Ucrania: origen y desembocadura de una crisis

Publicado: Viernes, 26 de Noviembre de 2004 21:29 por en GEOPOLITICA
0ucrania.jpgRedacción.- Que Ucracia tiene un déficit democrático es evidente. Que lo que está en juego no es la credibilidad de la inexistente democracia ucraniana, es, así mismo, evidente. Que, finalmente, la cuestión de fondo es una Ucrania vinculada a “Occidente” o vinculada a Rusia, es obvio. No se trata de saber si las elecciones han sido justas o injustas (parece que en una parte del país las “trampas” han beneficiado al candidato y en otras zonas al actual presidente…). De lo que se trata es conocer lo que implica una u otra opción.

UNA NUEVA SITUACIÓN EN EL ESTE

En Enero de 2000, Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, no veía con buenos ojos la evolución de la política comunitaria. "Nadie se plantea los verdaderos problemas, los que irritan y dividen, nadie se pregunta cuál puede ser nuestro proyecto común cuando seamos 30 países. De entrada, ¿cuál es nuestro proyecto común a quince?", se pregunta Jacques Delors a través de las páginas de Le Monde. Poco antes, en la cumbre de Helsinki (diciembre 1999), invitó a 13 nuevos países a sumarse en el futuro a los Quince. Delors proponía una “federación de Estados-Nación”, una Europa política que fuera algo más que un “gran mercado único”. Para Delors, prometer 12 nuevos ingresos y darle el sí también a Turquía no es otra cosa que "una huida hacia adelante" que hace más grave "el dilema entre ampliación y profundización". Era la primera vez que una personalidad de la UE planteaba la cuestión de las “fronteras” de Europa. Delors, en aquella ocasión, añadía: “propongo abordar primero la cuestión desde un prisma geopolítico y luego tratarla desde otro político. En la primera opción, la geopolítica, entra Ucrania, una país vecino, en graves dificultades y que no sabe cómo liberarse de los vínculos tutelares que lo frenan, pero rechazo entrar en el debate explosivo y sin salida sobre el tema ¿dónde están las fronteras de Europa?".

Delors ponía el dedo en la llaga: geopolíticamente Ucrania es Europa, ahora sólo faltaba saber si “políticamente” convenía que Ucrania fuera Europa. Por que lo que está en el trasfondo de todo esto, por decirlo con palabras de Brzezinsky “Dados los particulares intereses geopolíticos de Alemania y de Polonia en la independencia de Ucrania, también es bastante posible que Ucrania sea gradualmente llevada a participar en la relación especial entre Francia, Alemania y Polonia. . Hacia el 2010 la colaboración política entre Francia, Alemania, Polonia y Ucrania que involucraría a unos 230 millones de personas, podría evolucionar hasta convertirse en una asociación que realzaría la profundidad estratégica de Europa” [“El Gran Tablero Mundial”. Z. Brzezinsky, pág. 92]. Y la para realzarlo sitúa sobre estas líneas un mapaña de Europa en donde, bajo el rótulo “El núcleo fundamental de la seguridad europea”, marca en una misma área a Francia, Alemania, Polonia y Ucrania.

En 1997, cuando Brzezinsky escribió estas líneas, la Rusia de Eltsin era un despojo. Muy pocos apostaban por una rápida recuperación. En 2004, el “milagro Putin” se ha operado. Rusia es en estos momentos una potencia en trance de recomposición interior y sigue siendo la segunda potencia mundial. Ciertamente, Brzezinsky acierta cuando ve en la incorporación de Ucrania a Europa una forma de realzar la “profundidad estratégica de Europa”… pero olvida que tal profundización implicaría necesariamente un enfrentamiento con Rusia. Pocas líneas después, Brzezinsky evidencia su verdadera intención: “La principal meta geoestratégica de los Estados Unidos en Europa se puede resumir en pocas palabras: consiste en consolidar, a través de una asociación trasatlántica más genuina, la cabeza de puente estadounidense en el continente euroasiático para que una Europa en expansión pueda convertirse en un trampolín más viable para proyectar hacia Eurasia el orden internacional democrático y cooperativo” [op. Cit., pág. 93]. Lo que está defendiendo Brzezinsky es una “Europa Trasatlántica”, esto es vinculada preferentemente a EEUU. El resto es palabrería. Lo que intenta es reforzar la OTAN y situar a Rusia –es decir, al otro actor Eurasiático- en situación de mansedumbre e impotencia. Con Eltsin, desde EEUU podía pensar en esta situación, pero no con Putin.

Por lo demás, cuando escribía esas líneas, la “reconciliación” germano-polaca estaba en sus primeros pasos. No se podía asegurar que desembocara en grandes logros. Así ha sido. De hecho, el nuevo factor geopolítico aparecido en Europa Central entre 1995 y 2004, ha sido este episodio: Alemania ha sido el principal valedor para la entrada de Polonia en la UE. A través de Polonia, Alemania ha irradiado hacia el Baltikum (Norte) y hacia Ucrania y Bielorrusia (Este). Desde la formalización del “triángulo de Weimar” (consultas realizadas en esa ciudad entre Francia, Alemania y Polonia que llevaron a la integración de este último país en la UE), EEUU ha intentado desvincular al “tercer término”. El último intento se ha realizado a través de José María Aznar y de Anthony Blair, cuando lograron que el presidente polaco firmara su Carta de los Ocho, apoyando la intervención norteamericana en Irak. En el momento actual, Polonia ha confirmado que retirará a sus tropas tras la celebración de elecciones en aquel país. Y, tras la defección de España con la llegada de ZP, era evidente que Polonia contemplaba la posibilidad de retirarse.

GEOHISTORIA DE UCRANIA

Ucrania, geopolíticamente es Europa, e históricamente, siempre ha estado vinculada a Rusia. Los varegos, eslavos en Kiev, siguiendo el curso del Dnieper se establecieron en la actual Ucrania y desde allí asediaron seis veces Constantinopla, buscando el control sobre el Bósforo. La restauración del Imperio Bizantino gracias a la dinastía macedonia y el hundimiento de Kiev con la invasión de los poloski en 1061) bloquearon el acceso de Rusia al Mar Negro. La conquista definitiva de Azov no se operaría sino siglos después, por Pedro el Grande y, luego, Catalina II, terminó la conquista de Crimea en un período tardío (1783).

En los siglos XI y XII, Kíev fue el centro del principado rus (poblado por eslavos orientales en la alta edad media, del que deriva el término ‘ruso’). La expansión mongol del siglo XIII y la Horda de Oro, se implantaron en la zona sometiendo al antiguo principado de Kiev, tan sólo se salvó el principado ucraniano occidental de Galitzia, fundado un siglo antes y que luego, en el siglo XIV, sería anexionado por Polonia. En esas fechas, los lituanos conquistaron Kiev y buena parte de Ucrania, en especial el principado de Bolina que luego se uniría a Polonia; sin embargo, los cosacos ucranianos permanecieron en la órbita de Rusia.

La recomposición de la zona hizo que en 1667 los territorios ucranianos al Este del Dniéper fueran cedidos a Rusia, mientras que el resto fue incorporado al Imperio Ruso tras la partición de Polonia en 1793. Galitzia, a todo esto, fue incorporada en 1772 al Imperio Austro-Húngaro del que formaría parte hasta su disolución en 1919. Ucrania, finalmente, alcanzó su independencia en 1917. Sin embargo, había territorios ucranianos fuera del control del formado Estado Ucraniano.

En Galitzia, Bukovina y los Cárpatos, aún bajo dominio austríaco, existía un fuerte movimiento nacionalista ucraniano que en 1918 cuajço en el establecimiento de una república independendiente en Galitzia Oriental, que pretendía unirse con el Estado ucraniano. La Conferencia de Paz de París (1919) entregó estos territorios a Polonia, lo que ocasionó la declaración de guerra a Polonia. A todo esto, la expansión bolchevique transformó al país en una República Socialista Soviética y en 1922, se integró en la URSS.

A partir de ese momento, tanto Lenin como Stalin realizaron esfuerzos para liquidar el nacionalismo ucraniano. La hambruna de 1932 y 1933 que siguió a la colectivización causó la muerte de siete millones de personas. El nacionalismo ucraniano siguió existiendo como fuerza de resistencia y en el exilio. En ese tiempo su objetivo era la creación de una Gran Ucrania independiente (el territorio de la entonces República Socialista Ucraniana, más la Galitzia polaca y la Rutenia checoslovaca. Paradójicamente parte de este proyecto fue realizado por Stalin tras la invasión de Polonia en 1939. Galitzia fue incorporada a la República Soviética de Ubrania. Más tarde, cuando las tropas alemanas invadieron Rusia, los nacionalistas anticomunistas creían que la nueva situación iba a permitir la constitución de un Estado unificado bajo protección alemana. Pero, lejos de esto, los alemanes devolvieron Galitzia Oriental a Polonia, mientras Besarabia, Bukovina entre el Dniéster y el Bug, fue entregado a Rumania y en el resto establecieron una administración ocupante propia. Cuando el Ejército Rojo volvió a ocupar en 1944 toda esa zona, la restablecida República Socialistas Ucraniana recuperó los territorios que habían ido a parar a Rumania y la Rutenia checoslovaca. Al finalizar la guerra se produjeron enormes desplazamientos de población que hicieron converger sobre el territorio de la República de Ucrania, a ciudadanos que hasta entonces habían vivido en otras zonas exteriores, especialmente en Galitzia. Casi por primera vez en su historia, los ucranianos consiguieron vivir en un solo Estado, si bien quedaban fuera del mismo territorios a los que habían aspirado desde hacía siglos. En 1954, la región de Crimen fue incorporada a Ucrania.

UCRANIA INDEPENDIENTE

Tras el hundimiento de la URSS, en 1991, Ucrania se autoproclamó república independiente. Leonid Makarovich Kravchuk, anterior secretario general del Partido Comunista, fue elegido presidente. En diciembre de 1992, el nuevo primer ministro, Leonid Kuchma, comenzó la introducción de reformas económicas: privatización de empresas estatales, menor control de precios, etc.

A las dificultades económicas –una fuerte inflación- se unió la revancha rusa que promovió un movimiento independentista en Crimen, el cual proclamó la independencia en 1992. En ese período existieron tensiones por el control sobre la Flota del Mar Negro, con base en Sebastopol. En 1995 se llegó a un acuerdo para dividirla. En 1993, Kuchma dimitió ante el caos económico. Las reformas se paralizaron. Kravchuk pactó con la URSS la transferencia del arsenal nuclearq ue había quedado en su territorio a cambio de ayuda económica. En 1994 Yuryy Meshkov, resultó elegido presidente de Crimea en representación de una coalición que demandaba la reunificación con Rusia.

En 1994, los EEUU prometieron doblar la ayuda a Ucracia a cambio incorporarse al programa Socios por la Paz de la OTAN con el fin de restarlo a la zona de influencia rusa. Ese año Kuchma resultó elegido presidente de Ucrania con un 52% de los votos. Las elecciones supusieron el triunfo de los antiguos comunistas. Después el Banco Mundial aceptó realizar un préstamo de 500 millones de dólares; más tarde el FMI concedió otros 2.000 millones. Los problemas internos proliferaron a partir de entonces, y así han seguido agravándose hasta la actual crisis civil.

LA EXPLICACION GEO-HISTÓRICA DE LA ACTUAL CRISIS

La economía ucraniana sigue agotada. A diferencia de Rusia, en donde un presidente autoritario y decidido a acabar con las magias, ha conseguido arrinconar, encarcelar, atemorizar o arrojar al exilio a los magnates propietarios de fortunas hechas al calor de la corrupción, en Ucrania, la economía está trabada por la acción de las mafias locales, por una reconversión industrial salvaje que ha arrojado al paro a millones de trabajadores, especialmente en el sector minero, que ha generado hondos problemas sociales. La clase política local está desacreditada y la incertidumbre se ha apoderado de la población. Además existe incertidumbre tanto en el interior como en el exterior, sobre las relaciones internacionales y la opción final por la que se decantará el país. Pero nos equivocaríamos si pensáramos –como hace la prensa internacional- que esta situación ha hecho que parte de la población deposite su esperanza en cambios. En realidad, ni Yúshenko, ni Yanukóvic, al margen de la retórica utilizada y de sus reales o supuestas buenas intenciones, han sido muy explícitos sobre el tipo de cambios que quieren introducir en la vida del país.

Putin intenta reafirmar a Rusia como potencia. Ucrania es precisamente su prueba de fuego. Para Rusia, Ucrania es básica. Su territorio es el único a través del cual puede asegurarse las rutas de transporte de combustibles hacia Occidente. Rusia quiere disponer de una Ucrania situada en su órbita de soberanía. Y Ucrania mira de sobrevivir. En la actual situación –a decir verdad- el destino de Ucrania parece indisolublemente unido al de Rusia. Ucrania carece de reservas energéticas, es dependiente de los suministros de petróleo y gas natural que llegan de Rusia. Ve en Europa una fuente de financiación para su maltrecha economía y confía más en la lasitud europea que en el afán revanchista e intervencionista de Rusia. Pero el drama ucraniano actual radica en que precisa tanto a Rusia como a Europa. Y, si ahondamos un poco más la cuestión, en que está compuesta por dos partes que se han ido modelando históricamente: una parte pro-rusa y otra partes pro-europea…

A poco que veamos el resultado de las elecciones percibiremos a los dos candidatos rivales como encarnaciones de los “fatums” geopolíticos y neohistóricos del país.

El apoyo de Putin al candidato oficialista no se debe sólo a motivos geoestratégicos o económicos, sino también como apoyo al sector rusoparlante (situado en el Este del país, en donde el candidato oficialista ha obtenido la indiscutible mayoría). Este sector del país, tradicionalmente ha pertenecido a Rusia o bien ha estado siempre en su área de influencia. A diferencia del Oeste ucraniano (la antigua Galitzia que hasta no hace mucho formó parte del Imperio Austro-Húngaro) en donde el candidato opositor Yúshenko ha obtenido, por su parte, la mayoría. No existe una situación política nueva, sino la reproducción del destino histórico ucraniano, perpetuamente lacerado entre Rusia y Occidente. Pero a esto se une otro problema.

Probablemente, si este conflicto electoral se hubiera producido en los tiempos en los que Boris Eltsin gobernaba en el Kremlin, el candidato opositor y prooccidental hubiera podido proclamarse vencedor con un rápido recuento de votos y sin siquiera disponer de una mayoría de los sufragios. A fin de cuentas, Rusia ya estaba habituada a perder “provincias”: le ocurrió con los países del Baltikum que pasaron en pocos años, de formar parte de la URSS a independizarse primero y ser atraídos por la órbita de la Unión Europea; le volvió a ocurrir cuando se escindieron las repúblicas de mayoría islámica de Asia Central e incluso calló cuando los norteamericanos colocaron bases en Georgia (200 marines) y en Uzbekistán (1500).

Entre 1990 y 1995, la producción rusa cayó un 50% (Emmanuel Todd, “El Fin del Imperio”, pág. 176), la tasa de inversión de desmoronó a incluso se llegó a una economía de trueque. Las secesiones de Bielorrusia, Ucrania y Kazajastán, restaron a Rusia un potencial demográfico de 75 millones de personas. La tasa de homicidios ascendió en esa ápoca a un 23 por 100.000 habitantes (sólo superada por Colombia) y el de suicidios un 35 por 100.00 habitantes. La esperanza de vida se redujo de 64 años en 1989 a 60 en 1999, la mortalidad infantil se situó en 1999 en un 16’9% y, para colmo, la fecundidad se situó en los mismos términos que España: 1’2 hijos por pareja. La catástrofe demográfica rusa hará inevitable un descenso de la población, de los actuales 144 millones a 137 en el 2025. En 1995, todo indicaba que se estaba al borde del colapso ruso. Fue, precisamente, en ese momento, cuando en EEUU se asumieron los presupuestos del unilateralismo: puesto que ya no hay competidor, el superviviente de la época de la bipolaridad (EEUU) es ahora líder mundial, esto es, imperio….

Pero había elementos que variaron con posterioridad a 1996. En primer lugar Boris Eltsin, un verdadero cáncer para Rusia, fue arrojado a las tinieblas de las cantinas de peor calaña. En 1999 el PNB volvió a arrancar tras la disminución de un -4’9% que había tenido que soportar el año anterior. En 1999 subió un 5’4%, al año siguiente el 8’3% y en 2001 un 5’5%. La industria química, petroquímica y papelera se desarrolló un 11-12%. Los recursos del Estado pasaron de un 8’9% en 1998 a un 12’6% al año siguiente y a un 16% en 2000. Los gastos de defensa –significativos para la salud de una nación- fueron aumentando: 1’7% en 1998, 2’4% en 1999 y 2’7% en 2000. Los consejeros económicos norteamericanos contratados por Eltsin y que, como era de prever, supusieron una desgracia para Rusia, fueron despedidos sin miramientos. Hoy, en definitiva, Rusia es un socio económico fiable: reembolsa con facilidad y prontitud los préstamos que recibió en su momento de crisis, militarme está reconstruida y dotada de nuevos armamentos y… el área de influencia rusa, lejos de evaporarse, subsiste. Con sus reservas de gas y petróleo, Rusia sigue siendo un actor energético de primer orden y no necesita del resto del mundo para sobrevivir en este terreno. El pocos años, Rusia se habrá reconstruido completamente como gran potencia. En esa circunstancia –como recuerda Todd- “los 1500 soldados de EEUU en Uzbekistán hoy son considerados una punta de lanza, mañana serán rehenes”.

Ucrania es la periferia rusa. La tragedia ucraniana es que solamente puede escapar a la atracción fatal que ha ejercido históricamente Rusia sobre ella… a costa de entregarse a la Unión Europea, esto es, pasar de una a otra dependencia. Pero esto es el fatum histórico de Ucrania: estar sometido a dos influencias que han generado dos países distintos dentro del mismo Estado, y, finalmente, han concluido con el enfrentamiento entre dos candidatos partidarios, cada uno, de una opción histórica y geopolítica, frente a otra. Ucrania sufre un estado de hemiplejia absoluta.

Las cifras económicas son significativas: en 2000, Ucrania importó 8040 millones de dólares en bienes procedentes de la CEI (Rusia), 5916 del resto del mundo, especialmente de la Unión Europea, solo 190 millones procedentes de EEUU, esto es, un 1’4% del total. Ese mismo año, las exportaciones fueron por un valor total de 4.498 millones de dólares con destino a la CEI, 10.075 al resto del mundo, y 872 millones a EEUU.

Las conclusiones que pueden obtenerse a partir de estas cifras son signficiativas. Está claro que si alguien no puede influir en Ucrania son los EEUU que apenas cubren un 22% de las importaciones que les llegan de ese país. El déficit que mantiene Ucrania con respecto a Rusia indica que, efectivamente, Ucrania está escindida geopolítica, neohistórica y económicamente entre dos fidelidades: económicamente es altamente tributario de Rusia (especialmente en materia energética), pero en la cuestión de las exportaciones, Ucrania obtiene el doble de lo que consume interiormente… especialmente de la UE. En otras palabras: su economía depende tanto de Rusia como de la UE.

UCRANIA Y EL DESTINO DE LA RECONSTRUCCION RUSA

La crisis tiene, en efecto, a dos protagonistas: el primer ministro Yakunovich -delfín de Kuchma y carta de Putin, que pretende mantener a Ucrania bajo la órbita rusa- y, el liberal-reformista Yushchenko, que mira hacia la UE y a la OTAN, sin estar muy claro en dónde se siente más seguro: si en una Europa-europea o en una Europa-Atlántica con lazos privilegiados (y, por tanto, satelizada) por los EEUU.

A pesar de los posibles fraudes que se hayan producido –en las dos direcciones, desde luego- lo cierto es que el resultado ha sido muy igualado y evidencia la fractura vertical de la sociedad ucraniana que tiene ver con las vicisitudes neohistóricas del país.

En efecto, la población pro-occidental del oeste no se identifica con el Este industrial y pro-ruso, diferencias que probablemente queden de manifiesto en la respuesta popular a la huelga general anunciada por Yushchenko. En este sentido, los comicios no sólo ponen a prueba la democracia ucraniana sino su superviviencia como Estado.

Lo que está en juego en Ucrania y que probablemente las masas que se manifiestan a favor de tal o cual candidato en el momento de escribir estas líneas, ignoran es que Rusia precisa imponer un criterio propio en Kiev si pretende acelerar su confirmación como gran potencia.

Viacheslav Níkonov, presidente de una institución moscovita que ayudó activamente a Víktor Yanukóvich en los comicios presidenciales, lo dijo con estas palabras: "Rusia debe mostrar dureza insistiendo en el reconocimiento de las elecciones ucranias". Para Níkonov, Rusia no puede considerarse a sí mismo como potencia si no es capaz de enfrentarse con Occidente por Ucrania. En Ucrania no se repetirá la cesión de influencia que tuvo en el Baltikum, ni en Asia Central. Rusia sigue desconfiando de la OTAN y cree que si gobierna en Kiev, Yúshenko, se integrará en la Alianza con lo que Rusia tendrá clavada una profunda cuña en su estómago. La visión más aterradora que se tiene en estos momentos en Moscú es la de la VI Flota amarrada en Sebastopol y los bombarderos de la USAF junto a Poltava. Parece una visión extrema que no se corresponde exactamente con la realidad: la correlación de fuerzas interior de la OTAN, a partir del 11-S, ha indicado una progresiva pérdida de vigor del Tratado que, si bien es cierto, que integró a países hasta 1989 miembros del Pacto de Varsovia (preservando el glacis central de la URSS)… no es menos cierto que dicha integración tuvo menos efectos militares que económicos, pues no en vano fue el eslabón que permitió “tirar” de estos países e integrarlos en la UE. Pero el hecho importante no es describir la realidad sino ver como se percibe desde Moscú.

Para Moscú cualquier solución es buena salvo la presencia de un pro-occidentalista sentado en el palacio presidencial de Kiev. De hecho, Rusia está dispuesta incluso a romper Ucrania. Konstantín Zatulin, que también ha hecho campaña para Yanukóvich, ha hablado de una posible federación ucraniana al estilo de Bélgica. Cuando Putin apuesta por la “estabilidad” está apostando por una Ucrania aliada de su país, no con la mirada puesta en el Oeste. Si del actual pulso, se impone el candidato oficialista, Putin habrá ganado la partida. Si vence el candidato opositor, Rusia habrá salido derrotada. Si, finalmente, se consuma la fractura histórica entre las dos ucranias, Putin habrá demostrado que los tiempos de las concesiones han terminado y que ya nadie más va a poder jugar con disputar el área de influencia de la Federación Rusa. De todas formas, a Putin no se le puede reprochar falta de claridad. En su reciente viaje a La Haya, donde se reunió con el holandés Jan Peter Balkenende, entonces presidente de la UE, reivindicó el terreno de influencia de Rusia que incluye a Ucrania y, para que no quedaran dudas, felicitó al candidato panruso Yanukovich.

No parece posible que la protesta popular termine en una “revolución pacífica” como ocurrió en Georgia en 2003, ni que la presión interior (relativa) unido a la presión internacional (absoluta) lograran deponer tras unas elecciones similares a Milosevic hace cuatro años. Por que aquí lo que existe no es una confrontación política puntual entre dos candidatos, sino una confrontación neohistórica que ha dado como resultado un país dividido culturalmente.

Al estallar la crisis ucraniana, el diario The Guardian, escribió en su editorial: "No sólo está en juego el futuro de Ucrania, el ver si se orienta hacia Europa y la democracia o vuelve al autoritarismo de la Rusia de Putin. También está en cuestión el futuro de Rusia y, tal vez, el de toda Euroasia. Si Rusia reconquista Ucrania, como hizo con Bielorrusia, volverá a ser una Rusia imperial".

CONCLUSION PROVISIONAL

La cuestión ucraniana puede convertirse en un peligroso foco de confrontación entre Rusia y la Unión Europea. Algo que nadie desea: ni en Rusia ni en Europa. La estabilidad de Eurasia depende de las buenas relaciones entre los tres actores principales que protagonizan ese espacio: Rusia, China y la Unión Europea. Desde este punto de vista cualquier elemento que contribuye a crear fricciones debe ser considerado como peligroso. Hace pocas semanas, cuando expresábamos nuestra opinión sobre el NO a Turquía en la UE, la parte central de la argumentación se centraba en las fricciones geopolíticas que puede generar Turquía con cada uno de los tres actores. Con Ucrania, la partida se reduce a dos: Rusia y la UE (ya hemos visto lo poco que EEUU puede pesar en la zona).

Seamos claros en este punto: la cuestión ucraniana no tiene solución dentro del marco actual de las relaciones internacionales. Forzosamente uno de los tres protagonistas saldrá perdiendo: la UE, Rusia o… el pueblo ucraniano que verá como su Estado se parte en dos. Sólo resta desear que ninguno de estos tres elementos pierda excesivamente. Pero decir sólo esto, es decir muy poco.

Ahora bien, Ucrania es la excusa para poner sobre el tapete una cuestión más de fondo: las relaciones entre la UE y la Rusia reconstituida que está surgiendo. Está demasiado reciente el tiempo en que, dentro del marco de la OTAN, ningún país europeo, objetaba las decisiones tomadas en Washington (los criminales bombardeos de la OTAN sobre Serbia que pasarán a la historia como una de las mayores infamias permitidas sobre suelo europeo por los propios gobiernos europeos, tuvieron lugar hace menos de seis años). A partir del 11-S de 2001, los caminos entre EEUU y la UE se han ido separando poco a poco, algo que algunos líderes como José María Aznar, todavía no han llegado a entender. Da la sensación de que a algunos líderes europeos todavía les da vértigo el no disponer de la tutela nuclear de los EEUU, aunque ello supusiera un servilismo miserable y obsceno. Pero la historia va pasando, los calendarios agotan sus hojas y una nueva situación mundial se está generando.

Todavía no repuestos del sobresalto imperial-unipolar que EEUU imprimió a su política tras dar como irreversible el hundimiento de la URSS en 1995-96, algunos no han entendido que el mundo es ingobernable para aquellos países cuyas ambiciones los sitúan fuera de su propio marco geopolítico. Cada vez se tiende más a la creación de grandes espacios regionales: América del Norte, América del Sur, por un lado; los tres actores del espacio Eurasiático; el mundo árabe… La paz y la estabilidad mundial, como una mesa, se aguantan mejor con un dispositivo provisto de cuatro patas que por una sola.

En este sentido, no es Ucrania quien debe asumir una decisión histórica (con Europa o con Rusia), sino más bien Europa la que debe ser consciente de que le corresponde ganar credibilidad frente a Rusia. Y para ello, es preciso que los dirigentes europeos (empezando por el inexperto, titubeante y confuso, ZP) terminen de hablar del inercial mantenimiento de “relaciones privilegiadas con los EEUU” y vuelvan su mirada hacia Eurasia.

En 1989 no solamente cayó el Muro de Berlín, sino que un ciclo histórico, el iniciado en 1945, se cerró. Vivimos un período de transición en el que, por un momento, hemos creído que EEUU podía ser la única potencia mundial, cuando realmente, la situación interior de éste país, y especialmente su economía, imposibilitaban el cumplimiento de esa ambición histórica. El fracaso de la política norteamericana en Irak y la imposibilidad para doblegar a una potencia de tercer orden, más allá de los bombardeos estratégicos a gran altura y de los misiles lanzados desde grandes distancias, es suficientemente ilustrativo sobre la incapacidad norteamericana de controlar efectivamente –y rentabilizar- las zonas ocupadas.

Hemos confundido lo que son meros tiempos de transición entre una situación de bipolaridad y otra de multilateralidad, con un período unipolar e imperial. Y aún no hemos salido –nuestros dirigentes, no han salido- del asombro cuando hemos percibido el espejismo. EEUU no son nuestro destino. Ni siquiera la globalización (débil en el terreno cultural, inexistente en el intercambio de mercancías en donde lo que se da es una relación de contigüidad: se exporta y se importa de quien se tiene más próximo; y sólo real en la transmigración de capitales) es nuestro destino ineludible.

Dentro de este marco la cuestión ucraniana, irresoluble dentro del actual estado de cosas, puede servir –y de hecho debe servir– para plantear de una vez por todas el problema de fondo: las relaciones entre la Unión Europea y Rusia. Afrontado este tema, y manteniendo la necesidad de una estabilidad entre las dos potencias, como objetivo estratégico, la cuestión ucraniana caerá por sí misma.

La cuestión es si “Mister PESC”, Luis Solana, el miserable que ordenó los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia 1999, enviado a Kiev para negociar en nombre de la Unión, es la persona más indica para crear un clima de confianza y negociación o si, por el mero hecho de ser el verdugo de los Eslavos del Sur, Solana despertará todas las reticencias de Moscú y de los ucranianos rusófilos.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es"

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