bush.jpgEl “Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense” se fundó en 1997 por un grupo de estrategas neoconservadores, la mayoría de ellos residentes en la capital federal. El objetivo es “concentrar esfuerzos para preparar el nuevo lidera los mundial de los EEUU”. Esta voluntad no se oculta desde la primera frase del manifiesto fundacional: “la política exterior y de defensa estadounidense va a la deriva”, así pues, de lo que se trata es de reivindicar “una política reaganiana de fortalecimiento militar y claridad moral". El objetivo fundamental de dicho proyecto es “liquidar la cuestión iraquí”… pero está claro que el proyecto va mucho más allá de este objetivo coyuntural.




El nombre original del grupo es The Project for the New American Century, más conocido en EEUU por sus siglas PNAC y cuyo nombre corresponde en castellano al "Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense". La declaración fundacional está firmada por influyentes figuras como Dick Cheney, Jeb Bush, Lewis Scooter Libby, Dan Quayle, Donald Rumsfeld, y Paul Wolfowitz. La mayoría de firmantes, habían pertenecido a las administraciones republicabas de George Bush y Ronald Reagan. Al PNAC no le gusta hablar sobre él mismo, pero cuando está obligado a hacerlo (era imposible que pasara desapercibido para los analistas minuciosos), le gusta presentarse como “un equipo de hombres experimentados en el ejercicio del poder” que forman "una organización educativa sin fines de lucro" y cuyo leit-motiv fundacional nadie en EEUU condenaría, pues sostienen "que el liderazgo de EEUU es bueno tanto para EEUU como para el mundo; que ese liderazgo requiere poderío militar, energía diplomática y compromiso moral". Su actividad pública se realiza mediante la organización de seminarios y conferencias y la publicación de documentos para explicar "lo que el liderazgo estadounidense entraña". Así mismo disponen de una web.





William Kristol, Presidente del PNAC




Oficialmente tienden a agrupar “voluntades de ciudadanos norteamericanos que apoyen una vigorosa política de implicación internacional de EEUU". Cuando alguien les pregunta sobre sus próximas actividades, suelen contestar que están realizando "debates útiles en torno de la política exterior y de defensa y el papel de EEUU en el mundo". Algo que, en principio, no parece excesivamente inquietante.




Sin embargo, cuando sabemos que su presidente es William Kristol, las cosas dejan de estar tan claras. Kristol era, entre otras actividades, asesor de la compañía Enron que protagonizó la quiebra fraudulenta más multimillonaria en la historia de los EEUU. De Kristol suele recordarse que era el “cerebro de Dan Quayle”, vicepresidente de los EEUU con Bush. Kristol destacó desde entonces como politólogo (licenciado en Harvard) ultra conservador, profesor de Ciencias Políticas, actual consejero principal del ala neo conservadora del Partido Republicano de los Estados Unidos, periodista y director del semanario “Weekly Standard”. En este semanario de circulación restringida y discreta, pero no por ello menos influyente, Kristol da cabida a Robert Kagan, otro de los estrategas así mismo influyentes, de la administración Bush, a quien ya hemos aludido. Su padre, Irving Kristol, había sido otro prominente conservador, editor de "Public Interest" que apoyó la campaña anticomunista del senador McCarthy. Junto con Norman Podhoretz fundaron el University Center for Rational Alternatives, organización de carácter ultraconservador. Inicialmente colaboro con los demócratas, pero en 1976 se hizo republicano. Tras una breve estancia del joven Kristol en el Partido Demócrata, pasó al Republicano y tuvo un cargo de segunda fila en la Administración Reagan, para ser luego el “cerebro de Dan”, vicepresidente con George Bush. Cuando se desplomó la administración conservadora y subió Bill Clinton a la presidencia, Kristol pasó a la empresa privada. Allí, en el mundo de las comunicaciones, conoció al magnate Rupert Murdoch el cual le financió su "Weekly Standard", a pesar de la escasa tirada y las pérdidas elevadas que se mantiene hasta ahora pese a las pérdidas que sigue generando. Valía la pena por que fue ganando influencia en el partido republicano, especialmente a partir de 1994 cuando publicó su documento "Project for the Republican Future". Este trabajo y el apoyo de la fundación Bradley le condujo a la Casablanca. En su calidad de presidente del PNAC, una de las primeras actividades de Kristol fue solicitar a la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes un aumento de 100 billones de dólares para reforzar la defensa de los EEUU y mantener su presencia en el extranjero, para ello es preciso –siempre según Kristol, aumentar el presupuesto de defensa a un 3’5% (15 a 20 billones de dólares) mantener la capacidad nuclear disuasiva de los EEUU, aumentar en 200.000 hombres sus FFAA, modernizar el arsenal norteamericano, especialmente las FFAA, renunciar a algunos planes defensivos propuestos por la administración Klinton (y que coinciden con las propuestas de la Doctrina Rumsfeld), desarrollar el programa de la “Guerra de las Galaxias” (escudo antimisiles), controlar los espacios aéreos y el ciberespacio.




Hasta el 11-S, todas estas ideas no eran tomadas excesivamente en serio, ni siquiera en las altas esferas del Partido Republicano que seguía decantado por el viejo conservadurismo aislacionista moderado. El hundimiento del WTC hizo que los moderados se vieran privados de argumentos y debieran ceder a la nueva estrategia impuesta por los cerebros neoconservadores; los “halcones”, a partir de ese momento, dominaron en la escena republicana y en la administración. Los Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, Cheney y el propio Kristol, pasaron a constituir el núcleo duro de la administración Bush. El semanario de Kristol, la cadena Fox, el Instituto de Empresas Americanas presidido por Cheney y el PNAC, pasaron a difundir la campaña patriótica que ha proseguido desde los atentados del 11-S, deformando la autoría del crimen, lanzando constantemente amenazas de falsas alarmas de nuevos ataques e instigando la guerra contra Irak y la pasividad ante Israel.




Es importante recordar que sin los sucesos del 11-S el programa del PNAC jamás habría podido pasar del estado de proyecto irrealizable. Son los atentados del 11-S y solo ellos los que permiten “adelantar las líneas” norteamericanas, primero a Afganistán y luego al más importante Irak. Por que son las gentes del PNAC las que elaboran e imponen su línea política y sus objetivos a la administración Bush, la cual, sin ellos, sería en la actualidad, una administración huérfana de tutelas políticas y sin otra tutela ideológica que el conservadurismo furibundo y miope de los cristianos renacidos y los “reverendos” furibundos. En efecto, estos últimos aportan a los votantes, pero es el PNAC quien maneja el timón de la administración.




Por cierto, Kristol, es miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, CFR, al igual que todos los miembros prominentes del PNAC.




Objetivo prioritario: “resolver” la cuestión iraquí




El suceso que motivó a los neoconservadores que fundaron el PNAC fue el fin de la Segunda Guerra del Golfo en Iraq. Con el poder de Sadam Husein debilitado, los neoconservadores creyeron que sería eliminado permanentemente. Por el contrario, el anterior presidente Bush animó a la oposición iraquí a alzarse contra el gobierno del Baas. Como su rebelión fue echada por tierra por el ejército iraquí, Bush ordenó al ejército de EEUU que no interveniera, eligiendo, al contrario, una estrategia de “contención” hacia Sadam.




En 1992, Paul Wolfowitz, entonces vicesecretario de Defensa, redactó un escrito sobre el futuro de la hegemonía norteamericana en el mundo y cómo podría prepararse para afrontar el final de la guerra fría. El documento, de carácter interno, tardó en filtrarse, pero, finalmente se supo que el centro de las reflexiones de Wolfowitz giraban en torno a la posibilidad de que surgiera un rival que sustituyera a la URSS. De ser así, era preciso que los EEUU lo proveyeran y estuvieran en condiciones de identificarlo, aislarlo y minimizar su poder. Este documento, en la práctica, está en el origen del manifiesto PNAC y será recordado en años venideros como el embrión de la doctrina que luego Bush aplicó desde la presidencia.




En septiembre de 2000 aparecía el documento del PNAC "Reconstruyendo las Defensas de EEUU: estrategia, fuerzas y recursos para un nuevo siglo" (a partir de ahora RAD, tal como es conocido en EEUU). Este documento se apoya en el de Wolfowitz y desde sus primeras flíneas reconoce esta paternidad: "un anteproyecto para mantener la preeminencia de EEUU, excluir la emergencia de una gran potencia rival y redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses". En síntesis, el documento rechaza los recortes en el gasto de Defensa y define la misión de los EEUU como una lucha contra “grandes amenazas de guerras múltiples y simultáneas". No hay que olvidar que, en esos mismos momentos, Ronald Rumsfeld había elaborado lo esencial de lo que en la época se conocía como “Doctrina Rumsfeld” y que iba en parecida dirección.




La Doctrina Rumsfeld




En el fondo la llamada “doctrina Rumsfeld” apenas es otra cosa que un programa para la modernización de las fuerzas armadas norteamericanas. Sin embargo, es evidente que una modernización en profundidad, debe de hacerse en función de los objetivos estratégicos a alcanzar. Y en este sentido, dicha doctrina no es sino, en última instancia, un programa que diseña la orientación en política exterior de la administración Bush. Hay en dicha doctrina elementos que conciernen exclusivamente a las fuerzas armadas, pero, en la medida en que dicho ejército es la punta de lanza de una política expansionista de carácter mundial, estamos ante una obra excepcionalmente clara y que en el fondo no es sino un desarrollo complementario y una actualización de la doctrina Brzezinsky, aplicada a las reorganización de las fuerzas armadas.




Desde la Segunda Guerra Mundial hasta prácticamente nuestros días, el Atlántico ha sido considerado prácticamente como un océano anglosajón y el centro del comercio mundial, como antes lo fue el Mediterráneo. No en vano, inicialmente, la OTAN orientaba su actividad hacia el Atlántico Norte. Sin embargo, Rumsfeld advierte que buena parte del crecimiento económico internacional se ha desplazado hacia el Océano Pacífico.




En esa zona se está concentrando una acumulación de fuerzas productivas sin precedentes en la historia. Pensemos en el coloso chino y en su crecimiento económico sostenido desde hace diez años, especialmente concentrado en Manchuria y en las zonas costeras de su Este, pensemos en los llamados “dragones asiáticos” o en el desarrollo discreto pero constante de Australia, en la costa Oeste de los EEUU, especialmente en California y en Chile, pensemos en el Japón, incluso pensemos en que el Pacífico es el Océano con mayores riquezas naturales sumergidas y con el menor índice de explotación lo que tendremos como resultado es que el eje de la economía mundial se está desplazando hacia el Pacífico y que, en cualquier caso, el crecimiento demográfico de aquella zona genera la posibilidad de abrir unos prometedores mercados que, además, están próximos a las fuentes de materias primas.




Pero la geografía del Pacífico, caracterizado por la dispersión de los territorios en islas más o menos pequeñas, salvo Australia y Nueva Zelanda, hace que se modifiquen los criterios militares. En efecto, en esas zonas las grandes acumulaciones acorazadas que serían efectivas en las planicies centroeuropeas, resultan completamente inútiles en las islas del Pacífico. Allí se trata de responder al desafío generado por grandes distancias y pequeñas islas. Por lo demás, lo más importante de esta estrategia consiste en reconocer que tras la caída de la URSS, la OTAN ya no puede ser la punta de lanza de las fuerzas armadas de EEUU y el frente de Europa Central carece de interés militar. A un nuevo teatro de operaciones corresponde la selección de un nuevo enemigo; este enemigo es China.




Durante los primeros meses de gobierno de Bush, esta doctrina fue puesta en práctica sistemáticamente. Aumentaron los vuelos de espionaje sobre China, hasta el punto de que uno de los aviones Awac resultó dañado y derribado. Los disidentes chinos del Falung-Gong y el Dalai Lama recibieron nuevos impulsos para predicar por todo el mundo las carencias de los derechos humanos en China. EEUU intentó mejorar sus relaciones con Rusia de cara a una alianza anti-China. China respondió facilitando tecnología antiaérea a Irak que evidenció su eficacia un mes después de que Bush jurase su cargo. Fue entonces, en uno de los rutinarios bombardeos sobre la “Zona de Exclusión”, cuando los aviones norteamericanos percibieron una mayor capacidad de respuesta de las baterías antiaéreas irakíes.




El 11-S hizo que esta orientación anti-China se atenuara pero no completamente. La prioridad pasó a ser el control mundial de los recursos energéticos, en particular del petróleo. Pero la doctrina Rumsfeld siguió inspirando la política americana de defensa. La prueba es que Bush, en varias ocasiones, ha desmentido que China fuera “socio estratégico” de EEUU, sino que, con mucho más vigor que la Unión Europea, China tenderá a ser cada vez más un “competidor estratégico”.




La estrategia de “lucha antiterrorista” generada por la administración Bush no debe hacernos olvidar que tal lucha es una mera excusa para adelantar las fuerzas de intervención norteamericanas allí donde existe un interés estratégico.



En este contexto, la “lucha antiterrorista” es un mero espantajo para operaciones tácticas menores (la invasión de Afganistán, el ataque contra Irak, las escaramuzas con Corea del Norte, etc.) que cubren el objetivo mayor: el aislamiento, y por tanto la neutralización, de China.




De hecho, puede entenderse la coexistencia de estos dos niveles de objetivos. Rumsfeld, cuando inició su teorización y Bush cuando la aceptó, se encontraron con la oposición del complejo militar-industrial que vería mermados en un primer momento sus beneficios. Rumsfeld, en efecto, lo que estaba proponiendo era una reducción de los gastos de defensa, proponiendo armamentos mucho más sencillos que los utilizados hasta entonces. Mientras que el Pentágono sostenía a finales del 2000 que su presupuesto debía casi duplicarse si se pretendía prolongar la hegemonía americana, Rumsfeld proponía justamente lo contrario: estabilizar el presupuesto de defensa, optimizando inversiones, precisamente para alcanzar el mismo objetivo.




En efecto, Rumsfeld desaconsejaba la construcción de nuevos superportaviones tipo Nimitz, joya de la corona de la US Navy, con un valor de 4.000 millones de dólares cada uno y 2.000 millones anuales en gastos de mantenimiento. Para el Secretario de Defensa se trataba impulsar la construcción de pequeños barcos lanzamisiles, extremadamente maniobrables e incomparablemente más baratos. La USAF, por su parte, debía autolimitar sus pedidos de cazabombarderos F-22 y cancelar proyectos excesivamente costosos (como el Joint Strike Figher que en el 2001 debería absorber 850 millones de dólares), mantenerse con el material actual y confiar en los nuevos UAV (aviones no tripulados) mucho más baratos, polivalentes y rentables.




Estas propuestas, y las limitaciones presupuestarias consiguientes, eran lo suficientemente audaces como para que el Pentágono y el complejo militar-industrial, pusieran el grito en el cielo. Fue entonces cuando se produjo el “providencial” ataque a las Torres Gemelas y se restableció la normalidad. Las “necesidades de la lucha contra el terrorismo” abrieron nuevos frentes bélicos: la modernización propuesta por Rumsfeld se realizaría sin que el complejo militar-industrial viera mermados sus beneficios: estos procederían del esfuerzo bélico, no de una mayor producción de las armas hasta ahora clásicas.




En su formulación pública la Doctrina Rumsfeld es extremadamente pesimista. Prevé que EEUU perderá progresivamente aliados, paralelamente al aumento de su poder. Las bases que hasta ahora ha podido utilizar sin excesivos problemas, puede que no estén a su disposición en tiempos venideros. Esto implica que las fuerzas armadas norteamericanas deben disponer de medios de largo alcance, tanto para trasladar tropas a los focos de conflicto, como para lanzar ataques con nuevas armas capaces de alcanzar teatros de operaciones lejanos.




La estrategia norteamericana se basa en retrasar al máximo posible su aislamiento militar internacional impulsando el fantasma de la “lucha antiterrorista” y adelantando sus líneas a los principales focos de interés estratégico. La excusa elegida encuentra tiene la virtud de ser aprovechada por otros actores para lograr sus propósitos: China aprovecha para aumentar la represión contra los musulmanes del sudoeste del país; Aznar aprovecha para lanzar una ofensiva final contra ETA y su desdoblamiento político; Rusia, utiliza el mismo mensaje para combatir al independentismo chechenio sin que nadie se preocupe sobre la vulneración de los derechos humanos y de las leyes de la guerra.




La excusa del antiterrorismo será, a fin de cuentas, utilizada para justificar cualquier ataque contra cualquier país del mundo pero no durará eternamente. Algunos servicios de inteligencia occidentales y muchos observadores políticas albergan las mayores dudas sobre los verdaderos inspiradores de los ataques terroristas del 11-S. Si hay que buscar al criminal entre aquellos a los que beneficia el crimen, es evidente que los atentados del 11-S solamente han servido a los intereses del expansionismo americano. En cuando a Bin Laden, más que de un terrorista islámico habría que hablar de un “cooperador necesario” en esta estrategia infernal que los EEUU ya utilizaron en Pearl Harbour, el Maine, Tonkin, etc.




La Doctrina Rumsfeld tiene la virtud de reconocer que el actual sistema de alianzas de los EEUU es producto de la Guerra Fría y ésta ha terminado, en consecuencia, las viejas amistades tienen menos sentido en el tiempo nuevo. De ahí que la administración Bush haya situado la redefinición del papel de la OTAN entre sus prioridades.




El documento RAD




El documento RAD insistía en la necesidad de que EEUU interviniera en el Golfo Pérsico asegurándose una posición indiscutible y preferencial. Para ello era preciso rematar el trabajo realizado en 1989-90 en Irak y derribar a Saddam Hussein: "EEUU ha buscado durante décadas jugar un papel más permanente en la seguridad regional del Golfo. Mientras que el irresuelto conflicto con Iraq proporciona la justificación inmediata, la necesidad de una presencia importante de fuerzas estadounidenses en el Golfo trasciende la cuestión del régimen de Sadam Husein". Se volvía a insistir en lo escrito por Wolfowitz ocho años antes: "En la actualidad EEUU no tiene rival a escala global. La gran estrategia de EEUU debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible”. Pero también se recogían algunas consideraciones sobre armamentos nuevos ya realizadas por Rumsfeld en su documentos; en efecto, se pedían “Nuevos métodos de ataque -electrónicos, no letales, biológicos- serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciber-espacio y quizás a través del mundo de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta políticamente útil”.




Lo más curioso de este documento es el “te lo digo para que no me lo digas” que incluye inopinadamente. En efecto, el documento RAD, bruscamente alude a que la transformación estratégica de los EEUU será difícil y “estará carente de algún suceso catastrófico y catalizado, como un nuevo Pearl Harbour". Por que para la administración Bush los atentados del 11-S fueron providenciales… tan providenciales que se diría que fueron buscados por alguien próximo a la administración. De hecho, la Comisión de Investigación estableció que la Administración Bush no hizo todo lo posible por evitarlos. El abogado de una de las víctimas, por su parte, presentó en septiembre de 2004 una denuncia en la que consideraba a George W. Bush y a Condoleeza Rice como mandatarios del crimen. Sea como fuera, no puede decirse que la investigación sobre el 11-S haya llegado mucho más lejos de lo que fue la investigación sobre el asesinato de Kennedy. Y, por lo demás, los aspectos oscuros todavía no aclarados del crimen y de la investigación posterior, así como la irracional insistencia de que Bin Laden estaba refugiado en Afganistán (lo que justificaba una acción de rangers o marines contra el refugio de Bin Laden, pero no el bombardeo de todo un pueblo) o que mantenía contactos con Saddam Hussein (algo absolutamente falso), generan sombras extremadamente densas sobre el crimen. Tras los atentados, en efecto, el PNAC urgió en otro documento al presidente Bush para que derrocara a Saddam Hussein.




Las líneas de trabajo del PNAC




En el año 2000, Kristol y 27 ex funcionarios de los presidentes Reagan y Bush (padre) elaboraron el informe "Reconstruir las defensas de EEUU" donde se proponen medidas para estabilizar la hegemonía norteamericana en el planeta. El documento inspiró el plan de Estrategia de Seguridad Internacional que George W. Bush) presentó pocas semanas después. De los 27 redactores del informe, seis eran también altos cargos de la administración (Wolfowitz, Eliot Cohen, consejero político de Donald Rumsfeld; Scooter Libby, jefe de asesores de Dick Cheney; Dov Zekheim, subsecretario de Defensa; Stephen Cambone, alto cargo de Defensa).




El proyecto para la creación de una «Pax global Americana», destapado por el Sunday Herald, muestra que el gabinete de Bush pretendía tomar el control militar de la región del Golfo, y ello con independencia de que Saddam Hussein estuviese en el poder. Dice: «Estados Unidos ha estado buscando durante décadas representar un papel más permanente en la seguridad regional del Golfo. A pesar de que el conflicto todavía no resuelto con Irak ofrece una justificación inmediata, la necesidad de una presencia sustancial de fuerzas armadas estadounidenses en el Golfo trasciende el tema del régimen de Saddam Hussein». Esta «gran estrategia estadounidense» debe ser puesta en marcha «tan pronto como sea posible en el futuro», dice el informe. Añade también que la «misión fundamental» de Estados Unidos consiste en «declarar y ganar de forma decisiva múltiples guerras simultáneas». Esto último es irrelevante… lo importante es la insistencia en que el PNAC deberá ponerse en práctica “tan pronto como sea posible”. Hasta el 11-S no era posible. A partir de entonces, fue imparable. Es impensable que quienes diseñaron los atentados del 11-S no calibraran los contenidos del PNAC e ignoraran que, precisamente, su acción iba a servir como excusa esperada para aplicar el proyecto “tan pronto como sea posible”.




El informe describe las fuerzas armadas estadounidenses en el extranjero como «la caballería de la nueva frontera estadounidense». Wolfowitz y Libby, especialmente, no podían ignorar que la Unión Europea y la Rusia en vías de reconstrucción, suponían handicaps para la dominación norteamericana, de ahí que propusieran que Estados Unidos debiera «impedir que las naciones industriales desarrolladas pongan en entredicho nuestro liderazgo o incluso aspiren a un papel regional o global más importante». Para ello era preciso reforzar la alianza con países europeos (especialmente con Gran bretaña y en segundo lugar con Aznar en España); eliminar a las NNUU de cualquier iniciativa de paz en el mundo que, a partir de ahora, debería ser propuesta y liderada por los EEUU; mantener la presencia en el Golfo Pérsico aun a pesar de que Saddam Hussein fuera derrotado o desapareciera; luego definen a Irán como nuevo enemigo de sustitución en la región. Y, finalmente terminar mencionando a China como rival geopolítico, lo que les lleva a proponer el aumento de la presencia en el sudeste asiático para conducir a que el «poder estadounidense y de sus aliados estimule el proceso de democratización en China»; es en este documento en el que se crea la ficción de que Irak posee armas de destrucción masiva y en el que se alerta sobre la necesidad de crear «fuerzas espaciales estadounidenses», para el dominio el espacio y el control total del ciberespacio, con vistas a impedir que los «enemigos» utilicen Internet contra Estados Unidos. Así mismo, el documento define el ámbito de lo que luego popularizará Bush con el nombre de “Eje del Mal” (Corea del Norte, Libia, Siria e Irán).




La nomenclatura de la élite neoconservadora




El documento fundacional del PNAC, fue firmado por un equipo de neoconservadores del entorno petrolero de los Bush y del CFR (cuyo presidente es precisamente George H.W. Bush, senior): Jeb Bush (hermano de George W., gobernador de Florida donde se decidió la victoria electoral de su hermano), Dick Cheney (vicepresidente), Gary Bauer, William J. Bennett, Eliot A. Cohen (CFR), Midge Decter, Paula Dobriansky (CFR y Trilateral Commission), Steve Forbes (dueño e la revista Forbes y ex-empleador de Domingo Cavallo), Aaron Louis Friedberg (CFR), Francis Fukuyama (CFR), Frank Gaffney, Fred C. Ikle (CFR), Donald Kagan (CFR), Zalmay Khalilzad (CFR), I. Lewis Libby (CFR), Norman Podhoretz (CFR), Dan Quayle (ex-vicepresidente de George Bush, padre), Donald Rumsfeld (CFR; actual secretario del defensa), Paul Wolfowitz (CFR, actual subsecretario de defensa), Peter W. Rodman (CFR), Stephen P. Rosen (CFR), Henry S. Rowen (CFR), Vin Weber (CFR), George Weigel (CFR) y Douglas Feith (CFR). Obsérvese que la mayor parte de estos nombres están vinculados al núcleo straussiano. Por otra parte, el 25% del total está compuesto por antiguos trotskystas, la mayoría, straussianos.




Dentro del marxismo, el trotskysmo es un género cuyos militantes siempre han tenido unos rasgos particularmente definidos y completamente distintos a otras sectas igualmente marxistas (maoístas, marxistas-revolucionarios, marxistas-leninistas, castro-guevaristas, cristiano-marxistas, revisionistas, eurocomunistas, etc.). En efecto, los trotkystas siempre se han caracterizado por sus estudios milimétricos sobre situaciones políticas concretas. Han tenido una particular tendencia a escindirse en capillas casi hasta el infinito, han insistido especialmente en el examen de las coyunturas internacionales y… en su mayor parte, sus dirigentes, han sido de origen judío aunque completamente secularizados. Por lo demás, el trotskysmo, es hoy un movimiento político muy minoritario, compuesto por chicos extremadamente jóvenes y unos cuantos gurús ya en la senectud o a poco de alcanzarla. ¿Y el resto? El recorrido de estos militantes ha sido siempre muy similar: en tanto que trotskystas, su actitud era irreconciliable con los partidos comunistas ortodoxos, tenidos como stalinistas o neo-stalinistas. Esto les llevó, o bien a infiltrarse en los Partidos Socialistas (Lionel Jospin, por ejemplo, era un antiguo trotskysta que llegó a jefe de gobierno, tras entrar en el PS como infiltrado) o bien a adoptar posturas, primero anticomunistas y luego… liberales. Hay entre los antiguos trotskystas una especie de inercia que les lleva siempre a aceptar el fatum al que les conducen sus reflexiones ideológicas… siempre y cuando se adapten a sus gustos o a sus intereses personales. De hecho, frecuentemente, los trostkystas tienden a ideologizar cualquier tipo de comportamiento que adopten…




En España existieron unos 4000 militantes trotskystas en los años 70 que se fueron escindiendo progresivamente en distintas fracciones rivales hasta desaparecer casi por completo. ¿Dónde están hoy los antiguos trotskystas? En todas partes, los ha habido en el CDS, en el PSOE, en el PP, en IU, en las candidaturas de extrema-izquierda, e incluso alguno ha aparecido en las filas de extrema-derecha… En EEUU ha ocurrido otro tanto: el trotskysmo norteamericano formado en torno a Hansens y al Secretariado de la IV Internacional, ha nutrido de militantes a todas las corrientes políticas norteamericanas: desde los sectarios de extrema-derecha agrupados en torno a Lyndon Larouche, hasta los caucus del Partido Demócrata, pasando, por supuesto, por los grupos neoconservadores y, en concreto, por el PNAC. Todo esto hizo decir a Michael Lind que "Los intelectuales que más defienden el neoconservadurismo tienen sus raíces en la izquierda, no en la derecha".




Un 30% de los miembros iniciales del PNAC, corresponde a antiguos trotskystas. Pero hay otra característica que ya hemos citado del trotskysmo: buena parte de sus cuadros políticos son de origen judío. Esto se cumple también en el PNAC y entre los círculos straussianos. Evidentemente hay cristianos… pero se trata de personas que no cuestionan las atrocidades cometidas por Israel en los territorios ocupados de Palestina y que, en cualquier caso, apoyan al sionismo y en especial a los partidos de la derecha israelita, con Ariel Sharon a la cabeza. Teniendo esto en cuenta puede comprenderse por qué gentes significativas del PNAC estuvieron siempre a favor de que Israel y en concreto el gobierno de Benjamín Netanyahu, rompieran los acuerdos de paz de Camp David. Tal era la orientación que Richard Perle aconsejó al primer ministro judío en 1996: “ruptura limpia”. Perle en la misma comunicación a Netanyahu reconocía que tal ruptura era tanto más obligada desde el momento en que la administración norteamericana reafirmara su voluntad de aplastar a Saddam Hussein y, así, garantizar la seguridad de Israel. Para el PNAC la lealtad hacia EEUU se complementa por una lealtad hacia el Estado de Israel… lealtad no exenta de intereses muy materiales puesto que algunos como Perle y Wolfowitz representan intereses de compañías estatales judías (frecuentemente de armamento) dentro de los EEUU. Pero, además, esto enlaza con el eje central de nuestro trabajo: se trata de un sector convencido de que Israel era el “pueblo elegido” del Antiguo Testamento y los EEUU son el “pueblo elegido de la modernidad”. A uno le corresponde velar por la seguridad del otro. Para ambos el Antiguo Testamento es un texto que dice explica como será el mundo futuro. De ahí que valga la pena seguir sus indicaciones, especialmente cuando alude a los signos del Apocalipsis y a la Segunda Venida de Cristo que reconciliará a judíos con cristianos y operará la conversión de Israel. Es importante destacar, como ya hemos hecho en otros lugares de esta obra, que la solidaridad de la Administración Bush hacia Israel va más allá de cualquier racionalidad y se trata de una conclusión a la que llevan distintos enfoques: de un lado los intereses estratégicos (Israel es el gran aliado de EEUU en Oriente Medio), pero también y sobre todo los lazos ideológicos y místicos que unen a la extrema-derecha israelí con la derecha neoconservadora norteamericana.




La malla neoconservadora




Dinero no falta. La Fundación Bradley constituye el soporte del PNAC a través del New Citizenship Project, Inc. El PNAC tiene su sede en Washington, en el edificio del Instituto de Empresa Americano (American Enterprise Institute), otro think-tank conservador. De hecho entre ambas organizaciones hay multitud de vínculos y personajes como Perle, pertenecen a ambos.




Así mismo, los miembros del PNAC suelen estar también adheridos a otros grupos de presión neoconservadores: el Hudson Institute, el Center for Security Policy, el Washington Institute for Near East Policy, el Middle East Forum, y el Jewish Institute for National Security Affairs. Pero, no nos engañemos, a pesar de que todos estos núcleos de poder estén entrelazados entre sí y aporten la totalidad de los cuadros de la administración Bush, no se trata de grupos particularmente numerosos. Son una élite completamente desvinculada del americano medio que ignora sus postulados en la medida en que los grandes medios de comunicación jamás aluden a la existencia de estos núcleos intelectuales. Ahora bien, estos núcleos si están vinculados a una parte del poder económico y financiero de los EEUU. Es, por lo demás, lógico que petroleros, dirigentes del complejo militar-industrial, piensen en términos estratégicos y se vinculen a estos núcleos neoconservadores, como ayer, los miembros de organizaciones como el CFR o la Comisión Trilateral, lo hacían con núcleos fabianos y demócratas.




Es previsible que en el futuro se produzcan vuelcos importantes en la política norteamericana. Ya hemos dicho que no todos los republicanos comparten los puntos de vista del clan straussiano, neoconservador y belicista. De hecho un sector del partido republicano, de carácter moderado, ha denunciado, aúnque tímidamente, los riesgos de prescindir de los aliados en las iniciativas de política exterior, y especialmente, sobre la peligrosidad del déficit interior. Recuerdan que la OTAN todavía existe y que EEUU es altamente tributario de las importaciones de manufacturas europeas. Advierten sobre el rechazo que provocan las aventuras militares entre los europeos y abogan por el “uso racional” de la fuerza. Henry Kissinger, miembro de esta tendencia, sigue proponiendo un equilibrio nuclear, mientras que otros representantes dentro de la administración Bush, son James Baker, Richard Armitage, Anthony Zinni y Colin Powell..



No hay que olvidar que los EEUU están ligados al antiguo “mundo libre” por distintos tratados: además de la OTAN, existen aunque en vida larvaria, el Tratado de Defensa Asiático o el Tratado Interamericano de Río, sin olvidar que el aventurerismo de la administración Bush está dejando inoperantes a las NNUU.



Cuando Donald Rumsfeld analizaba en el verano del 2002 el desarrollo de la campaña afgana -no sin ciertos tonos épicos-, aprovechaba para redefinir las prioridades de la política norteamericana coincidiendo en todo con los mentores del PNAC, si bien se añadían dos puntos, los finales, que insistían desusadamente en la protección de las redes de información y en la utilización de las tecnologías de punta para alcanzar mayor efectividad a los ataques de las FFAA. Ese año aumentó el presupuesto militar en todas sus partidas: defensa interior, armamento, investigación, presencia en el exterior, etc. Pero la principal novedad que se desprendió del análisis de Rumsfeld fue la coordinación de todos los servicios de información e inteligencia en una sola estructura. Tal era la conclusión que Rumsfeld daba a su artículo sobre Afganistán: las guerras precisan un gran esfuerzo de inteligencia y por tanto hay que centralizar estas tareas, las nuevas tecnologías de la comunicación deben ser integradas en las FFAA de manera prioritaria, la defensa del territorio metropolitano norteamericano es fundamental, el transporte de tropas es decisivo y, finalmente, como concesión al sistema democrático, insistía en que “El pueblo de los Estados Unidos deberá ser siempre plenamente informado de estas nuevas políticas y estrategias”.




Pero Rumsfeld calla muchas cosas, sin duda, las más importantes: calla que el terrorismo islámico no es un riesgo para la seguridad ni para la estabilidad mundial, tan solo un obstáculo antidemocrático en determinados países del mundo islámico (concretamente en Arabia Saudí y Pakistán, y en mucha menor medida en Argelia, mientras que en Chechenia vive sus últimos coletazos y en Bosnia-Kosovo está, sino desmantelado, sí apaciguado, al igual que ocurre en Irán. En Asia Central se vive el fracaso del Islam radicalizado. Para concluir: cuando se produce el ataque del 11-S, el Islam fundamentalista vive una etapa de regresión. A poco que se examine cada atentado atribuido al “terrorismo internacional” se percibe con claridad que no existe una dirección terrorista universal, sino que cada atentado responde a circunstancias locales muy concretas… o muy misteriosas como para que puede buscarse a un responsable intelectual universal. Rumsfeld calla también que a EEUU le va a ser muy difícil reconstruir su red de alianzas, especialmente con Europa, territorio en el cual se ha comprobado que los costes electorales de las opciones proamericanas son de tal magnitud que hacen impensable pensar en que algún gobierno europeo volverá a repetir giros proamericanos como el de Aznar. Sin olvidar que ya no es Europa la que precisa de los EEUU para protegerse de la URSS –la Unión Europea vive el inicio de un idilio con el espacio ruso- sino los EEUU son los que precisan de la Unión Europea porque es de ahí de donde proceden lo esencial de manufacturas que alimentan su mercado de consumo interior. Olvida decir, finalmente, que a partir del ataque contra Afganistán resultó absolutamente evidente que los EEUU no admitían de sus aliados otra actitud que no fuera el sometimiento a su mando único, y que la campaña de Afganistán demostró hasta qué punto los “imperios” no tienen “aliados” sino “súbditos”."




(c) Ernesto Milá - infoKrisis - infokrisis@yahoo.es

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