todo lo relativo a este proyecto. Y los testimonios, en el momento actual, no han aparecido por ningún lugar. Podría aplicarse el principio de “testimonio único, testimonio nulo” para dar carpetazo final al asunto y considerar que, por los motivos que fueran, el “Hotel Attraction” es un “falso Gaudí”. Pero eso sería ir demasiado rápido y descontextualizar el asunto.

Hablando de misterios. Segunda Estación. El misterio de la escala

Sabemos por Marcos Mejía López que la escala en la que se elaboró el proyecto era 1:714 (13). Este elemento es turbador. Es evidente que no se trata de una escala habitual en la historia de la arquitectura, pero si tiene cierta lógica en el contexto gaudiniano. No se trata de una escala elegida al azar. Cuando Gaudí proyectó el Edificio de la Cooperativa Obrera Mataronense (14) utilizó la escala 1:666. Gaudí trabajó en distintos proyectos para la Cooperativa entre 1873 y 1885 en un tiempo en el que se debate todavía cuál era su pensamiento íntimo y sus usos y costumbres personales. No existe unanimidad al respecto. Para unos, Gaudí estaba identificado ideológicamente con los mentores de la Cooperativa, anarquistas-cooperativistas adscritos a la Internacional Obrera y, en buena medida, francmasones. Para otros, Gaudí era ya un católico devoto. Me he inclinado siempre por la primera opción. Habrá ocasión de tocar en otro capítulo este tema que soslayamos por ahora. Baste recordar que Gaudí utilizaba, en ocasiones, escalas particularmente anómalas. ¿y la de 1:714?

Tal escala no tiene otra intención que resaltar el carácter “patriótico y nacionalista” de Antonio Gaudí. 1:714, sería en realidad 1.714, el año en el que Felipe V culmina el asalto a la Ciudad Condal, destruye el barrio de la Ribera y levanta en su emplazamiento el fuerte de la Ciudadela. Que nosotros sepamos, nadie hasta hora, ha reparado sobre esta anómala escala que, insistimos, es una afirmación política, más que una escala que facilite el trabajo técnico. La cuestión es que hace falta saber quién hace ese acto de fe político: Gaudí o Matamala. Por que si bien es cierto que Gaudí no hubiera albergado la menor duda en considerar a 1714 como una fecha trágica para Barcelona, harina de otro costal, es si hubiera deseado evidenciarlo precisamente en el proyecto del “Hotel Attraction”. Pero, ya que estamos en esto, profundicemos un poco más.

Hablando de misterios. Tercera Estación. El instante de aparición de la Memoria Matamala

Hay que “contextualizar” todas las fechas. Cuando Matamala escribe su memoria (1956) se ha cumplido el centenario del nacimiento de Gaudí (1952). España vive un momento en el que el catalanismo político está proscrito. No es que esté prohibido escribir y publicar en catalán, es que muy pocas editoriales se atreven a hacerlo, la edición en catalán no está subvencionada y, ciertamente, generan la desconfianza de la autoridades. Joseph Pla ha reiniciado la edición en catalán, publicando escritos de Verdaguer y Maragall, poco sospechosos de separatismo, pero, en general, el clima no es en absoluto favorable al catalanismo ni a la cultura “en catalán”. La escala 1:714 parece un guiño, una forma de recordar que las opiniones del arquitecto eran fundamentalmente catalanistas, católicas si, pero también catalanistas y ¡de qué calibre!

Pero, además, la fecha en la que aparece la Memoria Matamala tiene otras connotaciones. En 1953, el franquismo empieza a superar su aislamiento internacional. Ese año se firman los acuerdos entre Franco y el Presidente Eisenhower y dos años después, se normaliza la situación con Naciones Unidas. Es 1955. Un año después, aparece la Memoria Matamala.

Alguien puede haber estado tentado de aprovechar toda esta coyuntura internacional y se le pudo ocurrir lanzar la idea del “Hotel Attraction” en ese momento y no en otro: acababan de cumplirse los 100 años del nacimiento de Gaudí y cuando se había iniciado el período de revalorización de la obra del arquitecto (1952), políticamente el régimen español había iniciado una alianza preferencial con los EEUU (1953) y normalizado su situación internacional (1955). Tanto el país “emisor” (España) de la obra gaudiniana, como el país “receptor” (EEUU), tenían buenos motivos para encontrar puntos de encuentros culturales que justificaran el hecho de que ese acercamiento no era puntual y coyuntural, sino que, desde hacía décadas, entre España y EEUU ya habían existido buenas relaciones y la prueba era, que el único país del mundo, fuera de España, en donde Gaudí había accedido a realizar alguna construcción era… en EEUU.

En este sentido, hay que reconocer que la fecha de aparición del proyecto desconocido de Gaudí, era ideal y favorecía la credibilidad del tema… y contra más se examina la cuestión se tiene la sensación de que todas las piezas encajan con excesiva precisión, sin dar ni un margen mínimo al azar. Veamos.

Hablando de misterios. Cuarta Estación. Cuando NY no era todavía la “ciudad de los rascacielos”

En 1900 Nueva York era el centro de la industria estadounidense; casi el 70% de las grandes empresas norteamericanas tenían allí su base. La tercera parte de las exportaciones e importaciones pasaban a través de los muelles de Nueva York. Era la ciudad más poblada y con más densidad de todo el planeta. Fuera del centro comercial y de negocios, en los arrabales se hacinaban los inmigrantes, viviendo, a menudo, en condiciones insalubres y en viviendas que favorecían la aparición de enfermedades respiratorias. Solamente en 1902 se construye el primer rascacielos, el Flatiron Building, en el cruce Quinta Avenida con Broadway.

No era el primer rascacielos construido en territorio americano. El fenómeno constructivo, se inició previamente, en Chicago, después del Gran Incendio (08.10.1871), en el que el barrio de negocios había sido completamente destruido. En sólo 24 horas, 17.450 edificios resultaron destruidos, 90.000 personas quedaron sin hogar y otras 300 encontraron la muerte. Pronto se abordó la reconstrucción de Chicago que en 1880 tenía ya un millón de habitantes. Fue en esa ciudad y en ese contexto en el que apareció la idea de construir edificios verticales a la vista del coste del terreno y de lo limitado del espacio. Fue así como se construyó el Home Insurance Building (1885), primer rascacielos del mundo, construido sobre un armazón de hierro. Más tarde, se pasaría a construirlos en acero. Poco tiempo después, también en Chicago, se construyó el Templo Masónico (1892), con 100 metros de altura y 21 pisos.

La fiebre de los rascacielos pasó pronto a Nueva York. Allí se construyó el Flatiron Building (1902) con 87 metros de altura, evocando, voluntariamente, la proa de un barco. La Metropolitan Life Insurance Tower (1909) alcanzó los 213 metros e imita pretenciosamente el campanario de la plaza de San Marcos en Venecia. En 1913 el Woolworth Building llega a los vertiginosos 241 metros de altura y un estilo gótico hasta cierto punto siniestro. La carrera seguirá hasta la inauguración del Empire State Building (1931) con 381 metros de altura.

El rascacielos es un símbolo de la arquitectura titánica del siglo XX. No es sólo una estructura que optimiza al máximo el aprovechamiento del suelo, sino sobre todo, la expresión de un momento de civilización. A diferencia de la Torre Eiffel, cuya función es meramente decorativa, el rascacielos es el receptáculo de todos los elementos subyacentes en el capitalismo: tecnología, materiales, obreros, arquitectos, industria, capital, perfil urbano. La utilización de estructura metálica había liberado a los muros de su función mantenedora de la solidez del inmueble. Esto permitió abrir ventanas espaciosas en los muros exteriores e iluminar el interior con luz natural. Frecuentemente se ha dicho que los rascacielos eran “Catedrales laicas” y “por el orgullo que denotan, han sido comparados con la Torre de Babel” (15). En un relato breve de Juan González Zafón titulado “Gaudí en Nueva York”, completamente novelesco, pero extremadamente riguroso en la ambientación y realista en cuando a los contenidos, el personaje de Gaudí pregunta a su discípulo: “¿Sabe usted lo que es un rascacielos?” y él mismo, siguiendo su costumbre, responde “Tonterías. Un rascacielos es la catedral de la gente que en lugar de creer en Dios cree sólo en el dinero” (16).

La elección de la fecha “mayo de 1908” como visita de magnates norteamericanos no está desprovista de sentido. Si el Flatiron Building, de 87 metros de altura, se construye en 1902, y la Metropolitan Life Insurance Tower, de 213 metros, se construye en 1909… es perfectamente viable el que un arquitecto superdotado como Gaudí, proyectara un edificio que superara la altura de la Torre Eiffel (ya construida) por unos pocos metros y quedara a la misma altura, prácticamente, que el Empire State Building… aún por construir.

A pesar de que se le suele representar en Manhattan Sur, habitualmente, en la primera línea de mar… lo cierto es que en ningún momento de la Memoria Matamala se alude al emplazamiento destinado por los desconocidos magnates que realizaron el encargo y que podía haber sido en cualquier otro lugar de la ciudad. Ahora bien…

En toda esta historia hay algo demasiado perfecto: las fechas coinciden con precisión asombrosa. El mismo encargo, no hubiera podido ser realizado por Gaudí apenas un par de años después, cuando en toda la zona de Manhattan, ya se estaban construyendo rascacielos de perfil rectilíneo, incompatibles con las líneas parabólicas de Gaudí. Buena parte de la skyline está ya lista en 1929 cuando sobreviene el crack financiero. El edificio de Gaudi hubiera sido el segundo rascacielos de la zona… pero no hubiera podido ser el sexto o el séptimo, ni siquiera el tercero… por que eran los dos primeros edificios los que marcaban el perfil y la línea de los rascacielos e iban a definirla en el futuro. De hecho, aún hoy, cuando, con todo el cariño del mundo, en los laboratorios de 3D de las Escuelas de Arquitectura, se recrea el “Hotel Attraction” y se le incluye en Manhattan, la sensación que produce, es de ruptura.

En realidad, toda la cuestión es una pura “ruptura”: Gaudí, hasta ese momento había trabajado para la burguesía catalana, para la Iglesia y para círculos utópicos y laicos en su juventud. Se había especializado en edificios y proyectos que no tienen nada que ver con un rascacielos. La Sagrada Familia, una vez terminada, alcanzará una altura similar, pero sus campanarios y cimborio estarán vacíos, no habrán debido responder a la complejidad de un edificio de oficinas. El proyecto suponía una ruptura con todo lo que Gaudí había venido haciendo hasta ese momento y, no digamos, en lo que se refiere al tipo de cliente. Gaudí se entendía bien con magnates de la industria y del comercio que no reparaban en unos gastos que, frecuentemente, duplicaban el valor del proyecto originario. Él mismo, al realizar la maqueta funicular de la Colonia Güell, de la que hemos dicho que tardó diez años en completar, había dicho que ese trabajo le ayudó a entender que carecía de sentido práctico (17). Difícilmente hubiera podido entenderse con los pragmáticos norteamericanos y si ya salió de Astorga con los planos del palacio arzobispal bajo el brazo, renegando de las condiciones impuestas por los sucesores del obispo Grau, si bien se peleó con la madre superiora, sucesora del Padre Ossó que le encargó el Colegio de las Teresianas de Barcelona, si bien tarifó igualmente con el cabildo de la Catedral de Palma y, todo ello fue poco, comparado la trifulca que mantuvo con Perico Milà cuando éste le prohibió colocar la imagen de la Virgen con los dos arcángeles, elaborada por Carles Mani, podemos imaginar el choque que hubiera supuesto el pragmatismo norteamericano, su escrupuloso respeto a los presupuestos y a los tiempos, su insensibilidad hacia la creación artística y su doblegamiento al único dios de la optimización de beneficios, cuando Gaudí hubiera empezado a variar sobre la marcha el proyecto, centrarse en aspectos secundarios, repetir una y mil veces un motivo decorativo hasta la perfección y, finalmente, vivir de cerca una civilización que era la antítesis de los ritmos, las velocidades y los conceptos de los que él, Antonio Gaudí, se había nutrido desde su infancia.

Ciertamente, como no nos cansaremos de insistir, las fechas encajan demasiado perfectamente. Pero es lo único que encaja. Los detalles principales aparecen en la descripción de la Memoria Matamala, como irrelevantes. No es la incompatibilidad de ritmos y de caracteres, de objetivos y conceptos estéticos, de aspiraciones del creador y pretensiones de los financieros, lo que no llevó a buen puerto el proyecto, sino la crisis de salud de Gaudí que estalló justo dos años después del plazo que había pedido el arquitecto para acabar sus obras en curso. Pero, claro, en 1910, el “Hotel Attraction” ya no hubiera sido el segundo rascacielos de Nueva York, sino el tercero: a partir del segundo, ya había triunfado la línea vertical, gélida, estática y la “línea del cielo” empezaba a tomar el aspecto que tiene hoy. Nadie hubiera encargado un edificio de estilo gaudiniano a partir de ese momento.

Las fechas encajan, pero falta lo esencial: saber quiénes eran los financieros, dónde se hubiera ubicado el edificio, cuáles habrían sido las pretensiones de los promotores, etc. Y eso, que es mucho más importante que el encaje de fechas (que muy bien pudo hacerse a posteriori y a toro pasado).

Hablando de misterios. Quinta Estación. Dos sorprendentes apariciones

El proyecto publicado en 1956 por Matamala era original… hasta cierto punto. Existían dos precedentes no menos turbadores. Este elemento es, seguramente, uno de los más misteriosos del asunto. Podría pensarse que edificios de estilo gaudiniano en la ciudad de los rascacielos, solamente pudo haber uno. Pues no, existieron dos, uno tan nebuloso como el otro.

En efecto, en 1952 (año del centenario del nacimiento de Gaudí), el arquitecto Ignasi Brugueras presenta el “Office Building” por él ideado y que le fue encargado en 1917. Joan Bassegoda, opina que, a la vista de las similitudes, Brugueras debió tener conocimiento del proyecto de Gaudí que, al haber entrado en dique seco; esto justificaba el que, Brugueras le diera una interpretación particular y personal y pusiera su firma en el proyecto. De hecho, la única foto del proyecto Brugueras que se conoce, muestra un edificio similar –pero no igual- al descrito por Matamala en su Memoria y, diferente en muchos aspectos, de los croquis que la acompañan. El proyecto Brugueras es más bien una recreación de las torres de la Sagrada Familia, muy alejado del conoide paraboloide del “Hotel Attraction”.

Pero el hecho importante es que Brugueras hace pública la existencia del proyecto en 1952, año del centenario, retrotrayendo hasta 1917, el encargo. Es difícil, sino imposible, creer en la veracidad de dicho proyecto. Joan Bassegoda explica (18) que Brugueras, “de alguna manera”, debió conocer el proyecto de Gaudí y se hizo eco de él… lo cual implica reconocer que el proyecto existió e implica, por lo mismo, reconocer que existió una improbable conspiración del silencio que hizo que nadie hablara de él lo más mínimo hasta la fecha emblemática del centenario. En el caso de Brugueras, resulta absolutamente sorprendente que mantuviera el silencio durante 35 años. Pero aún hay algo más sorprendente.

En 1952 aparece el libro “El Montserrat del Espíritu” (19). Se trata de un grueso volumen de reflexiones místicas que contrapone el Montserrat material a una fortaleza espiritual que es descrita en la portada, exactamente igual que el edificio de Brugueras, sólo que sin las dimensiones de rascacielos. Y esto es, justamente, lo sorprendente: que, de no saberse nada durante 44 años (de 1908 a 1952), bruscamente, el mismo año del Centenario, aparecen dos diseños casi exactamente iguales. Matamala, finalmente, se hace eco cuatro años después (1956) del proyecto de Gaudí y redacta su memoria.

“El Montserrat del Espíritu” es un clásico de la literatura mística catalana del siglo XX, escrito por Columbano M. Cucurella, no contrapone el “Montserrat de Dios” al “Montserrat de los Hombres”, sino que hace del “Montserrat santuario terrenal”, una antesala del “Montserrat celestial”. Dice, por ejemplo: "Veremos, pues, la perfecta analogía, y aún la perfecta identidad, existentes entre los medios que sirven para elevarse corporalmente por el Montserrat material y subir hasta su más alto lugar, y los medios con que cuenta el Montserrat del Espíritu, para ayudar a los hombres a verificar espiritualmente la subida por él y llegar a su cumbre, a fin de permanecer en ella. De modo que, todo auxiliar de encumbramiento de que dispone el primero de estos Montes tiene su correspondiente en el segundo".

La historia del libro de Cucurella es larga. Lo había empezado a escribir y a imprimir antes de la Guerra Civil. El estallido del conflicto y la prudencia impidieron su edición. A medida que avanzaba el conflicto y en los años siguientes de la postguerra, Columbano Cucurella, fue ampliando el texto que, finalmente, se publicó en 1952. El volumen había duplicado el número de páginas. Ascender era, para él, en definitiva, huir del mundo de la materia en busca de un ideal religioso.

No se ha dado una versión sobre el por qué en la portada del libro de Cucurella apareciera también una imagen que se parecía más al rascacielos de Brugueras que al de Gaudí, pero que, en cualquier caso, resultaba absolutamente sorprendente encontrarlo en la portada de un libro devoto que debía haberse publicado en 1936, pero que retrasó su fecha de aparición hasta 1952. Resultaba difícil que Cucurella hubiera tenido también acceso a los planos de Gaudí, pero si resulta evidente que tenía la portada del libro en mente desde mucho antes de su publicación, como mínimo desde 1936 (20).

Todo esto genera un formidable enredo. A decir verdad, el edificio que aparece en la portada del libro de Cucurella es la plasmación gráfica más antigua de una forma extremadamente parecida al rascacielos de Ignasi Brugueras y, solo, “algo parecida”, al “Hotel Attraction”. ¿Puede pensarse en casualidades? No, desde luego, cuando dos se producen el mismo año: 1952. ¿Quién miente? No hace falta utilizar esta palabra, extremadamente desagradable. Posiblemente no mienta nadie y todo sea un fenomenal malentendido en el que imágenes con un fondo de realidad se cruzan con deseos oníricos y con fantasías inconscientes.

El proyecto Brugueras aparece 35 años después de que su autor dijera que se lo habían encargado. La Memoria Matamala es redactada casi 50 años después de que ocurrieran los hechos. La memoria puede fallar, los hechos reales pueden confundirse con la imaginación. La aparición casual de “El Montserrat del Espíritu”, con un diseño de portada extraño, pero que remite en cierta medida, a la estética gaudiniana, despertó recuerdos en ambos hombres –Matamala y Brugueras- que los tamizaron a través de su imaginación y de sus recuerdos. Probablemente, una se confundió con los otros. ¿Y qué hubo al principio de todo ello? ¿qué ocurrió en mayo de 1908? Seguramente nada.

Lo más probable es que Matamala confundiera recuerdos o bien que Gaudí que, en aquella época, empezaba ya a tener algunos problemas de salud y familiares (su padre había muerto en 1906 y su sobrina que vivía con ellos desde los 3 años, murió también al poco tiempo), recibiera una visita de “magnates norteamericanos” a los que, en días siguientes acompañó a otras de sus construcciones, pero que no quedaran en nada concreto. Todo fue, un “pour parler”. Eso, si realmente se produjo la visita que nadie, aparte del jovencísimo Matamala, llegó a recordar. Gaudí era capaz de tomar el lápiz y realizar el proyecto de un edificio pergueñando cuatro trazos (21). Seguramente, fue lo que hizo. Luego, gracias a la simpatía que Gaudí le profesaba, realizó algunos comentarios con Matamala, el cual los guardó en su cerbero, los fue reelaborando inconscientemente en los cincuenta años siguientes y, finalmente, se sintió con ánimo de coger la máquina escribir y teclear los folios de su Memoria, estimulado por la nueva situación de la época. No tiene que haber, necesariamente, un mentiroso en toda esta historia, pero si un cúmulo de errores, equívocos y reconstrucciones a posteriori que hacen que todo encaje tan perfectamente… salvo las informaciones de base: ¿quiénes eran los americanos? ¿dónde querían instalar el rascacielos? Y ¿por qué no hay ningún documento firmado? No hay documento firmado… por que jamás hubo pedido en firme, con o sin visita de los norteamericanos.

La hora de las certidumbres: Dalí en el Park Güell

En septiembre de 1956, durante las Fiestas de la Merced, Enrique Casanellas y José María Garrut, respectivamente, secretario y vicepresidente de la Asociación de Amigos de Gaudí, solicitaron a Salvador Dalí que diera una conferencia en el Park Güell con la figura del arquitecto como tema. Garrut se desplazó a la casa de Dalí en Port Lligat y obtuvo el entusiasmo de Dalí (22); según le dijo éste, sólo quedaba obtener el “permiso” de Gala que se demoraría unos días. A la conferencia acudieron unas 5.000 personas que se acomodaron en sillas de madera colocadas en el Teatro Griego. Bassegoda comenta que “Dalí propuso que a su alrededor durante la conferencia se movieran sueltos un buen número de pollos y de cabras, pero no fue posible como tampoco su idea que aviones a a reacción en vuelo rasante pasaran por encima del recinto”. Los organizadores no las tenían todas consigo. Ciertamente, Dalí aseguraba el impacto mediático –entonces no se utilizaba la expresión pero se procuró que el acto tuviera gran realce, de ahí que fuera presentado por el locutor Federico Gallo y filmado íntegramente por las cámaras del NO-DO- pero tenía sus riesgos. Por ello –sigue Basegoda- “ni el presidente de “Amigos de Gaud”, don Eusebio Güell Jover, vizconde de Güell (1904-1990), ni los arquitectos de la Sagrada Familia Isidro Puig Boada y Luis Bonet Garí estuvieran presentes en el acto”.. Pero la sangre no llegó al río. Dalí se limitó a pintar el perfil de las torres de la Sagrada Familia sobre una lona utilizando una escoba impregnada en alquitrán y responder a las preguntas que se le formuló con el ingenio paradójico que siempre le caracterizó. A todo esto –concluye Bassegoda-, al acabar el acto, la lona se dobló y, al día siguiente, al intentar desdoblarla, el alquitrán se había pegado, inutilizando para siempre aquel apresurado e inédito “apunte al alquitrán”.

¿De qué habló Dalí en aquella ocasión? Tocó distintos temas comunes del imaginario gaudiniano. Se había hecho eco de la similitud tantas veces cacareada (y absolutamente casual) entre los “castellers” y las torres de la Sagrada Familia. Luego recordó los orígenes reusenses de Mariano Fortuna, Prim y Gaudí y él mismo, citando a Pujols, se consideró del mismo origen: “porqué, como escribió nuestro filósofo Francisco Pujols, en nuestro país hay muchas gentes que si no son de Reus, casi lo parecen. Remitió al leit motiv del régimen franquista (”como escribió nuestro filósofo Eugenio Montes, en momentos actuales de terrible depresión moral y espiritual, es un honor vivir y ser español; los de Figueres, los de Port Lligat, lo mismo que los de Sevilla, El Escorial, España toda entera, sabiendo la importancia de nuestro país, formamos esa tierra unida, esa tierra mística, esa tierra del siglo y de la unidad espiritual"). Explicó su primer encuentro en París: “En 1927, el mismo día en que llegué a París, desayuné con el místico y protestante Le Corbousier (sic) y viendo mi creación diosiniana, inquirió si tenía idea de lo que la arquitectura del futuro podía llegar a ser y yo le respondí que Dalí tenía idea de todo y sobre todo. La arquitectura del porvenir, respondí, será blanda y peluda. Blanda ya lo está siendo con Gaudí y peluda lo será por Dalí, y también entonces elevaré miradas al poder creador de Gaudí".

Y en un momento dado del discurso aludió a Nueva York: ”Ahora me voy a Nueva York, desde Port Lligat, y allí continuaré lo que hoy he empezado aquí y daré solución a la obra más grande y genial que los arquitectos hayan nunca soñado, o sea la proporción de que las nuevas leyes tienen que ser un producto del coeficiente de elasticidad de la sección áurea y de la divina proporción del Renacimiento del Tretinia (sic) y del fraile Lucas Paciollo (sic). Dalí en esos momentos atravesaba su “período místico” y diseñaba sus cuadros en función de la “divina proporción” o “sección áurea”.

Volvió a realizar alusiones políticas muy oportunas en aquel momento (”digo que cuando un español sale genial, no se puede comparar con nadie; únicamente somos sordos en nuestro propio país; pero de Velázquez no ha habido en España más que uno y de Gaudí no ha habido más que Gaudí y tardarán muchos siglos antes no se produzca otro igual, lo mismo que estoy convencido que nuestro Generalísimo Franco es el mejor gobernante y Jefe de Estado que Europa ha tenido y producido después de la guerra”). Comparó a Gaudí con la “bomba atómica” (“antes que la primera bomba, cayó en el propio corazón de Barcelona una bomba más temible y potente, porque en vez de ser una bomba destructiva fue una bomba creadora, en vez de ser una bomba uniforme, fue una bomba morfológica y, en vez de destruir, aniquilar desintegrar, en el lugar donde cayó, en este mismo corazón de Barcelona, se levantaron los edificios sublimes del arquitecto Gaud). Al acabar, dio los brochazos con alquitrán y, acto seguido, se pasó al coloquio. Le preguntaron por las relaciones entre sus bigotes y su relación con el arte de Gaudí: “¿Tiene alguna relación el bigote de Dalí con el arte de Gaudí?
Una gran relación, porque mi bigote es absolutamente contrario a los bigotes nórdicos y depresivos que llevaba, por ejemplo Federico Nietsche, que llevaba unos bigotes depresivos que le caían hacia abajo, llenos de niebla y de música mal digerida. En cambio, mis bigotes, son erectos y se dirigen hacia el cielo como las torres de los Xiquets de Valls o las torres de Gaudí”.

Ustedes se preguntarán: ¿a qué viene citar aquí esta habitual muestra de humor paradójico daliniano? Fíjense en las fechas: estamos en 1956, el año en el que todo el asunto del “Hotel Attraction” y el proyecto Brugueras salen a la superficie. Dalí, anteriormente, ha había hecho alusión a la arquitectura de Gaudí (en la revista “Minotauro” en 1933) en múltiples ocasiones. La guerra civil y la Segunda Guerra Mundial lo alejaron de España y de Europa, pero en 1956 era la muestra del español que había triunfado internacionalmente. Él mismo explicaba que había ido a Nueva York en busca del “dólar”, pero, de hecho, era allí, entre la crema del mecenazgo norteamericano en donde había conseguido vender sus mejores telas. Así pues, Nueva York era, para Gaudí, la “consagración” de su triunfo como artista. A principios de los años 50 volvió a visitar España y es, en este contexto, en el que Garrut y Casanelles le invitan el día de la Merced a dar su conferencia en el Park Güell. Estaba claro que –en ese momento- si un artista español quería evidenciar su “universalidad”, ésta pasaba por Nueva York. Hasta ese momento, la ciudad norteamericana no revestía ningún interés particular. Es, solamente, con el triunfo de Dalí en Nueva York, que él mismo cuenta en su conferencia, que aquella ciudad se convierte en la meca de los artistas.

Y esto enlaza muy directamente con la ubicación del “Hotel Attraction” en Nueva York y con la fecha de aparición del hasta entonces ignorado proyecto (1956). El “caso Dalí”, es, con toda probabilidad, “fuente inspiradora” para el lanzamiento de Gaudí sobre el Nuevo Mundo y, sin duda, una de las imágenes que Joan Matamala debió tener en la cabeza a la hora de reconstruir sus recuerdos de 1908. En este sentido el “Hotel Attraction” tiene, casi tanto de daliniano como de gaudiniano.

Hablando de misterios. Sexta Estación. Un hombres sobresaturado de trabajo

Gaudí tenía dos brazos, dos piernas y una cabeza. Brazos extraordinariamente expresivos. Piernas, vendadas, pero excepcionalmente activas, incluso hasta los últimos instantes de su vida. Cabeza, preclara. Pero era humano. El rascacielos, unido a los trabajos que tenía asumidos hasta ese momento, eran propios de un superhombre. Matamala declara en su memoria que el arquitecto le confió que el proyecto podía entretenerlo en la ciudad norteamericana por espacio de 7 años. Gaudí tenía entonces 56 años. Según Matamala, pidió un “receso” del proyecto durante dos años, lo cual nos da 58 años. Es decir, lo habría terminado a los 65. Pero ¿y la Sagrada Familia?

El presunto proyecto del rascacielos, le llegaba a Gaudí justo en el momento en que estaba sobrepasado por el trabajo. Ciertamente, su capacidad de trabajo era impresionante. De hecho, alternó el desarrollo de los proyectos más brillantes de su carrera en la primera década del siglo XX e incluso le quedaron algunos trabajos que hubiera gustado asumir, pero que, por distintos motivos, no pudo emprender. En 1903, por ejemplo, cuando está en curso buena parte de sus grandes proyectos, se entrevista con la Junta del Santuario de la Misericordia, ofreciendo el proyecto de un nuevo santuario en su ciudad natal de Reus. Como era habitual, se trataba de un proyecto “kolosal”. No hubo acuerdo. La Junta desestimó el proyecto que veían desmesurado y grandioso, esto es, caro. Gaudí dijo a su ayudante: “Vámonos que en nuestro pueblo no nos quieren” (23). Otros dos proyectos más fueron rechazados en aquella época. No era necesario que la alta burguesía barcelonesa le ofreciera proyectos, por entonces, ya había extremado su fe católica y él mismo ofrecía proyectos a algunas instituciones religiosas. No es raro que, finalmente, en el momento en que estallaron al mismo tiempo crisis con sus clientes, crisis familiares (muerte de su padre y su sobrina), crisis políticas (Semana Trágica de julio de 1908, mes y medio después de la visita de los dos norteamericanos), todo esto se tradujera en una formidable crisis en su salud, quebrantada ya de por sí por sus peculiaridades alimenticias.

Gaudí tenía en 1908 mucho más trabajo del que podía atender. Era poco práctico, pero progresivamente fue afinando la capacidad para conocer el tiempo en que un proyecto le iba a mantener bloqueado. En 1906, ya había publicado el croquis de alzado la Sagrada Familia, elaborado por Juan Rubió. Era evidente que quedaba mucho trabajo por delante. A partir de 1914 se dedicaría en exclusiva a “su” Templo.

Es rigurosamente cierto que, todos los problemas que habían estallado a partir de 1910, le enajenaron los encargos y la simpatía de la burguesía catalana. Su mecenas, Güell murió en 1918 y su amigo Joan Maragall en 1911. Los gustos de la época habían cambiado. Eugenio d’Ors decretó que Barcelona no quería ser una ciudad diferente a otras (el modernismo de un lado y Gaudí de otro, la habían hecho extremadamente diferente), sino una ciudad como otras. El nuevo movimiento puesto en marcha a partir de entonces se llamó “novecentismo” y, en realidad, era una llamada al orden ante los excesos del modernismo y de Gaudí. Lo brusco y cambiante del trato de Gaudí con sus clientes había despertado recelos, especialmente a partir del pleito que presentó contra Perico Milà por la minuta de las obras de Casa Milà. Gaudí pudo obtener 100.000 pesetas de la época (750.000 euros actuales poco más o menos) que entregó para obras religiosas… pero no volvió a obtener ningún encargo de los potentados barceloneses. Tal como dice Gijs van Hensbergen: “En 1918, Gaudí estaba completamente aislado y sólo le quedaba un mecenas: la Iglesia” (24). Fue por eso, y no por una vocación eremítica, que se recluyó en las obras de la Sagrada Familia. No es cierto lo que suele decirse en las llamadas “biografías clónicas” de Gaudí: “A partir de 1915 comenzó a rechazar cualquier tipo de ofertas que lo alejara de la Sagrada Familia” (25). Es justamente lo contrario: no habían pedidos, los mecenas se habían diluido con el cambio de gustos y el olor a problemas. Quedaba la Sagrada Familia.

El “Hotel Attraction”, de haber existido, habría supuesto trabajo en este período de “vacas flacas”… pero, nadie podía prever, en 1908 lo que le aguardaba al arquitecto, especialmente a partir de 1912-5. Ni en 1908, ni en 1910, Gaudí podía prever su crisis de trabajo; era su mejor momento como arquitecto. Dudamos mucho que en ese preciso momento hubiera aceptado un trabajo de tal envergadura, 10.000 Km alejado de su tierra natal (él, que en esa época se negaba a hablar otra lengua que no fuera el catalán), por un espacio mínimo de siete años y alejado de la temática religiosa.

Hablando de misterios. Séptima y última Estación. Conclusiones

¿Y los americanos? ¿quiénes eran? Imposible saberlo. No hay pistas, absolutamente en ningún diario de la época sobre la visita de unos magnates norteamericanos en 1908, diez años después de la tragedia de 1898, tragedia que dejó un regusto amargo y áspero en la España de la época hacia todo lo que significaban los EEUU.

No estamos en 1888, cuando el Presidente de los EEUU, Cleeveland, visita en Barcelona la Exposición Internacional. Estamos en 1908, cuando ya ha pasado, pero no se han olvidado, ni los soldaditos catalanes muertos en defensa de Cuba, ni los capitales que debieron de huir de la isla. La fecha no está mal elegida: hace que todo cuadre. Antes, hubiera sido impensable a causa de la “Guerra Hispanoamericana”. Después, estaríamos demasiado tarde: los gustos de la época cambiaban a velocidad de vértigo y lo que hubiera podido suscitar entusiasmo en 1908, hubiera sido aborrecido diez años después. Por otra parte, 1908 más los dos años de plazo para terminar compromisos, daban 1910, fecha en la que el arquitecto cae enfermo. Así pues, es una fecha convincente, sólo que el repaso de los diarios de la época no aluden a ningunos financieros norteamericanos que visitaran Barcelona. Así pues, es hora de establecer algunas conclusiones.

No creemos en la realidad del proyecto “Hotel Attraction”. Se trata, verosímilmente, de un “falso Gaudí”. Pero hay que realizar algunas precisiones:

- O bien todo ha sido construido por Joan Matamala para su beneficio propio, posibilidad que excluimos.

- O bien se ha tratado de una reconstrucción fantasiosa sobre hechos reales parciales a los que, a posteriori, se ha dado una interpretación unidireccional.

En el primer caso, estamos ante un engaño, en el segundo, todo es un equívoco. Nos inclinamos por esta segunda opción. Matamala, cincuenta años después de mayo de 1908, plasmó todos sus recuerdos en los 64 folios de su Memoria. La sorprendente concatenación de los hechos y las fechas, hace –como hemos intentado demostrar- que ese pedido, solamente podía tener verosimilitud en 1908, tanto por lo que se refiere al pedido en sí –un rascacielos gaudiniano, el segundo de la gran ciudad norteamericana- que no pudo realizarse por motivos de salud –quebrantamiento extremo de la salud de Gaudí en 1910-, ni unos años antes, ni unos años después, hubiera sido posible “encajarlo” en la biografía gaudiniana. Pero, no es entonces cuando se revela la existencia del proyecto, sino en un momento en el que España sale del aislamiento internacional y mejora extraordinariamente sus relaciones con los EEUU. Es en este contexto y sólo en este, a poco del centenario del nacimiento de Gaudí, cuando sale a la superficie y se comenta a nivel internacional.

¿Qué hubo detrás de todo esto? También aquí, solamente hay dos hipótesis:

- O bien, apenas nada, una conversación de Gaudí con unos norteamericanos de paso por allí, que hacen un comentario, “pour parler”, elogioso hacia la obra del arquitecto y le preguntan si tendría algún inconveniente en construir un rascacielos en EEUU. Luego, él, dejó volar su imaginación y allí donde no había nada concretado, creyó que el comentario de sus visitantes equivalía a un pedido en firme y dio rienda suelta a su imaginación.

- O bien, simplemente, un comentario que Gaudí realiza a Matamala sobre cómo diseñaría él un rascacielos en Nueva York, sin que mediara pedido alguno, ni formal ni informal, y que el arquitecto utilizó como mejo ejercicio intelectual de creatividad. Este ejercicio se superpuso a alguna visita real y objetiva de dos súbditos norteamericanos a las obras de la Sagrada Familia, creándose en la mente del joven Matamala una confusión que luego, con el tiempo, él mismo reelaboró introduciendo elementos lógicos dentro de la perspectiva gaudiniana (como la escala anómala 1:714, el desarrollo en varios croquis del proyecto que el cerebro siempre en ebullición creativa de Gaudí elaboró apresuradamente e incorporando los comentarios que le hizo en sus habituales soliloquios).

Es difícil que hubiera algo más que esto. Todo fue, apenas, un equívoco. Para colmo, el equívoco se complica definitivamente, cuando aparece el libro de Cucurella y su célebre portada y, es entonces, cuando por motivos que resultan difícilmente explicables, Ignasi Brugueras saca a colación un proyecto propio que data de 1917… y del que tampoco nadie había sabido nada hasta 1952.

Hay otro elemento a tener en cuenta. El descubrimiento de un trabajo desconocido de Gaudí es, para los gaudinianos de estricta observancia, la posibilidad más atractiva. A partir de 1956, cuando Matamala redacta su memoria, está claro que… “testimonio único, testimonio nulo”. Y es entonces cuando se realizan las comparaciones entre el diseño de Brugueras y el presentado por Matamala y se concluye que… Brugueras debía haber tenido acceso, “de alguna manera”, al proyecto de Gaudí.

Hemos visto que el proyecto de Brugueras y el de Gaudí son hasta cierto punto similares (en rareza), pero muy diferentes en contenido. El primero es una derivación directa de la portada de “El Montserrat del Espíritu” de Cucurella, mientras que el segundo deriva del conoide paraboloide específicamente gaudiniano. Hay una similitud sólo en la medida en que se trata de dos diseños completamente diferentes a lo que habitualmente se entiende por “rascacielos” (líneas rectas ascendentes). Y esto lleva a pensar que… Cucurella también hubiera podido conocer –en su calidad de católico en una línea parecida a la de Gaudí- el proyecto del “Hotel Attraction”. Así pues, ya no sería un “testimonio único”, sino tres testimonios.

Esta hipótesis no es válida. Las disimilitudes entre el proyecto de Brugueras (y su similitud con la portada de Cucurella…) y el presentado por Matamala, hacen que ambos sean hijos de diferentes intencionalidades. Seguimos con el “testimonio único… testimonio nulo”.

El “Hotel Attraction” jamás pudo existir como pedido real. Todo fue, a fin de cuentas, un formidable equívoco. Hubiera sido bonito, pero no fue real.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

NOTAS

1 Fragmento de “Cuando el Nuevo Continente llamaba a Gaudí (1908-1911)” redactado por Joan Matamala en 1956 y publicado por primera en en 1989 en “El Gran Gaudí” de Joan Bassegoda i Nonell, págs. 531-544.

2 Bassegoda, Ob. Cit., pág. 534.

3 Bassegoda, Ob. Cit., pág 534.

4 “Hotel Attraction: una catedral laica” – Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona – Gaudí 2002 – Barcelona 2002

5 “Gaudí. Su vida, su teoría, su obra”. César Martinell. Colegio de Arquitectos de Catalunya y Baleares, 1967, Apéndice XIII, págs. 509-510).

6 “Antonio Gaudí: mi itinerario con el Arquitecto”, Joan Matamala i Flotats. Editorial Claret. Barcelona 2000.

7 Bassegoda, Ob. Cit., pág 536.

8 Bassegoda, Ob. Cit., pág 540.

9 Bassegoda, Ob. Cit., pág 535.

10 Bassegoda, Ob. Cit., pág 545.

11 “Hotel Attraction: una catedral laica”, Ob. Cit., artículo “Caverna Delirious” de Rem Koolhaas.

12 Bassegoda, Op. Cit., pág 545.

13 “Hotel Attraction: una catedral laica”, Ob. Cit., págs 62-66.

14 El original de los planos se encuentra depositado en la Real Cátedra Gaudí.

15 “Hotel Attraction: una catedral laica”, Ob. Cit., pág. 11.

16 Citado en “Hotel Attraction: una catedral laica”, Ob. Cit., págs XX

17 “Gaudí, de Piedra y Fuego”, Ana María Ferrín, Jaraquemada Editores, Barcelona, 2001, pág. 150.

18 Citado en “Hotel Attraction: una catedral laica”, Ob. Cit., págs XX

19 “El Montserrat del Espíritu”, Columbano Cucurella, Barcelona 1952.

20 Es curioso constatar que en la edición del libro algunas páginas son de un color diferente al resto. Al parecer se trata de que una parte del libro estaba ya impreso en 1936, pero los acontecimientos aconsejaron dejar este material en el almacén. Estos impresos en rama serían luego aprovechados en la edición de 1952. De ahí que se pueda afirmar que la portada muy bien podría estar ideada en 1936.

21 En cierta ocasión, un arquitecto pedante le preguntó cómo era posible que abordara la construcción de un edificio sin concluir los planos. Gaudí sacó del bolsillo una hoja, y la desplegó: era el proyecto de la Casa Milà.

22 Toda la información que hemos utilizado sobre el tema, procede de un artículo de Joan Bassegoda i Novell, publicado en “La Vanguardia” y que es reproducido, sin fecha de origen, en la web de “Barcelona & Gaudí Club”. http://www.gaudiclub.com/esp/e_equipo/cg/conferencia.asp

23 “Gaudí, de Piedra y Fuego”, Ob. cit., pág. 63.

24 “Antoni Gaudí”, Gijs van Hensbergen, Plaza & Janés, Barcelona 2001, pág. 276.

25 “Gaudí y el conde de Güell”, Carmen Güell, Editorial Martínez Roca, Barcelona 2001, pág. 161.

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