Análisis geopolítico de España (III)

Publicado: Lunes, 06 de Diciembre de 2004 03:53 por en GEOPOLITICA
0000map.gifEn la primera entrega de nuestro estudio aludíamos a la doble tendencia presente en toda al historia de España que, por una parte, tendía a la fusión de los pueblos peninsulares y, por otra, alternativamente, al estallido y separación. Hoy nos encontraríamos en ese período de estallido que, a la postre, no sería sino el preludio de un nuevo período unitario… Vale la pena preguntarnos en qué elementos geopolíticos se apoyan las actuales tendencias centrífugas.

CARÁCTER MONTAÑES DE LOS NUCLEOS ORIGINARIOS DE LA RECONQUISTA

Tras producirse la dislocación del reino visigodo al producirse la invasión islámica, los distintos núcleos resistentes se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y de las vertientes pirenaicas. Buena parte de los resistentes eran representantes de la antigua nobleza visigoda y, desde los inicios de la lucha por la expulsión del Islam, quisieron mantener vivo el recuerdo del Reino Visigodo de Hispania. Todos ellos se consideraban, en definitiva, “reyes de las Españas”, sin renunciar al momento en el que se restituiría la unidad del viejo reino visigodo.

En este sentido, resulta difícil entender como, a partir de este entusiasmo unitario, los reinos peninsulares prosiguieron hasta el siglo XV su fragmentación. En el siglo XI, el cantonalismo hispano se extendía tanto en la España islamizada como en la cristiana: Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón y nueve condados en el espacio catalán, evidenciaban una parcelación extrema.

La geopolítica explica perfectamente el por qué de esta tendencia, cuando, realizando un análisis histórico, establece que siempre ha existido como constante el cantonalismo montañés. Los pueblos desarrollados en las montañas siempre han sido celosos de sus libertades, tradicionalistas, opuestos al progreso y desconfiados de todo lo que viene del llano, pero, así mismo, con tendencia a prevenirse de los montañeses de otras latitudes. En la primera fase de la Reconquista, absolutamente todos los núcleos de las que partieron los núcleos de resistentes, eran núcleos montañeses, cada uno de los cuales se desarrolló de manera independiente de los demás. La montaña les impuso unos rasgos de carácter para que pudieran sobrevivir en un medio hostil y aislado. Allí, en las alturas, nuestros ancestros almacenaron posibilidades históricas que se manifestaron en el momento oportuno. De hecho, la primera fase de la Reconquista no fue otra cosa más que una serie de descargas de agresividad de las poblaciones montañesas contra las llanuras habitadas por islamistas.
Esto hizo que hacia el siglo XI, los reinos de Galilcia, León, Castilla y Navarra, hubieran logrado expanderse casi en paralelo hacia el sur a partir de los originarios núcleos montañeses en donde se articularon los distintos focos de la resistencia. En los Pirineos subsistían los nueve condados catalanes y el Reino de Aragón, reducido éste último a una pequeña franja pirenaica y los otros a un conjunto de pequeñas piezas míticamente derivadas de “los nueve barones de la fama”, pero manteniendo prácticamente las mismas posiciones que formaron la Marca Hispánica en el siglo IX.

EL AVANCE DE LOS REINOS CRISTIANOS HACIA EL SUR

En la práctica, entre el siglo IX y el XI, en doscientos años, las posiciones cristianas en los Pirineos apenas avanzaron. Esto tiene mucho que ver con el conservadurismo propio de los habitantes de la montaña que les induce a permanecer encastillados en sus posiciones y limitados a operaciones de represalia contra los habitantes del valle. Geopolíticamente podemos establecer la constante de que, contra más próxima a sus orígenes está un pueblo, inicialmente montañés, menos se preocupa de ampliar sus dominios y se limita a meras represalias y racias en el valle.

Pero, a medida que mediante la colonización campesina, individuos afectos a los reinos montañeses, van estableciéndose en la tierra de nadie y el núcleo montañés ve expandir su territorio hacia el valle y deja, cada vez más atrás, su origen montañes, la expansión se vuelve cada vez más rápida: la velocidad de las conquistas de un pueblo montañés, están, así pues, en razón inversa a la proximidad a la montaña: contra mas próximos se encuentran a la montaña, menor es su voluntad conquistadora, cuanto más alejados están de las cumbres, avanzan a mayor velocidad hacia la conquista de nuevos territorios. En 1300, en apenas dos siglos, prácticamente, la conquista se consumó, exceptuando el Reino de Granada que subsistiría otros doscientos años más.

Es indudable que estos progresos en la Reconquista coincidieron también con otros episodios históricos, especialmente con las Cruzadas. La victoria de las Navas de Tolosa tiene lugar en el 1212 en la misma época en la que se había asentado el Reino Latino de Jerusalén. Puede decirse que el espíritu de la Cruzada fue asumido por los antiguos líderes montañeses, unificó sus criterios y favoreció políticas de fusión dinásticas que, finalmente, redujeron el cantonalismo peninsular a cuatro reinos: Portugal, Castilla, Navarra y Aragón.

DOS CUENCAS, DOS CORRIENTES HISTORICAS

Ahora bien, hay que tener en cuenta otro factor para explicar el por qué la Reconquista evolucionó como lo hizo. La orografía y los valles hicieron que las áreas expansivas de los Reinos peninsulares tomaron dos orientaciones. No es por casualidad que, finalmente, los ríos que atravesaban Castilla desembocaran en el Atlántico y el gran río que constituía la columna vertebral de Aragón, el Ebro, lo hacía en el Mediterráneo.

Desde siempre, los ríos han sido elementos clave de los desarrollos geopolíticos de los pueblos. A través de ellos se ha canalizado el transporte y el comercio, y mecánicamente, han llevado a averiguar qué se encontraba en las tierras bajas. Los antiguos se preguntaban siempre hasta donde se llegaba siguiendo el curso de los ríos. No es que los ríos fueran una frontera natural, de hecho, en realidad, los ríos constituyen, más bien, un eje de intercambios comerciales. En torno a los ríos, en los valles por los que discurren, se asientan poblaciones que viven de la agricultura y el comercio. En el lado castellano, las conquistas fueron marcadas por el avance hacia los valles del Duero primero, del Tajo después, del Guadiana más tarde y, finalmente del Guadalquivir. El curso de estos ríos atravesaba la meseta castellana y todo el problema consistía en cómo asegurar las conquistas mediante la instalación de castillos y de colonos. En cierto sentido, los campesinos hicieron Castilla tanto como los guerreros. La fidelidad a la tierra propia del campesino –el origen montañés de los reinos ya había quedado lejos- hizo que la Reconquista tuviera pocas regresiones y que, una vez se talaban los espesos bosques para asegurar visibilidad y zonas de cultivo en las que pudieran asentarse nuevos colonos, ese terreno ya no fuera recuperado jamás para el Islam.

Pero el Reino de Aragón se desarrolló de otra manera. El espacio geopolítico de Aragón era un triángulo constituido por los Pirineos de un lado, el curso del Ebro de otro y la costa Mediterránea finalmente. Más allá de la Cordillera Ibérica, Aragón no encontró las posibilidades de expanderse hacia el Oeste y, al encontrarse más allá de la desembocadura del Ebro, solamente pudo expanderse hacia el Sur, hasta el Paso de Bihar, lugar histórico de frontera entre Castilla y Aragón.

Precisamente la pujanza de Barcelona deriva de la privilegiada situación de Barcelona, en la costa, disponiendo del control de los pasos pirenaicos que, facilitaban el comercio hacia la Ciudad Condal. Además, la depresión prelitoral llevaba al emplazamiento de Barcelona, entre los ríos Besós y Llobregat, desde donde se abrieron caminos hacia el Valle del Ebro. Al adquirir la baronía de Flix, situada en la salida de la última garganta por la que atravesaba aquel río. Esa posesión fue esencial en el dominio económico de la Corona de Aragón.

El Reino de Aragón, al no poder expandarse más hacia el Sur, intentó en el siglo XII, una expansión hacia la otra vertiente de los Pirineos, ensayando el embrión de lo que geopolíticamente se llama un “Estado Encabalgado” (cuando un núcleo montañés dispone del control de los pasos de montaña y se expande a uno y otro lado de la montaña). Pero la reorganización del Reino Franco, hizo que tras la Batalla de Muret, las aspiraciones aragonesas sobre Cominges, Tolosa y el Languedoc, se disiparan. La derrota de Muret marco un giro neohistórico en el desarrollo de la Corona de Aragón y le obligó casi a seguir el curso del Ebro hasta más allá de su desembocadura: fue entonces cuando se inició la expansión mediterránea de la Corona de Aragón que en el siglo XIV ya disponía del control sobre las Baleares, Cerdeña y Sicilia, luego con Alfonso el Magnánimo, alcanzó hasta Grecia y los Balcanes, llegando hasta Tebas.

Tras producirse la unificación de los Reinos Peninsulares con los Reyes Católicos, mientras Castilla inició su expansión oceánica en el Atlántico, Aragón persistía en su vocación mediterránea. En los siglos XVI y XVII, españoles y portugueses podían considerar en rigor el Océano Atlántico como un “mare clausum”: dominaban absolutamente todas las puertas que daban su acceso. El Estrecho de Gibraltar, el Estrecho de la Florida, el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes. Pero, a decir verdad, los adelantos tecnológicos de la época no permitían todavía un tráfico fluido y mucho menos la existencia de comunicaciones estables en un espacio tan amplio como el Atlántico. El Mediterráneo, por el contrario, estaba hecho más a medida de la expansión que podía realizar una potencia en la época. Desde ese punto de vista, se produce una mayor acumulación de capital en la Corona de Aragón y, más en concreto, en la Ciudad de Barcelona que en Castilla.

Además, Catalunya se beneficia de la frontera de los Pirineos y especialmente con el tráfico polarizado en Port Bou. Una vez más, una frontera no es un lugar de separación, sino una zona de cooperación entre los dos países que allí se encuentran. Hasta bien entrado el siglo XVII, en concreto hasta la Paz de los Pirineos, no existían fronteras tales como las entendemos hoy. Apenas importaba otra cosa que el control de los nudos de comunicaciones, más que de un control concreto sobre una línea de frontera. La “Paz de los Pirineos” estableció como frontera la marcada por las “crestas divisorias” que, efectivamente, ya señalaban una línea perfectamente definida, tras la cual, tanto Francia como España, situaban plazas fortificadas tales como Salses diseñada por el ingeniero Vauban.

Así pues, la geopolítica determinó la existencia de tres fases: la creación de los reinos peninsulares a partir de dos núcleos montañeses de resistencia: el que apareció en la cornisa cantábrica y el que apareció en los montes Pirineos. Cada uno de estos núcleos, al expanderse hacia el sur, terminó fusionándose: los distintos reinos originados en la cornisa cantábrica convergieron en uno solo. Mientras que los reinos y condados pirenaicos, en su expansión hacia el valle del Ebro y el Mediterráneo, también terminaron constituyendo una sola unidad histórica.

EL REINO DE NAVARRA

¿Y Navarra y el País Vasco? El reino de Navarra había surgido a mediados del siglo VIII aprovechando los contrafuertes pirenaicos próximos al Cantábrico. En esos primeros años, los navarros se vieron presionados por el sur por los contingentes islamistas y por el norte por los francos. En el siglo IX, consiguieron estabilizar una dinastía iniciada por Iñigo Arista que en el siglo X fue sucedida por la dinastía Jimena con la que Navarra alcanzó su máximo esplendor. Sancho Garcés III “El Mayor” logró incorporar el Sobrarbe, el Ribagorza, Álava, Vizcaya y el condado de Castilla. A su muerte se inició la crisis de este reino que se fusionó con los aragoneses, luego con los francos y que, en la práctica, fue residual y comprimido por sus dos grandes vecinos, Castilla y Aragón. En el siglo XIV, Navarra permaneció ligada al reino de Francia. Durante el reinado de Juan II de Aragón se produjo la lucha contra su hijo el Príncipe de Viana con la división del reino en dos facciones: los agromonteses que apoyaron a Juan II y los beamonteses que apoyaron al Príncipe de Viana. Finalmente, en 1515, Fernando el Católico invadió navarra y la incorporó a la Corona de Castilla, integrándola de hecho en la unidad peninsular.

En el Reino de Navarra, incluso en la actualidad, son perceptibles los rasgos propios de las poblaciones montañesas. No es por casualidad que el nacionalismo vasco se haya encastillado en algunas comarcas montañosas y sea el núcleo del abertzalismo más radical, mientras que Navarra sea uno de los Reinos históricos en los que más se siente y se vive la idea de España. Fue allí donde arraigó con más fuerza el conservadurismo tradicionalista hasta mediados del siglo XX. Si examinamos los rasgos de carácter que la geopolítica atribuye a las poblaciones montañesas, veremos que tales tendencias no pueden extrañar. De hecho, estas tendencias solamente van atenuándose a medida que las poblaciones del valle van creciendo. Es preciso no olvidar que, la escuela francesa de geopolítica, ha insistido en que los valles de ayer son las ciudades de hoy. No es de extrañar, por tanto, que sea precisamente en las zonas rurales y especialmente montañosas en donde el radicalismo abertzale haya arraigado con más facilidad, y que el voto nacionalista sea un voto progresivamente ruralizado.

Por lo demás, el nacionalismo vasco sigue una tendencia que la geopolítica ha analizado hasta la saciedad y Vicens Vives ha llamado “tendencia a la Reconquista”: “Los núcleos neohistóricos tienden a justificar su actividad expansiva acogiéndose a la herencia de formaciones similares más antiguas que han ejercido soberanía sobre determinados territorios”. Y, acto seguido, pone como ejemplo los Estados cristianos medievales que reivindicaban la herencia visigoda y luego las cruzadas.

En el caso vasco-navarro, esta tendencia a la “reconquista” está presente especialmente en las falsificaciones históricas difundidas por el gobierno autónomo vasco (y también por el catalán): aislando momentos puntuales de la historia de estas zonas, casualmente, aquellos momentos en los que esas zonas alcanzaron una mayor expansión, se reivindican territorios, soberanías y unidades ideales a las que se pretende regresar. De hecho, todo el micronacionalismo moderno es un proyecto de “reconquista” de un territorio ideal sobre el que gobernó en un determinado momento histórico cuando no existía la noción de “Nación”.

EL DETERMINISMO GEOPOLITICO DE LOS NACIONALISMOS

No es en la historia en donde los micronacionalismos pueden asentar sus aspiraciones, sino más bien en criterios geopolíticos: es decir, no existen “naciones” dentro de la Nación Española, a causa de pasados históricos, ni siquiera por “factores diferenciales” de tipo étnico o cultural (el RH de los nacionalistas vascos y el idioma de los nacionalistas catalanes), sino por determinismos geopolíticos en función de los cuales se construyen ideologías y interpretaciones. El nacionalismo, menos que cualquier otra doctrina, es un títere de factores subpersonales y geohistóricos subjetivos.

Existen tendencias centrífugas en España por que existen redes fluviales paralelas que desembocan en el Atlántico y por que existe un gran río que desemboca en el Mediterráneo. Diferente hubiera sido si en España hubiera existido una configuración hidrográfica como la francesa en la que los ríos en lugar de ser paralelos, fueran centrífugos y partiendo de un núcleo central irradiaran. El germen de la centralización estatal que ha experimentado Francia desde el período de Felipe el Hermoso, es buena muestra de esta teoría. Sin embargo, la existencia de cuencas fluviales paralelas, pero en direcciones opuestas, tiene un poder disociativo extraordinario que hizo imposible, no sólo la aventura transpirenaica de la Corona de Aragón y su intento de extender su influencia por Bigorre, Foix, Toulouse y el Languedoc (oposición entre el Garona y el Ebro), sino que también explica la diversidad de vicisitudes históricas que han vivido Castilla y Aragón, cuyos núcleos fluviales caminan opuestos y cuyas aventuras marítimas se han hecho en función de mares opuestos.
Mientras el País Vasco es el último reducto de las primitivas poblaciones de la Península Ibérica (en este sentido, puede decirse, con cierta ironía por lo que a los nacionalistas se refiere, que los Vascos son… los primeros españoles) cuya existencia está justificada por la geografía vasca compuesta por altos valles encerrados entre zonas montañosas, el reino de Aragón, al disponer de una salida al Mediterráneo, se preocupó por ampliarla (una tendencia geopolítica habitual), expandiéndose hacia el sur, ocupando la costa del Levante, en la medida en que encontró cerradas sus posibilidades de expansión hacia el norte y la oposición entre las cuencas fluviales del Garona y del Ebro, impidió la constitución de un Estado encabalgado.

LA UTOPIA GEOPOLITICA Y LA REALIDAD ESPAÑOLA

Es preciso retener el concepto de “núcleo geo-histórico”. Se trata del espacio natural favorecido por el cruce de comunicaciones y corriente de tráfico de donde (a causa de diversas coyunturas) ha surgido el ímpetu creador de una cultura o de un Estado. Dichas coyunturas han sido espoleadas por la ley de la adversidad creciente, según la cual, frente a un estímulo adverso, notable, pero no destructivo, una comunidad, reacciona y genera una vitalidad interior que la proyecta hacia el exterior de sí misma. La Grecia de los orígenes, establecida sobre un suelo agreste forzó a la emigración y a las actividades comerciales, esto les llevó a fundar colonias y a vivir un período de desarrollo económico que alumbró un régimen democrático y el desarrollo de las ciencias y las artes. Los núcleos geo-históricos de la Reconquista, como hemos visto fueron el galaico-portugués, el asturiano-castellano-leonés, el vasco-navarro y el catalana-aragonés.

Es preciso completar este concepto con otro no menos importante, el de “ecumene estatal”, porción del Estado que contiene la población más densa y numerosa y la red de comunicaciones más tupida. Habitualmente, este “ecumene” es también el núcleo neoeconómico de muchos Estados.

Vicens explica que la utopía geopolítica sería la coincidencia del núcleo neohistórico con el ecumene estatal en el centro geométrico del país. Esta utopía geopolítica se completa con el debilitamiento, tanto de la capacidad estatal, como de la económica y de la densidad de población, a medida que nos vamos separando de ese centro geopolítico que a la vez es centro geométrico. Este debilitamiento llegaría a una zona desértica que constituiría la frontera de esa utopía geopolítica ideal. Al menos sobre el papel.

Está claro que, en la práctica, un Estado de ese tipo es improbable y, por lo demás, inexistente. Frecuentemente, los núcleos geo-históricos pasan de una región a otra dentro incluso del mismo Estado, y las fronteras, lejos de ser territorios desérticos, son zonas geoeconómicamente importantes. Ahora bien, es preciso no perder de vista las dos nociones de “núcleo geopolítico” y de “ecumene Estatal”. Si aplicamos a España estos dos conceptos observaremos que, en la práctica:

- Existen distintos ecumenes estatales y no uno solo. A diferencia de Francia en donde París y sus alrededores concentran la mayor población y la mayor capacidad industrial del país, en España, tanto la población como la industria se han encontrado fragmentados en tres grandes núcleos: Madrid, Barcelona y Bilbao.

- Ciertamente, todos los pueblos peninsulares han sido espoleados en algún momento por la citada “ley de la adversidad creciente”, solo que han dado distintas soluciones a sus problemas: los castellano, extremeños, andaluces, navarros, la encontraron en la aventura Atlántica y en la conquista de América, mientras los catalana-aragoneses se centraban en el Mediterráneo.

- Catalunya y el País Vasco se han visto más favorecidas por la situación fronteriza y por disponer cada una de dos zonas preferenciales de cruce de los Pirineos (Portbou y Hendaya) lo que ha hecho que el comercio favoreciera extraordinariamente ambas zonas.

- Mientras España pudo mantener los virreinatos en América, era evidente que el núcleo neohistórico de España se situaba en Castilla, mientras que, a partir del siglo XVII, la presencia catalana-aragonesa en el Mediterráneo fue menguando y, en el fondo, la victoria de Lepanto, fue una victoria “de las Españas”, mucho más que de Castilla. No olvidemos que las galeras de la victoria se construyeron en las Atarazanas barcelonesas. Pero a partir de la independencia de las Colonias americanas y especialmente de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en un contexto de industrialización de Catalunya el País Vasco, el núcleo geo-histórico español, Castilla, perdió vigor. El vacío generado fue cubierto por el nacionalismo que aparece en el último tercio del siglo XIX en Catalunya y el País Vasco y que tiene una neta hegemonía en nuestro momento histórico.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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