EL CALAMBRAZO DE LA SEXUALIDAD

Publicado: Viernes, 15 de Octubre de 2004 11:51 por en CULTURA
gay.gifRedacción.-Se dice que el ojo humano es la gran construcción de la evolución. Será por que el que suscribe es miope, hijo y nieto de miopes y padre, a su vez, de miopes, que me parece que, con nuestra familia la evolución no ha hecho precisamente maravillas y estas, sin embargo, han correspondido a la óptica de la esquina. No nos engañemos: el gran logro de la evolución es el orgasmo. La excusa del orgasmo nos sirve para comprender la teoría "electromagnética" de la sexualidad.



LOS ORGASMILLOS O EL BIEN MORIR

Células nerviosas que están en condiciones en determinadas circunstancias de generar una sensación invasiva de suspensión de todas las funciones vitales, de gozo y armonía sin fin. El pensamiento lógico puede ser reproducido por los algoritmos de una máquina que razona más rápidamente que la mente humana más ágil y brillante. Pídanle a una máquina que tenga algo parecido a un orgasmo y se le fundirá el transformador. Y eso es lo maravilloso: que el orgasmo parece trasladarnos en vida más allá de la vida, en un punto límite en el que parece fronterizo e incompatible con la vida –las frases de los amantes a este respecto son elocuentes: “me muero”, “me matas”, “estoy muerto”, “matame”- o una experiencia de éxtasis trascendente. Puede entenderse la insistencia con que la mística española del siglo de Oro y el mismo Eclesiastés o el Cantar de los Cantares, tenían fugas tan evidentes hacia lo erotísimo.

No tengo idea de cómo pueda ser el orgasmo homosexual pero, a la vista de las confidencias de unos y de otros, me maquino que igual de potente que el hétero. Por alguna descripción, me da que tiene tendencia a ser más genital que global, pero es posible que me equivoque, vosotros sabréis como son vuestros orgasmos homosexuales, que a servidor le corresponden los heterosexuales.

No tengo la menor duda de que el orgasmo es un estado psicofísico inducido por la excitación de determinadas células nerviosas que genera descargas hormonales y convulsiones musculares; y mayor o menor según se den unas u otras condiciones de la mente. No siempre es de la misma intensidad y no siempre depende de la habilidad y el savoir faire del o de la amante. Es curioso, pero incluso los mismos amantes no tienen habitualmente orgasmos de la misma intensidad. Diríase que no hay una ley física que determine la duración y la intensidad del orgasmo y que éste depende muy poco de la voluntad consciente de la pareja. Si por ellos fuera, calambrazo diario y estrellitas día sí día también. Verán ustedes de donde sale esta teoría de la polaridad sexual.

En realidad, Platón no iba mal enfocado con la historia del andrógino, sólo que lo complicó todo en su afán de intentar dar una explicación a las relaciones homosexuales y lésbicas. Si exceptuamos esa coletilla, ausente, como hemos visto, en toda la literatura anterior y posterior sobre el mismo tema, veremos que, en el fondo, la separación de los sexos y su atracción irresistible parecen tener casi una base electromagnética. Se sabe aquello de que los polos opuestos se unen y los polos del mismo signo se repelen. Luego entraremos en la inclusión del hecho homosexual dentro de esta teoría. Limitémonos ahora a llegar hasta las últimas consecuencias lógicas e inevitables de esta concepción.

Las civilizaciones tradicionales, anteriores a Platón y, en cualquier caso, pre-modernas, tenían una curiosa cosmogonía que partía de una base conceptual: no veían el mundo como nosotros, sino como símbolo. Y, en tanto que tal, reconocían pares simbólicos equivalentes, todos los cuales derivaban de la totalidad originaria. No importa qué cosmogonía examinamos, siempre, en el origen de los tiempos, previo a la creación, existía el caos. Llegado a un punto, el caos era ordenado por un principio generador. El Caos tenía como símbolo el círculo que se cierra sobre sí mismo y dentro del cual bullen indiferenciados todos los elementos. Ese caos ordenado da como resultado el mundo manifestado. Pero ese mundo está sometido a la ley de la dualidad y de la contradicción: es entonces cuando aparece el Bien y el Mal, lo alto y lo bajo, lo positivo y lo negativo, el Sol y la Luna, lo Masculino y lo Femenino, el Oro y la Plata, el Fuego y el Agua. Y, con alguno de estos pares pueden establecerse relaciones de equivalencia; por ejemplo: Positivo, Sol, Masculino, Oro, Fuego y Negativo, Luna, Femenino, Plata, Agua. Lo más sorprendente es que estas correspondencias pueden aplicarse a lo que podríamos llamar una morfología de las civilizaciones.

Así, por ejemplo, existen dos grandes tipos de civilizaciones: las uránicas o solares y las telúricas o lunares. En ocasiones el conflicto entre estas acarrea la destrucción de una de ellas: de la resolución de las tres guerras púnicas las legiones del Aguila y del Lictor se impusieron sobre los adoradores de la diosa. Con Cartago cayó la gran civilización mediterránea de la diosa. En otras ocasiones, el conflicto no alcanzó tales niveles de dramatismo y los rasgos de una civilización se impusieron sobre los de la anterior. Así puede entenderse la presencia de diosas y grandes madres en la mitología griega junto a héroes solares o dioses apolíneos, pues no en vano, la civilización cretense y minoica que rendía culto a los primeros, fue vencida y destruida por aqueos y dorios llegados del Norte. El resultado fue un cierto nivel de sincretismo en el que era fácil reconocer los temas originarios: Apolo el Sol en sí, inmóvil, inconmovible, sereno, estable, rodeado de quietud, tema propio de las civilizaciones solares; Helios el Sol sometido a la ley de ascensos y descensos, tirado por Pegaso, que cada mañana se eleva en el cielo para caer en el ocaso en el seno de la Madre Tierra de donde recupera nuevas fuerzas para elevarse al día siguiente de nuevo... un tema característico de la civilización de la Madre. Buscaríamos inútilmente un tercer tipo de civilizaciones que encajara con un arquetipo gay.

Alguno podría estar tentado de citar civilizaciones extrañas, como la de las amazonas o sociedades guerreras en las que el principio masculino es excluyente de cualquier otro, pero no, se trata de un espejismo.

Las civilizaciones solares suelen dar prioridad a la idea del Estado y se concretan en imperios que dominan grandes áreas terrestres, están gobernados por aristocracias con funciones que, a la vez son reales y sacerdotales. Por el contrario, en las civilizaciones telúricas o lunares, el énfasis se coloca sobre el comercio y da, inevitablemente, lugar a civilizaciones marítimas, gobernadas por castas sacerdotales fuentes de todo poder. Cuando una civilización del primer tipo entra en crisis, es sustituida por el tercer principio, el que tiene su centro en la virilidad fálica, en aristocracias guerreras que afirman su poder mediante la fuerza. Por el contrario, en la mitología griega y romana se percibe perfectamente que las civilizaciones telúricas o lunares, cuando decaen dan lugar a un tipo femenino guerrero, del que la amazona es su quintaesencia. Amazonismo y falocracia, son degeneraciones guerreras e inestables de los dos tipos de civilizaciones originarias. No existe una civilización en la que, por mucho que se empeñe Platón, se haya dado origen a un tipo sincrético próximo al mundo gay. Es más, incluso en la actualidad, salvando todas las distancias que se quiera, sigue existiendo una potencia oceánica que da preeminencia al comercio sobre cualquier otra actividad, y una potencia continental la URSS ayer, mañana China, que da más importancia al Estado.

Estos dos pares ordenados de polaridades tienen su equivalente en el género humano en dos tipos fisiológicos bien determinados: hombre y mujer. La importancia que las civilizaciones tradicionales daban a la división de roles sexuales era una prolongación de su visión dualista del mundo y de la vida. El hombre arcaico, además de sobrevivir, observaba el mundo que le rodeaba. Aquellas centurias oscuras de las que apenas sabemos gran cosa debieron ser épicas: la lucha por la supervivencia de un lado, por conquistar el alimento, engendrar, proteger a la prole, reponer fuerzas, volver a conquistar el alimento y así sucesivamente debieron permitir liberar tiempo para observar el mundo. Nuestro cerebro, que permanece idéntico en capacidades, volumen y circunvoluciones cerebrales desde hace miles de años, empezó a tomar conciencia de sí mismo y del mundo y empezó a preguntar el por qué de todo: por qué existe el Mal en el mundo, por qué es preciso luchar por la vida, por qué hay día y hay noche; y empezó a valorar las respuestas en orden a lo que veía en torno suyo: hombres y mujeres que se atraían unos a otros, hombres que luchaban por la vida y mujeres que alumbraban hijos y los cuidaban. Y entre ambos vio una maravillosa simbiosis y complementareidad. Alzó su mirada y vio Sol y vio Luna. Vio Tierra y vio Agua. Y en cuanto empezó a saber trabajar los metales, vio oro y vio plata. Eso fue el origen de todo. ¿Simplista? ¿erróneo? No lo creemos.

Les seré sincero: las manzanas también caen en Tasmania. Piensen bien esta frase que no es una boutade: por que para que la teoría de la gravedad de Newton sea cierta, no era preciso que una manzana cayera desde lo alto de una rama, sobre un tipo en una tarde del siglo XVII en un lugar concreto de Inglaterra, sino que para que esa teoría fuera cierta era preciso que en todas las épocas las manzanas hayan ido cayendo en cualquier lugar del planeta. Incluido en Tasmania, aquí y ahora. Y eso quiere decir que una teoría es tanto más fiable, cuantas más veces ha aparecido en la historia y es tanto más cuestionable cuantas menos veces se haya manifestado. Y nos parece que está fuera de toda duda que, desde los albores del paleolítico, el género humano siguió las pautas marcadas por la evolución y organizó a la sociedad en dos sexos cada uno con sus funciones específicas derivadas de su particular rol biológico.

Por eso, deberemos de convenir que la definición de hombre y Mujer como sexos opuestos y complementarios es una tautología. En efecto: todo lo opuesto, en gran medida, es complementario. ¿Y lo gay? Pregúntenselo a Platón.

Aceptar lo anterior es reaccionario, políticamente incorrecto, “regre” y, hasta cierto punto, inconveniente. Significa en principio negar 150 años de teorización feminista. Efectivamente, eso es lo que estamos haciendo. Nuestro amigo Pol Ubach en un encantador volumen de esta misma colección –“¿Aún votas, merluzo?”- explicaba la génesis del sistema democrática y decía: si bien es rigurosamente cierto que el origen de las democracias formales actuales está en la odiosa teoría política luterana y calvinista, el resultado final no ha sido malo. Una mala teoría ha dado lugar a un buen sistema. Las ideas feministas del último tercio del XIX y de todo el siglo XX, han sido, cuanto menos, cuestionables o manifiestamente falsas, pero han servido para rescatar a la mujer de un plano absolutamente secundario en el que el concepto de familia burguesa la había sumido. Bien, nuevamente, una mala teoría ha servido para hacer triunfar una causa justa. Por no hablar del marxismo, claro.

Pero la cuestión es plantearse a estas alturas en las que nadie niega el derecho de la mujer a la igualdad, a donde puede llevarnos. Me da la sensación de que es hora de lanzar algunas advertencias. Cuidado, que la sociedad no es más estable hoy que cuando existía una opresión de la mujer. Si nos atenemos a algunos rasgos de la crisis social actual veremos que derivan directamente de la aplicación de los principios emanados del feminismo.

POLARIDAD RIMA CON SEXUALIDAD

Esta divagación acerca del orgasmo nos lleva de cabeza a una consideración. Las relaciones heterosexuales se conciben como la unión de dos polaridades diferentes de signo opuesto que se atraen irremisiblemente y que corresponden a los dos sexos fisiológicos. Esta concepción tiene debería tener un corolario: contra más fuerte es la polaridad, más atracción genera, lo que plantea algunos problemas que luego examinaremos. Pero este concepto de la sexualidad no sirve para explicar las relaciones homosexuales. O quizás si. Luego veremos. El problema a fin de cuentas es de punto de partida: por que si se parte de la base de que existe un sustrato, casi diríamos “electromagnético” en la sexualidad o si, por el contrario, se basan en el libre albedrío de los sujetos que tendrían una innata tendencia a unirse entre sí al margen de su sexo físico, el problema es que la educación y las costumbres sociales siempre, inevitablemente favorecen a una u otra concepción.

Por ejemplo: la concepción de la sexualidad como polaridad se alimenta por la oposición de ambos sexos. Contra mayor es esa oposición, contra más acentuados tienen sus caracteres masculinos y femeninos hombres y mujeres, más atracción existirá entre ellos, y a la inversa, contra menos acusados tengan estos rasgos, más atenuada será la atracción. La sabiduría erótica antigua oriental establecía distintos tipos masculinos y femeninos, algunos de los cuales eran incompatibles. Cada tipo masculino tenía su correspondiente tipo femenino, el que mejor se complementaba y adaptaba. Un hombre “elefante” difícilmente encajaría con una mujer “liebre”. Léanse el Kama Sutra y comprobarán que toda esta sabiduría se basaba en una observación exhaustiva de la naturaleza humana. El Ars Amandi de Ovidio, a distancia de lugar y tiempo, entraba en parecidas consideraciones.

SEXO FISICO Y SEXO MENTAL

¿Qué problema subyace en las relaciones homosexuales? Que sacan a la superficie un elemento interesante: no todo es fisiología. Existe un sexo corporal y un sexo mental. Frecuentemente no coinciden. Así pues hay dos polaridades a considerar: cuando coinciden, estamos ante tipos heterosexuales, cuando difieren, esto es cuando sexo físico y sexo mental no coinciden, estamos ante tipos homosexuales. Dando por supuesto que el cerebro es completamente independiente de la fisiología: que no lo es. Por que la química del cerebro opera maravillas y haría falta saber si las secreciones de angrógenos -hormonas de la sexualidad masculina- son del mismo nivel e intensidad en heterosexuales y en homosexuales. Por que a la postre somos un sustrato biológico gobernado por neuronas, las cuales, a su vez, se ven influidas por determinadas secreciones hormonales. Es decir, que somos química. Tenemos libre albedrío... si, pero hasta cierto punto por que resulta muy difícil deslindar donde termina un impulso generado por sobreabundancia o miseria hormonal y donde empieza y termina nuestra libertad de opción.



LAS CHICAS CON LAS CHICAS, LOS CHICOS CON LOS CHICOS

Si aceptamos lo anterior, con todos los matices que se quiera, las conclusiones pueden llegar a ser pasmosas y corren el riesgo de conmover los cimientos sobre los que se ha edificado nuestra sociedad en los últimos 30 años. Observen sino. Coeducación. Nadie la cuestiona –ni nosotros tampoco-, pero... servidor es hijo de la educación diferenciada. Para mi y para los de mi generación, la mujer era un misterio. Ibamos a la salida del colegio de escolapios a ver a las alegres muchachas que salían del vecino colegio de la Damas Negras. Para nosotros la mujer era un misterio. Mirábamos estatuaria clásica y veíamos que a la mujer no le colgaba nada entre las piernas. Por algún motivo los senos revestían una particular atracción para todos. Eramos niños de apenas 10 años y ya entonces la sexualidad ejercía sobre nosotros una irresistible atracción. Nadie nos había dicho que las chicas debían gustarnos pero nos gustaban. Durante años acumulábamos una tensión erótica que luego pagaba la primera novieta. Había pasión en el primer beso y no se relajaba con el primer coito. El misterio acentuaba la polaridad y ésta multiplicaba la atracción. Los niños con los niños y las niñas con las niñas es hoy un principio más que superado y la coeducación es incuestionable. Lo que quiere decir que no es políticamente correcto cuestionarla. Servidor tiene tendencia a cuestionarla, como un “pour parler”.

No hay nada más antierótico que una playa nudista. Salvo cuatro degenerados, tres exhibicionistas y dos mirones, los nudistas no suelen empalmarse en las playas. Los hay que si, son los mirones, no son nudistas, son otra cosa, mirones. El que suscribe pasó por las playas nudistas y no encontró nada que le interesara, un bañador cubre entre un 5 y un 10% del pellejo, así que llevarlo o no llevarle, ni libera en exceso, ni oprime hasta excesos insoportables. Así que me parece irrelevante mostrar o no lo poco que queda a cubierto con un bañador. Ahora bien, el nudista no tiene secretos. La tensión erótica, el misterio, queda literalmente barrido de una playa nudista. Conclusión: si usted considera más importante ligar bronce hasta en la raja del culete antes que sentirse irresistiblemente atraído por el otro sexo, no lo dude, lo suyo son las playas nudistas; ahora bien, si usted quiere tener una relación sexual intensa, necesariamente en ella deberá existir algo de misterio.

ENTRE UN SEXO Y OTRO HAY UN MISTERIO

Es el “misterio” lo que aproxima a dos seres humanos uno hacia el otro. Esto es lo que nos diferencia de las especies animales. El erotismo. La mera existencia del concepto implica la necesidad de cierto grado de pudor. En el fondo, el pudor, no es otra cosa que el mantenimiento del misterio de cada sexo hacia el otro, a fin de aumentar la atracción entre ambos seres. Pero hoy el pudor es una idea desterrada. De hecho, me temo que si realizáramos una macroencuesta entre gente menor de 40 años, sobre lo que es el pudor, la respuestas podrían sorprendernos y mucho más el porcentaje de aciertos. ¿Pudor? ¿para qué? No, desde luego, por una cuestión moral o por restricciones de tipo religioso, sino, fundamentalmente para mantener el misterio masculino y el misterio femenino, para acentuar la polaridad, para lograr una atracción más continuada e intensa entre los sexos, para evitar banalizar el sexo, para situarlo en el lugar ha ocupado desde la más remota antigüedad como dispensador de placer y generación. Juntos y por separado: placer por el placer y placer para la generación.

Está claro que determinadas formas de pudor implican -como los niveles extremos de exhibicionismo- problemas de la mente. Como siempre, la vía media es la más adecuada. La moderación, la madre de todas las dichas. No se trata de defender una moral sexual restrictiva y pacata, sino de asegurar una sexualidad que pueda seguir dando placer y que sea compatible con el mantenimiento de la especie. El placer puede ser cotidiano, incluso varias veces al día; la generación debe ser responsable y consciente. Esto implica niveles de educación sexual. Yo la tuve a los 12 años gracias a un escolapio cubano exiliado por Castro. No me sorprendió lo que me explicó, por que me confirmó en lo que hablábamos los chicos entre nosotros ya desde los 9 ó 10 años. El despertar de la sexualidad es algo maravilloso, pero si se tiene tan cerca al otro sexo, el misterio tiende a diluirse. La polaridad mengua. La calidad de la atracción también. Para mantener la tensión sexual es preciso una educación diferenciadora... contrariamente a la actual que es igualitarista.

Si el niño convive seis o siete horas con niñas, y viceversa, y ambos reciben la misma educación en base a los mismos principios establecidos por el dogma de la coeducación, se cierran las puertas a la diferenciación entre los sexos. Diferenciación que existe en base a la misma diferenciación fisiológica y a los distintos niveles de secreciones hormonales masculinas y femeninas. Pero, aunque la coeducación cierre la puerta a la diferenciación de sexos, ésta entra por la ventana.

Las niñas suelen estudiar más. No pueden competir con los niños en juegos que impliquen grandes fuerza y prefieren competir en el terreno de los estudios. Habitualmente son más aventajadas y, desde luego, porcentualmente no cabe la menor duda de su superioridad en aplicación. Los niños, por el contrario, son conscientes de su fuerza y la evidencian precisamente por que intuyen que ese rasgo diferencial no está habitualmente al alcance de las chicas. Además, para diferenciarse de ellas, recurren –o suelen recurrir al gamberrismo más exaltado. Creen que así se diferencian más de las chicas. Por lo demás, las chicas maduran mentalmente antes y los chicos después. También, físicamente, las chicas experimentan un “tirón” previo al de los chicos. Pero luego su crecimiento se detiene, justo cuando el de ellos arranca. ¿El resultado? Un mayor rendimiento de las chicas en los estudios. ¿Su efecto social? Una mayor presencia de la mujer en profesiones liberales y, consiguientemente –junto a otros factores de incidencia demográfica- un descenso en la demografía y una aumento en la edad en la que se tienen hijos. Y quizás, incluso, cierta inestabilidad creciente en las parejas. Por que hoy el “hasta que la muerte nos separe” ha pasado a ser una frase hecha en la que nadie cree y en la que muy pocos piensan. Y, sin embargo, servidor sostiene que no hay nada más grande que un abuelo y una abuela que se han soportado durante toda una vida, con sus grandezas y sus miserias, con sus alegrías y sus problemas y que, finalmente, tras cuarenta o cincuenta años de vida en común, siguen amándose hasta el punto de que la muerte de uno suele acarrear en menos de un año la del cónyuge. Créanme que siento felicidad y satisfacción al ver estas parejas paseando por la calle y temo que sea cosa de otro tiempo.

El gran drama de nuestra época que espero me lo explique algún sexólogo progre es que, nunca como ahora han estado ausentes trabas y barreras para el ejercicio de la sexualidad, es decir, nunca como ahora han saltado por los aires las barreras del pudor y se ha vivido un clima tal de libertad sexual y, “parajódicamente”, nunca como hasta ahora se vive tal nivel de patologías, disfunciones sexuales y perversiones lacerantes. Y, finalmente, nunca como ahora, los niveles de duración de las parejas (básicos a la hora de la generación y educación de los hijos) son tan breves. Algo falla, compañeros. Las concepciones progres de las que se alimenta nuestra civilización en los últimos cuarenta años, no han llevado a algo “mejor” respecto a lo que fue la familia burguesa y las concepciones burguesas clásicas... sino a algo diferente. Mejor en algunos aspectos... y peor en otros muchos.

ALGO NO FUNCIONA

Y es en este contexto en el que el fenómeno de la homosexualidad adquiere un carácter de movimiento social. Habitualmente los homosexuales suelen explicar que, siempre ha existido el mismo número de personas atraídas por otras de su propio sexo, solo que ahora, al desdramatizarse este tipo de relaciones, la tendencia a “salir del armario” hace que parezcan más. El argumento es digno de considerarse, pero no de aceptarse. El homosexual tiene la mala costumbre de acusar al que no lo es de “reprimido”. Que tiene una carga de agresividad similar al peor insulto.

Hoy existe un mayor número de asesinatos sexuales, existe un problema superior a cualquier otra época, de infertilidad. Hace unas décadas los afrodisíacos eran una rareza, hoy, a fuerza de banalizar la sexualidad y poner cualquier forma de erotismo al alcance de todos en todo momento y con encender simplemente un ordenador o a la hora de ver buena parte de la publicidad televisiva, lo que se ha logrado es despojar al erotismo de cualquier halo de misterio. Con esto se ha logrado la persecución acelerada de la “novedad”. Y esto es peligroso en materia de erotismo. Por que la búsqueda de la novedad termina acelerando la propia sexualidad y llevándola por caminos cada vez más excéntricos. ¿Por qué ocurre eso? Por que el erotismo está fuera de cualquier control. Lo hemos dicho en otro punto: lo importante no es la “liberación sexual”, sino la “liberación del sexo”. Por que el sexo, devenido obsesión, no es la mejor de las perspectivas, créanme. Y no albergo la menor duda de que pedófilos, mirones, masturbadores compulsivos, internautas erotómanos adictos al chateo unos y al sexo extremo otros, consumidores acelerados de líneas eróticas, ayer 906 y hoy 801, turismo erótico, sin olvidar los “baby cocoon” (adultos atraídos por el uso de inofensivos pañales que les permiten orinarse encima experimentando así el dudoso gustirrinín de un calorcillo húmedo) y demás lindezas, son rarillos que autoexcluidos de la idea de normalidad, campan en zonas que nada tienen que ver con el principio del placer, pero están imbricados directamente con el principio de la chaladura. Y cada vez son más. Hoy todos los fenómenos sociales son fenómenos de masas. Lo que no quiere decir precisamente que sean asumibles por la sociedad que vertebra orteguianamente a esas masas. Espero que los homosexuales admitan que ninguno de estos fenómenos es como para tocar las castañuelas y que ellos mismos revisen su realidad sexual y dictaminen sobre si todas las formas de homosexualidad son para ellos aceptables o no.

Enseñen a controlar la sexualidad en las clases de educación sexual. Enseñen estándares de normalidad y de anormalidad. Enséñese que hay vida fuera de la sexualidad. Enséñese, finalmente, que la sexualidad ha sido considerado en todas las épocas como una gran misterio y que es bueno que así haya sido. Recuérdese que cuando ha dejado de ser un misterio y se ha banalizado, la explosión de las neurosis y sociopatologías de base sexual se ha enseñoreado en la sociedad. Lo dicho, que estamos ante una perspectiva que es como la echar cohetes.



© Ernesto Milà – infoLrisis – infokrisis@yahoo.es

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