Análisis Geopolítico de España (I)

Publicado: Viernes, 03 de Diciembre de 2004 03:21 por en GEOPOLITICA
spainphysical.jpgRedacciónA finales del 2003, en nuestro ensayo “Identidad, Nación, Nacionalidad” apuntamos a la necesidad de una redefinición de España y de su papel en la postmodernidad. Esta tarea implica, necesariamente, abordar el significado de España desde varios puntos de vista. Uno de ellos –el que hemos decidido abordar ahora- es el de la geopolítica. Iniciamos una serie de 5 artículos que iremos publicamos a lo largo del mes de diciembre y que componen un ensayo sobre el destino geopolítico de nuestro país.

INTRODUCCION. ¿POR QUÉ LA GEOPOLITICA?

Lo más sorprendente de Ratzel, en la práctica el fundador de esta ciencia, es que en las 600 páginas de su largo tratado jamás definió el concepto de geopolítica. Hasta ese momento la “geografía política” estudiaba a los Estados entendidos como entes implantados en una dimensión geográfica y vinculados a un territorio concreto. En realidad, cuesta diferenciar la “geografía política” de la “geopolítica”. Hubo que esperar que la “escuela alemana” clarificara éste extremo a partir de Haushoffer. En un artículo publicado a principios de los años 30 y firmado por Haushoffer, Vogel y Sieger, se definía a la geografía política como la “doctrina de la división del poder estatal en los espacio de la superficie terrestre y su determinación por la forma y estructura, clima y vegetación del suelo”. En ese mismo artículo, la geopolítica era definida como “la ciencia de las formas de vida políticas en los espacios vitales naturales que considera a través del proceso histórico, un ser vinculado al medio ambiente”.

Las diferencias entre ambas ramas del saber geográfico se referían principalmente a la interpretación de los conocimientos recopilados (geografía política) o bien a la aplicación práctica de estos conocimientos (geopolítica). En este sentido la geopolítica es una ciencia dinámica (como una película que se inicia en el pasado más remota y se proyecta sobre un futuro cuyas características se pretende elucidar), mientras que la geografía política es una ciencia estática (como un fotograma de esa misma película, siempre vinculada a un momento concreto del pasado o del presente).
Vicens-Vives define el núcleo de la geopolítica como compuesto de “vida” y “síntesis”: síntesis en tanto que para poder establecer una tesis geopolítica es preciso recurrir al análisis de una multiplicidad de aspectos en la vida de un pueblo; vida en la medida en que se trata de un análisis activo, dinámico, creativo que pasa revista a la trayectoria de los pueblos y a su futuro.

Pero, además tal como estableció Sigfried Passarge, la Geopolítica “postula una política estatal de conformidad con los vínculos geográficos”. Por mucho que lo intentasen, los bolivianos o los suizos, naciones enclastradas en el núcleo central de dos masas continentales, jamás lograrán ser potencias marítimas: su destino, su historia y sus limitaciones, están definidas por su situación geográfica. Eso explica los conflictos de Bolivia con sus vecinos en los últimos doscientos años y sus principales episodios bélicos y políticos. La orientación de un Estado jamás puede ignorar su situación y su definición geopolítica.

Ahora bien, para poder establecer cuál será su eventual orientación futura, será necesario analizar su pasado histórico (geohistoria), sus componentes étnicas y antropológicas (geobiología), sus características morfológicas (geografía física) y su psiquismo (geopsicología). A partir de lo cual estaremos en condiciones de realizar la “síntesis” a la que aludía Vivens.

No hay, en definitiva, posibilidades de redefinir España sin realizar un análisis geopolítico mínimo.

LAS DOS TENDENCIAS INHERENTES EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

A poco que examinemos la historia de la Península Ibérica, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, advertiremos la existencia de dos tendencias contrapuestas que se alternan y suceden en infernal cadencia: una tendencia hacia la unidad alternada con una tendencia al cantonalismo.

La particular situación geográfica de España ha hecho que desde el Paleolítico Superior, la Península Ibérica haya sido un escenario de tránsito de distintas culturas: en algunas zonas de la Península la solutrense se superpuso a la auriñacense que había logrado abarcar todo el territorio peninsular y prácticamente toda la Europa que quedó a salvo de las glaciaciones. Sin embargo, la cultura solutrense que, históricamente buscó extenderse hacia el norte y logró penetrar a través de la Península a toda Europa, ocupó solamente las costas mediterráneas y parte del valle del Guadiana, remontaron el Tajo hasta llegar prácticamente a las fuentes del Duero.

Posteriormente, cuando aparecieron las civilizaciones neolíticas, éstas se expandieron por las zonas costeras del Atlántico, por el sur de Andalucía, toda la cornisa cantábrica, los Pirineos, eludiendo casi completamente las zonas del interior peninsular, si bien remontaron el valle del Tajo y el del Duero hasta no más lejos de Palencia.
Esta diferencia de zonas de colonización señala dos tipos de pueblos: atlánticos (neolíticos) y mediterráneos (paleolíticos), asentados en dos zonas de la península bastante bien diferenciadas. Las distintas oleadas íberas y celtas posteriores supusieron una confirmación de las dos tendencias y una cierta balcanización de la Península, a la que se unió el área de influencia de la potencia comercial Fenicia en el tercio sur de la Península. A diferencia de los fenicios situadas en el otro extremo del Mediterráneo, los griegos tuvieron una muy débil presencia en la costa mediterránea española y su área de influencia fue el Mediterráneo Oriental con una cierta tendencia a seguir rutas comerciales hacia Norte atravesando el Bósforo y los Dardanelos y mateniendo sólidas bases en todas las costas del Mar Negro.

Pero luego llegó Roma y con Roma, la tendencia al cantonalismo peninsular fue abortada, considerándose toda la península como una unidad geográfico política que solamente fue dividida a efectos administrativos en dos (Hispania Ulterior y Citerior) y tres (Lusitania, Bética y Tarraconense) zonas. Al margen de que la cornisa cantábrica estaba alejada del núcleo central de irradiación del Imperio, lo cierto es que las guerras cántabras sellaron, por vez primera, una unidad peninsular digna de tal nombre.

Pero a este período seguirían las invasiones bárbaras y el establecimiento de los suevos, vándalos y alanos en distintas zonas que desbarataron la administración romana creándose reinos como el Suevo de Galicia, mientras los vándalos marcharon hacia el sur, se asentaron momentáneamente en Andalucia y los alanos poblaban el centro. El 411 tiene lugar la irrupción de los bárbaros y entre el 448 y el 456, el Reino Suevo de Galicia alcanza a dominar prácticamente todo el territorio peninsular, salvo una franja de la costa mediterránea. Reckiario, el primer rey suevo católico es el único que mantiene la ambición de unir a los reinos peninsulares. Pero, finalmente, no será él, sino los visigodos quienes restablezcan de nuevo la unidad peninsular. Con los bárbaros lo que triunfa es el cantonalismo.

Llamados por los romanos para expulsar a las tribus bárbaras y restablecer la administración imperial, entran en la Península el 418 y logran el objetivo propuesto, si bien el Reino Suevo resistirá hasta el 585, año en que Leovigildo vence al suevo Audeca y Galicia queda incorporada a su reino. Desde su entrada en la Península, los visigodos habían evidenciado una tendencia a la unificación de los territorios, especialmente cuando se establecieron definitivamente. Pero, en las postrimerías de ese período, se producen las primeras rebeliones en la Septimania, que indican que ha aparecido una nueva tendencia al cantonalismo.

Pero el 711 ocurre la mayor tragedia en la historia de España. El reino visigodo es masacrado por la primera oleada islámica. Tras la confusión inicial y un período en el que todavía se mantienen los restos de la administración latino-visigoda, sobre una situación de cantonalismo virtual, se impone de nuevo una administración central, el Califato de Córdoba que, prácticamente domina a toda España. Pero más tarde, triunfa de nuevo la tendencia al cantonalismo: entre los reinos cristianos de un lado y entre la zona de ocupación islámica de otro. Aparecen las taifas y los reinos cristianos no logran fusionarse sino hasta muy avanzada la Edad Media. Entre el 711 y el 1479, momento histórico del inicio de la reunificación peninsular, la Península vive un nuevo y largo período de cantonalismo, al que seguirá un esfuerzo de convergencia a partir de los Reyes Católicos y que se prolongará durante los grandes Austrias.

Posteriormente reaparecerán iniciativas cantonalistas en el siglo XVII a la que sigue el proceso de centralización impreso por los primeros borbones. Las Juntas de la Guerra de la Independencia, tienen un carácter completamente local, y es con ellas que se impone nuevamente el cantonalismo. Pero luego, el jacobinismo liberal abolirá los fueros y tenderá a la destrucción de los cuerpos intermedios de la sociedad, en pleno siglo XIX. Con una diferencia de pocos años, se producirán los estallidos cantonalistas situados en la aureola de la I República y la aparición del nacionalismo catalán (a partir del bombardeo de la ciudad por Espartero y Van Hallen). Nuevamente reaparece la tendencia al cantonalismo que será neutralizada en los primeros años del siglo XX, reaparecerá brevemente durante la II República y volverá a ser derrotada durante el franquismo. En este sentido, la constitución de 1979, intenta establecer un punto de equilibrio entre ambas tendencias, pero en su ambigüedad está implícita la actual potencialidad disgregadora que vivimos en la actualidad y que tiene distintos frentes, todos ellos graves: el nacionalismo catalán de la mano de Maragall, el nacionalismo vasco con Ibarreche y, en general, en todo el territorio del Estado una tendencia a diluirse en beneficio de los cantones autónomos.

EL JUSTO PUNTO MEDIO

Hoy, la tendencia que prevale en la política española es hacia el cantonalismo y la disgregación. Ya hemos visto que no es la única vez en la historia que esto ha ocurrido: de hecho, la historia de España está sometida a una tensión permanente entre las fuerzas que tienden a su disgregación y aquellas otras que proponen a la integración peninsular.
Ahora bien, cometeríamos un error si concibiéramos que toda la historia de España discurre solamente en torno a este proceso dialéctico convergencia-cantonalismo. De hecho, la realidad nunca es completamente blanca o negra, existe una “lógica borrosa” que implica la existencia de distintos matices. Ahora bien, lo que es necesario plantearse es en qué momento España vive su mejor período histórico. Es evidente que a esa pregunta solo puede contestarse de una manera: el proceso de la conquista de Granada, del descubrimiento de América, inicia una dinámica que lleva directamente a los dos grandes Emperadores (Carlos V y Felipe II) en los que el desarrollo imperial, se une al florecimiento espiritual, cultural y científico.

Pero ese período tiene un elemento nuevo que no había estado presente antes: el Imperio formado por un núcleo central en torno al cual gravitan una serie de “nacionalidades”. Un territorio tan extenso como el Imperio, no podía estar formado por una sola nación; lo difícil en todo Imperio es obtener la adquiescencia de las nacionalidades que lo componen. Solamente en Europa, las posesiones imperiales de los Habsburgo incluían España, el Sacro Imperio, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, el Franco Condado, los Países Bajos, Luxemburgo, Silesia, Bohemia, Eslovaquia, Austria, y un largo etcétera.
Un imperio de tal amplitud, al que había que añadir las posesiones africanas y grandes extensiones en el continente americano, no podía gobernarse desde una centralización absoluta. Se imponía un alto grado de descentralización y la creación de administraciones que tuvieran sus raíces en los propios territorios administrados pero que, al mismo tiempo, fueran “leales” a la administración imperial.

El régimen de equilibrios era absolutamente inviable sin la concurrencia de varios elementos: el primero de todos ellos, un imperio surge allí en donde hay una “voluntad de poder”. Esa voluntad de poder se pone al servicio de una “causa” (en el caso de los Austrias, la defensa de la catolicidad) y es entonces cuando confluye con otros elementos de carácter geopolítico e histórico, aparecen los grandes períodos históricos.

El Imperio Romano duró un ciclo de 800 años gracias al aparato administrativo y de comunicaciones que fue capaz de crear y gracias a la potencia cultural de Roma, muy superior al resto de culturas de su entorno. Esto unido al instinto geopolítico de los grandes césares que renunciaron a conquistas territoriales para evitar alejarse de un espacio geopolítico privilegiado –el Mediterráneo- en el cual Roma ocupaba una posición de centralidad. El imperio español logró mantenerse en su apogeo durante un ciclo de algo más de un siglo, gracias a factores militares (haber neutralizado el poderío continental francés, haberse dotado de un fuerte poderío naval), geopolíticos (España estaba geográficamente, mejor que cualquier otro país, para mantener relaciones con el Nuevo Mundo situado al otro lado del Atlántico; consiguió estar presente en dos escenarios marítimos, Mediterráneo y Atlántico), unido a los factores culturales (idea de “misión” y “destino”, inherente en toda la pintura y literatura del Siglo de Oro) y a un régimen de articulación de las nacionalidades, heredado del Sacro Imperio que se había vito obligado desde los Otones a gobernar sobre territorios muy diversos.

Justo en ese período histórico, el Imperio de los Austrias encontró el justo punto medio entre el cantonalismo y el jacobinismo, entre la dispersión y la uniformización, y por ello, en ese preciso instante, se produjo un salto cualitativo (en relación a la visión cantonalista que había dominado a toda la Edad Media española, si bien jamás se perdió del todo la idea entre los Reinos Cristianos de pertenecer a una misma comunidad de destino) y cuantitativo (en relación a la extensión de los territorios administrados).

La superación de las tensiones dialécticas cantonalismo-jacobinismo regresó justo cuando se debilitaron las fuerzas que generaron el Imperio de los Austrias. La conclusión de esta experiencia histórica es clara: la tensión desaparece en momentos de gran tensión histórica y política, cuando se dan distintos factores que generan, no solo un proceso de concentración interior, sino de proyección exterior.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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