Satanás fotogénico. O el diablo en Hollywood

Publicado: Lunes, 22 de Noviembre de 2004 09:25 por en CULTURA
exorcista.gifSatanás el impuro, Satanás el gran tentador, Satanás el malvado químicamente puro, Satanás la antítesis de lo sagrado… era evidente que Satanás, Hollywood iba a encontrar al perfecto malvado. Sin embargo, el respeto y la circunspección de la que hizo gala la meca del cine en sus primeras décadas, hizo que el diablo no tuviera sino una aparición tardía en las pantallas. Luego todo varió.

Oscuro e irracional, el diablo saldría frecuentemente victorioso en su confrontación con el bien y, con él, la maldad, el pecado, la corrupción más absoluta y los instintos más pervertidos y animales. En tanto que gran seductor, al Diablo le quieren las cámaras. Suele ser fotogénico y además, resulta atractivo para la mayoría, pues no en vano, lo que propone es un canto al hedonismo y al “todo está permitido” al que aludiera Crowley. La inmensa mayoría de nosotros firmaríamos el pacto diabólico con la tinta verde que dicen que utiliza el Diablo, renunciando a la posesión de nuestra alma inmortal y a la contemplación de Dios Padre durante toda la eternidad, por alcanzar algún bien material, desde el cuerpo que nos vuelve locos hasta el dinero sin fin que obviará cualquier dificultad nuestra y de nuestros descendentes por los siglos de los siglos. Eludimos pensar en el sufrimiento futuro y preferimos un aquí y ahora hecho de placer calentón u opulento. El “valle de lágrimas” no es para nosotros, lo nuestro es buscar el gustirrinín y huir del dolor y, por lo demás, el placer es mejor que el remordimiento, así que Satanás siempre tiene las de ganar.

A Hollywood le gusta lo que gusta al público. Si alguien conoce los bajos fondos del espíritu humano son los guionistas de Hollywood. Por eso, hay algo en Hollywood, enfermizo a insano: lo percibió Kenneth Anger en su “Hollywood-Babilonia” y lo corroboran muchas de las biografías de los grandes del cine, ídolos de masas, depravados en la intimidad, grandes seductores ante su público, malas bestias con los suyos, mujeres de sonrisa divina y dulzura angelical ante la cámara y hetaira pervertida y viciosa cuando se apagan los focos. Eso es Hollywood. Eso, y algún tipo majo. Peor la historia del cine es la de una gigantesca pirámide de rarezas más próximas al Diablo que al buen Dios. Esto por lo que se refiere al carburante que mueve Hollywood, los actores, mero material humano, excepcionalmente bien pagado pero que se va consumiendo de película en película. Y qué decir de los argumentos… Si unimos las películas que tocan directamente la figura del Diablo a las que aluden a variaciones sobre el mismo tema (licantropía, brujería, vampirismo, posesión, mundo siniestro, anticristo, serial-killers, etc.), el número de filmes que podríamos incluir aquí tiende directamente hacia lo infinito o poco menos.

Los cuatro puntales del satanismo en el cine

Se ha dicho que la película más terrorífica de toda la historia del cine es “El Exorcista”. Primera parte, por supuesto. El padre Karras es un encanto de jesuita torturado por sus dudas y la niña, Regan por más señas, de acarameladas, melosas y empalagosas facciones, casi gana al transformarse en encarnación misma del diablo. Falla el vómito verde, pero en aquella época, los efectos digitales todavía no se habían afianzado. Mejor por que cuando el exorcista propiamente dicho, Max von Sydow, se quita el vómito de la cara, la expresión no es de simulación sino que, verdaderamente, aquella baba le producía náuseas.

Pero si “El Exorcista” (el montaje del director estrenada en el 2000, es decir, 25 años después del montaje primigenio, mejora el original) merece la primera mención, no es menos cierto que siguió a otra película que abrió las pantallas del gran cine al Maligno. En efecto, la fama adquirida por “La Semilla del Diablo”, unos años antes, la situó en el arranque del cine de Terror, subgénero de Satanismo. Polansky coqueteaba en aquella época con lo diabólico. Finalmente, su esposa resultó despanzurrada por un grupo de alienados satanistas. La película de Polanski es, sin duda, la primera gran película sobre el Diablo. El argumento se basó en la novela de Ira Levin, “El bebé de Rosemary” y puede ser considerada como un verdadero descenso a los infiernos de la protagonista, la enfermiza Mia Farrow. Poco a poco, se da cuenta de que sus afables vecinos son conspicuos satanistas y que el hijo que lleva en sus entrañas ha sido concebido con el concurso de Satanás. Todo un poema. Llama la atención que, en el filme de Polansky no hay ni una sola escena en donde aparezca el Diablo o alguna forma terrorífica. Y sin embargo, la película causa angustia y desasosiego en el espectador. Lo más angustioso, sin duda, es la normalidad banal y pequeño-burguesa de los devotos de Satán. Nada que ver con los heavys convertidos en los noventa en comparsas del Diablo. El mensaje es claro: lo demoníaco está en el núcleo mismo de la sociedad más tranquila y conservadora, una tesis que compartimos al ciento por ciento y que hoy es incluso mucho más actual que cuando Polansky dirigió el film.

Para colmo Polansky se documentó hasta la saciedad para realizar la película. Ya hemos vito que LaVey fue su “asesor satánico”. A lo largo de toda la cinta hay guiños hacia el satanismo organizado, el primero de los cuales es, sin duda, la ubicación del escenario en el Edificio Dakota, donde vivió en su periplo neoyorkino Aleister Crowley. Un inmueble que parece incorporar el mal dentro de sus muros.
El protagonista John Cassavetes se sintió incómodo a lo largo de todo el film. Cineasta independiente, entonces era una estrella ascendente, pero aquel guión le superaba y le resultaba extremadamente desagradable. Pero lo más desagradable estaba por llegar: a los pocos meses de proyectarse el film con gran éxito, los anónimos que Polansky había ido recibiendo, se materializaron y su esposa, Sharon Tate y cuatro de sus amigos, resultaron horriblemente asesinados por “discípulos del diablo” propiamente dichos. Manson y las chicas de su tribu eran algo más que hippis desarrapados: adoraban a Satanás y en anteriores encarcelamientos, el siniestro personaje pudo conocer el mundo del ocultismo, la magia y el satanismo. Cuando fue puesto en libertad, su cerebro, completamente desorganizado, le llevó a inducir el horripilante crimen… sin duda un daño colateral de “La Semilla del Diablo”.

En 1973 ya se habían disipado los ecos del film de Polansky, si bien el horror de los asesinatos de Manson, seguía vivo. Fue entonces cuando William Friedkin rodó “El Exorcista”. Y si, en efecto, puede ser considerada en rigor como la película más terrorífica de la historia del cine. Lo de menos son los efectos especiales, lo verdaderamente terrorífico es que Friedkin logra enraizar con terrores atávicos que figuran en nuestro subconsciente. ¿De dónde procede el mal? Y responde: de la más remota antigüedad. El diablo ya estaba presente en un tiempo en el que todavía la humanidad estaba balbuciente. Se conoció primer al Diablo que a Dios. En Babilonia. Allí el exorcista von Sydow tiene su primer encuentro con el Maligno. Allí lo conoce y se enfrenta a él. Allí lo vence por vez primera. El segundo gran hallazgo de la película es que el Mal es mucho más lacerante cuando se proyecta sobre el ser más ingenuo e inocente (a la sazón Lynda Blair con sus apenas quince años). Un zombi cincuentón más parece un patán caminando sobre huevos; la Blair y su progresiva transformación desde la memorable meada ante el público que tanto le quiere y al que tanto debe, hasta el combate final con lanzamiento sin paracaídas del padre Karras por la ventana, nos induce progresivamente a identificar lo malvado encarnado en el rostro de una niña. Se suele olvidar que la película está basada en la novela original de William Meter Blatty, inspirada en un caso real de posesión demoníaca sobre un adolescente. En torno al film, ocurrieron tal cantidad de anécdotas que ha pasado a la crónica del séptimo arte como uno de los “films más malditos de la historia”. Es bien conocido que Lynda Blair, a la que por su edad no se dejó ver el resultado de su trabajo, cayó inmediatamente después en crisis de alcoholismo y toxicomanía que estuvieron a punto de destruirla completamente. Abundaron los fallecimientos entre los allegados a los actores y la filmación prosiguió en medio de indecibles incidentes.
Finalmente Friedkin se decidió a llamar a un sacerdote y exorcizar a todos los participantes en la película. Tras el estreno se produjo una verdadera epidemia de posesiones demoníacas, hubieron ataques de nervios entre los espectadores y para colmo una embaraza abortó. El éxito estaba asegurado: la película se vendía como si verdaderamente hubiera en torno a ella algo maligno. El público había aprendido a amar lo maligno y acudió masivamente a las salas de proyección. Olvidables las dos secuelas del filme que inducían a la carcajada o, en su defecto, a la conmiseración.

Tres años después llegó la primera entrega de “La Profecía” (los otras dos fueron, tan olvidables como las secuelas de “El Exorcista”). Aquí se jugaba con todos los trucos del cine de terror: cabezas cortadas, efectos especiales escalofriantes, perros ladrando en la oscuridad, cementerios, y nuevamente el diablo tenía facciones de un criajo que causaba más estragos que Atila en una fábrica de porcelana. Richard Donner hizo bien su trabajo y los guionistas también estuvieron sembrados. Gregory Peck, al adoptar un niño, va y adopta al hijo del Diablo. Niñeras suicidadas, accidentes inexplicables, la misma madre que palma… Peck, ante tanta desgracia, concluye que la criatura es la encarnación del Anticristo. Hay algo en el film de Donner que remite a “La Semilla del Diablo”, acaso por que a medida que avanza el metraje se desmadeja la madre de la criatura. Otra película maldita en la que el propio Gregory Peck se salvó por los pelos de un accidente de aviación, un atentado del IRA en el hotel donde se encontraba Donner y decenas de pequeños incidentes que rompieron los nervios a todos los presentes.

Y ¿qué decir de la banda sonora? Tanto en ésta como en las otras tres películas precedentes, la música creaba un clima de ansiedad difícilmente alcanzable, solo que en “La profecía”, la letra que acompañaba el tema central era espeluznante, recréense en ella: "sangre bebemos / carne comemos / elevad el cuerpo de Satanás / saludad al Anticristo / Saludad a Satanás". Goldsmith salió escarizado del trance.

La última cinta que vale la pena mencionar en el pelotón de cabeza es, sin duda, “El corazón del Ángel”. Alan Parker se lució y mereció vuelta al ruedo, oreja y rabo. Y otro tanto, el cuadro de actores del que Mickey Rourke borda el mejor papel de su alcohólica filmografía (“Nueve semanas y media” con la Bassinger de réplica era demasiado fácil como para no interiorizar el papel). Robert De Niro es uno de los diablos más convincentes de la historia del cine. Y las actrices –Lisa Bonet y Charlote Rampling- cumplen gloriosamente con su papel de víctimas. El ambiente de los años 40 y 50 es recreado con un detallismo obsesivo. Harry Angel, el detective-protagonista sufre la peor de las experiencias humanas: el desconocimiento de la propia identidad. Un pacto diabólico se la hurtó. Un rito satánico transfirió su alma de un soldado machacado por la guerra a un cuerpo nuevo secuestrado y asesinado el día de la victoria sobre el nazismo. Pero Satanás-De Niro-Cyphe no ha cobrado su precio: quiere el alma del signatario del pacto. Harry Angel termina reconociendo que él es Jhony Favorite, el cantante que alcanzó el éxito vendiendo su alma al Diablo. Por la película desfilan médicos toxicómanos, policías depravados, músicos de jazz pasotas, adivinas torturadas por su pasado, adolescentes mulatas calientes como y tostadas como el más cargado de los cafés, ocultistas luciferinos que no dudaron en sacrificar a los propios miembros de su familia, servidores del Maligno devorados finalmente por el Maligno. Y, sobre todo, mucho, colgados, muchos colgados en aquella América de la postguerra, gris, ramplona, sórdida en la que la miseria alternaba con miseria y media. Todo un plantel de freakis que crean un ambiente irreal con la turbadora imagen obsesiva del ascensor descendiendo seguramente al infierno más torturador. Ahí va Jhonny Farovite, esto es, Harry Angel. Así le fue luego a Mickel Rourke que bordó el que probablemente sería su único gran papel, solo por el cual merece figurar en la Historia del Cine.

La novela original escrita por William Hjortsberg fue magistralmente llevada al cine por Alan Parker. La Nueva Orleáns que recrea es la ciudad decadente que debió ser a principios de los cincuenta. La confusión entre sueño y realidad, los instantes perdidos en los que Harry Angel pierde la conciencia de sí mismo, construyen una trama que desde el primer momento se va complicando y ganando en intriga.

“El Corazón del Ángel” es una historia de búsqueda de redención, pero esa redención, ese bien preciado, no llega nunca. Pactar con el diablo tiene un precio, y ese precio es la condenación eterna del alma. Y por mucho que intentemos ocultarnos o darle esquiva, el Diablo siempre acabará encontrándonos, porque, qué duda cabe, siempre será el más astuto. ¿Saben ustedes que es lo más trágico en esta película? Que no hay perdón, no hay lugar para la redención; quien vende su alma al Diablo, la paga y poco importa si ha perdido la memoria o si se ha reivindicado como hombres honesto: no hay redención posible, solo angustia trágica, drama sanguinolento con pago final de la deuda.

Estas cuatro películas tuvieron un efecto deletéreo sobre el público. Las secuelas y las imitaciones o derivaciones han sido abundantes. Recuerdo ahora, “La Bendición” de Chuck Russell, protagonizada por la Basinger, o “Poseídos” del polaco Kaminski que nos resitúa en medio de un exorcismo. O “La Novena Puerta”, sobre un relato de Pérez Reverte, un “producto Polanski” de 1999, en el que Johnny Deep, persigue un libro maldito del siglo XVIII, escrito por el mismísimo Diablo. O “Pactar con el Diablo” en el que un satánico Al Pacino apadrina a Keanu Rives, a cambio, claro está de la liquidación de su alma a bajo precio. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero, en mi opinión, las cuatro primeras cintas que he enumerado contribuyeron, más que cualquier otra iniciativa, en acercar el Diablo al público. A partir de estas cuatro películas la sociedad empezó a tener la sensación de que el Diablo se paseaba por el mundo y que no se trataba solo de una patraña urdida por clérigos troglodíticos o predicadores iracundos. Ya hemos dicho que tras “El Exorcista”, los casos de posesión aumentaron, de la misma forma que “La semilla del Diablo” sirvió tanto para propulsar a la fama a Sandor LaVey y su Iglesia Satánica, y ocmo inducción intelectual para los crímenes de Charles Manson. “La Profecía”, por su parte, nos sitúa en un contexto inédito hasta entonces: el Anticristo se dispone a tomar posesión del mundo. Y además, el sentido de la anticipación de la película es notable: el mejor empleo al que puede aspirar el Anticristo en este mundo es al de Presidente de los EEUU. Demian se quedará en las puertas en la tercera entrega de la serie, pero no siempre ganan los buenos, y si no, miren quien se sienta en el despacho oval.

Esta muestra autolimitada a cuatro películas y no más, nos indica que el satanismo funciona bien en Hollywood. Así mismo, en el primer capítulo de esta obra, hemos visto como los primeros pasos de la Iglesia de Satán hubieran sido inconcebibles sin el concurso de glorias de Hollywood que durante unos años (hasta la masacre de Sharon Tate y de sus amigos) consideraron lo más snobs subir los tres peldaños del Templo Satánico de Sandor LaVey para casarse por el rito demoníaco. Si el satanismo funciona bien en Hollywood, no es menos cierto que muchos actores, si pudieran, venderían su alma al Diablo a cambio de no envejecer y de mantener una carrera triunfal de Oscar en Oscar.

Pero algunos rostros de Hollywood son iconos populares de una nueva confesión religiosa. Algunos no han dudado en acusar a esa confesión de satánica. Nosotros no diremos tanto, simplemente nos limitaremos a contarles una curiosa historia.

© Ernesto Milà – infokrisis –infokrisis@yahoo.es

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