Antropología de la Vieja España (VI): La Declaración

Publicado: Lunes, 29 de Noviembre de 2004 20:51 por en CULTURA
00000boda.gifRedacción.- El noviazgo empieza con el hito de la declaración. Una declaración en esto del amor como en los asuntos de la justicia es una toma de posición que compromete de por vida. O al menos así debería ser. Hubo un tiempo en el que los matrimonios eran concertados por los padres cuando los hijos apenas tenían uso de razón. Hoy esta tradición ha desaparecido de la sagrada tierra de Europa. Los matrimonios se realizan por amor, por pasión o por inconsciencia, pocas veces son concertados por otros mas que por los interesados.

Los futuros esposos, hasta aquí han pasado por un paso previo sine qua non, el “pedir para hablar” o el “pedir para salir”. Se han ido conociendo. Han entendido si sus relaciones pueden progresar o si uno se hace insoportable al otro. Han pasado unos meses, quizás unos años; pero ahora ya se conocen bien. Se trata de formalizar la relación ante otros y ser franco entre ellos cuando advierten que lo suyo ni es una buena amistad –difícil esto de la amistad entre hombre y mujer-, ni una relación condenada al fracaso. Han experimentado en ellos el nacimiento del amor y sienten una necesidad inconmensurable de confesárselo uno al otro y ambos hacia el exterior. Entonces aparece como necesario atravesar el hito de la declaración.

Existen muchas costumbres distintas y, a menudo, curiosas, para realizar esta declaración. Vergara en su artículo “La poesía popular madrileña y el pueblo de Madrid” explica como se declaraban los gitanos en el primer tercio de siglo. Se limitaban a decir: “Te voy a robar”, la otra pedía una confirmación y el otro se la daba: “Si, te voy a robar”. Y a partir de entonces la relación ya se había formalizado. En el sur, el novio en su declaración enumeraba sus propiedades como quien realiza un inventario; así mismo, glosaba sus propias cualidades de honradez y laboriosidad a fin de demostrar a la amada que nada le faltaría. Los huertanos valencianos, tan aficionados a la pólvora, tenían a bien ir armados con su escopeta de postas hasta la casa de la amada. Por la ventana del cuarto de la novia descorría el cañón de la escopeta y largaba un par de tiros al techo. Era la tradición huertana que a nadie sorprendía, sin palabras de amor y sin arrumacos, sólo con postal y pólvora. Era una declaración sin palabras, pero con actos. También en Valencia se solían utilizar petardos borrachos mientras se iban quemando para pintar en la pared encalada de la barraqueta de la amada sus iniciales. Así demostraba su amor y su elección. Más abajo, en Alhama de Almería, el mozo se limitaba a dar uno de sus pañuelos limpios a la joven para que lo limpiara y si lo aceptaba ahí empezaba todo. En otros pueblos de la zona el enamorado pedía la flor blanca que solía llevar la amada prendida en el cabello y le entregaba una flor roja. Casas cuenta una última tradición de Castuera donde el joven arroja su cayada en el zaguán del domicilio de la amada. Ella no deberá devolverla hasta la noche del día siguiente. Hacer otra cosa supondría calabazas. La costumbre de adornar con ramas y flores la ventana de la muchacha casadera el día de Todos los Santos. Los mozos que aspiraban a la mano de la doncella, debían ir al monte y traer las más hermosas ramas de árboles. En ocasiones la donación de la rama se acompaña con una cesta de huevos y en otras la rama se sustituía con un cesto de dulces. Acompañaban la donación con una coplilla: “Y oculto el amor salió de entre las ramas a darme una flor”. En algunas zonas de Andalucía, Extremadura y Madrid, el aspirante a novio pasaba toda la noche al raso ante la ventana de la damisela y al día siguiente esta lo aceptaba o rechazaba. En los más recónditos pueblos pirenaicos hasta los años cincuenta los jóvenes, el día de San Juan, recogían en las montañas la rosa carlina y la cuelgan de la puerta de su enamorada. Esta rosa tiene la particularidad de que sus pétalos se cierran cuando se pone el sol. Quedaba claro que el compromiso se aceptaba cuando la moza llevaba a misa prendida en el pecho aquella flor. La costumbre debe tener raíces antiguas por que ya en los relatos medievales españoles aparecen formas de declaración similares. Los caballeros andantes demostraban su amor a una dama entregándole un ruiseñor atado con una cinta. La dama debía devolver solo la cinta, así mostraba su amor. El mismo rito medieval se realizaba con un par de tortolitos, atados con cinta que ella debía devolver como prenda de su amor. De ahí la frase que alude a los amantes como tortolitos.

No siempre, claro está, la costumbre terminaba bien. Por que en ocasiones la muchacha terminaba dando calabazas al joven y el despechado no siempre aceptaba de buen grado el rechazo. Los obsequios y adornos se trastocaban entonces en cagadas propias y boñigas del corral. Pero en Sequeros, provincia de Salamanca, desarrollaron un completo código del rechazo: si querían llamar a la moza golfa le colocaban una rama de ciruelo, si era de peral implicaba que era sucia, si de higuera aludía a su real o presunta histeria y así sucesivamente.

Los hubo que se declaraban de palabra y sin más ritual, simplemente se limitaban a dar un regalo, con frecuencia un anillo como prenda de su amor. Y también, tímidos ellos, los hubo que se declaraban por carta. Recibir la misiva devuelta y sin abrir implicaba calabazas.

El consentimiento seguía a la declaración. El primer problema que se plantea en esta nueva fase del noviazgo es quién debe de otorgarlo. La lógica implica que sean los propios novios quienes mutuamente “se consienten”. En absoluto, esto es así desde un tiempo relativamente reciente. En otro tiempo eran los padres quienes “consentían” y aún hoy su opinión tiene cierto peso. La Iglesia reconoció que eran sólo los novios quienes tenían derecho a decidir sobre tu propio futuro. Pero es cierto que los intereses familiares han pesado mucho. En realidad, así debería de ser por que el matrimonio no es sólo una cosa que afecta a dos personas, sino que tiene extraordinarias consecuencias sobre su herencia y ésta les trasciende: es un legado que han recibido como patrimonio familiar acumulado y que deberán entregar a otros cuando llegue el momento. De hecho, lo que se dirime es si los intereses individuales son superiores a los colectivos o si ocurre a la inversa. En Catalunya, donde la institución del hereu tuvo influencia hasta el siglo XX, se evidenciaba este conflicto. Porque el heredero no debía pensar solamente en él sino en los que estaban a su cargo que no recibían nada de la herencia familiar.

Casas cuenta una encantadora tradición de Malpartida. El novio aparece por casa de la novia, dice el “buenas noches” preceptivo y se sienta un par de horas mudo. Luego repite el consabido “buenas noches” y desaparece. Repite el rito varios días. Cuando advierte que no le ponen mala cara, empieza a hablar. Cada día lo hará un poco más, hasta que finalmente se dirigirá a la chica. Es un rito de integración progresiva. El fruncido de ceño o los comentarios irónicos o despectivos suponen el dar calabazas. Los varones enamorados de la huerta de Murcia iban a casa de la amada y entregaban al padre de esta una cayada. Si el padre la entregaba a su hija quería decir que aceptaba la relación. El joven decía en voz alta “porra adentro” y sus amigos, apostados en las inmediaciones acogían el gesto con gritos de júbilo. Si arrojaba la cayada lejos de la casa –era el “porra afuera”- el rechazo no daba lugar a alegría alguna. Aquí Freud exclamaría el “eureka” de rigor.

Joan Amades, folklorista y etnógrafo catalán cuenta abundantes tradiciones locales sobre la declaración. Se ve que fue frecuente en otro tiempo que algún pretendiente forastero explorase sus posibilidades en casa de la novia. Si los padres de esta le servían calabaza cocinada en cualquier forma que pudiera hacerse, ya sabía a que atenerse. En la Ribera del Ebro se hacía público el compromiso el día de la fiesta mayor bailando la jota. El comunicado se hacía todavía más evidente por que un amigo del novio tiraba petardos a los pies de la novia hasta quemarle los bajos de la falta. Tanto más se chamuscaban, tanto más la vecindad celebraba el noviazgo. Al día siguiente, en la misa, ella debía de vestir la ropa chamuscada. La costumbre, dice Amades, pervivió hasta que una chica sufrió graves quemaduras.

Las costumbres ancestrales veían mal que fuera un forastero quien quisiera casar con una hija del pueblo. La sociedad española rural, fundamentalmente endógama, ponía obstáculos de todo tipo al pretendiente llegado de allende el término municipal. En Alhaurín de la Torre el aspirante ajeno al pueblo debía de pedir tres veces relaciones y por dos veces era rechazado. En Castilla el foráneo estaba obligado a pagar una cuartilla de vino a los vecinos. Sólo a partir del pago del tributo los mozos del pueblo lo aceptan como uno de los suyos. Pero en Jaca era peor y a la vista de lo que podía ocurrir, los noviazgos entre lugareños y forasteros eran clandestinos y las bodas debían celebrarse por sorpresa y sin aviso previo.

Estas costumbres tienen todas en común lo áspero, rudo y elemental, pero al mismo tiempo, en su fondo, son entrañables y, en cualquier caso, pertenecen a nuestro patrimonio ancestral. Nosotros estamos aquí, vivimos en definitiva, por que nuestros tatarabuelos participaban en estos ritos prematrimoniales.

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