Antropología de la Vieja España (V): la dote de boda

Publicado: Sábado, 20 de Noviembre de 2004 20:51 por en CULTURA
masia.gifRedacción.- En esta quinta entrega de la serie sobre la Antropología de la Vieja España nos dedicamos a estudiar las costumbres y tradiciones sobre la dote matrimonial. España es rica en tradiciones de este tipo que evidencian un tipo de psicología particular. En el fondo solo una letra cambia entre "matrimonio" y "patrimonio". Hubo un tiempo en el que el amor no era el cimiento último de las parejas. De hecho la revolución sentimental solo empezó a notarse a partir de finales del siglo XVIII. Antes, las nuevas uniones se realizaban con la idea de fundir patrimonios (era el período en el que la burguesía era una clase social ascendente) y antes incluso tenían en vistas meras conveniencias eugenésicas de mejora de la especie. Se miraba, como compañera ideal, no la amante amantísima, sino aquella otra que podía alumbrar hijos fuertes. Y ellas, difícilmente aceptaban a un novio débil y achacoso que no pudiera fecundarla convenientemente. Así estaban las cosas. Y así se las contamos. Las podamos entender o no con nuestra particular óptica, postmoderna para unos, preapocalíptica para otros. Esto es lo que dicen las viejas tradiciones españolas sobre la dote.

LA DOTE DE NOVIOS Y LA COMUNIDAD DE BIENES

Por mucho amor que haya entre la pareja, vivir en matrimonio implica cierto entendimiento con la economía. Así se ha entendido siempre y por ello mismo en la preparación del matrimonio ha tenido gran importancia la selección y cuantificación de la dote. La dote es aportada por los padres ya que se supone que los contrayentes carecen todavía de la posibilidad de darse uno a otro algo significativo más allá de algún regalo. Por que la dote supone es impulso económico inicial para dar viabilidad a la vida en común.

Por lo que se sabe la dote ha sido legislada en España desde el tiempo de los visigodos. Estos daban la propiedad de la dote aportada por la parte de la novia a ésta misma. Así se evitaban los riesgos de mala gestión que podían realizar el padre y el marido. Se trataba de que fueran los hijos, sobre todo, los beneficiarios de esta dote. Chindasvinto limitó la dote de la mujer para proteger al marido y a sus herederos. Los visigodos no precisaban de notario alguno para hacer efectiva la dote, bastaba con que a cambio recibieran la promesa de que cada parte entregaría el anillo de boda a la otra. Los fueros promulgados durante la Reconquista tendían también a limitar las dotes y, finalmente, Alfonso X El Sabio, inspirado en el Derecho Romano, legisló al respecto quienes eran los donantes obligados y en qué condiciones las partes estaban obligadas a restituir la dote. En aquel tiempo eran las arras las que garantizaban la dote hasta el punto de que ambos términos eran sinónimos. Serra en su artículo publicado en “La Vanguardia”, “Donzelles a maridar”, cuenta la curiosa costumbre caritativa que autorizaba a parejas sin posibilidades de recibir una dote a mendigar, con permiso del Obispo, a la puerta de las iglesias. Dice Serra que se trataba de evitar el llamado “casamiento santo” que veía a los cónyuges subir al altar “él sin capa y ella sin manto”.

Fue en Portugal donde apareció el concepto de “comunidad de bienes”. El concepto venía del Algarbe y el Alentejo y de ahí saltó la tenue frontera hasta llegar a España quizás por la transnacionalidad de las órdenes militares, por que resulta significativo que fuera en el bailío templario fronterizo de Jerez de los Caballeros por donde irrumpió esta costumbre.
Existieron muchas variantes de la “comunidad de bienes”. El “pacto de hermandad” aragonés podía englobar todos los bienes o solamente una parte de los aportados al matrimonio y podía firmarse antes o después de la boda, pudiendo cancelarse de mutuo acuerdo o mediante el fallecimiento de alguno de los cónyuges o por el divorcio o la disolución del vínculo. En el Valle de Arán existía el “mitja guardanyaria” que implicaba mancomunidad de bienes. En Valencia el contrato de comunidad de bienes implicaba que los contrayentes ponían en común sus bienes presentes y futuros, que serían partidos por la mitad cuando falleciera uno de los cónyuges yendo el resto a parar a los hijos. El “agermanament” tortosino implicaba la fusión completa de los bienes de los cónyuges. Si cada cónyuge contraía deudas, respondía solamente con su parte de la dote, no con la totalidad. Cuando una parte fallecía, la otra podía solo gozar del resto durante los nueve días posteriores al fallecimiento; se establecía incluso que la mujer debía de vestir de negro a cargo de su patrimonio.

Pero la dote no era la única forma de viabilizar la economía de la nueva pareja. En algunos pueblos españoles estaba extendida la costumbre de la colecta o cuestación entre los amigos y los vecinos de los contrayentes. En Malpartida esta costumbre recibía el nombre de “la espiga”. Debían realizarla los mismos novios en la calles, amparados por sus padrinos y acompañaros de un guitarrista que sonara una jota. El donante abrazaba a la novia o al novio y al separarse depositaba las monedas en la mano de él o de ella. En Enguera (Valencia) la novia recorre el pueblo entregando pañuelos blancos y doblados a los vecinos y estos responden depositando unas monedas en la bandeja. En Añora la costumbre se llamaba “los daos”; la novia se sentaba en la cocina junto a la madrina y cualquier parienta; cuando entraban los donantes los recibía en pie y con la mano derecha tendida; primero desfilaban los familiares y amigos de la novia y luego los del novio. Estaban codificadas las cantidades que debían aportar según el grado de parentesco. Esta misma costumbre se realizaba en Caramany sólo que introduciendo el dinero en un zapato de la novia.

Estas costumbres se han perdido completamente y ahora solamente queda la cuestación realizada durante el banquete con el chusco ritual de la subasta de la corbata del novio. No es algo nuevo, sino la última supervivencia de esta tradición que a finales de la Edad Media ya se practicaba en muchos pueblos hispanos. En Mallorca, los campesinos entregaban a los postres del convite de bodas los regalos, no antes; colocaban los regalos entre dos platos y los iban pasando de uno a otro hasta que llegaban a la novia. En las bodas maragatas la madrina toma un plato, lo cubre con un paño de seda y deposita una moneda destinada a comprar los patucos para el primer bebé; los comensales aplauden y añaden su óbolo.
Hay otras variantes de estas costumbres. En Alcuéstar se colocaban dos cestas en la plaza sobre una mesa cargada con patatas. Sonaba la jota y los mozos sacaban a bailar a la novia. Cada mozo antes de bailar coge una patata y le hace incisiones donde mete monedas, luego se la entrega a la novia. En Armuña la novia cogía con los dientes la moneda que le ofrecía quien había de bailar también cogida entre los dientes. En Palazuelos la novia lleva una bota de vino y da de beber a quien baila con ella y da su contribución económica.

Llama la atención la importancia que tiene la manzana en algunos de estos ritos. Para los antiguos la manzana –que al ser partida por su ecuador muestra una perfecta estrella de cinco puntas- era el símbolo del ser humano realizado, por tanto no es raro que fuera un símbolo de buena fortuna en las bodas. En Ahigal las amigas de la novia clavan en navajas manzanas y las ofrecen a los comensales; estos clavan las monedas en las manzanas; cuando están llenas las arrojan a un cesto que luego entregan a la novia. El padrino de los novios lagarteranos, por su parte, recibe las ofrendas y las mete en el interior de una manzana vaciada, luego la pincha de un tenedor y se la ofrece a la novia que baila con él manteniendo la manzana en la mano.

Lo más probable es que, a pesar de todas estas ayudas, el pobre siguiera siendo pobre a pesar del refuerzo que le suponía recibir una ayuda el día de su boda. Se trataba de aguantar con ella hasta que aparecieran los hijos que, según la tradición, traían “un pan bajo el brazo”. Lo cual no era del todo evidente ni ayer ni hoy.

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